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El reino de las hormigas
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El reino de las hormigas
El reino de las hormigas
Herbert George Wells
The empire of the ants, © 1905 (The Strand, Diciembre de 1995). Traducido por Alfonso Hernández Catá en Narraciones de ciencia ficción, Editorial Castellote, 1971.

1
Cuando el capitán Guérilleau recibió la orden de conducir el Benjamín Constant, cañonero de su nuevo mando, a lo largo del río Batemo para socorrer a los indígenas de Badama amenazados por una invasión de hormigas, sospechó que las autoridades navales trataban, por venganza, de ponerle en ridículo. En su reciente ascenso habían influido de una manera novelesca y eficaz para alterar la regularidad del escalafón la azul languidez de sus ojos y el capricho de cierta noble brasileña; y con tal motivo El Diario y O Futuro insinuaron capciosas ironías, cuyo recuerdo sólo estimulaba en él la decisión de evitar el menor pretexto a nuevas burlas.
En su calidad de criollo, el capitán Guérilleau tenía de la etiqueta y de la disciplina una idea exclusivamente portuguesa; y con el único que se franqueaba a bordo era con el ingeniero Holroyd. Estas confidencias le permitían, de paso, practicar el idioma inglés con una pronunciación que siempre fue en extremo burda.
–Si me envían a esa comisión es para ponerme en ridículo –le dijo arrugando colérico la orden–. ¿Qué puede hacer un hombre contra las hormigas sino dejarlas venir y marcharse cuando se les antoje?
–Parece ser –respondió Holroyd– que éstos vienen y no se van. Ese marinero que me ha dicho usted que es un Sambo...
–Sí, hijo de india y blanco, mestizo.
–Pues ése asegura que no serán las hormigas, sino los hombres, los que cedan el terreno esta vez.
El capitán fumó durante algunos instantes nerviosamente y luego opinó:
–¡Quién sabe si tenga razón! Nadie puede saber lo que se propone Dios con esas invasiones de hormigas. Ya en la Trinidad hubo una, pero fueron hormigas pequeñas, de esas que cortan y transportan hojas; y, sin embargo, todos los naranjos y manglares quedaron en esqueleto. ¿No es extraño ese poder de destrucción? A veces verdaderos ejércitos de hormigas de una especie que pudiéramos llamar belicosa, han invadido aldehuelas enteras, y al volver los expulsados habitantes las hallaron limpias de todo insecto: ni pulgas, ni cucarachas, ni nada...
–El mestizo –replicó el ingeniero– asegura que éstas son de una especie mucho más terrible.
Guérilleau se encogió de hombros y, taconeando irascible, se puso a mirar el cigarrillo. No tardó mucho en expresar la insistencia de sus ideas:
–¿Me quiere usted decir, mi querido Holroyd, qué puedo yo hacer contra hormigas más o menos infernales?
Y tras nueva reflexión, ratificó:
–Nada. ¡Es absurdo... Absurdo!
A mediodía se puso el uniforme de gala y bajó a tierra, de donde no tardaron en llegar, precediéndole, toda suerte de bultos. Sentado bajo la toldilla para disfrutar del frescor vesperal, el ingeniero fumaba absorto en la contemplación del paisaje. Estaban a seis días de la desembocadura del Amazonas y no muy lejos del opuesto océano cuya vasta anchura recordaba muchas veces el gigantesco río; al Sur se divisaba una isla arenosa de escasísima vegetación, y el agua corría continuamente espesa, turbia, cual si viniera de una esclusa monstruosa perdida entre las dos filas de milenarios árboles... De una esclusa en la que por raro y poderoso capricho hubiesen puesto caimanes y toda clase de fluvial fauna. El vasto silencio penetraba el espíritu, y la aldea de Lemquer, sobre la cual se destacaba la pequeña iglesia junto a ruinas delatoras de un pasado próspero, parecía entre la fronda lujuriante una moneda de plata caída en el desierto... El ingeniero inglés, que veía los trópicos por vez primera, recordaba el paisaje nativo, donde vallas, fosos y canales reducen la naturaleza a la más perfecta sumisión. En los seis días que llevaban remontando el río, el esplendor indomado de aquel rincón del mundo le había sugerido una idea hasta entonces no presentida: la insignificancia del hombre. Durante el viaje apenas habían encontrado rastros humanos; un día se cruzaron con una canoa, otro entrevieron en un repecho de la orilla un puesto de vigilancia, y otros, casi todos, nada... nadie. Holroyd comprendió durante este viaje que el hombre es un animal poco frecuente cuyo dominio terrenal se reduce a una ínfima parte del globo.
A medida que se prolongaba la sinuosa navegación hacia Badama se daba más profunda cuenta de aquellas verdades. El pintoresco capitán, preocupado tan pronto de las hormigas como de la recomendación recibida de economizar las municiones del cañón de proa, no lograba apartar ambas ideas de su meditación. A pesar de aplicarse al estudio del castellano para entretenerse, en la práctica estaba constreñido aún a conjugar todos los verbos en presente y a emplear escueto el substantivo, y la sola persona capaz de comprender el inglés, fuera de Guérilleau, era un fogonero negro, que más que hablarlo lo tartamudeaba con fatigosa angustia; así que Holroyd no podía expansionarse mucho. El segundo comandante, llamado Da Cunha, aseguraba hablar francés, pero debía ser un francés diferente del aprendido por el ingeniero en el colegio de Southport, y eso hacía que sus relaciones se limitaran a un cambio de cortesías y de breves observaciones sobre el tiempo, el cual, como tantas otras cosas en el desconcertante nuevo mundo, carecía de alteraciones familiares y era día y noche tórrido, saturado de humedad, surcado apenas por bocanadas caliginosas portadoras de miasmas de pútridas vegetaciones; y árboles, pájaros, insectos, alimañas, serpientes y monos, en terrible variedad, parecían preguntar al hombre con monotonía hostil qué venía a buscar a aquellos parajes, en cuyo cielo los soles carecían de júbilo y las noches de frescas brisas. Aun cuando los vestidos pesaban horriblemente sobre el cuerpo, era imposible desnudarse a causa del calor durante el día y de los mosquitos por la noche. Sobre el puente deslumbraba la luz, mientras en los camarotes se sentían principios de asfixia. Moscas sutiles, ligeras y dañinas, picaban en los tobillos y en los puños; y el capitán Guérilleau, única y pintoresca compensación para Holroyd de tantas incomodidades físicas, se había tornado fastidioso, repitiendo día tras día sus vulgares aventuras cual si desgranara un rosario. A veces, Da Cunha proponía una partida de caza, y disparaban algunos tiros sobre los caimanes; de raro en raro se detenían junto a los caseríos agazapados bajo los árboles e improvisaban festejos cuyos dos únicos números eran el baile y la bebida. Estas escalas constituían oasis momentáneos en la aridez tediosa del viaje sobre las aguas rápidas, aturdidos por el trepidar de los motores; y como no podían llevar a bordo a mujer alguna, se contentaban con reverenciar la damajuana, obesa y seductora deidad prodigadora de entusiasmos y olvidos que se erguía a popa como sobre un altar. Holroyd pensaba con complacencia que debía haber otra divinidad de repuesto en el fondo de la bodega.
A cada escala Guérilleau recogía nuevos pormenores acerca de la invasión de las hormigas, y concluyó interesándose por su misión.
–Se trata de una nueva especie –decía al volver de interrogar a algún indígena–. Una especie desconocida que seremos los primeros en estudiar, pues vamos a convertirnos en... ¿cómo se llaman los que estudian bichejos? Entomólogos, sí... Dicen que son enormes, que algunas tienen cinco centímetros y aún más... ¿Verdad que es grotesco? ¡Eso de convertirnos en atrapadores de hormigas!... Lo malo es que, según dicen, éstas lo devoran todo y están arrasando la comarca.
Y agitado de patriótica preocupación, prosiguió:
–Supongamos que estalla inopinadamente una guerra con cualquier país de Europa y me coge a mí aquí, a seis días de viaje... Figúrese. ¡Un cañón menos al servicio de la patria!
Y dándose palmaditas en la rodilla, volvió a su idea dominante sin fijarse en la sonrisa irónica del ingeniero.
–Esas gentes en cuyo campamento bailamos ayer, son fugitivos obligados a huir de sus hogares sin poder coger siquiera muebles ni ropa. Las hormigas llegaron un mediodía y fue preciso dejarles libre el terreno inmediatamente y escapar; una sola hora de retraso habría bastado para que los devorasen. ¿Comprende? Por lo general en cuanto se comen los granos y los insectos vuelven a irse, pero esta vez no fue así. Y cuando trataron de ir a explorar y ver si tenían ya permiso para volver a ocupar sus casas, sucedió una cosa espantosa. El primero que se atrevió a entrar fue un mozo, y las hormigas lo atacaron.
–Pero, ¿cómo? ¿En grupos? ¿A picotazos? ¿A mordiscos?
–No sé. Sus parientes lo vieron salir despavorido de la casa, pasar como loco junto a ellos y tirarse de cabeza al río para ahogar las hormigas, que le daban un aspecto negro y horrible.
Y acercando a la cara de Holroyd sus ojos límpidos y oprimiéndole las rodillas, terminó en voz baja y emocionada:
–Por la noche el muchacho murió, cual si lo hubiera mordido una serpiente.
–¿Envenenado por las hormigas?
–¡Quién sabe! Acaso las mordeduras fueran tan tremendas que no hiciese falta veneno... ¡No nos debían mandar para esto!... Yo estudié la carrera para luchar con hombres, no con bichos... Eso no debía de ser cosa nuestra.
A partir de ese día el capitán habló con frecuencia de las hormigas; y cada vez que la casualidad les deparaba el encuentro con un ser humano en aquella inmensidad de agua, de Sol y de inmensos bosques distantes, Holroyd oía que la palabra indígena «sauba» (hormiga) se repetía como un leit motiv inquietante en las conversaciones. El interés crecía a medida que se aproximaban a la zona invadida. Esta curiosidad general hizo que el capitán depusiese su gesto autoritario para aceptar la conversación del segundo, que conocía acerca de las especies de hormigas comunes curiosas particularidades, reveladas a Holroyd a través de la traducción nada fácil de Guérilleau. Da Cunha habló del ejército anónimo de obreras que pululan y combaten guiadas por otras hormigas mayores, reinas al parecer, que cuando ya el enemigo está casi vencido trepan hasta el cuello, infligiendo picaduras de las cuales brota la sangre; explicó también con qué habilidad cortan las hojas para protegerse con ellas, y aseguró haber visto en Caracas hormigueros de más de cien metros... Durante tres días discutieron los tres si las hormigas tenían o no ojos; y la discusión llegó a exaltarse tanto con peligro de jerarquías y respetos, que Holroyd creyó oportuno ir a tierra en busca de una hormiga y decidir experimentalmente la duda. En efecto, capturó varias de distintas especies, y tras largos exámenes creyeron comprobar que unas tenían ojos y otras no. Entonces la discusión volvió a encresparse, so pretexto de si las hormigas mordían o picaban.
–Estas que vamos a combatir –dijo el capitán, que aseguraba haber visto algunas en un rancho–, no sólo no carecen de ojos, sino que los tienen grandísimos, y en lugar de correr a ciegas como las comunes, permanecen quietas en un rincón y observan desde él antes de atacar.
–Pero, ¿pican? –preguntó Holroyd.
–Sí, pican e infiltran ponzoña en la picada... Mientras más pienso menos me explico qué podremos hacer contra ellas. Acabarán por irse según han venido, y en paz.
–¿Y si no se van?
–Alguna vez han de irse, ¡qué caramba! –respondió Guérilleau.
Pasado Tamandú, el río se dilataba en una solitaria extensión de ochenta millas para estrecharse luego y fundirse con otro río aún más caudaloso. En la confluencia tupidos bosques parecían querer encerrar la corriente; el aspecto no era ya el mismo: troncos y vegetaciones flotaban a la deriva, y por primera vez el Benjamín Constant pudo amarrarse aquella noche a los troncos seculares de árboles cuyo ramaje llegaba casi hasta la borda. Holroyd y Guérilleau permanecieron despiertos hasta muy tarde, disfrutando de la deliciosa sensación de estar sumidos en una de las bellezas más grandes de la naturaleza. Entre cigarro y cigarro el capitán hablaba, sin lograr libertarse de la obsesión de las hormigas; ya muy tarde, temeroso del calor, mandó tender una colchoneta sobre el puente. Sus últimas palabras antes de dormirse fueron de amedrentada perplejidad.
–¿Qué vamos a hacer contra esas endiabladas hormigas? ¡Es absurdo, absurdo!
Ya solo, Holroyd, clavándose de vez en cuando la uña para mitigar el dolor en la picadura de algún mosquito, se puso a meditar sentado bajo la toldilla, mientras escuchaba la respiración intranquila de Guérilleau. Rumores extraños partían tan pronto del río como de la selva, y la misma impresión de grandeza que lo había empequeñecido al ponerse por primera vez en contacto con el trópico, se apoderó de nuevo de él. Sólo una luz fulgía sobre la sombría masa del cañonero; la brisa traía de proa bisbiseo de conversación, y luego volvía a quedar todo en calma. Sus ojos iban desde la obra muerta del buque a las aguas, que parecían muertas también, y a la masa profunda del bosque, que se dijera deseosa de penetrar en el río. Entre la fronda, de tiempo en tiempo, palpitaba la llamita fosfórica de algún gusano de luz, y sin turbar el vasto silencio se percibían crujidos, susurros, signos de esa actividad misteriosa y profunda que palpita durante la noche en los bosques.
La selvática inmensidad del paraje lo conmovía. Como todo hombre, Holroyd sabía que los cielos son inmensos y el océano desmesurado e indomable; pero esta noción abstracta había sido modificada por la vida en su país natal, donde todo parece indicar que el mundo pertenece al hombre... Y esta afirmación orgullosa, en Inglaterra no era mentira: allí los animales no domésticos viven por tolerancia y crecen según contrato; por doquiera los caminos, las cercas, las precauciones, hablan de una seguridad establecida por el hombre a su exclusivo servicio; y desde la escuela, en los mapas, se adquiere la noción de que la Tierra pertenece al hombre, que colorea con agradables tintas las porciones ocupadas por cada pueblo mientras deja en un azul monótono la amplia inmensidad de los mares... De este modo Holroyd, igual que tantos, había aceptado sin casi considerarla la idea de que un día no habría sitio del globo en donde el arado no hubiese hecho surco, ni humano agrupamiento en que llanos caminos y ágiles tranvías no facilitasen el tráfico llevando a todas partes la seguridad organizada. Mas ahora, ante la inmensidad americana, empezaba a dudar.
El bosque rumoroso parecía responder a su duda diciéndole: «Soy invencible; si tolero la presencia del hombre es a título de intruso inofensivo a quien impongo la disyuntiva de abandonarme o perecer». Milla tras milla, enmarañándose, los troncos gigantescos, los tupidos arbustos y las enredaderas parásitas unen su barrera a las flores cuyo aroma pujante hace desfallecer las cabezas más fuertes; y a cado paso la tortuga, la serpiente, la variedad infinita de pájaros, insectos y fieras, parecen también decir al hombre: «Estamos en nuestros dominios; nada tienes que hacer aquí». La menor victoria sobre la selva cuesta tremendos sacrificios; hay que combatir la vegetación y los animales; hay que exponerse a sucumbir por la picadura, por la garra y por la fiebre... Y como prueba de la realidad de su meditación, aquí y allá una cabaña abandonada y un ajuar derruido decían a Holroyd la lección del hombre derrotado en su intento de conquistar los intrincados reinos del jaguar y del tigre.
¿Y eran los terribles felinos los verdaderos dueños? Holroyd pensó que selva adentro, a muy pocas millas, debía de haber más hormigas que hombres hay en el mundo; y tuvo de súbito esta idea absolutamente nueva y terrible: Si en algunos millares de años el hombre ha pasado del estado bárbaro a un grado de civilización que le permite creerse dueño del porvenir y soberano de la Tierra, ¿quién impedirá a las hormigas evolucionar de manera análoga? Las conocidas por él vivían en pequeños grupos, sin esfuerzo alguno coordinado contra las fuerzas hostiles; mas si es innegable que poseen un lenguaje y no carecen de inteligencia, ¿por qué habían de detenerse en su estado actual más de lo que se detuvo el hombre en el estado de barbarie?... Supongamos que las hormigas comenzaran a metodizar sus conocimientos y que así como nosotros centuplicamos nuestro poder merced a la tradición y a la escritura, inventaran armas, fundaran imperios y sostuvieran guerras organizadas estratégicamente... ¿Por qué no pensar en la posibilidad de todo esto?... El ingeniero recordó los detalles recogidos por el capitán acerca de aquellas hormigas misteriosas y formidables contra las cuales iban a luchar. Según todos los testimonios, disponían de un veneno tan mortífero como el de las peores serpientes, y obedecían a jefes más aptos por lo visto que las hormigas cortadoras y acarreadoras a que se había referido Da Cunha. Y por si esto fuese poco, eran carnívoras, valerosas, y en lugar de partir después de haber limpiado las casas de granos e insectos, permanecían irreductiblemente fieras, igualmente dispuestas a no compartir con el hombre ningún dominio.
Nada turbaba la quietud de la noche. El agua susurraba contra los costados del navío, y en lo alto, en torno a la luz del mástil, se agitaba un zumbar de falenas. De pronto la voz soñolienta de Guérilleau dijo en la obscuridad, mientras el cuerpo daba una vuelta para poder inmovilizarse de nuevo:
–¿Qué podemos hacer contra esas hormigas?
Y Holroyd fue rescatado del horror de su siniestro ensueño por el clarinear de un mosquito que giraba en torno de su frente, dispuesto a herir.

2
Cuando supo Holroyd a la mañana siguiente que estaban a menos de cuarenta kilómetros de Badama, las riberas más próximas atrajeron su atención. A cada rato subía al puente para observar los alrededores; pero ningún signo de vida humana percibía, excepto las ruinas de alguna casa y la fachada musgosa del abandonado convento de Mojú, por una de cuyas ventanas, cual alegoría del triunfo de la naturaleza, asomaba un árbol su ramaje mientras enredaderas tupidísimas cubrían casi las desconchadas paredes. Extrañas mariposas amarillas, de alas casi traslúcidas, cruzaban el río e iban de vez en cuando a posarse en la cubierta, donde los marineros se entretenían en cazarlas... Fue aproximadamente a mediodía cuando vieron a lo lejos el lanchón arrastrado por la corriente.
A primera vista no creyeron que navegase sin rumbo, pues las velas fláccidas parecían esperar la brisa y una forma humana se divisaba a proa sentada junto a los dos grandes remos. A popa también otra silueta semejaba dormir apoyada contra el extremo del puente central; pero bien pronto las oscilaciones del timón y la tendencia a ser atraída por la estela del cañonero, demostraron que algo insólito ocurría a bordo. Guérilleau, que se puso a observarla con los gemelos, se asombró de la extraña negrura del rostro del hombre sentado a proa; y por más que graduó el anteojo no pudo distinguir la nariz en la mancha negrorrojiza de la cara. El cuerpo parecía más desplomado que sentado a medida que se aminoraba la distancia, y el capitán sentía nacer y crecer en sí una especie de repugnancia hacia aquel misterio del que, sin embargo, no podía separar la atención. Cuando ya estuvo algo más cerca, llamó a Holroyd y ordenó una maniobra para acortar aún más la distancia. Ya a simple vista se veía el nombre de la lancha –Santa Rosa– escrito a ambos lados de la proa, que cada vez parecía buscar más decididamente la estela del Benjamín Constant.
Al girar el cañonero para acercarse, la Santa Rosa oblicuó brusca y la silueta del hombre sentado a proa se desplomó cual si todas sus articulaciones se hubiesen aflojado de súbito; el sombrero rodó por el puente y dejó al descubierto una cabeza de aspecto repugnante.
–¡Caramba! ¿Ha visto usted? –exclamó Guérilleau saliendo al encuentro de Holroyd, que subía la escalerilla del puente.
–Sin duda está muerto –contestó Holroyd–. Creo que lo mejor será arriar uno de nuestros botes e ir a ver. Algo raro pasa en ese lanchón.
–¿Se ha fijado usted en la cara del hombre?
–No. ¿Cómo la tiene?
–No sé cómo –dijo el capitán contrayendo la boca en un gesto de asco.
Y volviendo de súbito la espalda al inglés, gritó varias órdenes... El cañonero volvió a virar para seguir una dirección paralela a la de la barca; se arrió un bote y embarcaron en él tres hombres al mando del segundo. Devorado por la curiosidad, el capitán maniobró para colocar su navío lo más cerca posible de la Santa Rosa, y mientras los remeros bogaban hacia ella, él y Holroyd eran enteramente ojos... Sin duda alguna sólo estaban a bordo los dos hombres que parecían cadáveres; y aun cuando no podían distinguirse bien sus caras, la crispadura de las manos y la tumefacción de todos los miembros demostraba que habían sido sometidos a algún extraño proceso de descomposición. Durante un instante el interés de Guérilleau y Holroyd se concentró en los hatijos de ropas extrañamente sucios a primera vista; luego fue a fijarse en el entrepuente, donde se apilaban cajas y baúles. La puertecilla de la camareta estaba inexplicablemente abierta, y a medida que la distancia era menor comprobaron aquí y allá grandes manchas negras, movibles. Aquel vaivén obscuro los fascinó enseguida, y al verlo ensancharse en torno de los hombres caídos, les vino a la imaginación, sin necesidad de esforzarse, la imagen de las multitudes saliendo de la plaza al concluir una corrida de toros. Holroyd, que había cambiado de sitio para ver mejor, se dio cuenta de que el capitán estaba junto a él, y le dijo:
–¿Tiene sus gemelos ahí? Fíjese bien en el aspecto de las manchas.
Guérilleau miró con insistencia, balbuceó algunas frases y le tendió los anteojos al ingeniero, quien después de mirar otro rato repuso:
–Son las hormigas, no cabe duda. Ya ve que salen a recibirnos.
Se pusieron de nuevo a observarlas, y al pronto creyeron estar viendo hormigueros semejantes a los de la especie común; mas no tardaron en notar que las hormigas eran mayores, y que algunas de ellas llevaban una especie de manto grisáceo. El examen era tan dificultoso a causa de la oscilación de la lancha, que no podían percibir los detalles. De pronto, la cabeza del segundo apareció tras la borda de la Santa Rosa y entabló con el capitán un breve coloquio:
–Suba a bordo –dijo el capitán.
Como el teniente objetase que la barca estaba llena de hormigas, Guérilleau arguyó:
–¿No tiene usted botas? Unos cuantos pisotones le bastarán para abrirse camino.
Desviando la conversación, gritó el segundo:
–¿Cómo habrán muerto estos pobres hombres?
El capitán se extendió en hipótesis que Holroyd no pudo seguir, y empezó luego a discutir con vehemencia creciente, mientras el ingeniero, tomando de su mano los anteojos, tornó a examinar las hormigas y el cadáver tendido sobre la cubierta central. He aquí la minuciosa descripción que más de una vez ha hecho de aquel examen:
«Las hormigas eran mayores que las de todas las demás especies conocidas, y se movían con rapidez y precisión nada semejantes a los ciegos tanteos con que suele proceder la hormiga común. De cada veinte o veinticinco se destacaba una más grande, cuya cabeza, sobre todo, tenía desmesurado tamaño; y viéndolas reunirse en torno a las otras, como si coordinaran su esfuerzo, pensé enseguida en capataces que capitanearan un grupo. Estas hormigas mayores recogían el cuerpo extrañamente antes de avanzar, al modo de minúsculos felinos, cual si quisieran servirse mejor de sus patas anteriores. Y más de una vez tuve la idea extraña, imposible de verificar por la distancia y la movilidad de la lancha y del cañonero, de que la mayor parte tenía, tanto en derredor del cuerpo como en la extremidad de sus patas, algo artificial, añadido para ampliar su poder de acción, que brillaba como metal blanco.»
El conflicto de disciplina se elevaba entre el capitán y su segundo con acres caracteres, y arrancó al ingeniero de su contemplación. Guérilleau vociferaba crispando los puños:
–¡Su deber es cumplir la orden y subir a la lancha!
El teniente no parecía participar de esta opinión, y para buscar testigos y apoyo volvía la vista hacia las cabezas cobrizas de los marineros mulatos que tenía cerca. Holroyd, para desviar la cuestión, dijo en inglés:
–Me parece que esos pobres hombres han sido devorados por las hormigas.
Pero, sin responderle, el capitán siguió interpelando colérico a Da Cunha:
–¡Le intimo por última vez a subir, y si no cumple la orden, incurre en el delito de insubordinación! ¿Lo oye? De insubordinación y cobardía... ¿Es ése el valor que se le supone en la hoja de servicios? ¡Si tarda un minuto más en subir, lo meteré en el calabozo, le formaré consejo de guerra y hasta lo fusilaré si es preciso; sí, señor!
Siguió lanzando un torrente de injurias con los puños agarrotados y los pies trémulos, mientras el teniente, silencioso, lívido, lo miraba sin decidirse, pintada la angustia en los ojos. Toda la marinería se había reunido a proa, estupefacta... De pronto, en un instante en que el capitán se detuvo para tomar aliento, el segundo pareció adoptar una heroica resolución, y alzándose merced a una flexión de sus membrudos brazos, subió a la Santa Rosa. El capitán contuvo un nuevo alud de imprecaciones y cerró la boca en un «¡ah!» de satisfecha curiosidad.
Holroyd vio a las hormigas retirarse ante los pesados pasos de Da Cunha, que al llegar junto al cadáver caído en el puente titubeó, se inclinó sobre él y, asiéndolo por la chaqueta, le dio una vuelta para verlo de cara. Una verdadera oleada negra salió del traje, y el teniente retrocedió con rapidez y pateó tres o cuatro veces violentamente. El ingeniero volvió a coger los anteojos, y pudo ver en torno a las recias botas del intruso dispersarse las hormigas y proceder de manera opuesta a la de sus hermanas de la especie común: en vez de perder terreno y tiempo en locas idas y venidas, se apartaban en línea recta y, agrupándose a poca distancia, parecían considerar a Da Cunha como lo haría un grupo de hombres ante un gigantesco monstruo que acabara de derrotarles.
–¿De qué ha muerto? –gritó el capitán.
Holroyd adivinó que el teniente explicaba que el cuerpo estaba demasiado desfigurado para darse cuenta de la causa de la defunción. La voz del capitán volvió a preguntar:
–¿Qué hay en la camareta de proa?
Da Cunha avanzó algunos pasos y comenzó a responder en portugués; de pronto se detuvo, sacudió con brusco ademán una pierna en movimientos extraños, cual si tratara de pisotear objetos invisibles, y se encaminó de prisa hacia el bote; mas dominado otra vez por el sentimiento del deber, dio media vuelta y, después de bajar a la bodega, se le vio escalar la proa e inclinarse un instante sobre el otro cadáver. Casi enseguida lanzó un gemido y volvió a desandar su camino a pasos rígidos, hasta que se detuvo y en tono respetuoso y frío que contrastaba con la excitación anterior, se puso a dialogar con el capitán. Holroyd, no pudiendo comprenderle bien, no abandonaba los gemelos, y observó que las hormigas habían desaparecido de todos los sitios visibles; mas en los rincones sobrios le pareció distinguir el brillo de innumerables ojos brillantes, en acecho.
Entre el capitán y el teniente se decidió que la Santa Rosa, demasiado llena de hormigas para consentir la permanencia de un destacamento, debía ser remolcada; y Da Cunha marchó de nuevo a proa para recibir el cable y amarrarlo, mientras los marineros, de pie en el bote del Benjamín Constant, miraban curiosos sin poder prestarle ayuda. Cada vez más impresionado, Holroyd se daba cuenta de que una actividad al mismo tiempo unánime y furtiva agitaba a los misteriosos insectos. Por lo pronto descubrió que gran número de hormigas gigantes, no menores de tres o cuatro centímetros, iba de una zona obscura a otra arrastrando objetos inidentificables. No marchaban en columnas compactas, sino en líneas que evocaban los avances, alternados de carreras y ocultaciones, de la moderna infantería bajo el fuego; y como hace ésta en cada trinchera o montículo, se detenían en los accidentes favorables de la cubierta antes de ir a reunirse en multitud innúmera junto a la escalerilla de la bodega por donde indefectiblemente Da Cunha tenía que pasar al regreso.
Holroyd no las vio asaltar al teniente, pero tuvo la certeza de que el ataque había sido ejecutado con terrible método. El grito de Da Cunha fue tan repentino, tan angustioso, que les heló la sangre:
–¡Me han picado, me han picado!
Un instante lo vieron volver hacia ellos su cara dolorida y rencorosa, correr a pasos inciertos hacia la borda y lanzarse al agua con tal violencia, que suscitó un gran remolino.
Los marineros lo izaron al bote y lo condujeron a bordo, donde murió pocas horas después.

3
Al salir del camarote donde el cuerpo del desventurado Da Cunha yacía inflado y contorsionado por la terrible muerte, Holroyd y el capitán se dirigieron a popa y permanecieron un rato contemplando la barca siniestra que seguía las aguas del Benjamín Constant. Las tinieblas de la noche sólo eran interrumpidas de tiempo en tiempo por relámpagos estivales azulosos y trémulos, y la barca de la muerte –vago triángulo obscuro– se deslizaba tras ellos con su velamen fláccido, sobre el cual el humo de las chimeneas del cañonero ponía un palio de sombra que a veces surcaban rojas chispas... El pensamiento de Guérilleau se detuvo en el recuerdo del agrio coloquio sostenido por la mañana con su segundo y en las palabras acusadoras proferidas por éste en el delirio de la fiebre postrera.
–Es absurdo que haya dicho que yo lo asesiné... ¿No le parece? ¡Alguno tenía que subir a la lancha!... ¿Es que no va a quedar otro remedio que dejarles el campo libre a esas condenadas hormigas en cuanto se presenten?
Holroyd, sin responder, pensaba en el disciplinado asalto de los pequeños e innumerables monstruos sobre la cubierta desnuda, bajo el fuego del Sol. El capitán insistió aún:
–Era a él a quien correspondía ir: yo no podía abandonar el mando. ¿Puede un militar quejarse de morir cumpliendo su deber?... ¡Asesinado! Lo que pasa es que estaba... ¿cómo diré yo?..., loco, loco, sí... quizá por efecto del veneno. ¿No lo cree usted?
Siguió un largo silencio a esta pregunta, e interpretándolo como favorable respuesta, el capitán dijo:
–¡Hay que hundir esa maldita barca!... Voy a mandar ahora mismo que le prendan fuego.
–¿Para qué?
La pregunta pareció irritarlo, y encogiéndose de hombros y cruzándose de brazos, preguntó a su vez:
–¿Que para qué? Para hacer algo. Lo que es esas hormigas no volverán a matar a ningún hombre.
Holroyd no tenía ganas de conversación y no contradijo a Guérilleau. Lejana algarabía de monos llenó de gritos agoreros la densa noche al acercarse la cañonera a la orilla frondosa y suscitar el croar áspero de las ranas. Después de un largo intervalo durante el cual el capitán repitió varias veces sus propias palabras para buscar la controversia, lo invadió una cólera activa que se tradujo en blasfemias y órdenes. Toda la tripulación pareció alegrarse, cual si un deseo de venganza multiplicara su celo. Se cortó el cable, volvieron a arriar el bote, y brazos fornidos lanzaron a la barca siniestra pedazos de estopa saturados de petróleo y luego mechas encendidas. Poco después surgió detrás del cañonero una llama alegre y crujiente; y Holroyd veía la lanza de oro elevarse en la sombra e iluminar el agua, el buque, la ribera, con luz tan pronto amarilla como verdosa. Hasta los maquinistas subieron a ver el espectáculo... Detrás de Holroyd la voz del mulato dijo después de un gran esfuerzo filológico:
–«Sauba» hacer era, era... ¡Oh, yo contento, contento!
Y estalló en ancha risa que no logró comunicar al ingeniero, quien, recordando el drama de la mañana, estaba pensando que las innumerables hormigas abrasadas en la hoguera flotante tenían también ojos para ver y cerebro para pensar.
La interrogación desesperada de Guérilleau «¿qué hacer contra ellas?» se había también incrustado en su mente, y se la repetía a sí mismo todavía cuando el cañonero fondeó delante de Badama. El caserío, con sus techos de palma seca, sus establos, su quieto molino verdecido de enredaderas y su paseo ribereño orillado de rosales que se inclinaban para mirarse en la corriente, dormía en la quietud matinal; y a medida que el Sol iba subiendo, parecía muerto en vez de dormido. En cuanto a las hormigas, su pequeñez y la distancia impedían comprobar su presencia.
–Todos los habitantes deben haber huido –dijo Guérilleau–; pero como hay que hacer algo pitaremos con la sirena por si queda alguno.
Holroyd tiró del alambre del silbato, y un lamento agudo y tembloroso llenó el aire y fue a arrancar ecos al bosque. Cuando se extinguió, el capitán tuvo una idea laboriosamente concebida:
–Podemos hacer una cosa –dijo.
–Usted dirá.
–Tocar la sirena otra vez.
Y mientras el alarido volvió a vibrar en la quietud del día naciente, Guérilleau medía a grandes zancadas la cubierta, agitado por pensamientos múltiples que, a veces, temerosos de romper la prisión del cerebro, asomaban a los labios en fragmentos discordes, ya en español, ya en portugués. Parecía dirigirse a un tribunal invisible y justificar ante él su conducta; Holroyd percibió algunas frases referentes a las municiones y se puso a mirarlo extrañado. Entonces Guérilleau le habló en inglés:
–¿Quiere usted decirme, mi querido ingeniero, qué puede hacerse?
Embarcaron en un bote y fueron acercándose a la playa para examinar minuciosamente con los anteojos «al enemigo». Poco a poco las formidables hormigas fueron apareciendo en posturas inmóviles, con los ojos alerta, fijos en el botecillo que se aproximaba. Y cuando estuvieron cerca, ya una multitud estaba belicosamente apiñada junto al embarcadero donde era necesario atracar, dispuestas sin duda a cerrarles el paso. Guérilleau sacó el revólver y, con cólera estéril, se puso a dispararles tiros. Holroyd, apretándose contra las cavidades oculares los gemelos, creyó percibir que de casa a casa iban extrañas zanjas llenas de una actividad incansable. Cuando estuvieron a pocos metros pudieron ver del otro lado del muelle un esqueleto perfectamente mondado y reluciente, cubierto a medias con los harapos del vestido... Los marineros habían dejado de bogar para hablar mejor, y el capitán dijo desesperado:
–¡Y la nota del almirante me dice que todas las vidas de Badama están a mi cargo, ya ve usted! Y como también están las de la tripulación, no puedo mandar un destacamento a tierra: serían atacados y envenenados como Da Cunha; y a la vuelta los veríamos hincharse e insultarme lo mismo que él, para morir retorciéndose en contorsiones espantosas... No, no, es imposible. Caso de desembarcar alguien, debo ser yo... Iré con botas fuertes y decidido a todo... Aunque me parece que tampoco yo debo desembarcar... ¡no sé, no sé!...
Holroyd comprendió que en estas dudas estaba implícita la decisión sensata de no exponerse, y nada dijo. La cólera del capitán volvió a recaer sobre su manía primitiva:
–Esta comisión no ha tenido otro objeto que ponerme en ridículo.
Anduvieron de aquí para allá sin acercarse mucho, examinando el avisador esqueleto desde diferentes lugares, y luego volvieron a bordo. La incertidumbre del capitán se exacerbaba por momentos. A mediodía levantaron presión y el cañonero se dirigió velozmente río abajo, cual si fuese en busca de algo muy urgente, para girar a las pocas horas y volver a anclar al caer la tarde frente al caserío destruido, con su quietud hostil, su muellecito orlado de rosales, sus zanjas amenazadoras y su esqueleto que hablaba con muda elocuencia del dolor, de la impotencia y de la muerte. Una enorme turbonada agitó la atmósfera, y tras la lluvia y los truenos vino la noche fresca profunda, espléndida de astros; y tanto en el pueblo como en el buque pareció dormir todo, excepto Guérilleau, que paseaba como fiera enjaulada por el puente. Holroyd despertó con el alba, y dirigiéndose al insomne, le preguntó:
–¿Hay algo nuevo?
–Nada, nada... pero ya he decidido.
–¿Va usted a desembarcar?
Había en la pregunta del ingeniero una alegría maligna, mas Guérilleau no pareció percibirla, y poniendo a prueba la ansiedad del ingeniero, dijo:
–He decidido, pero no eso... He decidido tirarles con el cañón de proa.
Así lo hizo; y Dios sabe lo que las terribles hormigas pensaron de tan madura decisión. Dos veces, con belicosa solemnidad, mandó en persona el fuego, y toda la tripulación hubo de ponerse algodones en los oídos y formar en zafarrancho de combate, como si se tratase de una batalla. Al primer cañonazo el antiguo molino de azúcar cayó a tierra, y al segundo, el almacén situado cerca del muelle se derribó con pardo estrépito. Sólo entonces se produjo en el ánimo colérico del capitán la reacción razonable:
–Todo es inútil, inútil –suspiró–. No nos queda más que volver a pedir instrucciones precisas. ¡Y por si no era bastante, ahora me reñirán también por el despilfarro de municiones!... ¡Han querido ponerme en ridículo...! No me cabe duda, mi querido Holroyd.
Todavía un momento, antes de decidir, permaneció con los ojos fijos en el vacío, presa de infinita perplejidad, y volvió a su ritornelo doloroso:
–¿Qué puede hacer el hombre contra las hormigas? ¡Nada, nada!
Durante el día el cañonero descendió perezosamente por el río, y a media tarde un destacamento fue a enterrar bajo los copudos árboles, en un lugar libre aún de la invasión, el cuerpo terriblemente desfigurado de Da Cunha.

4
Holroyd mismo me contó aún no hará tres semanas la historia transcripta anteriormente; y luego se la he oído referir también a otros. Llena la imaginación del recuerdo de las hormigas invencibles, ha regresado a Inglaterra con la idea, según dice, de concitar al país contra las invasoras antes de que sea demasiado tarde.
Asegura que ya amenazan la Guayana, apenas separada por mil millas de su presente zona de acción, y que el ministro de las Colonias debe ocuparse sin tardanza del asunto. Si alguien sonríe al oírlo, se exalta y argumenta así:
–¿Ha pensado usted en que se trata de hormigas inteligentes? Medite en lo que este hecho significa, y suponga que puedan, como nosotros, llegar a servirse de utensilios, a descubrir el fuego y los metales, y a ejecutar, por verdaderos prodigios de mecánica, maravillas superiores a cuantas la ignorancia europea desconoce aún. ¿No saben ustedes que las «sauvas» en 1841 horadaron bajo el Paraíba un túnel no menos ancho que el Támesis a su paso por Londres? Estoy seguro de que se sirven de sus maravillosos medios actuales con un método lógico y minucioso, sin despreciar ninguna lección de la práctica, lo que equivale a nuestros libros guardadores y propulsores de cultura. Hasta aquí su acción se limita a una invasión progresiva que fuerza a perecer o a huir a todo ser humano; pero su número aumenta formidablemente, y estoy persuadido de que pronto el hombre habrá tenido que abandonarles íntegra la América del Sur...
–Usted no habla en serio; usted no cree...
–Creo más. ¿Por qué han de detenerse en la América del Sur? En 1915 o poco más tarde habrán llegado, si no aumentan la velocidad de su avance, a las primeras estaciones del ferrocarril, y entonces los capitalistas europeos no tendrán otro remedio que ocuparse de ellas. Hacia 1920 poseerán de seguro la mitad de la cuenca del Marañón; y no me parece aventurado vaticinar para el 1950 ó 60 la fecha de su descubrimiento de Europa.


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10-17-2008 03:59 PM
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