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LAS PARADOJAS DEL TIEMPO
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LAS PARADOJAS DEL TIEMPO
LAS PARADOJAS DEL TIEMPO








Domingo Santos









(Recopilador)
Domingo Santos


© 1982 Ediciones Dronte Biblioteca Básica de CF nº 3.


ISBN: 84-366-0061-4 Edición digital: Umbriel R6 11/02


ÍNDICE

Introducción,
Las paradojas del tiempo © Domingo Santos

Ladrón en el tiempo
(A Thief in Time) © Robert Sheckley, 1954

Sobre el tiempo y Texas
(Of Time and Texas) © William F. Nolan, 1956

El programa del destino
(The Destiny Show) © Derek Lane, 1960

El fundador de la civilización
(¿?) © Romain Yarov, 1969

El armario temporal
(Time Locker) © Lewis Padgett, 1943

El cruce
(L'Incrocio) © Sandro Sandrelli, 1963



Introducción

Las paradojas del tiempo
En 1888, un joven escritor de veintidós años iniciaba la publicación de una serie de ensayos sobre el tiempo en una revista de aficionados. Siete años más tarde, sobre la base de estos ensayos, el mismo autor escribía una novela que en poco tiempo se convertiría en un clásico universal. El autor se llamaba Herbert George Wells, y la novela, por supuesto, se titulaba «La máquina del tiempo».
Desde aquel lejano 1895 hasta hoy, el tema del tiempo se ha convertido en uno los más apasionantes para los autores de ciencia ficción de todo el mundo. Sus posibilidades son infinitas, desde las simples paradojas temporales («Sí señor, fui al pasado, me enamoré de una chica y... ¡Bueno, pues resulta que ahora soy mi propio abuelo!») hasta las meras utopías sociales («Fui a doscientos años en el futuro, y la sociedad se había convertido en una tiranía militarista que...»), sin contar con la posibilidad de hacer cambiar el tiempo («Fui a 1889 y maté a Hitler en su cuna y...») con todas sus previsibles consecuencias.
Pero, de todas ellas, una de las posibilidades que más atraen al autor es precisamente la primera: las paradojas temporales.
A esas paradojas dedicamos este volumen. La paradoja temporal más sencilla de pergeñar es, por supuesto, el lazo cerrado, el pez que se muerde la cola, el clásico problema del huevo y la gallina. Supongamos el ejemplo más simple: nuestro protagonista recibe una extraña visita: un hombre le advierte que al día siguiente no debe tomar el avión con el que pensaba trasladarse a otra ciudad porque este avión se estrellará, y al mismo tiempo le hace entrega de un sobre para que lo abra cuando haya comprobado la veracidad de su aviso. Impresionado por toda el aura que rodea la advertencia, nuestro héroe decide hacer caso. Al día siguiente, efectivamente, el avión se estrella. El sobre que le ha entregado el desconocido, al ser abierto, resulta que contiene los planos de una máquina para viajar por el tiempo, y con los planos hay un nuevo aviso: «Quien te ha avisado eres tú mismo, el tú del futuro. Construye esta máquina del tiempo: su construcción te llevará cinco años. Cuando la hayas terminado, debes acudir al pasado a avisar a tu yo anterior del peligro que puede poner fin a su vida». Nuestro héroe construye su máquina, tarda cinco años en tenerla a punto, y una vez probada satisfactoriamente cumple las instrucciones: viaja al pasado y avisa a su yo de cinco años antes del peligro que corre, al tiempo que le entrega el sobre que a su vez le permitirá realizar todo el proceso. El círculo se ha cerrado. Pero, cabe preguntarse: ¿de dónde ha salido en su origen esta máquina del tiempo? De la nada, evidentemente...
Desde esta paradoja simple, que con más o menos variaciones han explotado casi todos los autores de ciencia ficción del mundo entero, las complicaciones pueden prolongarse al infinito: el primer relato que abre este volumen es un buen ejemplo de ello. Y, generalmente, todas estas paradojas desembocan en una aparente imposibilidad... y ahí reside precisamente su principal atractivo. Como también en sus consecuencias: si yo voy al pasado, pregunta el autor, y mato a mi abuelo antes de casarse, ¿qué me ocurrirá a mí? ¿Desapareceré, seguiré viviendo? ¿Me convertiré en algo distinto a lo que soy ahora?
Las paradojas temporales ponen sobre el tapete el problema metafísico del determinismo, del libre albedrío. De hecho, si el viaje por el tiempo es posible (y me refiero aquí al viaje al futuro), entonces es que todo existe ya a nuestro alrededor, la teoría de que vamos construyendo sobre la marcha el futuro con nuestras decisiones es falsa. Y las historias de paradojas temporales ponen muchas veces una coletilla a este determinismo: al igual que podemos viajar al futuro, ¿acaso podemos también viajar al pasado y cambiarlo?
Naturalmente, en este último aspecto, hay teorías (y relatos) para todos los gustos: desde los que apuntan a que seremos meros fantasmas, espectadores de un pasado al que podremos acceder pero sobre el que no tendremos ninguna influencia (¡por lo que incluso podremos organizar viajes turísticos a los tiempos antiguos!), hasta aquellos en los que, como en un celebre relato de Ray Bradbury, el simple hecho de matar una mariposa en la más remota prehistoria puede transformar por completo a toda la humanidad.
Y finalmente están también aquellas paradojas en las que el viajero del tiempo puede cambiar el pasado, transformando el mundo, pero sin que por ello desaparezca el actual.
Este último apartado de las paradojas temporales entronca directamente con otro tema de gran repercusión también en la ciencia ficción: los universos paralelos.
Pero de esto nos ocuparemos en otro volumen. El tiempo, y sus paradojas, son de por sí un campo lo suficientemente amplio como para que le podamos dedicar varios números. De momento contentémonos con las paradojas puras y simples. Ahora ya son suficientes...

Domingo Santos


LADRÓN EN EL TIEMPO
Robert Sheckley
La base de todo buen relato sobre paradojas temporales es que estas sean lo más complejas posible. Normalmente, el protagonista nunca debe saber de qué va la cosa hasta el final... y a veces ni siquiera entonces. Ha de saltar de sorpresa en sorpresa en su búsqueda de la explicación a todo lo que le sucede, haciendo saltar con él al lector. Situado bajo estas premisas, pocos relatos sobre paradojas temporales son tan absorbentes como este «Ladrón en el tiempo». El desconcierto del protagonista va parejo al desconcierto del lector, que se siente cada vez más fascinado por el enigma de la sucesión de sus aventuras. Claro que por último, como debe ser, todo queda convenientemente explicado... con la Gran Paradoja Final, por supuesto.
Thomas Eldridge estaba completamente solo en su habitación en Butler Hall, cuando oyó detrás de él un débil sonido chirriante. Esto casi no se registró en su consciencia. Estaba estudiando las ecuaciones Holstead, que habían causado tal revuelo hacía unos pocos años, con su insinuación de un universo no-relativista. Era un inquietante conjunto de símbolos, aunque sus conclusiones habían probado ser bastante erróneas.
A pesar de todo, si uno las examinaba sin prejuicios, parecían probar algo. Había una extraña relación de elementos temporales, con interesantes aplicaciones. Había... Escuchó el ruido otra vez, y giró la cabeza. De pie, detrás suyo, había un corpulento hombre vestido con bombachos púrpura, un pequeño chaleco verde y una porosa camisa plateada. Llevaba una cuadrada máquina negra con diferentes diales, y su expresión era decididamente poco amistosa.
Se miraron el uno al otro. Por un momento, Eldridge pensó que era una broma de los estudiantes. Era el profesor adjunto más joven en Carvell Tech, y algún estudiante siempre le estaba entregando un huevo duro o un sapo vivo durante la Semana Infernal.
Pero este hombre no era ningún estudiante retozando. Tenía al menos cincuenta años de edad, y era inconfundiblemente hostil.
—¿Cómo ha entrado aquí? —preguntó Eldridge—. ¿Y qué es lo que quiere? El hombre alzó una ceja.
—¿Va a vanagloriarse aún de ello, eh?
—¿Vanagloriarme de qué? —preguntó Eldridge, sorprendido.
—Le está hablando usted a Viglin —dijo el hombre—. Viglin. ¿Lo recuerda?
Eldridge trató de recordar si había algún asilo de locos cerca de Carvell. Este Viglin parecía un lunático escapado.
—Debe haberse equivocado usted de hombre —dijo Eldridge, preguntándose si debería pedir auxilio.
Viglin sacudió la cabeza.
—Usted es Thomas Monroe Eldridge —dijo—. Nacido el 16 de marzo de 1926, en Darien, Connecticut. Estudió en la universidad Heights College, en la universidad de Nueva York, graduándose cum laude. Consiguió un puesto en Carvell el año pasado, a principios de 1953. ¿Correcto hasta ahora?
—Muy bien. De modo que ha investigado acerca de mí por alguna razón. Mejor que sea buena, o llamaré a la policía.
—Siempre fue un cliente sin nervios. Pero su bravata no le servirá. Yo llamaré a la policía.
Apretó un botón en la máquina. Instantáneamente, aparecieron dos hombres en la habitación. Llevaban uniforme de color naranja claro y verde, con insignias metálicas en las mangas. Entre ellos transportaban una máquina negra similar a la de Viglin, excepto que esta llevaba una marca en la parte superior.
—El crimen no paga —dijo Viglin—. ¡Arresten al ladrón!
Por un momento, la placentera estancia de Eldridge en el colegio, con sus grabados de Gauguin, sus desaliñados montones de libros, su más desaliñado hi-fi, y su pequeña alfombra roja afelpada, parecieron girar aturdidoramente a su alrededor. Parpadeó varias veces, esperando que todo ello hubiera sido causado por el cansancio de sus ojos. O mejor aún, tal vez había estado soñando.
Pero Viglin aún estaba allí, desalentadoramente sustancial. Los dos policías sacaron un par de esposas y avanzaron.
—¡Esperen! —gritó Eldridge, apoyándose contra su escritorio para sostenerse—. ¿Qué es todo esto?
—Si insiste en acusaciones formales —dijo Viglin—, las tendrá. —Se aclaró la garganta—. Thomas Eldridge: en marzo de 1962, usted inventó el Transportador Eldridge. Luego...
—¡Un momento! —protestó Eldridge—. No estamos aún en 1962, por si ustedes no lo saben.
Viglin pareció molesto.
—No utilice subterfugios. Usted inventará el Transportador en 1962, si prefiere esta terminología. Todo es cuestión de un punto de vista temporal.
Eldridge necesitó un tiempo para digerir esto.
—¿Quieren decir... que ustedes son el futuro? —dijo torpemente.
Uno de los policías dio un codazo al otro. — ¡Qué actuación! —dijo admirativamente.
—Mejor que un espectáculo groogly —convino el otro, entrechocando las esposas.
—Claro que somos del futuro —dijo Viglin —. ¿De qué otro lugar podríamos ser? En 1962, usted inventó, o inventará, el Transportador Temporal Eldridge, haciendo posible el viaje a través del tiempo. Con él, usted se trasladó al primer sector del futuro, donde fue recibido con los más altos honores. Luego viajó a través de los tres sectores del Tiempo Civilizado, dando conferencias. Fue usted un héroe, Eldridge, un ideal. Los chiquillos deseaban crecer para ser como usted —Con una voz ronca, continuó—: Fuimos engañados. Súbita y deliberadamente, usted robó una cantidad de mercancías de alto valor. ¡Nos sorprendió! Nunca habíamos sospechado que tuviera tendencias criminales.
Cuando lo tratamos de arrestar, usted desapareció.
Viglin hizo una pausa y se frotó la frente cansadamente.
—Yo era su amigo, Tom, la primera persona con quien se encontró en el Sector Uno.
Bebimos más de un tazón de flox juntos. Yo preparé su circuito de conferencias. Y usted me robó. —Su faz se endureció—. Deténganlo, policías.
Cuando los policías avanzaron, Eldridge pudo ver bien la máquina negra que compartían. Como la de Viglin, tenía varios diales y una hilera de botones. Rotuladas en blanco en la parte superior, figuraban las palabras:

TRANSPORTADOR TEMPORAL ELDRIDGE
—
PROPIEDAD DEL DEP. DE POLICÍA EASKILL

Los policías se detuvieron y se volvieron hacia Viglin.
—¿Tiene los documentos de extradición? Viglin rebuscó en sus bolsillos. —Parece que no los tengo conmigo. ¡Pero ustedes saben que es un ladrón!
—Todo el mundo lo sabe —dijo el policía—. Pero no tenemos jurisdicción en un sector de precontacto sin documentos de extradición.
—Esperen aquí —dijo Viglin—. Los conseguiré. —Observó cuidadosamente su reloj de pulsera, murmuró algo sobre una media hora de desfase, y apretó un botón en el Transportador.
Desapareció inmediatamente.
Los dos policías se sentaron en el sofá de Eldridge y procedieron a mirar de soslayo los Gauguin.
Eldridge trató de pensar, de planear, de anticipar. Imposible. No podía creerlo. Rehusaba creerlo. Nadie le haría creer...
—Imagina a un individuo famoso como este siendo un bribón —dijo uno de los policías.
—Todos los genios están locos —filosofó el otro—. ¿Recuerdas al bailarín de stuggie que mató a su chica? Era un genio, dijo todo el mundo.
—Sí. —El primer policía encendió un cigarro y tiró la cerilla sobre la pequeña alfombra roja afelpada de Eldridge.
Está bien, decidió Eldridge, era verdad. Tenía que creerlo bajo las circunstancias. Tampoco era tan absurdo. Siempre había sospechado que él podía ser un genio. ¿Pero qué había ocurrido?
En 1962, inventaría una máquina del tiempo.
Era lógico, ya que él era un genio.
Y viajaría a través de los tres sectores del Tiempo Civilizado.
Bien, ciertamente, suponiendo que tuviera una máquina del tiempo. Si había tres sectores, los exploraría.
Incluso podría explorar los sectores no civilizados.
Y entonces, sin ninguna advertencia, se convertiría en un ladrón... ¡No! Podía aceptar cualquier otra cosa, pero esta estaba completamente fuera de su carácter. Eldridge era un hombre joven intensamente honesto, muy por encima de las mezquinas deshonestidades. Como estudiante, nunca había hecho trampa en los exámenes. Como hombre, siempre había pagado el real y exacto impuesto sobre sus utilidades, hasta el último céntimo.
Y aún iba más lejos que esto. Eldridge no tenía ninguna motivación, ninguna necesidad material. Su deseo había sido siempre el establecerse en algún lugar cálido y soñoliento, contento con sus libros y su música, la luz del sol, los vecinos congeniales, el amor de una buena mujer.
De modo que estaba acusado de latrocinio. Incluso si era culpable, ¿qué motivo podía haberlo llevado a la acción? ¿Qué le había ocurrido en el futuro?
—¿Vas a ir al railly scrug? —preguntó uno de los policías al otro. — ¿Por qué no? Llega a Malm el domingo, ¿verdad?
No les importaba. Cuando Viglin volviera, lo esposarían y lo arrastrarían hasta el Sector Uno del futuro. Sería sentenciado y arrojado a una celda.
Todo por un crimen que él iba a cometer.
Tomó una rápida decisión, y actuó con idéntica rapidez.
—Me siento mal —dijo, y empezó a deslizarse fuera de la silla. — ¡Cuidado... puede tener una pistola! —aulló uno de los policías.
Se precipitaron hacia él, dejando su máquina del tiempo sobre el sofá.
Eldridge buceó debajo de la mesa y apareció al otro lado, y saltó sobre la máquina. Pese a su prisa, se dio cuenta de que el Sector Uno sería un lugar poco saludable para él.
De modo que, mientras los policías corrían a través de la habitación, apretó el botón marcado Sector Dos.
Instantáneamente, se sintió inmerso en la oscuridad.
Cuando abrió sus ojos, Eldridge se encontró con que se hallaba sumergido hasta los tobillos en un charco de agua sucia. Estaba en un campo, a seis metros de una carretera.
El aire era cálido y húmedo. Tenía el Transportador Temporal firmemente sujeto bajo su brazo.
Estaba en el Sector Dos del futuro, y esto no lo emocionaba en lo más mínimo. Caminó hacia la carretera. A ambos lados de la misma había campos escalonados, llenos con los verdes tallos de las plantas de arroz. ¿Arroz? ¿En el estado de Nueva York? Eldridge recordó que en su propio sector temporal se había detectado un cambio climático. Se había predicho que algún día las zonas templadas volverían a ser cálidas, tal vez tropicales. Este futuro parecía probar la teoría. Estaba transpirando ya. El suelo era húmedo, como si hubiera llovido recientemente, y el cielo era de un azul intenso y sin nubes.
Pero, ¿dónde estaban los agricultores? Mirando al sol, que estaba directamente sobre su cabeza, tuvo la respuesta. Durmiendo la siesta, claro. Dirigiendo la vista carretera adelante, pudo ver edificios a casi un kilómetro de distancia. Se limpió el barro de sus zapatos y empezó a andar.
Pero, ¿qué es lo que haría cuando llegara a los edificios? ¿Cómo podría descubrir lo que le había ocurrido en el Sector Uno? No podía dirigirse a cualquiera y decirle: «Perdone, señor. Soy de 1954, un año del que usted tal vez haya oído hablar. Parece ser que en alguna forma...» No, eso no serviría. Tendría que pensar en algo. Eldridge continuó andando, mientras el sol lo golpeaba furiosamente. Cambió el Transportador al otro brazo, y luego lo inspeccionó de cerca. Puesto que lo iba a inventar —no, ya lo había hecho—, sería mejor que averiguara como funcionaba.
En su superficie había botones para los tres primeros sectores del Tiempo Civilizado. Había un dial especial para viajar más allá del Sector Tres, hacia los Sectores Sin Civilizar. En un lado había una placa de metal que decía: ATENCIÓN: conceda un margen de medía hora entre saltos temporales, para evitar anulaciones.
Eso no le dijo gran cosa. Según Viglin, Eldridge había necesitado ocho años, desde 1954 a 1962, para inventar el Transportador. Para comprenderlo necesitaría algo más que unos pocos minutos.
Eldridge llegó a los edificios y encontró con que se hallaba en una ciudad de mediano tamaño. Había algunas personas en las calles, caminando lentamente bajo el sol tropical.
Vestían completamente de blanco. Se sintió aliviado al ver que los estilos en el Sector Dos eran tan conservadores y que su traje podía pasar por una versión rústica de lo que allí parecía habitual.
Pasó frente a un edificio de adobe. El letrero de su fachada decía:

LEEDURÍA PÚBLICA.

Una librería. Eldridge se detuvo. En su interior se encontrarían sin duda los archivos de los últimos cientos de años. Habría una crónica de su crimen —si existía— y las circunstancias bajo las cuales lo había cometido. ¿Pero no sería peligroso? ¿Habría algunos carteles solicitando su arresto? ¿Existiría la extradición entre los Sectores Uno y Dos?
Tendría que arriesgarse. Eldridge entró, pasó rápidamente más allá de la delgada encargada de faz gris, y se dirigió hacia los estantes.
Había un gran departamento sobre el tiempo, pero el tratado más completo en un solo volumen era un libro titulado Orígenes del Viaje Temporal por Ricardo Alfredex. La primera parte decía que el joven genio Eldridge había, en un nefasto día de 1954, recibido el germen de la idea a partir de las controvertidas ecuaciones Holstead. Realmente, la fórmula era simple hasta lo absurdo —Alfredex citaba las principales proposiciones—, pero nadie se había dado cuenta antes. La genialidad de Eldridge residía principalmente en percibir lo obvio.
Eldridge frunció el ceño ante este menosprecio: Obvio, ¿no es cierto? El aún no lo comprendía. ¡Y él era el inventor!
La máquina había sido construida en 1962. Funcionó al primer intento, catapultando a su joven inventor en lo que luego sería conocido como Sector Uno.
Eldridge levantó la vista y vio que una niña con gafas, de unos nueve años más o menos, estaba de pie al final de su hilera de libros, mirándolo. Se escondió fuera de su vista. Continuó leyendo.
El siguiente capítulo se titulaba «Las Falsas Paradojas del Tiempo». Eldridge lo hojeó rápidamente. El autor empezaba con la clásica paradoja de Aquiles y la tortuga, y la demolía con el cálculo integral. Utilizando esto como una base lógica, continuaba con las llamadas paradojas del tiempo: matar al propio tatarabuelo, encontrarse a uno mismo, etc.
Estas no tuvieron mejor suerte que la antigua paradoja de Zeno. Alfredex continuaba explicando que todas las paradojas temporales eran la invención de autores dotados para la confusión.
Eldridge no comprendió la intrincada lógica simbólica de toda esta parte, lo cual era perturbador, ya que se le citaba a él como la máxima autoridad.
El siguiente capítulo se llamaba «La Caída del Poderoso». Contaba como Eldridge había conocido a Viglin, el dueño de un gran almacén de artículos de deporte en el Sector Uno. Se convirtieron en buenos amigos. El negociante tomó bajo su protección al tímido y joven genio. Le preparó un circuito de conferencias. Luego...
—Perdone, señor —dijo alguien. Eldridge levantó la vista. La encargada de faz gris se hallaba frente a él. A su lado estaba la niña con gafas con una sonrisa afectada en su rostro.
—¿Sí? —preguntó Eldridge.
—No se admite a los Viajeros Temporal es en la Leeduría —dijo la encargada austeramente.
Eso era comprensible, pensó Eldridge. Los Viajeros podían coger un montón de libros valiosos y desaparecer. Probablemente, y por la misma razón, tampoco eran admitidos en los bancos.
El problema es que no deseaba dejar el libro.
Eldridge sonrió, señaló su oreja, y continuó leyendo apresuradamente.
Al parecer el brillante joven Eldridge había dejado que Viglin se cuidara de todos sus contratos y documentos. Y un día se encontró, para su sorpresa, que había firmado un documento cediendo a Viglin todos los derechos sobre el Transportador Temporal a cambio de una discreta cantidad de dinero. Eldridge llevó el caso ante los tribunales. Los tribunales fallaron en contra suyo. El caso fue apelado. Sin dinero y amargado, Eldridge inició su carrera criminal, robándole a Viglin...
—¡Señor! —dijo la encargada—. Sordo o no, debe marcharse en el acto. Si no lo hace, llamaré a la policía.
Eldridge dejó el libro, murmuró «chivata» a la niña, y se apresuró a salir de la Leeduría.
Ahora sabía porque Viglin estaba tan ansioso por arrestarlo. Con su caso aún pendiente, Eldridge estaría en mala posición detrás de unas rejas.
Pero, ¿por qué había robado?
El latrocinio de su invención era un motivo comprensible, pero Eldridge estaba seguro de que no era por esto. El robarle a Viglin no le haría sentirse mejor ni tampoco repararía el daño. Su reacción sería de luchar o de retraerse, de retirarse de todo el asunto. Cualquier cosa excepto robar.
Bien, ya lo averiguaría. Se escondería en el Sector Dos, quizá encontrara un trabajo. Poco a poco, conseguiría...
Dos hombres le asieron los brazos por ambos lados. Un tercero le quitó el Transportador. Lo hicieron con tal facilidad que Eldridge aún estaba boquiabierto cuando uno de los hombres le enseñó una placa.
—Policía —dijo el hombre—. Tendrá que venir con nosotros, señor Eldridge. — ¿Por qué? —preguntó Eldridge.
—Por robo en los Sectores Uno y Do s. De modo que había robado aquí, también.
Fue llevado a la estación de policía y se le hizo entrar en la pequeña y desordenada oficina del capitán. El capitán era un hombre delgado, calvo, y de facciones joviales. Hizo señas a sus subordinados para que salieran de la habitación, indicó a Eldridge que se sentara en una silla y le entregó un cigarrillo.
—Así que usted es Eldridge —dijo. Eldridge asintió tristemente.
—Desde chiquillo he estado leyendo cosas sobre usted —dijo el capitán con nostalgia—. Usted era uno de mis héroes.
Eldridge supuso que el capitán tenía al menos quince años más que él, pero no hizo ningún comentario. Después de todo, se suponía que él era un experto en paradojas temporales.
—Siempre creí que le habían hecho una estafa —dijo el capitán, jugueteando con un gran pisapapeles de bronce—. Aún as í, no pude comprender porque un hombre como usted se había dedicado a robar. Por un tiempo, creímos que se podría tratar de una locura pasajera.
—¿Lo fue? —preguntó Eldridge esperanzado.
—Ni por casualidad. Comprobamos su historial. No lo es usted ni en forma potencial. Y eso hace las cosas bastante difíciles para mí. Por ejemplo, ¿por qué robó usted especialmente estos artículos?
—¿Qué artículos?
—¿No lo recuerda?
—Me he olvidado de todo —dijo Eldridge—. Amnesia temporal.
—Muy comprensible —dijo el capitán con simpatía. Le entregó un papel a Eldridge—.
Aquí está la lista.
ARTÍCULOS ROBADOS POR THOMAS MONROE ELDRIDGE

Sustraídos del Almacén de Artículos de Deporte Viglin, Sector Uno: Créditos
4 Pistolas Megacarga 10.000 3 Cinturones salvavidas, Hinchables 1005 Latas de Repelente de Tiburones Ollen 400

Sustraídos de la Tienda de Especialidades Alfghan, Sector Uno:
2 Volúmenes Microflex, Literatura Mundial 1.000
5 Cintas grabaciones de la Sinfónica Teeny-Tom 2.650

Sustraídos del Almacén de Productos Loorie, Sector Dos:
4 Docenas de Patatas, marca Tortuga Blanca 5
9 Bolsas de semillas de zanahoria (Surtidas) 6
Sustraídos del Almacén de Novedades Manon, Sector Dos:
5 Docenas de Espejos de mano, Plateados 95

Valor Total 14.256
—¿Qué es lo que quería hacer? —preguntó el capitán—. Robar un millón de créditos está bien, lo puedo comprender, pero ¿por qué toda esa basura?
Eldridge sacudió la cabeza. No podía encontrar nada que tuviera sentido en la lista. Las pistolas de megacarga podían ser útiles. Pero, ¿por qué los espejos, cinturones salvavidas, patatas y el resto de los artículos que el capitán había calificado con propiedad de basura?
No podía comprenderlo. Eldridge empezó a pensar en sí mismo como si fuera dos personas. Eldridge I había inventado los viajes en el tiempo, había sido estafado, robado algunos artículos incomprensibles, y desaparecido. Eldridge II era él mismo, la persona que Viglin había encontrado. No tenía recuerdos del primer Eldridge. Pero tenía que descubrir los motivos de Eldridge I y/o sufrir por sus crímenes.
—¿Qué ocurrió después que hube robado esas cosas? —preguntó Eldridge.
—Eso es lo que nos gustaría saber —dijo el capitán—. Todo lo que sabemos es que se escapó con su botín al Sector Tres.
—¿Y luego?
El capitán se alzó de hombros.
—Cuando pedimos su extradición, las autoridades nos informaron de que usted no estaba allí. No es que le hubieran entregado. Son de la clase orgullosa, independiente, ya sabe. De todas maneras, usted había desaparecido.
—¿Desaparecido? ¿A dónde?
—No lo sé. Podría haber ido a los Sectores sin Civilizar que están más allá del Sector Tres.
—¿Qué son los Sectores sin Civilizar? —preguntó Eldridge.
—Esperábamos que usted nos lo dijera —repuso el capitán—. Es usted el único hombre que ha efectuado exploraciones más allá del Sector Tres. ¡Maldita sea, pensó Eldridge, se suponía que él era una autoridad en todo lo que deseaba saber!
—Esto me pone en una situación difícil —dijo el capitán, mirando a su pisapapeles. — ¿Por qué?
—Bueno, usted es un ladrón. La ley dice que debo arrestarlo. Sin embargo, también me doy cuenta de que a usted se le hizo una mala jugada. Y también sé que solo robó a Viglin y a sus afiliados en ambos Sectores. Hay una cierta justicia en ello... que desgraciadamente la ley no reconoce.
Eldridge asintió tristemente.
—Mi deber es arrestarlo —dijo el capitán con un profundo suspiro—. No hay nada que pueda hacer, aunque lo quisiera. Tendrá que ser juzgado y probablemente le caerá una sentencia de unos veinte años, más o menos.
—¿Cómo? ¿Por robar morralla como el repelente de tiburones y las semillas de zanahorias? ¿Por robar basura?
—Somos muy severos para los crímenes en el tiempo —dijo el capitán—. Ofensa temporal.
—Comprendo —dijo Eldridge, derrumbándose en su silla.
—Claro que —dijo el capitán pensativamente—, si de repente me atacara rencorosamente, golpeándome en la cabeza con ese pesado pisapapeles, cogiera mi Transportador Personal —que está en el segundo estante de ese armario— y retornara a sus amigos en el Sector Tres, no habría realmente gran cosa que yo pudiera hacer al respecto.
—¿Huh?
El capitán se volvió hacia la ventana, dejando el pisapapeles al alcance de Eldridge.
—Son verdaderamente terribles —comentó—, las cosas que uno haría por un héroe de la infancia. Pero, desde luego, usted es un hombre respetuoso de la ley. Nunca haría una cosa semejante y tengo informes psicológicos que lo demuestran.
—Gracias —dijo Eldridge. Levantó el pisa papeles y golpeó débilmente la cabeza del capitán. Sonriendo, el capitán se desplomó detrás de la mesa. Eldridge encontró el Transportador en el armario, y lo preparó para el Sector Tres. Suspiró profundamente y apretó el botón.
Una vez más, fue rodeado por la oscuridad.
Cuando abrió los ojos, estaba en una llanura cuyo suelo estaba manchado de amarillo.
A su alrededor se extendía un terreno desértico, sin un solo árbol, y un viento polvoriento soplaba contra su cara. A lo lejos, pudo ver varios edificios de ladrillo y una hilera de tiendas, dispuestas a lo largo de un arroyo seco. Se encaminó hacia allí.
Este futuro, decidió, había pasado por otra variación climática. El ardiente sol había calcinado el terreno, secando los arroyos y los ríos. Si el clima tendía a ser así, podía comprender porque el siguiente sería Sin Población.
Estaba muy cansado. No había comido en todo el día, o en varios miles de años, según como uno lo mirara. Pero eso, se dio cuenta, era una falsa paradoja, una que Alfredex seguramente demolería con su lógica simbólica.
Al infierno con la lógica. Al infierno con la ciencia, las paradojas, todo. No escaparía a un lugar más lejano. Tendría que haber sitio para él en este país polvoriento. La gente de aquí —de clase orgullosa e independiente— no lo entregarían. Creían en la justicia, no en la ley. Se quedaría aquí, trabajaría, envejecería, y olvidaría a Eldridge I y sus locos planes.
Cuando llegó al poblado, vio que la gente se había reunido para darle la bienvenida. Iban vestidos con túnicas largas y flotantes, como los albornoces árabes, la única vestimenta lógica para este clima.
Un patriarca barbudo se adelantó y con la cabeza asintió gravemente hacia Eldridge. —Los proverbios antiguos tenían razón. Para cada principio hay un final. Eldridge convino cortésmente.
—¿Alguien puede darme un trago de agua?
—Y en verdad está escrito —continuó el patriarca—, que el ladrón, teniendo un universo por el que vagar, volverá al final a la escena de su crimen.
—¿Crimen? —preguntó Eldridge, sintiendo un molesto cosquilleo en su estómago.
—Crimen —repitió el patriarca. Entre la multitud, un hombre gritó:
—¡Es un pájaro estúpido aquel que ensucia su propio nido! —La gente rugió al reír, pero a Eldridge no le gustó el sonido. Era una risa cruel.
—La ingratitud engendra la traición —dijo el patriarca—. La maldad es omnipresente. Te apreciábamos, Thomas Eldridge. Viniste a nosotros con tu extraña máquina, trayendo un botín, y te reconocimos por tu espíritu orgulloso. Te convertía en uno de nosotros. Te protegimos de tus enemigos de los Mundos Húmedos. ¿Qué nos importaba a nosotros que los hubieras agraviado? ¿Acaso no te habían agraviado ellos? ¡Ojo por ojo!
La multitud gruñó aprobadoramente.
—Pero, ¿qué es lo que hice? —deseó saber Eldridge.
La multitud convergió hacia él, blandiendo palos y cuchillos. Una hilera de hombres vestidos con capas azul oscuro la retenían, y Eldridge se dio cuenta de que incluso aquí habían policías.
—Decidme lo que hice —persistió mientras los policías le quitaban el Transportador.
—Eres culpable de sabotaje y asesinato —le dijo el patriarca.
Eldridge miró a su alrededor, desesperado. Se había escapado de los cargos por hurto en el Sector Uno para verse acusado de ello en el Sector Dos. Se había retirado al Sector Tres, donde era buscado por asesinato y sabotaje.
Sonrió amistosamente.
—Lo único que realmente he deseado siempre ha sido un país cálido y pacífico, libros, vecinos amistosos, y el amor de una buena...
Cuando se recuperó, se encontró yaciendo sobre el duro suelo de tierra de una pequeña cárcel de ladrillos. A través de la rendija que era la ventana, pudo ver una insignificante porción de una puesta de sol. Detrás de la puerta de madera, alguien estaba gimiendo una canción.
Encontró un tazón de comida a su lado y comió con hambre de lobo su poco familiar contenido. Después de beber agua de otro tazón, se apoyó contra la pared. A través de la estrecha ventana, la puesta de sol iba desapareciendo. En el patio, un grupo de hombres estaba erigiendo una horca.
—¡Carcelero! —gritó Eldridge. A los pocos momentos pudo oír el sonido de unos pasos.
—Necesito un abogado —dijo.
—Aquí no hay abogados —replicó el hombre orgullosamente—. Aquí hay justicia —Y se marchó.
Eldridge empezó a revisar sus ideas acerca de una justicia sin ley Estaba muy bien como concepto... pero era horrible como realidad.
Se tumbó en el suelo y trató de pensar. No pudo. Podía escuchar a los trabajadores riendo y bromeando mientras erigían la horca. Trabajaron hasta muy avanzado el atardecer.
A primeras horas de la noche, Eldridge oyó girar la llave en la cerradura. Entraron dos hombres. Uno era de mediana edad, con una pequeña y bien cuidada barba. El otro tenía más o menos la edad de Eldridge, anchos hombros y curtido.
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó el hombre de mediana edad. — ¿Debería?
—Sí. Yo era su padre.
—Y yo era su prometido —dijo el hombre joven. Dio un paso amenazadoramente. El hombre con barba lo contuvo.
—Sé lo que sientes, Morgel, pero pagará sus crímenes en la horca.
—Colgarlo es aún poco para él, señor Becker —arguyó Morgel—. Debería ser destripado, descuartizado, quemado y dispersadas sus cenizas al viento.
—Sí, pero nosotros somos un pueblo justo y misericordioso —dijo Becker virtuosamente.
—¿El padre de quién? —preguntó Eldridge—. ¿El prometido de quién? Los dos hombres se miraron el uno al otro.
—¿Qué es lo que hice? —preguntó Eldridge. Becker se lo dijo.
10-17-2008 03:44 PM
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Re: LAS PARADOJAS DEL TIEMPO
Eldridge había llegado del Sector Dos, cargado con su pillaje, explicó Becker. La gente del Sector Tres lo habían aceptado. Eran un pueblo simple, directo y colérico, los herederos de una Tierra destrozada y asolada por la guerra. En el Sector Tres, los minerales habían desaparecido, el suelo había perdido su fertilidad. Grandes extensiones de terreno eran radiactivas. Y el sol continuaba batiendo, los glaciares se fundían, y los océanos continuaban elevándose sobre su nivel.
Los hombres del Sector Tres estaban luchando para volver a la civilización. Tenían los rudimentos de un sistema de fabricación y unas cuantas plantas de energía. Eldridge había incrementado el rendimiento de esas estaciones, les había proporcionado un sistema de alumbrado, y enseñado los rudimentos de los principios sanitarios. Continuó sus exploraciones en los Sectores Inexplorados más allá del Sector Tres. Se convirtió en un héroe popular y la gente del Sector Tres lo adoraba y lo protegía. Eldridge había recompensado este cariño raptando a la hija de Becker.
Esta atractiva y joven muchacha estaba prometida con Morgel. Se habían hecho preparativos para su casamiento. Eldridge ignoró todo esto y mostró su verdadero carácter secuestrándola una oscura noche y colocándola en una máquina infernal de su propia invención. Cuando hizo funcionar el aparato, la muchacha desapareció. Las sobrecargadas líneas de electricidad hicieron estallar todas las instalaciones situadas en un radio de varios kilómetros. ¡Asesinato y sabotaje!
Pero la airada multitud no había podido alcanzar a tiempo a Eldridge. Había metido parte de su pillaje en una bolsa, asido su Transportador y desaparecido.
—¿Hice todo eso? —suspiró Eldridge.
—Ante testigos —dijo Becker—. El botín que quedó está en el almacén. No pudimos deducir nada de lo que quedó.
Con los dos hombres contemplándole fijamente a la cara, Eldridge miró al suelo. Ahora sabía lo que había hecho en el Sector Tres.
A pesar de ello, la acusación de asesinato era falsa probablemente. En apariencia, había construido un modelo potente de Transportador y enviado a la muchacha a algún sitio, sin necesidad de las paradas intermedias que requerían los modelos portables. De todos modos, nadie le creería. Esta gente nunca habían oído hablar de un concepto civilizado tal como el habeas corpus.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Becker.
Eldridge se alzó de hombros y sacudió la cabeza desvalidamente.
—¿No te traté como si fueras mi propio hijo? ¿No te defendí de la policía del Sector Dos? ¿No te alimenté y te vestí? ¿Por qué, por qué lo hiciste?
Todo lo que Eldridge podía hacer era alzarse de hombros y continuar moviendo desvalidamente su cabeza.
—Muy bien —dijo Becker—. Dile tu secreto al verdugo por la mañana. Asió a Morgel por el brazo y se fue.
Si Eldridge hubiera tenido una pistola, la habría disparado contra sí mismo en el acto. Todas las evidencias apuntaban hacia potencialidades de maldad inherentes que nunca había sospechado. Y su tiempo se le estaba terminando. Por la mañana, sería colgado.
Y eso era injusto, completamente. El era un inocente mirón, que se veía envuelto continuamente en las consecuencias de las acciones de su antecesor... o descendiente.
Pero solo Eldridge I conocía los motivos y sabía las respuestas.
Incluso si sus latrocinios estaban justificados, ¿por qué había robado las patatas, cinturones salvavidas, espejos y otras cosas? ¿Qué había hecho con la muchacha? ¿Qué estaba tratando de llevar a cabo?
Fatigado, Eldridge cerró los ojos y se dejó caer en una inquieta somnolencia. Oyó como un sonido de arañazos y levantó la vista.
Viglin estaba allí, llevando un Transportador.
Eldridge estaba demasiado cansado para sentirse sorprendido. Lo miró por un momento, diciendo luego:
—¿Ha venido para disfrutar a mi costa?
—Yo no lo planeé así —protestó Viglin, secándose el sudor de la cara—. Debes creerme. Nunca quise matarte, Tom.
Eldridge se sentó y miró de cerca a Viglin. —Tú me robaste mi invento, ¿verdad?
—Sí —confesó Viglin—. Pero solo lo hacía por tu bien. Hubiera repartido contigo los beneficios.
—Entonces, ¿por qué lo robaste? Viglin pareció incómodo. —Tú no estabas interesado en el dinero.
—¿Y por eso me engañaste para que firmara unos papeles cediéndote los derechos? —Si no lo hubiera hecho, algún otro lo hubiera hecho, Tom. Solo quería evitarte disgustos. Tenía el propósito de beneficiarte... ¡lo juro! —S e secó la frente otra vez—.
Pero nunca pensé que las cosas se desarrollarían así.
—Y entonces me tendiste una trampa con esos robos —dijo Eldridge.
—¿Qué? —Viglin parecía sincero en su sorpresa—. No, Tom. Fuiste tú quien robaste esas cosas. Lo cual me vino perfectamente bien a mí... hasta ahora.
—¡Estás mintiendo!
—¿Vendría aquí para mentirte? He admitido haber robado tu invención. ¿Por qué habría de mentir sobre otras cosas?
—Entonces, ¿por qué robé?
—Creo que tenías alguna clase de plan disparatado para los Sectores Inhabitados, pero no lo sé realmente. No importa. Ahora, escúchame. No tengo forma de impedir el juicio —ahora es un asunto temporal— pero puedo sacarte de aquí.
—¿Ya dónde iré? —preguntó Eldridge desconsoladamente—. Los policías me están buscando a través de todo el tiempo.
—Te esconderé en mi finca. De verdad. Puedes ocultarte hasta que el estatuto dé las limitaciones haya expirado. Nunca se les ocurrirá buscarte en mi casa.
—¿Y qué hay de los derechos sobre mi invención?
—Continuarán siendo míos —dijo Viglin, con una parte del tono de confianza que había tenido anteriormente—. No puedo devolvértelos sin hacerme sospechoso de fraude. Pero los compartiré contigo. Y tú necesitas un socio comercial.
—Está bien, vámonos de aquí —dijo Eldridge.
Viglin había traído consigo un cierto número de herramientas, las cuales manejó con una habilidad sospechosa. A los pocos minutos, estaban fuera de la celda y ocultos en el oscuro patio posterior.
—Este Transportador no es muy potente —susurró Viglin, comprobando las baterías de la máquina—. ¿Hay alguna posibilidad de conseguir el tuyo?
—Debería estar en el almacén —dijo Eldridge.
El almacén no estaba guardado y Viglin tuvo que esforzarse muy poco en la cerradura. En su interior, hallaron la máquina de Eldridge II al lado del botín variado y sin sentido de Eldridge I.
—Vámonos —dijo Viglin. Eldridge negó con la cabeza. — ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Viglin, molesto.
—Yo no voy.
—Escucha, Tom, ya sé que no hay ninguna razón por la que debieras fiarte de mí. Pero realmente te daré santuario. No te estoy mintiendo.
—Te creo —dijo Eldridge—. Pero, de todos modos, no voy a volver. — ¿Qué es lo que quieres hacer?
Eldridge había estado pensando sobre ello desde que se habían escapado de la celda. Ahora se hallaba a mitad de camino. Podía volver con Viglin o continuar solo.
En realidad, no había elección. Tenía que asumir que sabía lo que estaba haciendo desde el primer momento. Acertado o equivocado, iba a continuar teniendo fe y acudir a las citas que hubiera concertado con el futuro.
—Me voy a los Sectores Inhabitados —dijo Eldridge—. Encontró un saco y empezó a llenarlo con las patatas y las semillas de zanahorias.
—¡No puedes! —objetó Viglin —. La primera vez, terminaste en 1954. Puede que no tengas tanta suerte esta vez.- Podrías ser anulado completamente.
Eldridge había metido ya las patatas y las bolsas de semillas de zanahorias. A continuación dispuso de los volúmenes de Literatura Mundial, los cinturones salvavidas, las latas de repelente de tiburones y 33 los espejos. Encima de todo eso puso las pistolas de megacarga.
—¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer con todas esas cosas?
—Ni la más mínima —dijo Eldridge, introduciendo las cintas de la Sinfónica en el interior de su camisa—. Pero tendrán su utilidad en algún sitio.
Viglin suspiró profundamente.
—No olvides que debes dejar un lapso de media hora entre saltos o serás anulado. ¿Tienes un reloj?
—No, lo olvidé en mi habitación.
—Toma el mío. Un Deportista Especial. —Viglin lo sujetó a la muñeca de Eldridge—.
Buena suerte, Tom. De verdad.
—Gracias.
Eldridge ajustó el botón para el salto más lejano que podía efectuar hacia el futuro. Sonrió a Viglin y apretó el botón.
Hubo el momento normal de oscuridad, luego una repentina y helada sensación.
Cuando Eldridge abrió los ojos, se encontró con que estaba bajo el agua.
Salió a la superficie, luchando contra el peso del saco. Una vez que tuvo la cabeza sobre el agua, miró a su alrededor buscando la tierra más próxima.
No había tierra. Largas y suaves olas se dirigían hacia él desde un horizonte ilimitado, elevándolo y pasando de largo, hacia una orilla oculta.
Eldridge rebuscó en su saco, encontró los cinturones salvavidas y los hinchó. Pronto estuvo flotando en la superficie, tratando de imaginar lo que le había ocurrido al estado de Nueva York.
Cada salto en el futuro lo había llevado a un clima más tórrido. Aquí, a innumerables miles de años de 1954, los glaciares debían haberse derretido. Probablemente una gran parte de la Tierra se hallaba sumergida. Sus planes habían sido correctos al tomar los cinturones salvavidas. Aquello le daba confianza para el resto de su viaje. Ahora tendría que flotar durante media hora, para evitar la anulación.
Se reclinó hacia atrás, sostenido por los salvavidas, y admiró las formaciones de nubes en el cielo.
Algo lo rozó.
Eldridge miró hacia abajo y vio una larga y negra forma que se deslizaba bajo sus pies. Se le unió otra y empezaron a dirigirse hacia él, vorazmente. ¡Tiburones!
Rebuscó alocadamente en el saco, desparramando los espejos en su prisa, y encontró una lata de repelente de tiburones. La abrió, la vertió a su alrededor, y una mancha color naranja empezó a extenderse sobre el agua negro azulada.
Ahora habían tres tiburones. Nadaron cautelosamente alrededor del círculo de repelente que se expandía. Un cuarto se unió a ellos, se introdujo en la mancha color naranja, y se retiró con rapidez hacia las aguas limpias.
Eldridge se alegró de que el futuro hubiera producido un repelente de tiburones que realmente era efectivo.
A los cinco minutos, una parte de la mancha naranja había desaparecido. Abrió otra lata. Los tiburones no perdían la esperanza, pero no se introducían en la mancha coloreada. Vació una lata cada cinco minutos. El empate se mantuvo durante la media hora de espera.
Eldridge comprobó los ajustes y asió el saco fuertemente. No sabía para qué servirían los espejos o las patatas, o porque eran necesarias las semillas de zanahorias. Simplemente, tendría que correr el riesgo.
Apretó el botón y fue envuelto por la oscuridad familiar.
Se encontró hundido hasta los tobillos en un espeso pantano de olor maligno. El calor era asfixiante y una nube de enormes mosquitos zumbaba alrededor de su cabeza.
Esforzándose en salir del barro pegajoso, acompañado por los siseos y cliqueteos de animales invisibles, Eldridge encontró una porción sólida de terreno bajo un pequeño árbol. La verde jungla lo rodeaba, salpicada de llamativos colores púrpura y rojos.
Eldridge se reclinó contra el árbol para esperar el transcurso de la media hora. En este futuro, en apariencia, las aguas del océano se habían retirado, creciendo la jungla primitiva. ¿Habría humanos aquí? ¿Quedaba alguien sobre la Tierra? No podía estar seguro. Parecía como si el mundo estuviera principiando otra vez.
Eldridge oyó un sonido como un balido y vio una confusa forma de color verde moviéndose contra el brillante verde del follaje. Algo se estaba dirigiendo hacia él.
Lo observó. Tenía casi cuatro metros de alto, la rugosa piel de un lagarto y anchos y amplios pies. Se parecía extraordinariamente a un dinosaurio pequeño.
Eldridge contempló cautelosamente al gran reptil. La mayoría de los dinosaurios eran herbívoros, se recordó a sí mismo, especialmente los que vivían en los pantanos. Con toda probabilidad este solamente quería olisquearlo. Luego, retornaría a roer la hierba.
El dinosaurio bostezó, revelando un magnífico conjunto de dientes puntiagudos, y empezó a aproximarse a Eldridge con aspecto decidido.
Eldridge hundió la mano en el saco, apartó diversos artículos, y asió una pistola megacarga.
Mejor que esto funcionara, rogó, y disparó.
El dinosaurio desapareció en una nube de humo. Solo quedaron unas pocas tiras de carne y un olor a ozono para mostrar donde había estado. Eldridge miró a la pistola megacarga con un nuevo respeto. Ahora comprendía porque su precio era tan elevado.
Durante la siguiente media hora, un cierto número de habitantes de la jungla se interesó vivamente por él. Cada pistola solo servía para unos pocos disparos, lo cual no era sorprendente, teniendo en cuenta su destructividad. A la última se le empezó a debilitar la carga; tuvo que liquidar a un pterodáctilo golpeándolo con el cañón de la misma.
Cuando hubo pasado la media hora, ajustó otra vez el dial, deseando poder saber lo que le esperaba. Se preguntó como se suponía que iba a enfrentarse a nuevos peligros con algunos libros, patatas, semillas de zanahoria y espejos.
Tal vez ya no habían peligros más allá.
Solo había un modo de comprobarlo. Apretó el botón.
Se hallaba en una colina cubierta de hierba. La densa jungla había desaparecido.
Ahora había un bosque de pinos, susurrando en la brisa, extendiéndose ante él, un terreno sólido bajo sus pies, y un templado sol en el cielo.
El pulso de Eldridge se aceleró al pensar que este podría ser su objetivo. Siempre había tenido un trazo de atavismo, un deseo de encontrar un lugar no afectado por la civilización. El amargado Eldridge I, robado y traicionado, debía haber sentido lo mismo aún más fuertemente.
Era un poco decepcionante. A pesar de todo, no estaba mal, decidió. Excepto por la soledad. Si solo hubiera gente...
Un hombre salió del bosque. Tenía menos de un metro cincuenta de altura, musculoso como un luchador y llevaba una corta túnica dé piel. Su epidermis tenía un color gris. Asía una rama de árbol, que había sido transformada burdamente en un garrote.
Dos docenas de otros salieron del bosque situado detrás suyo. Avanzaron directamente hacia Eldridge.
—Hola, muchachos —dijo Eldridge placenteramente.
El líder replicó en un lenguaje gutural e hizo un gesto con la palma de la mano.
—Os traigo cosechas bendecidas —dijo Eldridge prontamente—. Tengo justamente lo que necesitáis. —Metió la mano en el saco y extrajo un paquete de semillas de zanahoria—. ¡Semillas! Avanzaréis un millar de años en la civilización...
El líder gruñó con furia y sus seguidores empezaron a rodear a Eldridge. Extendieron sus manos, con las palmas hacia arriba, gruñendo excitadamente.
No quisieron el saco y rehusaron la pistola descargada. Ahora lo tenían rodeado casi completamente. Los garrotes estaban siendo levantados y aún no tenía ni idea de lo que deseaban.
—¿Patatas? —preguntó desesperado.
Tampoco querían las patatas.
Aún tenían que transcurrir dos minutos en su máquina del tiempo. Se giró y corrió. Los salvajes lo persiguieron al instante. Eldridge corrió en el bosque como un galgo, esquivando a través de los juntos y apretados árboles. Varios garrotes zumbaron a su lado.
Un minuto más.
Tropezó en una raíz, se irguió y continuó corriendo. Los salvajes le estaban pisando los talones.
Diez segundos. Cinco segundos. Un garrote rebotó en su hombro. ¡Ahora! Extendió una mano hacia el botón... y un garrote se estrelló contra su cabeza, derribándolo al suelo. Cuando pudo enfocar la vista otra vez, el líder de los salvajes estaba al lado del Transportador Temporal, con el garrote levantado.
—¡No! —chilló Eldridge, preso de pánico.
Pero el líder sonrió en forma salvaje y dejó caer el garrote. En pocos segundos, había reducido la máquina a un montón de chatarra.
Eldridge fue arrastrado hasta una cueva, maldiciendo desesperadamente. Dos salvajes guardaban la entrada. En el exterior, pudo ver a un grupo de mujeres amontonando leña.
A juzgar por sus risas, estaban preparando una fiesta.
Eldridge se dio cuenta, con una sensación de desmayo, que él sería el plato principal. No es que le importase. Habían destruido su Transportador. Ningún Viglin podía rescatarlo en este tiempo. Se hallaba al final de su camino.
Eldridge no quería morir. Pero lo peor de todo era el pensar en morir sin saber lo que Eldridge I había planeado.
En alguna manera, parecía injusto.
Durante varios minutos, se quedó sentado en abyecta autocompasión. Luego se arrastró más hacia el interior de la caverna, esperando encontrar otra salida al exterior.
La caverna terminaba abruptamente contra una pared de granito. Pero encontró algo más.
Un zapato viejo.
Lo cogió y lo contempló fijamente. Por alguna razón le preocupaba, a pesar de que era un zapato completamente ordinario, de piel marrón, igual que los que tenía puestos.
Entonces se dio cuenta del anacronismo. ¿Qué era lo que estaba haciendo un artículo manufacturado como un zapato en esta edad en el alba de los tiempos?
Comprobó la medida, y rápidamente se lo probó. Le ajustaba perfectamente, lo cual hacía obvia la respuesta... Debía haber pasado por aquí en su primer viaje. ¿Pero por qué había dejado un zapato?
Había algo en su interior, demasiado blando para ser un guijarro, demasiado rígido para ser un pedazo de forro roto. Se sacó el zapato y encontró un pedazo de papel enrollado en el dedo gordo de su pie. Lo desenrolló y leyó en su propia escritura:
Maldito asunto estúpido... ¿Cómo se dirige uno a sí mismo? « ¿Querido Eldridge?» De acuerdo, olvidemos el saludo; leerás esto porque yo ya lo he hecho, y, naturalmente, lo estoy escribiendo, de otro modo no podrías leerlo, ni yo hubiera estado aquí.
Mira: estás en una situación difícil. A pesar de ello, no te preocupes. Saldrás entero de ella. Estoy dejando un Transportador Temporal para que te lleve a donde tengas que ir a continuación.
La cuestión es: ¿dónde ir?
Deliberadamente estoy ajustando el Transportador antes del lapso de media hora que es necesario, sabiendo que habrá un efecto de anulación. Eso significa que el Transportador se quedará aquí para que lo utilices. ¿Pero qué me ocurrirá a mí?
Creo que lo sé. Aún así, estoy aterrorizado... Esta es la primera anulación que habré experimentado. Pero preocuparme acerca de ello no tiene sentido; sé que todo ha de ir bien porque no hay paradojas temporales.
Bueno, ahí voy. Apretaré el botón y me anularé. Después, la máquina es tuya.
Deséame suerte. ¡Desearle suerte! Eldridge rompió violentamente la nota y la tiró lejos de si. Pero Eldridge I había efectuado la anulación a propósito y había sido llevado atrás en el futuro, ¡lo que significaba que el Transportador no se había ido con él! ¡Debía estar aún aquí!
Eldridge empezó a buscar frenéticamente en la cueva. Si solo pudiera encontrarlo y apretar el botón, podría continuar. ¡Tenia que estar aquí!
Varias horas más tarde, cuando los guardias lo arrastraron fuera, aún no lo había encontrado.
El poblado entero se había reunido y parecían estar de fiesta. Los recipientes de barro eran pasados libremente, y dos o tres hombres ya habían caído redondos. Pero los guardias que conducían a Eldridge aún estaban lo bastante sobrios.
Lo llevaron a un pozo ancho y profundo. En el centro del mismo se hallaba lo que parecía ser un altar de sacrificios. Estaba decorado con colores chillones, y amontonado a su alrededor había una enorme pirámide de ramas secas.
Eldridge fue empujado hacia allí, y empezó la danza.
Trató varias veces de escabullirse, pero fue echado hacia atrás a cada vez. La danza continuó durante horas, hasta que el último bailarín se hubo desplomado, exhausto.
Un hombre viejo se aproximó al borde del pozo, llevando una antorcha encendida. Gesticuló con ella y la lanzó al interior.
Eldridge la apagó pateándola. Pero llovieron más antorchas, prendiendo las ramas exteriores. Llamearon brillantemente, y se vio forzado a retroceder hacia el interior, hacia el altar.
El círculo llameante se cerró, haciéndolo retroceder más. Al final, jadeando, con los ojos ardiendo, las piernas vacilantes, cayó atravesado en el altar mientras las llamas lo lamían.
Sus ojos estaban cerrados y se asió fuertemente a los botones... ¿Botones?
Miró. Bajo su alegre decoración, el altar era un Transportador Temporal... el mismo Transportador, sin lugar a dudas, que Eldridge I había traído hasta aquí y dejado para él.
Cuando Eldridge I desapareció, debían haberlo venerado como un objeto sagrado.
Y tenía cualidades mágicas.
El fuego estaba chamuscando sus pies cuando ajustó el regulador. Con su dedo puesto en el botón, vaciló. ¿Qué le depararía el futuro? Todo lo que tenía como equipo era un saco de semillas de zanahoria, patatas, las grabaciones sinfónicas, los volúmenes microfilmados de literatura mundial, y pequeños espejos.
Pero ahora ya había llegado hasta tan lejos. Vería el final.
Apretó el botón.
Abriendo sus ojos, Eldridge se encontró de pie en una playa. El agua le estaba lamiendo los dedos de los pies, y podía oír el embate de las olas.
La playa era larga y estrecha y deslumbradoramente blanca. Frente a él, un océano azul se extendía hasta el infinito. Detrás suyo, a la orilla de la playa, había una hilera de palmeras. Creciendo entre ellas, se hallaba la vegetación de una isla tropical.
Oyó un grito.
Eldridge miró a su alrededor, buscando algo con lo que defenderse. No tenía nada, nada. Estaba indefenso.
Los hombres llegaron corriendo desde la selva hacia él. Estaban gritando algo extraño. Escuchó cuidadosamente.
—¡Bienvenido! ¡Bienvenido otra vez! —gritaban.
Un gigantesco hombre moreno lo estrechó con un abrazo de oso.
—¡Has vuelto! —exclamó. — ¿Eh?... Sí —dijo Eldridge.
Más gente estaba corriendo hacia la playa. Eran una raza atractiva. Los hombres eran altos y atezados, y las mujeres, en su mayoría, eran esbeltas y hermosas. Parecían ser la clase de gente que a uno le gustaría tener como vecinos.
—¿Las has traído? —preguntó un delgado hombre viejo, jadeando tras su carrera por la playa.
—¿Traído qué?
—Las semillas de zanahoria. Prometiste que las traerías. Y las patatas.
Eldridge las extrajo de sus bolsillos. —Aquí están —dijo.
—Gracias. ¿Crees realmente que crecerán en este clima? Supongo que podríamos construir un...
—Luego, luego —interrumpió el hombretón—. Debes estar cansado.
Eldridge pensó en lo que le había ocurrido desde la última vez que se despertó, allá en 1954. Subjetivamente, solo era un día o así, pero había cubierto en él miles de años en ambos sentidos, y estaba repleto de arrestos, huidas, y extrañas incógnitas.
—Cansado —dijo—. Mucho.
—¿Tal vez te gustaría volver a tu propia casa? — ¿Mi propia casa?
—Ciertamente. La casa que edificaste mirando a la laguna. ¿No te acuerdas de ella?
Eldridge sonrió débilmente y negó con la cabeza.
—¡No lo recuerda! —gritó el hombre.
—¿No te acuerdas de nuestras partidas de ajedrez? —preguntó otro hombre.
—¿Y nuestras sesiones de pesca? —intercaló un muchacho. — ¿O las excursiones y fiestas?
—¿Los bailes?
—¿Y nuestras salidas a vela?
Eldridge negó con la cabeza a cada pregunta ansiosa y preocupada.
—Todo eso fue antes de que volvieras a tu propio tiempo —le dijo el hombretón.
—¿Volviera a mi...? —preguntó Eldridge. Aquí estaba todo lo que siempre había deseado. Paz, satisfacción, clima cálido, buenos vecinos. Buscó en el interior del saco y de su camisa. Y libros y música, añadió mentalmente a la lista. ¡Buen Dios, nadie que estuviera en su sano juicio se iría de un lugar como este! Y eso le llevó a una pregunta importante.
—¿Por qué me marché de aquí?
—¡Has de acordarte de eso! —dijo el hombretón.
—Me temo que no.
Una muchacha esbelta, de cabellos rubios, se adelantó. — ¿Realmente no te acuerdas de haber vuelto a por mí?
Eldridge la contempló.
—Tú debes ser la hija de Becker. La chic a que estaba prometida con Morgel. La que rapté.
—Morgel creyó que estaba prometido conmigo —dijo ella—. Y no me raptaste. Vine por mi propia voluntad.
—Oh, ya veo —respondió Eldridge, sintiéndose como un idiota—. Quiero decir que creo que ya lo veo. Es decir... es un placer conocerte —terminó tontamente.
—No necesitas ser tan formal —dijo ella—. Después de todo, estamos casados. Y me trajiste un espejo, ¿verdad? Me lo aseguraste.
Su misión se había completado. Eldridge sonrió, sacó un espejo, se lo entregó, y le pasó el saco al hombretón. Complacida, ella se arregló las cejas y el cabello en esa forma en que lo hacen las mujeres cada vez que se ven reflejadas en un espejo.
—Vámonos a casa, querido —dijo ella.
Eldridge no sabía su nombre, pero le gustaba lo que veía. Le gustaba mucho. Pero eso solo era lo natural.
—Me temo que ahora no puedo —replico, mirando su reloj. La media hora estaba a punto de terminar—. Primero, tengo que hacer algo. Pero volveré dentro de muy poco tiempo.
Ella sonrió en forma radiante.
—No me preocuparé. Dijiste que volverías y lo has hecho. Y has traído contigo los espejos y las semillas y las patatas, tal como nos habías dicho.
Ella le besó. Eldridge estrechó las manos de todos los que había a su alrededor. En cierta forma, esto simbolizaba la consumación del ciclo que Alfredex había utilizado para demoler el estúpido concepto de las paradojas temporales.
La familiar oscuridad se tragó a Eldridge cuando este apretó el botón en su Transportador.
Había cesado de ser Eldridge II.
A partir de este momento, era Eldridge I y sabía exactamente a donde iba a ir, que es lo que iba a hacer y las cosas que necesitaba para todo ello. Esto le conduciría a su objetivo y a la muchacha, porque no había duda de que iba a volver aquí y vivir su vida junto a ella, sus buenos vecinos, libros y música, en paz y satisfacción.
Era maravilloso saber que todo iba a suceder tal como él siempre lo había soñado. Incluso tuvo un sentimiento de afecto y gratitud para Viglin y Alfredex.


SOBRE EL TIEMPO Y TEXAS
William F. Nolan
Las paradojas temporales son el vehículo ideal de las «gimmick stories», como las llaman los americanos, es decir, las «historias con trampa», con «truco», llamadas también «gadget stories», auténticas viñetas escenificadas en las que todo el impacto de la historia está en la frase final. «Sobre el tiempo y Texas» es un excelente ejemplo de ellas. Pero no acudan a la última frase antes de tiempo, por favor: saboreen antes todo el planteamiento...
—De un solo tiro —declaró el Profesor C. Cydwick Ohms, exhalando una tenue nubécula de humo de su pipa y meciéndose sobre sus talones—, quiero resolver el problema más grande con que se enfrenta hoy en día la humanidad. Los viajes espaciales, que en su mejor momento no dejaron de ser un sueño infantil, fallaron miserablemente. El colonizar el árido Polo es un asunto enrevesado y sin porvenir. Y resulta imposible hacer cumplir su obligatoriedad al Programa Obligatorio de Control de Natalidad. La superpoblación continúa siendo la espina que más honda tenemos clavada.
Caballeros... —hizo una pausa para contemplar cara a cara a cada uno de los periodistas y fotógrafos allí reunidos—...tan solo hay una respuesta.
—¿La aniquilación en masa? —interrogó un aprendiz de periodista.
—¡Vamos, muchacho! ¡Claro que no! —se indignó el Profesor—. La respuesta es: ¡EL TIEMPO!
—¿El tiempo?
—Exactamente —afirmó Ohms. Apartó con un dramático floreo una cortina de terciopelo rojo, con lo que dejó al descubierto una alta estructura de brillante metal—. ¡Como ustedes pueden ver!
—¡Hey! ¿Qué demonios es esa cosa? —exclamó el aprendiz.
—¡Esa cosa —replicó el Profesor con acidez—, es la Puerta del Tiempo de C. Cydwick Ohms!
—¡Caramba, una Máquina del Tiempo!
—¡No, no! ¡Por favor, muchacho! Una Máquina del Tiempo, en su acepción popular, es imposible. ¡Locuras! Sin embargo... —el Profesor golpeó la pipa para expulsar la ceniza—Por una serie, matemáticamente precisa, de infinitos cálculos, he desarrollado la extraordinaria Puerta del Tiempo de C. Cydwick Ohms. Ábranla, den tan solo un paso y... ¡al Pasado!
—Pero ¿cuando en el pasado, Profe?
Ohms sonrió con superioridad al círculo de rostros expectantes.
—Caballeros, ¡tras esa puerta se extiende el ilimitado y gigantesco Suroeste norteamericano! ¡La suficiente tierra como para absorber los sobrantes de población de la Tierra así de fácilmente! —chasqueó los dedos—. Estoy hablando, caballeros, de Texas en 1890.
—¿Y qué ocurrirá si los texanos protestan?
—No tienen elección. La Puerta del Tiempo funciona estrictamente en un solo sentido.
Me preocupé de eso. Será totalmente imposible para cualquiera en 1890 regresar a nuestro mundo del 2063. Y ahora... ¡el Pasado espera!
Descartó sus vestiduras profesionales. Bajo ellas, Cydwick Ohms llevaba puesto un extraño y antiguo atavío: botas negras de montar, brillantes y adornadas con plata; un ancho cinturón cuajado de pedrería, con una inmensa hebilla que ceñía unos pantalones de lana; una camisa a cuadros de colores chillones, cerrada en el cuello por un pañuelo de fulgurante color rojo. Se encasquetó alegremente un sombrero vaquero, y dio un paso hacia la Puerta del Tiempo.
Asiendo una manija de marfil, la movió hacia arriba. La gran puerta metálica se movió lentamente hacia atrás.
—El tiempo —dijo simplemente Cydwick Ohms, señalando hacia la grisácea nada, más allá de la puerta.
Los periodistas y fotógrafos se abalanzaron hacia adelante, con las cámaras y los cuadernos de notas a punto.
—¿Qué ocurrirá si la puerta se cierra después de que usted haya partido? —preguntó uno de ellos.
—Un temor sin fundamento, muchacho —aseguró Ohms—. Me he preocupado para que la Puerta nunca pueda cerrarse. Y ahora... adiós, caballeros. O, para decirlo en el lenguaje de la época: So long, hombres.
Ohms hizo una profunda reverencia, dio un tirón final a su sombrero y avanzó un solo paso al frente.
Se quedó quieto, parpadeando. Entonces maldijo, golpeó a la inamovible barrera gris con los puños cerrados y retrocedió, jadeante, hasta su escritorio.
—¡He fallado! —sollozó en voz baja—. ¡La Puerta del Tiempo de C. Cydwick Ohms es una chapuza! —y hundió la cabeza entre sus trémulas manos.
Murmurando entre sí con disgusto, los periodistas y fotógrafos empezaron a salir del laboratorio.
De repente, el profesor alzó la cabeza.
—¡Escuchen! —avisó.
Un profundo retumbar, debilitado por la distancia, surgía de la densidad gris de la Puerta del Tiempo. Por encima de este sonido se podían oír débiles gritos y alaridos. Los ruidos crecían... convirtiéndose de una multitud de tambores batientes a un rugiente mar de truenos.
Dando alaridos, los periodistas y fotógrafos se lanzaron escaleras abajo.
« ¡Ah, otro complicado problema por resolver!», pensó el Profesor Cydwick Ohms, saltando con cierta dificultad a lomos de uno de los tres mil cuernilargos texanos que entraban en estampida en el laboratorio.


EL PROGRAMA DEL DESTINO
Derek Lane
«Esta es su vida» es un programa de televisión que ha tenido auténticas resonancias mundiales, pues se ha dado en las televisiones de casi todos los países (los que tienen televisión, por supuesto) y se sigue dando aún en varias de ellas. Derek Lane, basándose en él, toma aquí la oración por pasiva y, utilizando el Tiempo como apoyo, imagina como podrá ser el programa contrario: «Esta será su vida». La idea es ciertamente interesante... y no les contamos más para no estropearles la emoción del relato y su final.
Me pregunté cuantos de los aproximadamente trescientos millones de fans de Manley V. Goodfellow lo habrían reconocido en este momento. El carnoso rostro que irradiaba encanto en las pantallas mundiales estaba distorsionado por la ira mientras golpeaba con el puño mi escritorio.
—¡Programa! ¿Le llamas programa a esta bufonada? Un sujeto trabaja hasta llegar a ser gerente de un supermercado, se casa con la muchacha que ha vivido toda la vida en la casa de al lado, y todo lo que hace a continuación es criar cuatro de los niños menos atractivos que jamás se hayan visto. No es bastante bueno, Jackson. Tengo que pensar en mi reputación.
Recordaba a Goodfellow cuando aún no tenía ninguna reputación. Lo malo es que había subido demasiado rápido, elevado por el éxito del programa. Cuando Esta será su vida fue programada por primera vez, él era tan solo uno de tantos entrevistadores. Su función era simplemente hablar con la persona que protagonizaba el programa, y proveer un diálogo de relleno entre los incidentes dramáticos grabados. Si es que había alguna estrella en el programa era simplemente el Visor Temporal Strogoff; no la pantalla simulada que ustedes ven en sus casas sino el verdadero, al que nadie más que el equipo de producción puede acercarse.
El visor suministraba el material para el programa, atisbando a lo largo de la línea, temporal futura del sujeto. Pero el público se confunde fácilmente sobre esas cosas; y habían llegado a pensar en Goodfellow como en una especie de semidiós, que creaba el futuro con sus propias manos. Y juzgando por su conducta en los últimos meses, él también estaba empezando a pensar lo mismo. Cada vez me encontraba con mayores problemas para tratar de evitar el caso y le había costado a Global un saco de dinero.
—¿Y qué? Lo recuperan con las tarifas publicitarias. Deberíamos estar mostrando la vida tal cual es, todo lo que sucede...
Suspiré. Era la vieja rutina de Goodfellow, y ya estaba empezando a asquearme el oírla tantas veces. Teníamos alquilado el visor Strogoff al gobierno. Éramos los únicos usufructuarios comerciales, dado que:
(a) Los gerifaltes de Global tenían buenos enchufes en el partido gubernamental, y (b) habíamos tenido la fortuna de contar con Strogoff en nuestra nómina cuando había perfeccionado el instrumento. Aún así, existía bastante oposición en los altos círculos, y maniobras por parte de las compañías rivales. Teníamos que ser cuidadosos, y tener bien limpios nuestros expedientes, pues de lo contrario nos revocarían la licencia y Esta será su vida, el programa que más dinero había conseguido en toda la historia de la TV, desaparecería de las pantallas.
—Mira, Manley, he estado sudando en este puesto durante los dieciocho últimos meses —le dije cansadamente—. ¿Qué es lo que te hace suponer que tú lo ibas a hacer mejor?
—¡No te das cuenta de las posibilidades! —gritó—. Este programa es la cosa más importante que jamás haya sucedido en las comunicaciones de masas. El gobierno no se atrevería a interferir, no importa lo que hiciésemos.
—Yo no me fiaría de eso.
—Estás demasiado preocupado por lo mediocre —dijo Goodfellow—. ¿No te das cuenta de que millones de personas que viven vidas aburridas esperan ansiosamente durante toda la semana para que las dos horas de Esta será su vida den algún sentido a su existencia?
Me alcé y lo miré desde lo alto, que era algo que no le gustaba en absoluto. No estaba tan gordo como él, pero tenía casi un palmo más de altura.
—De acuerdo, Manley. Si has terminado, yo tengo trabajo que hacer.
—¿Y sigues insistiendo en que vas a usar es e programa con Stramore? —me miró con los ojos entrecerrados.
—Pienses lo que pienses, el programa todavía va a la cabeza en las clasificaciones... y aún soy su productor. ¿Qué te parecería si tú hicieses tu trabajo y yo el mío?
—¿Y si rehúso participar en lo que va a ser un fracaso seguro? Me alcé de hombros. —Eso es cosa tuya. Pero si estuviera en tu caso, primero hablaría con el departamento jurídico.
Me miró por un momento, con la cabeza hundida entre sus amplios y robustos hombros, y luego salió de la oficina sin decir ni una palabra más.
—¡Guau! Realmente has hecho enfadar a su excelencia —dijo Terry cuando entró.
Terry Nichols había sido mi secretaria en los dos últimos años, lo que quería decir que había participado en la concepción de Esta será su vida. Y aún así, a veces yo tenía la impresión de que no aprobaba el que fisgoneásemos las vidas privadas de la gente, aunque nunca lo hubiera expresado en palabras. No obstante, por alguna razón propia, jamás había abandonado el trabajo. Yo estaba satisfecho por ello, pues era algo más que decorativa, con su pequeño rostro de grandes ojos y su mechón de cabellos negros, muy cortos.
—Es muy posible, pero ya era hora de que se enterase de quien dirige este programa —contesté.
—¡Oh, oh! —Terry alzó una ceja—. ¿A sí que tú tampoco estás muy contento?
—Ya tengo bastante con organizar el programa, sin tener que preocuparme en pelear con ese payaso pomposo.
—Si estuviera en tu caso, Peter, vigilaría mi s tratos con él —dijo suavemente—. Tiene muy buenos amigos entre los jefes. La gente acostumbra a olvidarse de los individuos como nosotros, que trabajamos duro entre bastidores, cuando hay por medio figurones como Goodfellow. Ellos son los que salen en las pantallas y en los periódicos.
Me acordé de las palabras de Terry cuando, a la mañana siguiente, abrí el periódico. La primera cosa que vi fue una fotografía de Goodfellow justo en el centro de la página. Y no obstante, no fue esta sino la fotografía que la acompañaba la que hizo que me olvidara del desayuno y me dirigiera a toda prisa hacia el Edificio de Televisión Global.
Todo el impacto del programa dependía del hecho de que el sujeto no sabía nada hasta que se hallaba en el estudio frente a Goodfellow, que le decía: «Esta será su vida...» Todas nuestras investigaciones y nuestro trabajo preparatorio eran mantenidas bajo el más estricto secreto hasta ese momento, y nadie más que el equipo que trabajaba en el programa sabía hasta entonces quien iba a ser el sujeto.
Esto no solo proporcionaba el consiguiente suspense sino que, al mismo tiempo, el secreto nos daba la seguridad de que nuestro trabajo no sería malgastado. Hasta ahora, nadie había tenido el suficiente coraje moral para rehusar servir de sujeto en un programa. Mientras que, si se les hubiera dado tiempo para reflexionar, en lugar de encontrarse ante el hecho, posiblemente muchas personas hubieran preferido que sus vidas futuras no hubieran sido expuestas en una transmisión a escala mundial.
El sujeto del próximo programa, Stranmore, opinaba así, porque por primera vez en la historia del programa alguien había hablado fuera de tiempo. Bajo su foto y la de Goodfellow se podía ver una declaración de Stranmore en la que decía que no tomaría parte en el programa, y que si se pasaba tal programa sin su autorización, entablaría un pleito contra Global por intromisión en su vida privada.
Cuando llegué a Global tomé el ascensor hasta el veinteavo piso y me apresuré hasta la oficina de Macklin, el Vicepresidente encargado de Producción. Era un hombre bajo y rechoncho, con la complexión de un cadáver de dos días y unos ojos de color marrón oscuro que lo veían todo. Contestó con un movimiento de cabeza a mi saludo y fue directo al grano:
—He ordenado a los de seguridad que investiguen la indiscreción. Pero lo importante es el programa. Tan solo faltan treinta y seis horas. ¿Tiene un sustituto?
Con Macklin no valía el irse por las ramas. Había llegado a su posición por el camino difícil, y yo respetaba su habilidad aunque no su moralidad.
—No. Desde que pasamos a un programa se manal hemos estado usando los sujetos tan rápidamente como los vamos encontrando.
—Pero deberían de haber estado preparados par a algo como esto —dijo secamente. —Estoy de acuerdo. Pero por el momento nos lleva siete días completos el investigar a lo largo de la línea temporal de un sujeto para grabar lo que necesitamos. Si tuviéramos otro Strogoff quizá podríamos adelantarnos al programa.
—¿Entonces qué es lo que hacemos? —Sus ojos estaban clavados en mí mientras tomaba un cigarro de la tabaquera de su escritorio—. No podemos permitirnos el cancelar... el programa es ya algo demasiado grande.
—Ciertamente no existe tiempo suficiente para producir un protagonista distinto —dije—. La única cosa que se me ocurre es que tomemos las grabaciones de los programas anteriores y hagamos una especie de antología de los momentos más emocionantes de todos ellos.
Permaneció silencioso por un momento, girando el cigarro entre sus gruesos dedos, y luego dijo:
—No me gusta, pero por esta vez podría funcionar. ¿Cuánto tardará en tenerlo dispuesto para que lo pueda ver?
—¿A las seis de esta tarde?
—Que sea a las cuatro —me contestó, extendiendo el brazo para tomar una cubeta llena de papeles.
Terry y yo habíamos estado trabajando en el gabinete de montaje de grabaciones durante una hora cuando llegó Goodfellow.
—Lástima por lo de Stranmore —dijo—. ¿Qué es lo que vais a usar como sustituto? Se lo dije.
—¿Y Macklin aceptó eso? —preguntó.
—¿Y qué otra cosa podía hacer? —le dije irritado—. Y ahora, por favor, déjanos tranquilos, Manley. Tenemos un montón de trabajo que hacer.
—¿Para qué? ¿Todo eso para hacer una rancia mezcla de repeticiones? Hará que nuestra valoración baje en treinta puntos.
—Tal vez, pero siempre es mejor que una cancelación. Su desagradable rostro se entreabrió en una afectada sonrisa. —Tal vez tampoco tenga que hacerse eso.
Cerré de un golpe el interruptor del visor de cinta que estaba utilizando.
—Escúchame ahora, Goodfellow. No tengo tiempo para andar jugando contigo.
Cuando Macklin dice a las cuatro no está bromeando. ¿Qué es lo que tienes en mente?
—Harry Vince y yo hemos estado grabando algo que haría un mejor programa que esta bazofia —dijo—. Si vienes a su despacho podrás verlo por ti mismo.
—De acuerdo. Te daré diez minutos —dije, alzándome—. ¿Cuándo hicisteis esas grabaciones?
—Harry y yo hemos estado investigando la línea temporal de ese sujeto a ratos libres durante el pasado mes —me contestó—. Era algo así como un experimento acerca de la forma en que a mí me gustaría hacer el programa. Por el momento está sin acabar, pero podríamos pulirlo a tiempo.
Harry Vince, nuestro jefe de investigaciones, había sido alumno de Strogoff. Era un hombrecillo de rostro enjuto, con una orla de cabello oscuro rodeando un cráneo pálido y calvo.
—Saca esas grabaciones de Kraus, Harry —dijo Goodfellow—. Peter quiere darles una ojeada.
—Todavía no he tenido tiempo de romper ese hiato —dijo Vince parpadeando rápidamente.
—Eso no tiene importancia —dijo Goodfellow—. Lo cubriré con mi charla.
—No sé... no hay nada por un total de quince meses —dijo Vince, mientras tomaba una bobina de cinta de su envase y comenzaba a colocarla en un visor.
—¿En qué punto aproximado de la línea temporal se produce el hiato? —preguntó. —Eso es lo importante —contestó Vince—. Comienza mañana por la noche.
Me giré enfadado hacia Goodfellow:
—¿No te dije que no tenía tiempo que perder? ¿Qué es lo que íbamos a mostrar durante el primer cuarto de hora, si es que usásemos este sujeto... una pantalla en blanco?
—Ya he pensado en eso —dijo Goodfellow—. Abrimos con alguna entrevista, acerca de su pasado, y mostramos algo de ese pasado que hemos grabado. Entonces podemos introducirnos en el primer incidente dramático. Créeme, cuando los espectadores vean la clase de programa que hemos escogido se olvidarán de cualquier comentario crítico.
Vince disminuyó la intensidad de las luces y la cinta empezó a pasar a través de la pantalla monitor.
10-17-2008 03:45 PM
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