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Los mejores cuentos de ciencia ficcion
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Los mejores cuentos de ciencia ficcion
INTRODUCCIÓN
Los chinos tienen una ancestral maldición que reza así: Ojalá y vivan en tiempos interesantes. Afortunada o desafortunadamente, depende si aprueba este siglo, o si añora "buenos viejos tiempos", nuestros tiempos actuales son los más interesantes vividos por toda la humanidad. Tal vez sea una maldición, tal vez no, pero la aceleración del cambio por la tecnología, la vida diaria, la salud, y la sociedad, jamás ha sido mayor —y continúa a grandes pasos.
Más para tales movimientos de la sociedad humana, deben existir ajustes, atrasos y tendencias retrógradas. Las personas acostumbradas a estos cambios como el pan de cada día, se enfrentan a un vértigo de virajes repentinos, de sismos de duda, al preguntarse si todo esto nos lleva a la catástrofe o a alguna planicie de calma y orden, o si esta aceleración está más allá de todo control.
La ciencia-ficción es una casa matriz de aceleraciones para la consideración de estas cosas. La imaginación de sus autores y lectores explotan los eventos del presente para la especulación de sus extensiones hacia el futuro. Existen cosmogamas enteras sobre esos futuros con fluctuaciones que abarcan todo tipo de posibilidades, los indicadores reconocibles no sólo por lectores sino por el público en general, el cual ha sido expuesto a ellos, vía televisión y películas.
Sin embargo, la ciencia-ficción tiene una forma inmediata de reflejar tos ánimos y los tiempos. En volúmenes del pasado sobre estos anuales he notado tendencias hacia el optimismo, la utopía, y a los periodos de cautas reflexiones. Al recopilar el material, cristalicé tales tendencias. Yo lo llamaría terrestrealismo. Con esto quiero decir que estas historias tienden a pensar en las crisis y los futuros de la Tierra y la humanidad, más que al hecho de estancarse en conceptos de dimensionales galácticas de mundos colonizados y seres extraños. En resumen, los autores y los editores de ciencia-ficción se inclinaban hacia historias más "terrestres" que en los de años anteriores.
Así pues, de las historias seleccionadas para este anuario, considero como lo más extraordinario que la mayoría de ellas se desarrollan en escenarios razonablemente relacionados con lo terrestre, y sólo dos pueden clasificarse como historias sidero-locales. En esas dos, la de Bradley y la de George R. R. Martin, hay también valores básicos terrestres y humanos.
Los escritores de ciencia-ficción viven al día en este mundo de los 80s. No viven en torres de marfil ni en lamasterios tibetanos. No son inmunes a los ánimos o pensamientos del mundo que los rodea. Así que no pueden menos que reflexionar sobre ellos.
Por mi papel como editor de esta antología anual, así como por ser publicista-editor de novelas de ciencia-ficción, estas corrientes de pensamientos me llegan a través de la perceptibilidad. Los detecto en las novelas del año. El año pasado noté una tendencia hacia la ciencia-ficción mórbida, según mi criterio al poner como ejemplo a las novelas aclamadas Las sombras del torturador, La fuga del tiempo, Sobre alas de la canción, Jem, y lejos de lo por mí denominado como ciencia-ficción vibrante, como El alcance de las serpientes, Más allá del horizonte del Evento Azul y Los ingenieros del mundo de Aro.
Estas son reflexiones del viraje social vivido por el mundo de hoy. El hecho es, me atrevo a agregar, que tal viraje es sólo una gota de una contra-corriente. . . todavía. La ciencia-ficción continúa socialmente optimista.
1980 fue un año de cambios en el mundo publicitario de la ciencia-ficción. Galaxia, una vez primer adalid de esta rama, al final muere víctima de una larga dolencia terminal. Galileo muere con ella. Analogía fue finalmente arrojada de su hogar de Condé Nast y comprada de inmediato por los publicistas de las revistas que ya la habían relegado en sus ventas y aclamaban a la revista de ciencia-ficción de Isaac Asimov. Asombro se comió a su gemelo fantástico y sigue adelante con tumbos. Fantasía y Ciencia-Ficción conservan su alto nivel literario acostumbrado —consistentemente superior a otras publicaciones.
Algunos de los libros editados indicaron recortes a la cantidad de publicaciones sobre ciencia-ficción / fantasía, al mismo tiempo que otros editores anunciaban nuevos programas y listas extensas, los cuales indicarían una especie de señales cruzadas en ese campo. Omni que en 1979 incluyó varias historias de ciencia-ficción suficientemente excelentes como para pagar premios, así como para convertirlas en antologías, sufrió un fuerte cambio político que dio como resultado una lista de ficción fuertemente criticada como trivial y efímera.
La ciencia-ficción británica parece estar estancada, sin publicaciones novedosas. En Europa, los libros de ciencia-ficción están en su apogeo, especialmente en Alemania, Francia y Holanda, así como en los países socialistas. En España e Italia los pronósticos se tambalean, mientras que en Japón la ciencia-ficción sigue tan fuerte como siempre.
Pero por todo el globo, la ciencia-ficción piensa en términos terrestres. Hay cambios en la economía, en la política, en las estructuras sociales, y toda especulación se encuentra bajo la influencia de estas presiones. El programa espacial norteamericano, mientras se vanagloria en resultados espectaculares con los descubrimientos de sus Saturnos y Júpiter, establece un tiempo basado en los éxitos de sus viajes espaciales. Los soviéticos avanzan en sus esfuerzos para conservar un laboratorio espacial en órbita y extender el tiempo que sus cosmonautas duren allᗠasí como pruebas futuras de exploraciones a Venus.
El conservadurismo cauto parece ser la orden general del día. Pero vigilen a su autor local de ciencia-ficción. ¡Podría proyectar indicios de un nuevo brote!



VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE BEETHOVEN
Por Sharon Weeb
La conservación y el desarrollo del genio es un prerrequisito para el progreso de la humanidad. Mientras avanzamos en la solución del problema de la longevidad, intentamos progresar en las demás esferas. Pero supongan que ese triunfo niega igualdad deseable en la aspiración humana. Si el costo de la inmortalidad es la aburrición universal o la fijación eterna, como muchos filósofos claman, ¿puede tener esta solución?
Lo trajeron ante el Comité de Vesta cuando tenía 11 años de edad. Su vejiga estaba tensa por la presión y le lastimaba. El sudor cubría sus palmas.
La noche anterior su nombre estaba iluminado sobre el gran tablero del dormitorio: DAVID DEFOUR. Nunca lo había visto antes.
—Tú eres ese —dijo uno de los muchachos con mirada conocedora que lo hizo sentir aniñado e ignorante.
— ¿Yo soy qué? -Sus ojos aletearon la pregunta de un muchacho a otro y a otro—, ¿yo soy qué?
—Tú vas a ser.
—Sí —dijo otro.
—Tú vas a ser castigado.
— ¿Porqué?
—Porque.
— ¿Porqué?
—Castigado no, estúpido —dijo una nueva voz—. Escogido. —El nuevo muchacho, un joven mayor del dormitorio de arriba, puso un brazo protector alrededor del hombro de David. —Te escogieron —dijo—. Debes de ser especial.
— ¿Escogido para qué? El temor crecía dentro de él, empujaba su corazón y lo desviaba hacia arriba hasta golpear y agitar su garganta.
Había oído antes de vez en cuando, algunas murmuraciones, pero las había ignorado en su mayoría. Ahora venían hacia él; sus labios tuvieron que preguntarlo. — ¿Qué?
—Porque, tú serás fa-mo-so —pronunció lentamente el nuevo muchacho, al apretar su hombro—. Tendrás todo lo que quieras. Pero después. . . tendrás que morir —los ojos del muchacho escudriñaron los suyos—, me pregunto cómo será morir.
David escurrió su pequeño cuerpo fuera del brazo del joven y corrió con las piernas encorvadas al baño. Quería vaciar su vejiga. Deseaba llorar. Era como eso, ahora.
Los miembros del Comité, tres, llevaban sus batas con lunares grises porque estaban sentados en cónclave formal. La mujer alta de cara cuadrada, la Presidenta, tocó el sólido cojincillo frente a ella con un mazo de cristal. -David Defour —dijo la mujer—, acércate a la Presidenta.
El miedo llameó a través de su cara delgada. Le temblaban las piernas y las rodillas.
—No tengas miedo —dijo la segunda mujer rompiendo el protocolo, quizá porque era amable o tal vez porque recordaba lo que era tener 11 años y estar asustado.
Se paró ante ellas. Miraba hacia lo que parecía ser una gran altura, hacia los miembros sentados.
La Presidenta habló de nuevo. —David Defour, ¿sabes por qué has sido llamado ante el Comité?
Parpadeó, empujó su barbilla, movió su cabeza casi imperceptiblemente.
— ¿Es tu contestación un no? Emplazó él su voz de soprano vacilante. —Es no.
—Muy bien. Miembros de Conway, lean la Instrucción. Los miembros de Conway miraron a David con ojos grises y acerados. Luego él miró hacia abajo y empezó a leer:
—Desde las primeras sombras del tiempo, la humanidad sabía que era mortal. Para los eones eso significaba alcanzarlo más allá de él mismo. En un sentido había fallado; en otro sentido tuvo éxito. Y la búsqueda siempre se hacía presente. Se dirigió en muchas direcciones, encontró éxitos y fracasos en cada una. Entonces la humanidad encontró éxitos finales y fracasos también. Porque, cuando la humanidad mató a la muerte en sus laboratorios, mató la necesidad de la inmortalidad. Cuando la muerte murió, también murió la poesía de la Tierra y su música. La filosofía fue acallada; el Arte se hizo polvo; la Ciencia fue sofocada. Sólo quedaron los ecos. Y así fue como la humanidad se dio cuenta que grandes ganancias reflejan grandes pérdidas. Y reconoció la necesidad de escoger de entre sus miembros aquellos pocos que, cuando niegan su inmortalidad, deben crearla para ellos mismos, en beneficio de todos. Es por este propósito, David Defour, que has sido emplazado aquí este día. . .
Los miembros de Conway lo taladraron con fijeza. — ¿Aceptas la responsabilidad que la humanidad te impone?
Frías oleadas soplaron a través de su pequeño cuerpo, sintió escalofríos en el vientre, sus huesos hormigueaban. Se paró, temblaba, con largos ojos dilatados, trataba de darle sentido a lo que había escuchado.
La  Presidenta  dijo  —Es costumbre,  David, decir "acepto".
Abrió la boca, la cerró, la abrió de nuevo. Su voz vibró en su garganta, como una abeja capturada que volaba fuera, al fin.
—"Acepto".
-David, estoy aquí para ayudar a facilitar tu transición. ¿Tienes alguna pregunta?
Miró la cara dulce y tranquila a través del escritorio, intentó leer en ella, pero falló. Trató de darle un sentido al aturdido día y falló de nuevo.
Después del cónclave del Comité, fue llevado a Medicina Nivelada, impotente, mientras su cuerpo fue probado íntimamente hasta sentir su cara tornarse caliente con embarazo. Metales puntiagudos removieron muestras de sus tejidos, de su sangre. Luego, el veredicto: Tiempo Decisivo, sesenta meses lunares.
Lo alimentaron, le dieron algo de beber. Lo tomó agradecido; Empujó la comida alrededor de su tazón. Después fue traído aquí, al hombre de cara dulce y tranquila con mejillas sonrosadas y piel tan suave como la crema.
—Tú no vas a seguir en Vesta, David. Hoy saldrás para Renacimiento. Es en la Tierra. Vivirás ahí —consultó el expediente de David—, por sesenta meses, hasta la Decisión Final. El consejero absorbió la mirada que pasó sobre el rostro de David. Sonrió débilmente; había visto esa mirada antes—. Te gustará, David. A todos les ha gustado. Lo preferirás después de un tiempo. En Renacimiento estarás con los de tu misma clase.
¿Dejar Vesta? ¿El dormitorio? ¿Todo lo conocido por él? Empezó a temblar. No había conocido ningún otro lugar. Lo iban a llevar fuera de su hogar, de los muchachos a quienes estimaba como a sus hermanos, lejos de su cama, de la Madre Jacobs y de la Madre Chin. Ardientes lágrimas chocaron contra sus pestañas, detenidas sólo por un pestañeo. Y su música. ¿Iban a llevársela también? ¿Sería arrancado de su flauta? ¿De su cítara?—Por favor. ¡Déjenme aquí! ¡No quiero ir!
—No podemos hace eso David. Mañana, los muchachos con quienes vives comenzarán el tratamiento. La comida que ingieras, el agua que bebas será diferente a la de ellos. Lo siento, pero sales hoy.
Con pequeña voz vacilante dijo con desesperación. — ¿Puedo tomar mis cosas?
—La Madre Chin te las empacó. Todo está a bordo de la nave ya.
—En respuesta a la esperanza reflejada en los ojos del muchacho, el consultor agregó—: Todo está ahí, David. Tus instrumentos musicales también. Especialmente aquellos. Encontrarás más en Renacimiento. Muchos más. —Se levantó bruscamente—. Sube a bordo. Es un largo viaje.
—No puedo irme todavía, debo despedirme.
—No, David. Hemos pensado en una separación limpia y rápida.
Se acurrucó solo en un compartimiento en la nave. Cuando la puerta se cerró, fijó la vista en su soledad por unos minutos y dejó salir las lágrimas.
El piloto, al observar su desconsuelo, tomó nota y prudentemente lo dejó llorar por un tiempo antes de presionar el botón de sonido y activar el mirador del muchacho.
—Hola, David. Yo soy Heintz. Estaré aquí para ayudarte durante el viaje —dijo la voz desde la pantalla—. Si miras a la derecha de tu compartimiento, verás un botón marcado 'agua' y otro marcado 'jugo'. Te recomiendo el jugo, está muy bueno.
Estaba sediento. Presionó el botón y de la pared salió un tubo para beber. Estaba bueno. Apagó su sed.
Heintz esperó hasta que hiciera efecto el ligero sedante, entonces dijo. — ¿Alguna vez estuviste en una nave?
David meneó la cabeza.
—El capitán acaba de abordar, David. Saldremos en unos minutos. Sintonizaré tu pantalla para que puedas ver el despegue, pero primero quiero que te ajustes el cinturón. Presiona la palanca frente a ti.
Una luz verde salió bajo sus narices; debajo de ella, emergió un pequeño manubrio. Lo empujó y un hilo sutil de luz emergió de las paredes del compartimiento y lo envolvió gentil pero firmemente. Sólo sus brazos quedaron libres.
—Bien, cuando estemos en camino, puedes desengancharte de mi señal. Mientras tanto, siéntete libre para explorar tu compartimiento. Si me necesitas, presiona el botón 'asistente' sobre tu cabeza.
La pantalla se puso en blanco.
Justo sobre su testa, un teclado de botones plateados centelleó. Uno decía 'Música'. Lo presionó y se presentó un selector de números. Indeciso, oprimió una cifra al azar, se recostó y cerró los ojos.
La suave melodía de una cítara comenzó, seguida por el abotagamiento de un violonchelo. El arreglo de una vieja pieza de piano, pensó. ¿Qué era eso? Lo había escuchado antes en su clase de historia de la música, pero el nombre, el compositor, no lo recordaba. La música, inexpresivamente triste pareció envolverlo. Se marcó dos manchas cafés con los puños en sus ojos para detener el brote de las lágrimas, pero éstas corrieron a través de sus curvos dedos y trazaron su camino hacia la barbilla mientras la Patética de Beethoven surgía a través de su cinta plateada.
Una voz brillante le sacudió. — ¿Lloras? Así son todos.
—Un suspiro—. ¡Qué aburrido! —Una niña como de su edad lo atisbo desde el mirador. Sus ojos eran francos, azules, con un rocío de pecas como nuez moscada sobre la nariz—. Esperaba que fueras diferente. —No estoy llorando —se restregó vigorosamente los ojos—. Iba a tomar una siesta. —Guiñó deliberadamente hacia la cara de la niña—. ¿Quién eres?
—Liss, ¿Cómo te llamas?
—David. ¿Dónde estás?
—En el compartimiento 17. Tú estás en el 8.
—Pensé que estaba solo.
La niña rió. — ¿Tienes un vacío en medio de tus oídos? La risa lo hizo frenar. — ¿Qué quieres decir?
— ¿Pensaste que la nave efectuaba un viaje sólo por ti?
—Bueno, no —su barbilla sobresalió un poco hacia afuera.
—Lo hiciste —ella rió de nuevo.
¿Quién pensaba que era ella, de cualquier modo? ¿Por qué no te vas de relámpago? —Alcanzó el botón para privacidad.
—Espera, no me desconectes. Espera, por favor. El tono de pánico en su voz lo hizo detener la mano en el botón.
—Por favor —dijo ella—, quiero hablar, estoy muy sola. El la miró por un largo tiempo. — ¿Adonde vas?
—Al mismo lugar que tú.
— ¿Cómo sabes a donde voy?
—Tengo medios. Espera. ¿Oyes eso? Hemos iniciado el despegue. El susurro que subconscientemente escuchó desde que estuvo a bordo, dio lugar a una vibración pesada.
— Las turbinas comienzan a abrirse —dijo ella—, mira.
La cara de la muchacha se apartó en un óvalo de 10 cms. en un rincón. El resto de la pantalla se llenó de una vista masiva de las turbinas de Vesta, las cuales sobresalían en fuerte vacío. Un millón de puntos estrellados taladraba lo negro del espacio.
Se formó un bulto en su garganta y no pudo tragarlo. Realmente partían. Dejaban su hogar. . . Quizás para siempre.
— ¿Vas a llorar de nuevo? Se armó de valor. —No.
—Bien. No creo poder soportarlo. Mira, somos libres.
El último vestigio de chirridos de puertas se esfumó. Tan sólo había oscuridad y luces centelleantes sobre la pantalla y una imagen de 10 cms. de la pecosa cara de una niña.
—Pronto nos desengancharemos del cinturón —dijo ella.
— ¿Cómo sabes tanto? —demandó él. La encontró fastidiosa y al mismo tiempo infinitamente confortante para hablar, pero aún no sabía cómo definir sus sentimientos.
—Experiencia —dijo ella—. He hecho todo esto antes. Escepticismo rosa. — ¿Cuándo?
—Esta mañana. Yo fui la primera a bordo desde Hoffmeir.
— ¡Hoffmeir!
—Sí. No pensaste que ellos sólo escogieron Vesta. —El meneó la cabeza. No había pensado acerca de todo aquello.
—Nos paramos cerca de Hebe. Después vinimos a Vesta. Esta es mi tercera partida —dijo ella con aire de tempestuosa madurez.
— ¡Oh! ¿Cuántos de nosotros estamos aquí?
—Hasta ahora, nueve en los compartimientos. Más adelante se llenará de adultos en viajes de negocios y vacaciones. No estoy interesada en ellos. ¿Cuál es tu talento?
—La música.
—Yo voy a ser una escritora. Leo todo el tiempo. Incluso he leído los archivos. Tengo un enorme vocabulario. —Lo miró especulativamente—. La mayoría de los músicos que he conocido son desmedidamente sensitivos. ¿Lo eres tú? El no supo qué contestar.
—Tal vez lo eres. Espero hayas estado protegido, intentaré llevarte de la mano. En Renacimiento necesitarás de alguien como yo.
—No necesito de nadie.
Ella suspiró. —No quiero ser descortés. No puedo remediarlo. Pareces estar muy desamparado.
El apagó la pantalla durante 5 minutos, y cuando la soledad intentó abrumarlo, la encendió de nuevo en el compartimiento 17.
— ¿Liss? — murmuró —, ¿Liss?
Apareció la cara, pecosa, rosada, con una ligera hinchazón alrededor de los ojos. Sus mejillas mostraban huellas de lágrimas.
— ¿Me vas a hablar, David? —Preguntó humildemente.
—Eso creo. Su barbilla temblaba  ligeramente. —Siento haberte hecho enojar.
—No hay problema.
—Hablo demasiado. Siempre lo hago. No quiero decir nada con eso. La firme pero casi imperceptible aceleración desapareció de pronto. La luz del compartimiento vino tan pronto como la voz de Heintz dijo, —Pasajeros, pueden desabrocharse el cinturón.
David jaló la palanca frente a él. La mayor parte del cinto limitado se retractó y tan sólo quedó una correa suave y elástica en su lugar. Se podía mover libremente alrededor y rebotar con suavidad en las paredes acojinadas del compartimiento. Volvió rápidamente al juego. Uno, dos (techo, pared), tres, cuatro (pared, pared) cinco, seis (asiento, pared).
Se enrolló como una pelota, los brazos alrededor de las rodillas. Se empujaba del asiento con los dedos de los pies, con el riesgo de impactarse contra el techo, por lo cual dirigía su espalda hacia el asiento. Techo, asiento, techo. Un poco fuera del centro hizo carambola hacia la pantalla. Pasó a corta distancia y logró detener la correa, vio a Liss en la pantalla, revoloteaba también, como un balón a la deriva en las alturas. Heintz los observaba desde su tablero, reía entre dientes y meneaba la cabeza. No había encontrado a ningún muchacho capaz de desaprovechar aquel juego. Características de nacimiento, pensó. Además, nunca había fallado respecto a las consecuencias.
En unos pocos minutos, un verdoso y pálido David, así como una sudorosa-Liss, se adhirieron a sus respectivos asientos con manos temblorosas mientras presionaban el botón de 'Servicio'.
—Voy en camino hacia ustedes, chicos Heintz presionó la palanca para las cabinas 8 y 17 y una nube de neutralizador se esparció en los compartimientos—. Despacio, respiren profundamente. —En 30 segundos desaparecieron las náuseas de David, así como su rigidez—. Tomaré una siesta —dijo a la imagen de la pantalla.
—Yo también. Buenas noches, David.
Se estrecharon las manos a través de la pantalla como si se tocaran el uno al otro. Durmieron hasta la hora de ajustar el cinturón para el aterrizaje sobre la Tierra.
Desembarcaron en al terminal Atlantic-Biscayne en la mitad de una calurosa mañana azulada. Los ojos de David se deslumbraron por el reflejo de vidrio cortado sobre el océano. Las olas cercanas rompían sobre los campos burbujeantes de los almacenes y los econdos que habían brotado en el despertar de la terminal de la isla. Hecha por el hombre algunas millas hacia el oeste, el horizonte de la playa de Miami emergió del océano como un oasis de acero.
Aunque era un día caluroso, él se estremeció a la vista del océano. Nada que hubiera visto lo preparó para esto, nada que hubiera olido... El olor del mar se pegó a los poros de su nariz. El aire soleado presionó suavemente sobre su cuerpo y pareció resistir el movimiento dentro y fuera de sus pulmones. Una fina película de sudor aperló su frente.
Una mujer en uniforme azul decía algo... —Te aclimatarás pronto. Procederemos de inmediato al revoloteo. Llegaremos a Renacimiento después del almuerzo.
Vio a Liss y se dirigió hacia ella. Era más alta que él, más grande de lo que él pensó que era. Atacado por repentina timidez se volteó y pretendió mirar al océano. Después de un momento, la mano de ella tocó la de él. La sintió tibia y amistosa.
En Tierra... suaves piernas que chocaron con efusión después de unos cuantos metros caminaron la corta distancia hacia el zontilator marcado "Frontera de Revoloteo".
—Esta comida es desagradable —dijo Liss al arrugar su nariz con disgusto.
El supo el significado. Tan lejos, la comida de la Tierra parecía extravagante y... bueno, terrestre, comparada con su dieta en Vesta, y el agua tenía un sabor a algo como metal.
—Tenemos que acostumbrarnos a ella. —Liss empujó fuera su plato y acomodó su cuerpo a una posición confortable en el asiento del aparato revoloteador, junto a él. Su brazo regordete y suave apretado contra el huesudo de él. David tentativamente decidió que le gustaba. Descubrió que las niñas huelen diferente de los niños y pensó porqué no lo había notado antes. Pero él no había prestado mucha atención a niñas hasta ahora. Siempre las había encontrado exasperantes, incómodas y no valiosas. Liss era exasperante, pero era agradable en cierta forma. Decidió que Liss estaba bien. Probablemente ella no era una niña típica. Pensó si todas las niñas de Hoffmeir serían como ella.
— ¿Fue eso como regresar a casa? —preguntó él.
— ¿Quieres decir comparado con Vesta? Bueno, Hoffmeir es más pequeño, desde luego, y más nuevo, como puedes esperar de una población hecha por el hombre, pero vivimos dentro, justo como tú hiciste en Vesta. Y la gente de Hoffmeir siempre es más inteligente. La miró con sorpresa y empujó su pequeño brazo regordete. — ¿De qué hablas?
—Es verdad. Todos saben que los de Vesta son sólo técnicos. Hay variedad en Hoffmeir. La sola Universidad es la mejor del sistema. Eso dicen los archivos. Además, en una sociedad selecta, pequeña como Hoffmeir, hay un premio en cerebros.
Lo tenía casi como atontado. Era una niña típica, de acuerdo. De hecho, era tan típica que era sobresaliente. Apostó que Hoffmeir contaba con suficientes niñas de cerebro espacial tales como ella. La voz de él vertió desprecio. —Apuesto que cualquiera en mi dormitorio es lo doble de listo que tú.
— ¿Vivías en un dormitorio? —Los ojos de el la se dilataron y serpentearon a las esquinas—. ¡Oh! desde luego.
— ¿Qué quieres decir con 'desde luego'? ¿Dónde viviste?
—Con mis padres.
Sintió él su boca abierta, caída. 'Miente'. 'Ella en realidad debía considerarlo estúpido si creía en una historia semejante. Nadie conoció a sus padres hasta el día que lo aceptaron en la comunidad adulta. Uno de dos años de edad tendría mejor sentido al decir tal relato.
—No es una mentira. Supe que los vestanos no eran tan inteligentes, pero tú eres la prueba que son estúpidos.
— ¿Yo soy estúpido?
—Sí, lo eres maniobró su cinturón y sacó fuera un pequeño 'cubo mirador'-. Mira.
Presionó la luz con el pulgar. Un sonriente hombre y una mujer estaban sentados a una mesa decorada con cubos de luz verdes de Día de renovación. Una niña —Liss—entró, I levaba una fuente de vino ceremonial. Lo bajó delante de ellos y el hombre alto vertió tres bebidas de él. Sus manos se alzaron en un brindis formal.
Un tri-dimensional saludo emergió:
—A nuestra hija en este día de regocijo. Que encuentre su camino y bienestar.
David clavó la vista en el "cubo mirador" incrédulo.
— ¿Ahora me crees?
—Yo no entiendo —empezó él—. ¿Por qué. . .como tú—?—calló no sabiendo como pronunciar todas las preguntas que estaban en su cabeza. Solo los oficiales y un grupo de personas eran permitidos reproducirse a sí mismos para comenzar, pero ellos nunca crearon a los niños por ellos mismos—. Esos nunca se hizo, —dijo él.
—Deben ser muy importantes.
—Lo son. —Estiró ella sus hombros hacia atrás ligeramente— Mi padre pintó el retrato oficial del Primer Ministro Gerstein, y mi madre es una poeta laureada del cinturón, sin dejar de incluir tu preciosa Vesta.
Alzó una ceja y preguntó. —Entonces, si ellos hacen eso, significa. . . significa.
—Si —dijo ella—. Son mortales.
La nave se sumergió de repente bajo una cubierta de nubes — ¡Mira! —la nariz de Liss presionó la ventana curva seguida rápidamente por la de David. Un tapete verde arrugado de montañas se estrechaba bajo ellos.
La nave descendió entre dos montañas, y pasó a través de un paso angosto, se inclinó de nuevo, para continuar una línea curva plateada que se sumergía hacia abajo a un barranco pétreo para finalmente salir hacia un silvestre valle.
David se sintió aturdido con el vuelo y ligeramente borracho. Nada que hubiera alguna vez experimentado, no había caída libre en el skiptor, nada comparado a esto.
La nave se dejó caer de nuevo, libró escasamente las copas de los árboles. La línea plateada se volvió un río unido sobre las rocas en su trayectoria. Adelante, los árboles se adelgazaron dejando un pequeño claro. La embestida de la nave cesó cuando empezó su suave descenso vertical.
Varias personas los esperaban.
El hombre que lo había tomado a su cargo dijo —Queremos que descanses hoy en vez de reunirlos a escuchar discursos aburridos. Les hemos arreglado orientadores privados.
Caminaron a lo largo de un sendero curvo de grava a través de profundos bosques. Un arroyo saltaba de piedra en piedra, gorgoreaba y coqueaba su camino hacia el río. Aquí y allá pequeños edificios de madera brotaban como hongos cafés bajo los árboles.
El esfuerzo de caminar, de jalar aire pesado, fue casi demasiado; sintió doblarse sus rodillas. Una mano firme lo sostuvo y lo auxilió —Aquí estamos —el hombre empujó y abrió la puerta de una de las pequeñas unidades.
La cabaña era un cuarto sencillo con un baño pequeño justo en un rincón. Una cama cilíndrica enrollada contra una pared. El hombre empujó una palanca y se abrió. —Descansa por un rato, David, más tarde —le indicó el tablero de comunicación sobre el muro contrario—, aprenderás más acerca de Renacimiento. Después de que hayas descansado vendrán a llevarte a comer.
Sonrió el hombre y pasó una mano larga a través del cabello del muchacho. —Sé cómo es de confuso, David. Sé cómo te sientes. David miró hacia arriba con sorpresa e incredulidad. Nadie podía realmente saber cómo se sentía.
El hombre lo miró, pero fue como si David no estuviera ahí por el momento. Después dijo. —Esta fue mi cabaña también. Hace 20 años.
Estaba demasiado cansado, demasiado incierto para dormir. Se recostó sobre la pequeña cama y miró estúpidamente a su alrededor. Las ventanas estaban abiertas y el suave aire caliente presionó dentro del cuarto y trajo extraños olores y sonidos. Una vez un pájaro cantó y trató de catalogar su sonido en su mente. Los únicos pájaros en Vesta eran los pollos y patos del Nivel de Sustento y las imágenes vacías de Educación.
El sol a través de la ventana trazó un rectángulo de luz como polvo de gis amarillo en el centro del cuarto. En el rectángulo un gracioso estante de música con manuscritos arreglados sobre él. Su propia cítara y su flauta, colocadas cerca del estante. Se sintió agradecido por ellas, como si ellas representaran una continuidad en su vida. Del otro lado del cuarto, pegado al tablero de comunicación había un teclado triple. Tenía barras amplificadoras. La curiosidad lo impulsó a pararse y cruzar el cuarto. Barras amplificadoras, no lo podía creer. Había un solo medidor de sinfonía en Vesta capaz de compararse a éste. El de él —el que le dejaron ellos usar— era como un juguete comparado con éste.
Se paró frente a él, con los dedos suspendidos, temeroso de tocarlo pero tentado bajo redención. Oprimió el control marcado "soloboe" y tocó un fragmento de melodía que había pasado por su cabeza por un momento. El sinfonizador resonó en una quejumbrosa voz de tono delgado. "Recuerda" dijo al contener el aliento; presionó el control "Depósito". El bajonista estaba en seguida, no... dos bajonistas. . .atravesó jocoso en los registros bajos. "Ahora, juntos" El trío resonó en el pequeño cuarto. David escuchó críticamente, presionó "demora" luego la clave del bajonista I y II "Repetir", se dijo a sí mismo. Mejor, pensó, y los obscuros ojos brillaron al sonido que llenaba la cabaña. Mejor. Hizo acopio de todos y se maravilló de lo intrincado del sinfonizador. Podía contar una docena de pasos mecánicos y no creativos. No más esperas entre la idea y la realización. Activó las voces de los bajonistas de nuevo y tocó una contra la otra en un argumento. Las voces crecieron y trató de ocultar su risa al estridente graznido de pato. Ahora una persecución— un estallido. Una caricatura que terminaba —dos airados bajonistas con pico de pato— se desplomaban encima y encima de cada uno para protestar salvajemente hasta quedar sin aliento, sus graznidos se apaciguaban hasta desaparecer.
Le llegó una idea. Sostuvo el sensor en su garganta y subvocalizó "Comedor de Patos, Comedor de Patos, Comedor de Patos, Comedor de Patos". Presionó una palanca amplificadora, lo veía "C-o-m-e-d-o-r d-e-p-a-t-o-s. Ahora, lo atajó. . . 'C'C'C'C' P-a-t-o-s". Tocó con los controles hasta que tuvo a su monstruo galopante detrás de los patos bajonistas. Empezó con una caminata determinada en los registros bajos: 'C'C'Kuh' Nefasto. Afinó en los patos en un graznido de tono medio. 'C'C'Kuh.C'C'Kuh. Después un suspiro p-a-t-t-t-. Lo giró bajo 17 tonos p-a-t-o-s-s-s-. C'C'Kuh.
Nerviosos graznidos de patos y después la persecución C'C'Kuh P-a-t-o-s-s-s-Kuh —con desprecio Ping.
Terminó con un deliciosamente horrible graznido de pato y el monstruo suspirante C-o-m-m-m-. Visiones de remolinos, plumas de pato flotaban en su cabeza. Halagado con la imagen lograda, se rió fuerte. —Buenas tardes, David —dijo una voz de mujer desde el comunicador. Perplejo la miró.
—Vamos a iniciar tu orientación ahora. Observa la pantalla por favor. —La imagen del mapa de un satélite apareció en ella—. El skiptor aterrizó aquí... —Un agrandamiento del mapa, después la escena del Atlántico Vizcaíno—. Abordaste la nave y llegaste aquí. —Aparecieron las verdes montañas señaladas en el mapa—. Estás en un área conocida como la Montaña Salvaje, parte del Continente Norteamericano una vez conocido como Georgia. La desierta área tiene más de 4,000 kilómetros cuadrados, de la cual Renacimiento tiene permitido usar 180 kilómetros cuadrados. —La imagen afocó una área pequeña.
David reconoció las cabañas cafés cerca del sitio de aterrizaje.
—Estás aquí, en Residencia 6.
Las imágenes dieron salida a un mapa estilizado que mostraba el centro de estudio, comedores y un lago de recreación. A la orilla del mismo, estaban colocados una serie de escenarios para tocar música.
—Pronto aprenderás a desplazarte alrededor, David. Ahora queremos contarte un poco sobre Renacimiento. Fuiste traído aquí, como lo fueron los otros, con muy poca información acerca de esta operación. Así es como fue planeado. Queremos que cada uno de ustedes descubra por sí mismo como es nuestra vida aquí. Aunque tu llegada fue brusca y tu descontento natural, esto fue preparado para que veas tu nueva vida sin prejuicios y actitudes preconcebidas.
—Tenemos una vida simple aquí, simple, pero enriquecida. Encontrarás suficiente complejidad en tu trabajo y en las relaciones con tus maestros y tus iguales. Esto, también, es deliberado. Hemos tratado de formar un ambiente conducido a creatividad, el cual, esperamos simule un temprano tiempo simplista cuando toda la humanidad encare una vida de breve extensión.
—Mientras estés aquí, aprenderás más de la disciplina de tu arte. En Renacimiento aprenderás a reverenciar las ideas y las culturas que la humanidad ha perseguido a través de su historia.
—Cada uno de ustedes ha recibido un tiempo de Decisión Final. En tu caso, David, el tiempo es de 60 meses lunares. En ese lapso, si decides no permanecer con nosotros, puedes hacer tu Decisión Final para el tratamiento de inmortalidad. Después de ese tiempo, tu cuerpo habrá madurado lo suficiente para empezar los tratamientos.
—Nosotros, desde luego, esperamos que durante tu estancia aquí escogerás quedarte. Sin embargo, si decides dejarnos no habrá reproches ni deshonra por lo que decidas. Conocerás a tus maestros pronto, David. Si tienes alguna pregunta, el comunicador te la contestará.
Calló la voz, calló. Se escuchó un toquido en la puerta, y después. . . —tan sólo exploro —dijo Liss al cerrar la puerta tras de sí.
— ¿Cómo supiste donde estaba?
—Fácil. Le pregunté al comunicador. Ven, te voy a mostrar donde habito. —Apuntó fuera de la ventana a la ensenada oculta bajo un grupo de graciosos árboles obscuros—. ¿Ves aquellos árboles? El comunicador los clasifica como abetos. De todos modos, un poco más allá se encuentra un pequeño puente para peatones. Después de que cruzas, hay un sendero que da a mi puerta —ocultó su risa—. Es un poco como la casa de la bruja en Hensel y Gretel, ¿no crees?
La miró con absoluta confianza.
Escudriñó la cara de él y suspiró. -¿No sabes nada acerca de mitología?— Meneó la cabeza—. Técnicos. Bueno, debo tomarte de la mano y —calló—. Lo estoy haciendo de nuevo, ¿no es así? Lo siento. Por favor no frunzas tu cara. Eso me pone nerviosa.
Parecía tan apenada y tan sincera, él relajó su cara y apareció una sonrisa. —Está bien.
—Realmente quisiera contarte acerca de Hensel y Gretel. Eso es —agregó ella rápidamente—, si quieres oírlo.
—Bien, adelante entonces.
—Oh, ahora no. En la noche. Es una historia para ir a la cama. Enséñame tus cosas —dijo ella—. Señaló al sintonizador—. ¿Qué es eso? Le explicó cómo trabajaba.
—Interesante —admitió ella—. Entonces puedes trabajar de dos formas, justo como yo.
— ¿Qué quieres decir?
—Bueno, mi cabaña tiene un procesador sobre el comunicador. Puedo usarlo para escribir, pero a la mitad del cuarto, por donde está tu estante de música, está la cosa más graciosa. Es un mueble alto con un tope en declive, y tiene un banquillo hacia arriba para sentarse.
— ¿Qué se supone que hagas allí? —le preguntó.
—Escribir. —Esperó por su reacción y ocultó su risa cuando vio la perplejidad de su rostro—. Hay un montón de papel y plumas sobre el escritorio. ¿Puedes imaginar algo tan primitivo? Pregunté al comunicador acerca de eso. ¿Sabías que en la antigüedad muchos de los escritores escribieron realmente de esa manera?
Movió él su cabeza.
—Creo que debo intentarlo. Es más bien romántico, ¿no crees? De todos modos. Veo que tienes la misma distribución —caminó hacia el estante de música—. ¿Qué es esto?
David examinó las hojas. Algunas estaban en blanco excepto por el pentagrama impreso sobre ellas. Otras eran composiciones para cítara y flauta.
— ¿Cómo suena esto? —preguntó Liss al levantar una hoja al azar.
El la miró con sorpresa; estaba titulada "Canción de David". El compositor era alguien llamado T. Rolfe. Tomó su flauta y empezó a tocar, despacio al principio, ya que era una pieza difícil, después más fluidamente mientras lo embargaba el sentimiento musical.
—Eso está bello —dijo Liss cuando terminó.
—Estoy de acuerdo —dijo la mujer a la puerta, quien había entrado sin notarse—. No puedo imaginar eso tocado con más sentimiento. David la miró sonrosado de placer pero éste desapareció cuando la vio. Sintió algo frío que serpenteaba como patas de araña en su estómago. La mujer era vieja. Vieja de manera que David nunca había visto. Pequeña y encorvada. Sus sabios ojos negros quemaban en una cara embutida en arrugas, marchitada la carne. Su pelo alborotado en salvajes cabos gris y blanco alrededor de su cabeza. La estirada piel hacía la mandíbula y garganta una mole continua de tejido. Se estremeció.
—Escuché cómo tocabas la canción que te escribí—dijo ella—, y por eso entré. Voy a ser tu maestra, David. Mientras él se quedó callado, Liss dijo. — ¡Oh!, entonces usted es T. Rolfe.
—Tanya.
— ¿Aprenderá David a escribir música como usted? La anciana sonrió, aumentó diez veces las arrugas que coronaban su cara, en las esquinas de su boca y sus ojos. —Veremos. Cuando se hubo ido, David permaneció parado en silencio. Contemplaba todavía aquella vetusta aparición.
—Es agradable —dijo Liss—, ¿no lo crees tú? El la miró agobiado. —Ella es. . . Ella es horrible.
—Es sólo vieja —dijo Liss—. Debe tener cerca de 100. ¡Cerca de 100! La cara suave de la Madre Chin de su dormitorio era de cerca de 200. La Madre Jacobs era todavía más vieja. —Sintió su quijada cerrada. —Cómo pueden hacerlo. Cómo pueden. Ella acarició su hombro. —Lo siento. Me olvidé. Nunca has visto mortales. ¿No es así? Movió su cabeza desdichadamente. Después la miró por largo rato.
—No estás asustada por eso. ¿Lo estás, Liss? La sorpresa flameó su cara. —No. Creo que no. Y ahora —dijo animadamente—, sugiero investiguemos la comida. Sospecho que será desagradable, pero ya no me importa.
Esa noche, más tarde, se acostó en su cabaña, tan solo, desdichado y tímido como un cachorro alejado de la cama de paja de sus hermanos por primera vez. A lo lejos cantó una lechuza. Cerca, otra respondió. Asustado se paró y miró, a través de la ventana, las sombras densas a la luz de la luna. Nada se movía.
Inquieto, se recostó de nuevo. Quería estar en casa, recogido en su cama en medio de Jeremy y Martin, arrullado por suaves ronquidos y sordos ruidos de sueño. No se estaría aquí. No podría. Ni aunque lo torturaran.
Lentamente lo alcanzó el sueño y el agotamiento. Se soñó que caminaba solo entre bosques cobijantes. Después de un tiempo se dio cuenta que estaba perdido. Se espantó y empezó a correr hasta que llegó a un grupo de árboles y un puente de peatones sobre la ensenada. Sus pies rascaban sobre el pequeño sendero, corrió y llamó ¡Liss! ¡Liss!
La puerta de la cabaña —la perversa cara de la bruja—estaba abierta. Tanya Rolfe estaba parada camino a la puerta, le hacía señas con sus manos como garras. Se agitó y refunfuñó en su sueño. Fuera de su ventana, una lechuza descendió sobre alas silenciosas, con sus garras maniataba un pequeño ratón gris.
10-16-2008 07:39 PM
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Re: Los mejores cuentos de ciencia ficcion
INTERLUDIO

David fijó la vista en las correcciones que Tanya Rolfe había hecho sobre su composición. No había caso. En los tres años que había estado en la Tierra, nunca había alcanzado un tanto sin aquellas odiadas correcciones. Arrugó las hojas y las tiró al suelo. La anciana movió la cabeza despacio. —David, David. Estás aquí en proceso. Estás aquí para aprender, pero eres como una planta joven que no ha crecido todavía. Es demasiado pronto para esperar el fruto.
Demasiado pronto, siempre demasiado pronto. Esperó su siguiente frase.
—Debes gatear antes de poder caminar, David. Caminar antes de que puedas correr. —La anciana lo miró con agudeza, después sonrió—. Odias mis peroratas tanto como mis correcciones. La barbilla de él sobresalió desafiante.
— ¡Oh!, David. Eres siempre tan impaciente. Nosotros podemos colocar una fundación aquí. Tu música tiene que crecer, que madurar como tú maduras. Esto puede tomar la mitad de una vida antes de que compongas algo de valor permanente. Quizás más. Quizás nunca. —Tocó los controles del comunicador y recibió otro impreso de la pieza de él—. Empecemos de nuevo, David, desde este compás. Este es un buen empiezo pero tú lo conduces hacia la nada. . .
El oyó las observaciones sobre la pieza, pero no les prestó atención. Lo que ella había dicho antes se repetía una y otra vez en su cerebro:
La mitad de una vida. Quizás más largo. Quizás nunca.
II
Golpeó a la puerta de la casucha de Tanya Rolfe. Hubo un sonido de una silla al arrastrarse contra el suelo, después una voz. —Entre. —La cara arrugada se movió en una sonrisa—. Buenos días, David. He estado esperando que vengas a verme.
— ¿Pero cómo? Hoy no es día de mi lección.
—No. —Los obscuros ojos lo miraron profundamente—, pero la mayoría de mis muchachos y muchachas vienen cuando llegan a este punto. Ven y siéntate. Ven conmigo, David. Bebamos un poco de té. —Tomó entre sus manos la mano firme de él, lo arrastró a una silla y vertió de una tetera china té fuerte.
El aroma de sasafrás y limón flotaba sobre la taza. Le pareció, a medida que lo sorbía, que Tanya Rolfe era como su tetera —grietosa y frágil con la edad, pero llena con buena y fuerte materia prima que le protegían.
—Tu Decisión Final viene pronto, ¿no es así? Asintió con la cabeza —Mañana.
— ¡Tan pronto! —Suspiró ella hondamente. Su aliento salía en delgados tonos—. Pensé en un mes, quizás dos. Tan pronto. —Un velo pareció cubrir sus ojos por un momento, una fugaz visión de vulnerabilidad.
El pensó que la había perdidoantes. ¿Cómo pudo ser al ver cuan frágil se había tornado ella en los últimos años? La mano de Tanya sobre la taza parecía porcelana translúcida adornada con azules, delicadas venas. Acongojado se dio cuenta de que realmente no la había visto antes. No había oído el desfalleciente sonido del aire cuando se movía dentro y fuera de sús pulmones. No había notado la hinchazón del empeine y el tobillo más arriba de sus menudos pies. No había visto el esfuerzo en sus movimientos. Apretó los puños, y sintió las uñas clavarse en las palmas.
Dejó ella la taza y tomó su mano entre las suyas, la abrió y relajó los crispados dedos. — ¿Quieres saber qué pasará con tu música si decides dejarnos?
Asintió.
—Eres un gran músico, David. Tienes técnica que puede mejorar con el tiempo y la madurez. También tienes talento. Eres músico, pero tienes algo más —hizo una pausa y miró a través de la ventana hacia algo que se encontraba a lo lejos al alcance de sus ojos—. Es algo llamado 'El Divino Descontento'. Pienso en ello como un anhelo para moverme fuera de mí —de ser parte de algo más— algo grandioso, y sin embargo, soy únicamente Tanya Rolfe. Es el descontento de una ola sabia al dar vuelta sobre una playa y desvía las arenas, sabe que cuando se vaya, otra borrará toda huella de su senda. Y se siente rabia. —Su voz calló con un toque de pasión "rabia". Rió suavemente—. Algunos lo llaman el síndrome de la comezón en el pulgar.
La miró perplejo.
—Nosotros somos transitorios también como las olas, nuestra ida y venida cambia la faz de laTierra. Pero eso no es suficiente. Sentimos la necesidad de arañar personalmente la cara de la eternidad. . . lo suficientemente profundo para dejar una cicatriz. Prueba, ves, de que hemos estado aquí. Y si yo voy a estar siempre aquí. Entonces, ahí está tu motivación. La Inmortalidad es una cura segura para el síndrome de la comezón en el pulgar.
—Pero si yo no...
—Serás todavía listo, David, y competente. Pero es como si trataras de golpear un hierro enfriado, y después de un tiempo no te importara.
El negó, se paró, caminó a la puerta. Entonces se volvió. — ¿Siempre ha sucedido así? ¿Es por seguridad?
—No puedo decir que la chispa debe salir. Pero siempre ha sido, David. —Su mano, gentil como una polilla tocó su hombro—siempre ha sido así.
Caminó a la cima de la colina y sentía los músculos de sus piernas tirantes, su aliento sal ía en cortos sonidos. La luz del sol se filtraba en las nuevas hojas de mayo, para salpicar el empapado suelo del bosque bajo sus pies.
Alcanzó una alta cumbre, un lugar donde pudiera ver Renacimiento. Quería verlo todo de una vez. Si lo pudiera ver todo, quizás lo pudiera hacer encajar en su mente. Caminó sobre un tronco de árbol podrido en el sendero. Resplandeció la fría muerte por sus pies. Oyó rechinar la señal de peligro con sólo parte de su cerebro. La otra parte observó y orquestaba su terror. . . una maraca cascabeleante; un tom-tom que emergía de su corazón. Aceleraba. Silencio. Un silencio sollozante en su mente a 440 ciclos por segundo —y aumentaba hacia un grito— 10 000 ciclos, 20, más. El pulsóse encontraba más allá del rango audible. Si eso golpeara, si esos colmillos entraran a una vena, una arteria. Estaba muy lejos de ayuda.
Sus músculos se contrajeron. Se encorvó, corrió a través del abierto bosque bajo un metálico acompañamiento en su cerebro, mientras un tom-tom marcaba el ritmo en su pecho y garganta.
¿Había golpeado? ¿Lo sintió? ¿Lo tuvo? La razón le dijo que estaba a salvo, el miedo lo guió adelante. Sus músculos lo impulsaron a seguir. Corrió hasta que su cuerpo se rebeló y separó su fuerza y aliento. Cayó en un claro al pie de un ancho roble y apoyó su espalda contra él para soporte.
"Cobarde" Se dijo fuerte a sí mismo cuando tuvo aliento. "Cobarde". Pero parte de él lo defendió con enojo. ¿Qué podía hacer? No quería morir. No quería morir.
Regresó de la montaña al arroyo por el claro. Un muchacho alto de piel roja presionaba barro mojado en forma de espiral sobre una piedra plana el cual emergía de las cristalinas aguas. Lo miró. —Ah, David, ¿Estuviste arriba en la montaña?
Era más que una frase casual. Más temprano o más tarde cada uno hizo esa jornada, solo —como si fuera una necesidad biológica, como comida o agua, como si la montaña diera respuestas que el valle no podía. David asintió. —Estuve alto en la montaña M'Kumbe.
— ¿Sopla el aire más suave que aqu í? —La tensión en la pregunta lo revelaba en los largos dedos negros mientras amasaba la pulida arcilla. No supo qué contestar.
Los ojos negros miraron dentro de los suyos, los dedos se movieron.
—Construí el mío. . . aquí. —El montón de arcilla se agrandó contra la presión de sus manos y creció acanalado como una espina desnuda contra la roca—. Esto crece, esto cae. Puedo ser un Dios de esta pequeña montaña. Pero al final sólo es arcilla. —Bajó su puño y quebró la espina de tierra. Después la pulió en un pastel plano y lo mezcló con palmas de pálido rosa y largos dedos negros para dividirla con una "S". Arriba y abajo. El Bien y el Mal. Los dedos pararon por un momento—. Liss te está buscando. Te ha buscado toda la mañana.
La encontró en su cabaña sentada sobre el alto y viejo banquillo frente a su escritorio, escribía.
— ¿Un poema? —preguntó.
—Una carta a mí misma.
Escribió por unos momentos más, después descansó la pluma y miró hacia arriba. —Esto es un pensamiento. . . en orden.
—Tres personas me dijeron que querías verme.
—Sí. Pero ahora, caminemos. —Se deslizó del banquillo y cogió una pequeña canasta de roble y se sentó en el rincón del cuarto—. Las zarzamoras están fuera. —Se arrastró fuera de la cabaña y estaba a medio camino sobre el puente para peatones antes que la alcanzara—. ¿Qué está mal?
—Nada. —Miró ella hacia un punto arriba de la cabeza de él, como si lo encontrara de más importancia. Tomó sus hombros y la volteó hacia él. — ¿Qué está mal, Liss?
Torció ella la pequeña canasta de lado a lado en sus manos. —Nada. Acabo de tener deseos de zarzamoras. —Echó su barbilla hacia adelante, desafiante, pero evitaba su mirada—. Me gustan, en efecto, y he decidido comerlas para siempre.
Las manos de David cayeron despacio a sus costados. Se apoyó contra la barandilla del pequeño puente, trataba de pensar. De toda la gente aquí', Liss había sido la más segura.
Los labios de Liss sonrieron, pero no así sus ojos. —Hay un viejo dicho, David: Es prerrogativa de la mujer, el cambiar su pensamiento. ¿Nunca lo habías oído?
Movió la cabeza.
Una ligera arruga creció alrededor de los ojos de Liss, "Técnica" y después el viejo chiste, "voy a tener que tomarte de la mano".
Empezaron a caminar. Caminaron por un rato antes de llegar al sembrado de arbustos de zarzamoras, antes dijo — ¿Por qué, Liss?
Las manos de Liss volaron entre las zarzas para recoger las suaves moras maduras, las cuales manchaban la canasta y sus manos de púrpura. Sin contestar, alcanzó un racimo alto de un arbusto y con un ligero llanto sacó su mano vacía. Un pequeño rasguño se encorvó a través de la piel, aparecieron unas pequeñas gotas de sangre aquí y allá que se mezclaban en una línea roja. Empezó a llorar en proporción al dolor, con los hombros levantados. La pequeña nariz respingada se tornó roja e inhalante.
La observó y se sintió totalmente inútil. La canasta cayó sobre el piso y derramó las zarzamoras en el pasto, todavía ella lloraba y doblaba sus manos. Después, entre respiraciones entrecortadas, dijo —¿No sabes nada? ¿No sabes nada?
Se sintió acusado sin saber el porqué.
—Técnica. —Tomó Liss una inmensa bocanada de aire—. Se supone que me tienes que confortar. Eso dice en todos los libros.
Le dio palmaditas en la cabeza y le acarició ei suave cabello. Inexplicablemente ella empezó a reír. Era risa entre sonidos entrecortados. Después creció en proporciones de locura, hasta que Liss se sentó en el pasto recién nacido. Era contagioso y se encontró sobre el suelo atrás de ella, riendo también. La abrazó, rieron, después la beso entre el montón de zarzamoras, y le pareció que quizás era una locura mutua. Pero no importaba.
Ropas agitadas en una maraña manchada de púrpura; se entrelazaron, rodando sobre el pasto suave y cálido, se presionaban uno contra el otro con carnes frescas y necesidades frenéticas. Más tarde, riéndose de las manchas púrpuras en sus cuerpos, corrieron desnudos por el sendero hacia el lago y se hundieron en las frías y paralizantes aguas.
Luego de vestirse, caminaron bajo el sol, animados. Trataban de calentarse. Tomaron el sendero a lo largo del camino de lomas. Bajo ellos podían ver la claridad.
En el cielo azul, una línea creció hasta formarse un disco. —Mira —dijo Liss—, la nave. Observémosla. —La nave patinó su hélice delantera y se posó gentilmente sobre el valle. Se abrieron las puertas y arrojaron una carga de 7 niños.
— ¿Recuerdas el día que vinimos, David?
Asintió. Observó al pequeño grupo. Un niño se paró separado del resto, con los hombros hacia atrás, las piernas separadas; miraba con bravura que no era posible sintiera. Otro niño con ojos tan grandes como el paisaje que trataba de ver. ¡Parecían tan pequeños! Ella adivinó sus pensamientos. — ¿Eramos así de pequeños?
—Supongo que sí.
—Debió haber sido duro para ti —dijo ella—. Fuiste sacado de un dormitorio y traído aquí. Yo nunca viví de esa manera... eramos mis padres y yo. Estaba acostumbrada a estar sola. Pero, ¿sabes?, creo que lo hiciste mejor que yo. —Se sentó y enlazó sus brazos alrededor de sus rodillas—. Descubrí que necesito gente a mi alrededor. Tu descubriste que no. El sintió levantarse una ceja. Rió ella, respingó su nariz hacia él.
—Bueno —dijo con modestia—, a veces necesitas gente. Pero la mayor de las veces estás enterrado en tu cabaña como una uña enterrada en un dedo del pie.
— ¿Es tu poética opinión?
—Puede no ser poética, pero es decididamen.te mi opinión. No creo que tú sepas la mitad de lo que aquí sucede.
— ¿Como qué?
Los ojos de Líss se nublaron. — ¿No sabes que Tanya Rolfe se está muriendo? Las palabras  lo golpearon como un puñetazo en el estómago.
— ¿Cómo lo sabes? —Pero recordaba cuan frágil se veía esa mañana, recordó el sonido de su respiración al escapar de sus pulmones.
—Tuve que reescribir su obituario.
La palabra lo dejó aturdido.
La noticia de su muerte.- Es una vieja costumbre en periodismo... los escritores aún lo acostumbran aquí. Cuando alguien es importante guardamos un obituario en el comunicador en caso de que muera de repente. El de ella estaba fuera de fecha. Su nueva obra y algunas sonatas tuvieron que ser añadidas.
—Me dijeron que lo hiciera así. De cualquier manera, tú sabes que yo no puedo parecer entrometida. —Lo miró—. Una pregunta parece conducir a otra, por tanto saqué por clave del comunicador su expediente médico.
— ¿Es por eso que decidiste comer zarzamoras por siempre?
Movió ella su cabeza. —No realmente —extendió su mano hacia él—, llévame de regreso a mi cabaña y te enseñaré.
La ayudó a ponerse de pie. Caminaron hacia abajo por el sendero en curva, sin hablar, sin sentir la necesidad de hacerlo, hasta que llegaron al viejo puente para peatones que guiaba a la cabaña de Liss.
—No conseguimos ninguna zarzamora ¿no es así? —dijo ella al fin, al mirar la canasta metálica vacía.
—Tendrás largo tiempo para ello.
— ¿Lo harás?
Abrió la puerta de la cabaña y entró a zancadas delante de ella.
—No sé.
Liss caminó hacia el alto escritorio y exploró a través de un monton de papeles, seleccionó uno. —Lee esto.
— ¿La carta para ti misma? Movió ella su cabeza. —Un poema.
Lo leyó, y marcaba las cadencias con los dedos al golpear su rodilla.
— ¿Qué piensas? —le preguntó cuando terminó—. Sé honesto.
—Siempre lo soy —le respondió.
—Sé que lo eres. Por eso quise que lo leyeras.
—Pero no soy un poeta.
Se sentó en una silla cerca de él y miró fijamente hacia el piso. La miró por un momento, después dijo. —Parece ser bastante bueno. Técnicamente, lo has hecho bien y tu descripción es...
—Pedestre.
—No dije eso.
—No necesitas hacerlo. Puedo verlo en tu cara.
—Te dije que no soy un poeta.
—Ni yo lo soy. —Le quitó el papel y lo dobló a la mitad, presionó los dobleces con la uña—. Soy un poco lenta. Me tomó largo tiempo encpntrarlo. Pero, ahora que lo sé, no tiene caso mencionarlo. ¿O lo hay?
Escogió David sus palabras cuidadosamente, después dijo: —Tienes que darte tiempo, Liss. Todos lo hacemos. No viene todo al mismo tiempo.
—He decidido darme tiempo a mí misma. Todo el tiempo del mundo.
— ¿Estás segura?
—He pensado mucho acerca de eso. Soy desparpajada. Soy lista. Tengo habilidad para las palabras. Eso no me hace una poetisa, David. Ni siquiera una poetisa novata. Simplemente no está ahí. Si yo pudiera vivir por siempre y no perder ninguno de los impulsos creativos que tengo... No sería aún suficiente. Podría escribir hasta que esta cabaña se convirtiera en polvo. —Movió su brazo hacia la ventana—, hasta que estas montañas se desmoronaran. No importaría. —Torció su cara—. No es fácil admitir uno mismo lo que es obvio.
La jaló hacia él torpemente, acunó su cabeza contra su hombro.
— ¿Qué vas a hacer ahora?
Después de algunos minutos Liss se levantó. —Tengo cerca de un mes antes de mi Decisión Final, pero eso no cambiará nada.
—Lo miró fijamente—. Todavía puedo escribir, tú sabes, material derivado, no-ficción. Supongo eso haré. Soy básicamente una recopiladora. Soy buena en eso. No lo es mucha gente.
Se paró, alisó sus ropas, después caminó a la pequeña despensa, presionó una palanca y extrajo dos latas de jugos. —En cierta forma es un alivio, no tengo que probarme nunca más. —Le dio uno y bebió profundamente del otro—. No tengo que hacer nada, excepto ser.
Tomó David el envase del jugo sin saber qué decirle, no dijo nada.
Ella se sentó abajo a su lado. —Es gracioso la forma en que las cosas suceden, ¿no es así? —Una pequeña sonrisa se dibujó en su cara—, nunca pensé que yo sería la técnica.
Comió Liss con buen apetito, mientras David distraídamente amontonaba la suya en pequeñas porciones sin comer nada. Ella lo increpó. —Eres tan delgado como un espárrago. Si te caes afuera de nuevo, las hormigas cargarán contigo. Sonrió él. —Pero no puedo comer.
Después de comer, cuando el sol se convirtió en sombras moradas, caminaron al concierto al aire libre a la orilla del lago.
— ¿Has oído algo de eso? —le preguntó. Movió él su cabeza —Ella no me habría dejado ver el marcador.
—Iba a oír el "Tema de Verano" de Tanya Rolfe por primera vez esa noche, y estaba consciente que era su último trabajo.
Tomaron asiento cerca de la parte posterior. Más allá del escenario, los últimos colores del atardecer llamearon de rosa encima de las montañas en la orilla lejana del lago.
—Eso estaba planeado, tú sabes —dijo Liss al admirar la puesta de sol—. Linder es el escenógrafo. Creo que es un genio. Nadie más puede combinar lo natural y lo artificial como él.
El escenario se quedó silencioso al salir al conductor y la pequeña orquesta. Un murmullo, después empezaron unos coros de cigarras contestados por las parpadeantes luces de cientos de luciérnagas. El coro creció 10 veces, así como las pequeñas luciérnagas se volvieron 10 000 puntos de luz al moverse despacio a través de la oscuridad del cielo en constelaciones de fuego frío.
Suspiró un sinfonizador, después un coro de viento murmuró a través de hojas nuevas para convertirse en un tema expresado por un solo soloboe. David se sintió llevado lejos por la música y los tenues cambios de efectos en el cielo a su alrededor. Por turnos sintió amor, después pesar y una ligera sensación de pérdida, después esperanza.
Una pulsación de cuerdas y colores empezó tan delicadamente que lo sintió como un dolor en lo estrecho de su garganta. Después silencio. Negro. Noche, hasta un solo punto de luz una estrella fugaz creció como una gran pelota de fuego y un coro aumentaba su regocijo.
Sintió salir las lágrimas de sus ojos y parpadeó para detenerlas. Se sintió vagamente avergonzado de ellas, las que hacían eco en los ojos brillantes de cada uno en la audiencia. Se unió con los demás en el aplauso, suave primero, después más fuerte. Creció en rapidez el murmullo de apreciación y después el elogio final espontáneo, la audiencia empezó el rítmico lamento de aliento que simbolizó una inspirada actuación. Una ins…pirada actuación contenía el aliento vital. Una luz enfocó la pequeña figura de Tanya Rolfe. Vino al escenario del brazo de Linder, el coreógrafo. Caminaba despacio con un paso titubeante. Se paró con la cabeza hacia atrás como para tomar más aire.
El aplauso creció en compás, hasta que los dedos de David hormiguearon y se sintió aturdido. Cerca de él, Liss suspiró, trémula, al límite de la conciencia. Aquí y allá se volcó la audiencia sobrecogida por la hiper-ventilación y todavía de nuevo hasta que Tanya Rolfe señaló a Linder y los dos caminaron despacio fuera del escenario.
Dejó a Liss en el sendero cerca de su cabaña.
— ¿Quieres estar solo? Asintió.
—Entiendo. Lo besó ligeramente y se volvió, se detuvo y dijo: —David, hemos sido amigos. Eso es importante, ¿o no? —Lo miró de nuevo—. ¿Le dirás a una amiga cuando te decidas?
La besó. Se unieron como dos cosas perdidas por un minuto o dos y después gentilmente lo empujó y lo separó sin decir adiós y caminó hacia el pequeño puente.
Vagó solitario y pensativo por un tiempo, sin percatarse a donde iba. De repente se encontró cerca de la cabaña de Tanya Rolfe. Todavía brillaba una luz a través de la ventana. Tocó ligeramente a la puerta. No recibió respuesta. Tocó de nuevo. La puerta estaba sin cerrar, la empujó y se abrió.
Todavía vestida, estaba tendida en su cama. Tenía los ojos cerrados. Por un momento pensó que estaba muerta. Una ligera respiración escapó de sus pulmones.
Se paro y la observó, quería despertarla y a la vez no. Parecía como una vela de repente consumida al acabarse el pabilo que desafiaba la noche.
Estuvo parado por un buen rato y observó las huellas del tiempo en su cara y cuerpo. Las lágrimas que había dominado en el concierto se deslizaron. "¿Vale la pena? ¿Vale la pena?"
Dejó la cabaña y cerró la puerta suavemente detrás de él. Tenía hasta la mañana siguiente para tomar la Decisión Final. Final. No podría volverse atrás. Ni cambiar su mente sobre ese punto.
Caminó en la oscuridad por una hora o dos, tratando de reunir sus propias piezas sueltas y falló. La luz de la luna centelleaba sobre el negro lago y los árboles con sombras de matices entintados. Se sintió cansado y un poco desorientado. Había un lugar arriba donde podía descansar. El sendero se curvó hacia el edificio dentro del tierno bosque que ellos llamaban la capilla. Empujó la puerta y entró.
Nunca antes se había molestado en eso, pero sabía que algunos de los otros sí.
Se sentó atrás en el oscuro cuarto y miró hacia abajo sobre el coliseo en tinieblas. La banca en que se sentó estaba hecha de madera con un respaldo duro y curvo. Frente a él descansaba un banco de controles. Presionó uno al azar.
El coliseo tomó un pálido tono azul y se formó un hexagrama tridimensional. Una voz suave, casi sublime dijo: —La Estrella de David. Un hombre con una larga barba blanca asía dos tablas de piedra. David observó un momento, no escuchando en realidad la voz que ronroneaba; —Vos no debéis matar. Vos no debéis matar.
Si se quedaba, ¿acaso no era eso lo que hacía? ¿A él mismo?
Un estremecimiento onduló bajo su espalda. Presionó los controles.
Se movió un círculo —El Bien y El Mal—, tan divididos como su mente. Otro botón. Una cruz con un hombre maniatado a ella. Desamparado como una mariposa sobre un tablero. Con ojos de sufrimiento.
Otro botón. Un girasol de pétalos amarillos se abría.
Otro. Una serpiente enrollada en la figura de un ocho.
Confuso, presionó su mano sobre los controles para apagarlos, pero en vez de eso cambió la velocidad. Bajo él, las escenas cambiaron como trémulos cristales en un caleidoscopio. El girasol se fundió en un cresciente estrellado... la estrella flotaba en ondas en el hexagrama. . . hacia la cruz. . . y la serpiente se fundió deslizante a través de la cara del girasol.
Todo el tiempo suaves voces que murmuraban ". . .Alá. . . ilusión. . .No matará." Se levantó y corrió, corrió hasta que el aire fresco de la noche borró aquellas escenas de su mente.
De regreso a su cabaña, sin deseos de dormir, marcó una clave del comunicador. Empezaron a precipitarse de la máquina tomos, una docena, dos docenas, más. . . Los trabajos completos de Tanya Rolfe.
Afinó su cítara y empezó a tocar su música. Sentado con las piernas cruzadas sobre el suelo, tocó, sus dedos se movían de una composición de cuerdas a otra, y saltaban los 90 grados angulares fácilmente.
Solo cuando tocaba, su mente descansaba. Ningún pensamiento osciló conscientemente, pero la tendencia oculta salió como un canto de las puIzantes cuerdas. Ella no moriría, ella no moría, mientras alguien tocara su música.
Ella no moriría, ella no moriría. Solo cuando se detuvo pensó en su propio cuerpo al caer lejos en debilitantes murmullos de jirones hacia la nada. Sólo cuando dejó de tocar pensó en su propia música y cómo moriría él mientras viviera sobre el vacío de músculos suaves.
Tocó hasta que sus dedos sangraron, y entonces se sentó al lado de su cítara y ajustó su flauta.
Tocó con los dedos a través de las copias de la música de Tanya dejando pequeñas manchas de sangre sobre sus páginas. Después llegó a la pequeña página del título de su última obra.
Leyó:
OBRA DE VERANO por Tanya Rolfe.
Y abajo de eso la dedicatoria:
A David Defour, quien aún vive.
¿Por qué no lo había dicho antes? ¿Por qué no lo hizo? Sintió una masa atorársele en su garganta, demasiado dura y seca para ser lágrimas.
Miro la inscripción, sabía que el significado podía tomar dos caminos, así como que también podría haber tenido un solo significado para Tanya Rolfe. Y supo también, por qué no se lo había dicho.
Ella sabía lo que el había decidido para sí.
Cuando la noche desvaneció las sombras en gris, dejó la cabaña y se llevó consigo un juego completo y delgado de flautas de Pan y una pequeña grabación suspendida sobre su cinturón.
El agotamiento trajo su propia clase de paz. Fatigado, se dejó caer, al pie de un inmenso árbol junto al claro.
El primer resplandor del nuevo sol empezó a colorear los cerros.
Trituró una hoja de pasto con sus doloridos dedos, lo enrolló entre ellos, e inhaló su suave y fresco aroma.
Era bueno estar vivo. ¿Cómo sería el no estarlo? El no encontrar que estaría más allá del siguiente día ¿No ver el jueves? ¿No deslizarse hacia abajo de las colinas en abril?
Un conejo susurró a la orilla del sendero de las zarzamoras, mordisqueó tentativamente una hoja de pasto, empujó las cortas y aterciopeladas orejas en su dirección. Sintió pena por él. ¡Era tan pequeño, tan efímero! Sus momentos se aligeraron cuando lo observó.
Pero tenía que ser lo que era.
Alcanzó la flauta de Pan y tocó una melodía en un tono menor para la pequeña criatura. Era un tema, recordó de Beethoven. No supo porqué el tema le pareció importante, pero de algún modo lo era. De algún modo, eso le aclaró el final de las cosas. . . y de los principios. La melodía se suspendió en el suave aire cálido por un momento, y de alguna manera, ese momento pareció una pequeña pieza más susceptible a él. Después, las ideas y las variaciones vinieron y se desplomaron fuera de su flauta de Pan.
Rió y tocó la diminuta grabadora suspendida de su cadera. Y en su mente pudo escuchar la orquestación —suaves cuerdas—, después. . . el tema susurrado por una flauta, contestado por un kleidelphone, con coros de las obscuras dobles dulzainas.
Mas tarde un refunfuñar de timbales, una variación por el cuerno de Weidner. Todo estaba ahí. Todo estaba ahí, porque era su destino de crear. Y de repente se dio cuenta. ¡Estaba desaforadamente hambriento! Se hacía tarde.
Había llegado la hora de decirles que se iba a quedar en Renacimiento. . . pero sólo si ellos le daban de desayunar.
10-16-2008 07:40 PM
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Re: Los mejores cuentos de ciencia ficcion
VOLADORES NOCTURNOS.
Por George R. R. Martin.
Este relato abarca la galaxia. Se refiere a la búsqueda de un misterio cósmico, el cual se inició hace dos mil años y quizás nunca termine. Le tomó a la humanidad miles de años el desarrollar los viajes interestelares, llegar al borde de las estrellas y romper el enigma. Pero esta nove/a, de las manos del ganador del premio, le resultará inolvidable. De hecho hay más cosas en el paraíso...
Cuando Jesús de Nazaret agonizaba en la cruz, el volcryn pasó al año luz de su muerte, se dirigía al espacio. Cuando las Guerras de Fuego aparecieron sobre la Tierra, el volcryn navegó junto al viejo Poseidón sobre mares vírgenes sin nombre. Cuando los viajes siderales hubieran transformado a las naciones Federales de la Tierra en Imperio Federal, el volcryn se había movido hacia los Bordes del Espacio Hrangan. Los hrangans nunca lo supieron. Como nosotros, eran criaturas de mundos menos brillantes y circulares alrededor de sus esparcidos soles, con poco interés y escaso conocimiento de las cosas que se movían entre sus golfos.
La guerra flameó durante mil años y el volcryn la atravesó. Oculto e intacto, seguro en un lugar en donde el fuego jamás llegaría. Después, el Imperio Federal fue despedazado y nulificado, y los hrangans desaparecieron en la obscuridad del Colapso, la misma obscuridad enfrentada por el volcryn.
Cuando Kleronomas sacó su nave fuera de Avalón, el volcryn llegó durante sus primeros diez años luz. Kleronomas encontró muchas cosas, pero no el volcryn. Ni entonces, ni a su regreso a Avalón, mucho tiempo después.
Cuando yo tenía tres años, Kleronomas era polvo, distante y muerto como Jesús de Nazaret y el volcryn pasó cerca de Daronne. Aquella temporada todos los sensililes de Crey se tornaron raros y sólo se sentaban a contemplar las estrellas con ojos parpadeantes y luminosos.
Cuando fui adulto, el volcryn había navegado más allá de Tara, lejos del alcance hasta de Crey, hacia el espacio.
Y ahora estoy viejo y el volcryn pronto taladrará el Velo de Tempter colgante como negra bruma entre las estrellas. Y nosotros seguimos, seguimos. A través de los golfos obscuros donde nadie ya, a través del vacío y del silencio que sigue y sigue, mi Volador Nocturno y yo seguimos la persecución.
Desde la hora en que el Volador Nocturno entró a la ruta sideral, Royd Eris observaba a sus pasajeros.
Nueve de ellos habían abordado en los muelles orbitales más arriba de Avalón; cinco mujeres y cuatro hombres, cada uno escolares académicos, con antecedentes tan diversos como sus respectivos campos de estudios. Sin embargo, para Royd, parecían iguales, se vestían iguales, hasta se oían iguales. En Avalón, el más cosmopolita de los mundos, habían llegado a ser como uno solo en su búsqueda de conocimientos.
El Volador Nocturno era una nave comercial, no de lujo. Ofrecía una cabina doble y otra sencilla del tamaño de un clóset. Los demás académicos dormían en especie de hamacas en los compartimentos de carga, junto a los instrumentos y a los sistemas de computación de abordo. Cuando ociaban, podían recorrer dos pequeños pasillos, biblioteca, cocina; el otro caracoleaba hacia los compartimentos de carga. Últimamente no importaba en donde estuvieran. Incluso en los sanitarios, Royd tenía ojos y oídos.
Royd vigilaba siempre todo.
Conceptos como el derecho de privacidad no figuraban en su diccionario, no así en el de sus pasajeros, si éstos supieran de sus actividades, más él se aseguró de mantenerlos en su ignorancia.
Los compartimentos de Royd, tres espaciosas cámaras más adelante del cuarto de esparcimiento de los pasajeros, estaban sellados y herméticamente cerrados; nunca salía de ahí. Para sus acompañantes, él era tan sólo una voz sin cuerpo sobre los altavoces, la cual hablaba largamente como espectro holográfico a la hora de comer. Su fantasma era un joven flexible de ojos pálidos y cabello blanco, vestido en ropas apasteladas, moda de hacía 20 años y con el desconcertante hábito de no mirar a los ojos de sus interlocutores, pero después de algunos días los académicos se acostumbraban a ello. El hológrafo caminaba tan sólo por la estancia, siempre.
Pero Royd en secreto y silenciosamente, vivía en todas partes y conocía los pequeños secretos de todos.
La cibernética prefería hablar con sus computadoras que con los humanos.
El xenobiólogo era confiable, argumentador y un bebedor solitario.
El físico era un hipocondriaco dado a las depresiones negras, el cual empeoró en los confines del Volador Nocturno.
Royd los observaba trabajar, comer, dormir y copular; escuchaba sin cansarse sus diálogos. En una semana, ninguno de los nueve le parecían ser los mismos. Cada uno era extraño y único.
Luego de dos semanas de viaje, dos de los pasajeros llegaron a ocupar más su atención. El no omitía a ninguno, los observaba a todos, pero ahora enfocaba especialmente su interés hacia Karoly d'Branin y Melantha Jhirl.
—Más que otra cosa, deseo saber el porqué de todos ellos —le dijo Karoly d'Branin una falsa noche dos semanas después de haber dejado Avalón. El homínico fantasma de Royd se sentó junto a Karoly d'Branin en la obscura estancia, y observándolo beber chocolate agri-dulce. Todos los demás dormían. Los días y las noches pierden sentido en una nave interestelar, pero el Volador Nocturno mantenía sus ciclos usuales, y la mayoría de los pasajeros lo seguían. Sólo Karoly d'Branin, administrador gerencial mantenía su propio y solitario tiempo.
—El sí condicional de ellos es importante, Karoly —replicó Royd. Su voz se escuchaba con claridad en los altoparlantes empotrados en los muros—. ¿Está seguro de la existencia de estos extraños? —Puedo asegurarlo —replicó Karoly d'Branin—, eso es suficiente. Si todos los demás estuviesen convencidos hubiéramos venido en platillos de investigación y no en Volador Nocturno —tomaba su chocolate con un suspiro de satisfacción—. ¿Conoces el Nor-Talush, Royd?
El nombre le era desconocido, pero tan sólo le tomó un momento consultar con su biblioteca computadora —una extranjera en el otro lado del espacio humano, más allá de los mundos Findü y el Damush. Posible leyenda.
Karoly d'Branin exteriorizó una risita. —Tu biblioteca es absoleta. Debes actualizarla cuando regreses a Avalón. No son leyendas, no, son realidades a pesar de su lejanía. Poseemos cierta información acerca del Nor-Talush, y estamos convencidos de su existencia, aunque ni tú ni yo, lleguemos a conocer a alguno. Fueron el principio de todo.
—Alimentaba cierta información dentro de las computadoras, un paquete recientemente llegado de Dam Tullian, después de 20 años de transitar. Cierta parte era referente al folklore de Nor-Talush. Yo no tenía idea cuanto tiempo se llevaría llevar todo eso a Dam Tullian, ni por cuál ruta, pero era un material fascinante. ¿Sabías que en primer grado fue xenomitología?
—No lo sabía —dijo Royd—, continúa por favor.
—La historia de volcryn descansaba entre los mitos de Nor-Talush. Me asombró; una raza de Sentiens moviéndose hacia el misterioso origen en la corteza de la galaxia, para navegar hacia los bordes galácticos, mientras mantenía el cuerpo siempre hacia las profundidades siderales y no hacia las caídas planetarias, rara vez ocurridas dentro del primer año luz de una estrella. ¡Y hacer todo aquello sin una ruta sideral y en naves en movimiento mínimo comparado con la velocidad de la luz! ¡Ese detalle me obsesiona! ¡Piensan qué tan antiguas serán esas naves!
—Viejas —concordó Royd—, Karoly, tú dijiste naves. ¿Hay más de una?
—Por supuesto —dijo d'Branin— de acuerdo al Nor-Talush, primero aparecieron una o dos, en las orillas más internas de su esfera comercial, pero después aparecieron más. Cientos de ellas, solitarias, con movimiento propio, siempre hacia el espacio. La dirección era la misma. Durante quince mil años recorrieron las estrellas del Nor-Talush y comenzaron a alejarse. La leyenda dice que la última nave volcryn desapareció hace tres mil años.
—18,000 años —dijo Royd—. ¿Son tus Nor-Talush tan antiguos?
D'Branin sonrió. —Uno tanto como los viajeros interestelares. De acuerdo a sus propias historias, el Nor-Talush ha sido civilizado sólo la mitad de ese tiempo. Eso me detuvo por un buen rato. El volcryn me parecía sólo una clara leyenda. Una maravillosa y verdadera leyenda, nada más.
—Últimamente, sin embargo, no podía dejar de pensar en ello. En mis tiempos libres investigaba, comparaba con otras cosmologías extrañas para ver si este particular mito era afín con la de otras razas fuera del Nor-Talush. Pensé en la posibilidad de escribir una tesis. Fue una investigación fructífera.
—Mis descubrimientos me azoraron. Nada de los hrangans, o de sus clases esclavas, pero tenía sentido. Se encontraban fuera del espació humano, el volcryn no podría haberlos alcanzado, sino hasta después de haber pasado a través de nuestra propia esfera. Sin embargo, la historia del volcryn se encontraba por doquier. Los Findü la tenían. Los Damoosh la aceptaban como verdadera —y los Damoosh como usted sabe, son la raza más antigua en existencia, y una historia muy similar se cuenta entre los gethsoids del Aath. Hice un chequeo de lo poco que se sabe en cuanto a un futuro crecimiento de la raza, aún más allá de Nor-Talush. También tenían la historia de volcryn.
—La leyenda de las leyendas —surgirió Royd—. La ancha boca del espectro se tornó en una sonrisa.
—Exacto, exacto —acordó d'Branin—. En ese punto llamé a los expertos, especialistas del Instituto para el Estudio de la Inteligencia No-humana. Investigamos por dos años. Todo estaba ahí, en los archivos y bibliotecas de la Academia. Nadie antes había indagado sobre el asunto.
—El volcryn ha estado en movimiento a través de la mayor parte de la historia humana, desde antes del despertar de los vuelos espaciales. Mientras nosotros torcemos el material del espacio mismo para burlar la relatividad, ellos han estado conduciendo sus inmensas naves a través del corazón de nuestra discutida civilización, más allá de nuestros más populosos mundos, a velocidades majestuosas y moderadas de la subluz, en pos del borde y la obscuridad entre las galaxias. ¡Maravilloso, Royd, maravilloso!
— ¡Maravilloso! —asintió Royd.
Karoly d'Branin bajó su tazón de chocolate y se inclinó hacia adelante en busca de la proyección de Royd, pero su mano atravesó un haz de luz cuando trató de aferrarse del antebrazo de su compañero. Pareció desconcertado unos instantes, antes de comenzar a reírse de sí mismo. —Ah, como mi volcryn. Me sobre entusiasmas, Royd. Estoy tan cerca ahora. Han girado en mi mente por más de una década, y en menos de un mes los tendré. Entonces, entonces, si tan sólo pudiera entablar comunicación. Si tan sólo mi gente pudiera alcanzarlos, entonces sabré por fin el porqué.
El fantasma de Royd Eris, amo del Volador Nocturno, le sonrió y lo miró con sus calmados y perdidos ojos.
Los pasajeros se inquietan pronto cuando van en una nave en movimiento, sobre todo en una tan pequeña y rala como ésta. Durante la segunda semana, las especulaciones nacieron. Royd escuchaba.
— ¿Quién es este Royd Eris en realidad? —se quejaba el xenobiólogo una noche cuando cuatro de ellos jugaban cartas. — ¿Por qué nunca sale? ¿Cuál es el propósito de su encierro?
—Pregúntaselo a él —sugirió el lingüista. Nadie lo hizo.
Cuando no platicaba con Karoly d'Branin, Royd observaba a Melantha Jhirl. Ella estaba bastante observable, joven, saludable, activa, Melantha Jhirl tenía una vibración a su alrededor, intocable para los demás. Era grande en todos sentidos; su cabeza superaba a la de cualquier otro a bordo, en cuanto a tamaño; de constitución amplia, de frondoso busto, largas piernas, fuerte, sólida bajo aquella piel negra y brillante como el carbón. Sus apetitos eran iguales. Comía el doble que cualquiera de sus colegas. Bebía pesadamente y al parecer no se embriagaba, hacía ejercicios durante cuatro horas diarias con ayuda del equipo traído por ella y colocado en unos de los compartimentos de carga. Hacia la tercera ya había copulado con los cuatro hombres a bordo y con dos mujeres. Incluso en la cama era activa, agotaba a todos sus compañeros. Royd la observaba con sumo interés.
—Soy una modelo superada —le dijo una vez mientras trabajaba sobre las barras paralelas, el sudor resplandecía sobre su piel desnuda, con el cabello recogido con una malla.
— ¿Mejorada? —no pudo mandar su fantasma holográfico hacia aquel lugar pero Melantha lo había llamado con el comunicador mientras ejercitaba, sin saber que de todos modos él hubiera estado allí.
Hizo una pausa en su rutina, y empezó a levantarse apoyada en sus fuertes brazos, una y otra vez. —Alterada, capitán —dijo. Le había dado por llamarlo así— nací en Prometeus entre la Élite hija de dos hechiceros genéticos. Superada, capitán. Requiero el doble de la energía utilizada por usted pero la consumo toda. Un metabolismo más eficiente, un cuerpo más fuerte y durable. Mi gente ha cometido terribles errores en su intento por rediseñar radicalmente a los menores, pero en las pequeñas mejoras actúan bien.
Terminó sus ejercicios con movimientos rápidos y fáciles, silenciosa hasta que hubo terminado. Entonces, empezó a respirar profundamente, cruzó los brazos, ladeó la cabeza y sonrió. —Ahora conoce la historia de mi vida, capitán, no sé si desea escuchar la parte acerca de mi defección a Avalón, mi extraordinaria labor en la antropología no-humana, y mi tumultuosa y apasionada vida amorosa.
—Quizás en otra ocasión— dijo Royd cortésmente.
—Bueno —Melantha Jhirl contestó. Arrebató una toalla y comenzó a secarse el sudor del cuerpo—, me gustaría escuchar la historia de su vida. Entre mis modestos atributos poseo una curiosidad insaciable. ¿Quién es usted en realidad, capitán?
—Alguien tan perfecto como usted —replicó Royd— debería de estar en condiciones para adivinarlo.
Melantha rió, y arrojó la toalla contra el aparato comunicador.
Para aquel entonces todos trataban de adivinar cuando Royd no los escuchaba. Les encantaban los rumores.
—Nos habla, pero no podemos verlo —dijo el cibernético—esta nave no tiene tripulación, aparentemente todo es automático a excepción de él. ¿Por qué no lo es del todo?
—Apostaría que Royd Eris es tan sólo un sofisticado sistema de computación, tal vez una inteligencia Artificial. Incluso un programa modesto puede sobre llevar una conversación ciega sin que se distinga de un humano.
El telépata era algo frágil y joven, nervioso, sensitivo, de cabello lacio y ojos azules y acuosos. Vio a Karoly d'Branin en su cabina, y ambos sostuvieron una conversación privada. —Lo siento —dijo con cierta excitación— algo anda mal, Karoly, muy mal. Comienzo a tener miedo.
D'Branin se quedó perplejo — ¿Tú, asustado? No lo entiendo, amigo mío. ¿Miedo de qué?
El joven meneó la cabeza. —No lo sé, sin embargo está allí, lo siento. Karoly, me estoy dando cuenta de algo. Tú sabes que soy competente, lo soy, por eso me escogiste. Primera clase, probado, y repito que tengo miedo. Siento el temor. Algo peligroso existe. Algo volátil. . . y extraño.
— ¿Mi volcryn? —dijo d'Branin.
—No, no, imposible, estamos en marcha, ellos se encuentran a años— luz de distancias. —La risa del telépata era de desesperación—. Mi capacidad no llega a tanto, Karoly, ha escuchado de Grey, pero tan sólo soy un humano. No, esto es cercano. A bordo.
— ¿Uno de nosotros?
—Tal vez —dijo el telépata—, aún lo ignoro.
D'Branin puso paternalmente su mano sobre el hombro del joven. —Te agradezco que hayas recurrido a mí, pero no puedo actuar, si no tienes algo más definido. Tu presentimiento puede achacarse a tu cansancio. Todos hemos estado bajo una gran tensión. La inactividad puede ser abrumadora.
—Esto es real —insistió el telépata y salió de allí en paz.
Después d'Branin acudió hacia la psíquica, quien descansaba en su camastro rodeada de medicinas, aquejada de dolores, —Es interesante —dijo cuando oyó el relato de d'Branin—. Yo también he sentido algo, una especie de amenaza muy vaga, difusa. Creí que era cosa mía, este encierro, esta aburrición, el cómo me siento. Mis estados de ánimo a veces me traicionan. ¿Dijo él algo más espec íf ico?
—No.
—Me esforzaré e investigaré, lo analizaré a él y a los otros, tal vez logre algo. Sin embargo, si esto es real, él debe saberlo primero. El es un uno y yo solamente soy un tres.
D'Branin asintió. Más tarde, mientras el resto dormía, se preparó un chocolate y platicó con Royd a través de la falsa noche. Nunca le mencionó al telépata.
— ¿Han notado las vestimentas del hológrafo? —El xenobiólogo les comentaba a los demás— estuvieron de moda hace una década cuando menos. No creo que realmente se vea así. ¿Qué tal si está deforme o enfermo o avergonzado y no desea ser visto tal y como es? Tal vez padezca alguna enfermedad. La Plaga Lenta puede actuar terriblemente sobre una persona, y le toma décadas en matarla, además de otros contagios; la nueva lepra, la Enfermedad Langamen. Tal vez Royd se haya impuesto una cuarentena. Piénsenlo.
Durante la quinta semana de viaje, Melanita Jhirl movió su peón a la sexta casilla, Royd comprendió la jugada y se supo vencido. Era su octava y consecutiva derrota frente a ella. Melantha se encontraba sentada con las piernas cruzadas sobre el piso del salón de estar, el ajedrecista se encontraba frente a ella sobre una pantalla, en un recibidor obscuro. Reía mientras movía las figuras. —No te sientas mal Royd, soy una modelo superada. Siempre tres movimientos adelante.
—Yo debería empatar, según mi computadora —le contestó—, nunca se sabe. —Su fantasma holográfico se materializó de pronto, parado frente a ella, sonriente.
— Lo sabría en tres jugadas —dijo Melantha Jhirl—, inténtalo, —Se adelantó y atravesó su proyección rumbo a la cocina, en donde encontró cerveza—. ¿Cuándo va a rendirse y me permitirá visitarlo, capitán, tras su muro? —le preguntó por el intercomunicador. Se negaba a tratar al fantasma como algo real—. ¿No se siente solitario ahí? ¿Sexualmente frustrado? ¿Con claustrofobia?
—He vivido en el Volador Nocturno toda mi vida, Melantha —dijo Royd. Su proyección ignorada, se apagó—. Si yo padeciese claustrofobia, frustración sexual o soledad, me hubiera resultado imposible lograrlo. Esto debe ser obvio para ti, una modelo superada.
Bebió un sorbo de cerveza y sonrió melosamente. —Aún descubriré su velo, capitán —le advirtió.
—Magnífico —le dijo él—, mientras tanto cuéntame más mentiras acerca de tu vida.
— ¿Han escuchado hablar de Júpiter? —La xenotécnica le preguntó a los demás. Estaba ebria, acurrucada en su camastro en el compartimento de carga.
—Tiene algo en común con la Tierra—dijo uno de los lingüistas—, el mismo sistema mítico originó ambos nombres, según creo.
—Júpiter —anunció la xenotécnica en voz alta— es un gigantesco gas en el mismo sistema solar de la Vieja Tierra. Yo no lo sabía, ¿Y ustedes? Estaban a punto de explorarlo cuando descubrieron la ruta sideral, hace mucho tiempo. Después de eso, nadie se interesaba en gigantes gaseosos. Tan sólo se deslizaban por las rutas en busca de mundos habitables, los poblaban, ignoraban los cometas, los meteoros y los gigantes gaseosos. Hay otra estrella a pocos años luz de distancia y tiene más planetas habitables. Había quienes creían en la posible vida en esos júpiters. ¿Está claro?
El xenobiólogo se veía molesto. —Si hay vida inteligente en los gigantes gaseosos, nadie estaría interesado en abandonarlos. Hemos conocido muchas especies sensibles, originarias de planetas similares a la Tierra y la mayoría de ellas respiran oxígeno. ¿Sugieres acaso que el volcryn proviene de un gigante gaseoso?
La xenotécnica se sentó y sonrió. —No el volcryn, ¡Royd Eris! Rómpanle el cráneo y observarán el metano y la amonia brotar agitó sensualmente su mano en el aire mientras reía irónicamnete.

—Lo humedecí —le dijo la Psíquica a Karoly d'Branin durante la sexta semana—. Psionine —4. Aminorará su receptividad por unos cuantos días y tengo más si lo llegara a necesitar.
D'Branin lo miró con cierto espanto. —Hemos hablado varias veces, él y yo. Vi como cada vez aumentaba su temor pero nunca me contó el porqué. ¿Tuviste que anularlo así?
El psíquico se encogió de hombros. —Bordeaba lo irracional. No debiste de haber contratado a un telépata de primera clase, d'Branin. Demasiado inestable.
—Debemos comunicarnos con una raza extraña. Te recuerdo que no es tarea fácil. Los volcryn son tal vez más extraños que cualquier sensible conocido por nosotros. Por eso mismo necesitamos capacidades de primera clase.
—Glub —dijo ella—, tal vez usted no posea capacidad alguna, según la condición de su clase. La mitad del tiempo él está catatónico y la otra mitad muerto de miedo. Insiste en que estamos en un peligro físico y real, pero ignora sus causas y su procedencia. Lo peor del caso es que yo no sé si es realmente algo o padecer un agudo ataque de paranoia. Aunque sí tiene algunos síntomas de ello. Entre otras cosas, se siente observado. Tal vez su condición esté desligada de nosotros, del volcryn y de su talento. No puedo estar segura de este punto.
— ¿Y su propio talento? —le preguntó d'Branin—, usted es una empática.
Ella le sonrió maliciosamente. —Entonces, sabremos que la amenaza por él presentida, era real.
La falsa noche llegó, el halo de Royd se materializó mientras Karoly d'Branin pensaba junto a su taza de chocolate. —Karoly —dijo la aparición—, ¿sería posible empatar en la computadora su equipo a bordo con el sistema de mi nave? Esas historias del volcryn me fascinan y me encantaría estudiarlas mientras repaso.
—Claro. —d'Branin le contestó distraídamente—. Ya es tiempo de activar nuestro sistema, por si acaso. Pronto nos saldremos de la ruta.
—Pronto —asintió Royd—, aproximadamente dentro de 70 horas a partir de este momento.
Durante la comida del siguiente día, la proyección de Royd no apareció. Los académicos comían intranquilos, esperaban la materialización de su anfitrión en cualquier momento, en el lugar acostumbrado para unirse a la plática. Sus esperanzas aún no se realizaban cuando fue servido el chocolate, el té y el café.
—Al parecer nuestro capitán está ocupado —observó Melantha Jhirl, mientras se recargaba contra el respaldo de su silla y olía su copa de brandy.
—Pronto saldremos de curso —dijo Karoly d'Branin—, debemos hacer ciertos preparativos.
Los demás cambiaban miradas. Los que estaban presentes, aunque el joven telépata parecía perdido en las compulsiones de su mundo interior. El xenobiólogo rompió el silencio. —El no come. Es tan sólo un maldito hológrafo. ¿Qué importa si come o no? Da igual. ¿Qué sabe usted acerca de este misterioso hombre?
D'Branin lo miró confundido — ¿Saber, amigo mío? ¿Acaso hay algo digno de saber acerca de él?
—De seguro usted habrá notado que él nunca sale a jugar con nosotros —dijo la lingüista con sequedad—, antes de que usted arrendara su nave, ¿sabía alguno de ustedes su rareza?
—Me encantaría conocer la respuesta —dijo su pareja—; una gran cantidad de tráfico viene y va en Avalón. ¿Por qué escogió a Eris? ¿Qué referencias tenía acerca de él?
D'Branin vaciló. — ¿Preferencias? Muy pocas, lo admito. Hablé con algunos oficiales del puerto y con compañías de viajes, y ninguno de ellos conocía a Royd. No había hecho nada fuera de Avalón.
— ¿De dónde es? —preguntaron los lingüistas al unísono. Se miraron entre ellos y la mujer continuó—. —Lo hemos escuchado. No tiene acento discernible y su idiosincrasia no es suficiente para conocer sus orígenes. Díganos, ¿de dónde viene el Volador Nocturno?
—Lo ignoro —admitió vacilante d'Branin—, nunca se me ocurrió preguntárselo.
Los miembros de su equipo de investigación intercambiaron miradas con cierta incredulidad — ¿Nunca pensó en preguntárselo? —la xenotécnica dijo—. ¿Cómo seleccionó entonces esta nave?
—Estaba disponible. El asesor administrativo aprobó mi proyecto y me asignó el personal, pero no podían pagar una nave académica. Cuestiones del presupuesto. —Todos lo miraban.
—D'Branin se refiere —interrumpió la psíquica—, a la complacencia sentida por la academia respecto a sus estudios de xenomitos, la leyenda del descubrimiento del volcryn, y a la no menos entusiasta idea de probar la existencia del mismo. Le otorgaron un pequeño presupuesto para mantenerlo alegre y productivo sabiendo la improductividad de esta pequeña misión, por lo cual le asignaron trabajadores no necesarios para Avalón —miró a cada uno de los presentes— a excepción de d'Branin, ninguno de nosotros es un ejemplo escolar.
—Puedes hablar por ti misma —dijo Melantha Jhirl— por mi parte yo fui voluntaria para esta misión.
—No discutiré —dijo la psíquica—. Si usted escogió esta nave fue por ser la más barata. ¿No es así d'Branin?
—Algunas de las naves disponibles ni siquiera consideraron mi proposición —dijo d'Branin—, suena un poco raro, deberíamos admitirlo. Muchos capitanes de naves al parecer se sentían supersticiosos y temerosos de salirse de la ruta en el espacio sideral. Royd Eris aceptó mi proposición y su nave estaba en condiciones de partir de inmediato.
—Por eso lo hicimos —dijo la lingüista—, de otra forma el volcryn se hubiera escapado. Solo habían pasado por esta área durante diez mil años, más o menos —dijo en forma sarcástica.
Aguien rió. D'Branin se encontraba perplejo. —Amigos, sin duda pude haber pospuesto la partida. Admito mis ansias por localizar mi volcryn, por preguntarles sobre aquello que me ha obsesionado, por descubrir el por qué de ellos, pero además debo admitir que un retraso no hubiera constituido una desgracia. ¿Por qué? Royd es un anfitrión gracioso, un piloto experimentado. Además nos ha tratado bien.
—Se ha convertido en un enigma —dijo alguien.
— ¿Qué oculta? —preguntó otra voz.
Melantha Jhirl rió. Todos la miraron. —El capitán Royd es perfecto, un hombre extraño para una extraña misión. ¿Acaso no les gustan los misterios? Volamos a años-luz para interceptar una extraña e hipotética nave en la corteza de la galaxia, la cual ha sido lanzada al espacio desde mucho antes de las guerras humanas, y todos ustedes se sienten molestos por no poder contar las verrugas en la nariz de Royd —bebió un poco de brandy— mi madre tenía razón —dijo—, los normales son anormales.
—Melantha tiene razón —dijo Karoly d'Branin en voz baja—. Las fobias y la neurosis de Royd son asuntos de él, mientras no nos la imponga.
—Me haces sentir incómodo —alguien se quejó débilmente.
—Tan sólo sabemos —dijo la xenotécnica—, que viajamos con un criminal o un loco.
—Júpiter —murmuró alguien—. La xenotécnica se sonrojó, y una especie de burla recorrió la larga mesa.
Pero el joven telépata de desteñidos cabellos abrió los ojos y los miró a todos nerviosa y salvajemente: —Un extraño —dijo.
La psíquica maldijo. —El efecto de la droga está por terminar —le dijo rápidamente a D'Branin—, iré a mi cuarto y traeré un poco más.
Los demás se veían confundidos; D'Branin había mantenido en secreto su condición telepática. — ¿Qué droga? — Le preguntó la xenotécnica—. ¿Qué pasa? —Peligro —murmuró el telépata, el cual miraba ahora a la cibernética, la tomó del antebrazo con mano temblorosa. —Estamos en peligro, lo leo. Algo extraño. Nocivo.
La psíquica se puso de pie. —El no está bien —le anunció a los demás—, he debido inyectarle psionine, para tratar de controlar sus desvarios. Iré por más. —Se dirigió hacia la puerta.
—Espera —le dijo Melantha Jhirl—, inyéctale esferón.
—No me digas lo que tengo que hacer, mujer.
—Lo siento —dijo Melantha—, estoy un paso adelante de ti. El esferón podría exorcisarle sus desvaríos.
—Sí, pero...
—Además podría permitirle enfocar y detectar las amenazas que lo acosan.
—Conozco las características del esferón —dijo la psíquica con firmeza.
Melantha sonrió sobre el borde de su copa. —Estoy segura de ello —dijo—, escúchenme. Todos están ansiosos respecto a Royd, al parecer. No pueden soportar el ignorar sus secretos. Sospechan de él como si fuera un criminal. Ese tipo de temores no nos ayudará a trabajar en equipo. Terminemos con ellos. Es muy fácil —señaló—. Aquí se encuentra un telépata de primera clase. Estimulen su poder con esferón y será capaz de recitarnos la historia de la vida del capitán hasta aburrirnos. Mientras tanto, vencerán sus demonios personales.
—Nos observaba—, dijo el talépata en voz baja.
—Karoly —dijo el xenobiólogo—, esto ha ido ya demasiado lejos. Muchos de nosotros estamos nerviosos, y este chico está aterrado. Debemos descubrir el misterio de Royd Eris. Melantha tiene razón.
D'Branin estaba turbado —No tenemos derecho.
—Es necesario —dijo la cibernética.
Los ojos de D'Branin chocaron con los de la psíquica. Hágalo —le dijo—, inyéctele el esferón.
— ¡El me va a matar! —gritó el telépata y se puso de pie de un salto. Cuando la cibernética trató de calmarlo con una mano sobre el brazo, éste le arrojó una taza de café a la cara. Entre tres de ellos lo sujetaron. —De prisa —ordenó uno de ellos, mientra el joven luchaba.
La psíquica se estremeció y rápidamente se alejó del salón.
Royd los observaba.
Al volver la psíquica, subieron al telépata sobre la mesa y lo obligaron a acostarse, separando su cabello para descubrir las arterias de su cuello.
El fantasma de Royd se materializó en su silla vacía al pie de la larga mesa. —Deténgase —dijo calmadamente—. Eso no es necesario.
La psíquica se congeló al deslizar una ampolleta dentro de la jeringa, y la xenotécnica se sorprendió visiblemente y soltó uno de los brazos del telépata. El cautivo no intentó liberarse. Descansaba sobre la mesa, respiraba pesadamente, su pavor le impedía moverse y clavó sus pálidos ojos azules vidriosamente sobre la proyección de Royd.
Melantha Jhirl levantó su copa de vino y saludó: — ¡Bu! —dijo—, se perdió de la cena, capitán.
—Royd —dijo Karoly d'Branin—, lo siento.
El fantasma veía sin consistencia hacia el lejano muro: —suéltenlo —dijo la voz de los intercomunicadores—, les contaré mi gran secreto, si tanto les intimida mi privacidad.
—Nos ha estado observando —dijo la lingüista.
—Díganos entonces —exclamó la suspicaz xenotécnica—, ¿Qué es usted?
—Me agradaron sus impresiones sobre los gigantes gaseosos —dijo Royd—. Con cierta tristeza, les digo que la verdad es menos dramática. Soy un ordinario Homo-Sapiens, de entrada, mediana edad, 68 años, si les gusta la precisión. El hológrafo que ustedes ven era el verdadero Royd Eris, el de algunos años atrás. He envejecido.
— ¿An? —La cara de la cibernética enrrojeció aún más por los efectos del café caliente—. ¿Entonces por qué tanto misterio?
—Comenzaré por mi madre —respondió Royd—. El Volador Nocturno era originalmente suya, fue construida bajo sus diseños en los astilleros de naves en Newholme. Mi madre era una comerciante libre, muy buena. Amasó una fortuna gracias a su voluntad para aceptar cualquier extraña consigna y volar fuera de las rutas comerciales, para llevar su carga durante un mes, un año o dos, más allá de lo acostumbrado. Tales acciones son más riesgosas pero más benéficas, comparadas con las del correo espacial. Jamás le preocupó su estancia en el espacio ni su regreso a casa, ni el de su tripulación. Sus naves eran su hogar. Rara vez visitaba el mismo planeta dos veces; evitaba hacerlo.
— ¡Aventurera! —dijo Melantha.
—No —exclamó Royd—, sociopática. A mi madre no le agradaba la gente. En lo más mínimo. Soñaba con prescindir de tripulación. Cuando fuese rica se encargaría de ello. El resultado fue el Volador Nocturno. Luego de abordarlo en Newholme, jamás tocó a otro ser humano de nuevo, ni caminó sobre la superficie de ningún planeta. Realizó sus negocios desde sus compartimentos, los cuales ahora me pertenecen. Estaba loca, pero su vida fue muy interesante, incluso después de aquello ¡Qué mundos vio Karoly! ¡Las cosas que pudo haberte contado! ¡Se te hubiera roto el corazón! Sin embargo, destruyó todas sus notas, por temor de que otros pudieran usar o gozar de sus experiencias después de su muerte. Así era ella.
— ¿Y tú? —dijo la xenotécnica.
—Yo no debería llamarla madre —continuó Royd— Después de treinta años de volar sola en esta nave, se aburrió. Yo tenía que ser su compañero y amante. Ella me podía moldear hasta ser una diversión perfecta. No tenía paciencia con los niños ni el deseo de criarme. Cuando yo era sólo un embrión, me metieron en un tanque de nutrición. La computadora fue mi maestra. Sería liberado al llegar a la pubertad, en la cual sería una compañía más adecuada, según ella.
—Su muerte, pocos meses después de eso, arruinó su plan. Ella había programado la nave para tal eventualidad. Salió de curso y dejó de funcionar, siguió al garete por el espacio interestelar por once años mientras la computadora me convertía en un ser humano. Así fue como heredé el Volador Nocturno. Cuando fui liberado, me llevó algunos años descifrar las operaciones de la nave y mis propios orígenes.
—Fascinante —dijo D'Branin.
—Sí —dijo la lingüista—, pero no explica el porqué se mantiene usted aislado.
—Ah, seguro que sí lo explica —dijo Melantha Jhirl—. Capitán, quizás debería explicar más detalladamente a los modelos menos superiores.
—Mi madre odiaba a los planetas —dijo Royd—, odiaba lo apestoso, la mugre y las bacterias, la irregularidad del clima, ver a otras personas. Creó para nosotros un ambiente inmaculado, tan esterilizado como le fuera posible lograrlo. También le desagradaba la gravedad. Estaba acostumbrada a la ingravidez y la prefería. Bajo estas condiciones nací y me crié.
—Mi cuerpo carece de inmunidades naturales contra cualquier cosa. El contacto con cualquiera de ustedes probablemente me mataría y con seguridad me haría sentirme muy enfermo. Mis músculos están débiles, atrofiados. La gravedad del Volador Nocturno se genera para su confort, no para el mío. Es una agonía. Me encuentro sentado en una silla flotante, la cual soporta mi peso. Aún me duele, y mis órganos internos sufren a veces algún daño. Por esa razón casi nunca acepto pasajeros.
— ¿Compartes entonces la opinión de tu madre acerca de la humanidad? —le preguntó la psíquica.
—No, me gusta la gente. Acepto mi condición pero no la escogí. Experimento la vida humana como puedo, vicariamente, entre mis infrecuentes pasajeros. Cuando sucede, procuro beber lo más que puedo de sus vidas.
—Si mantuviera su nave bajo ingravidez todo el tiempo podría tener usted más pasajeros —le sugirió el xenobiólogo.
—Es verdad —dijo Royd cortésmente—, sin embargo, la mayoría de la gente prefiere no viajar con un capitán que no usa reja de gravedad. Una caída libre los incomoda y enferma. Además, puedo mezclarme con mis invitados, lo sé, si me mantengo en mi silla y uso un traje aislante del ambiente. Así lo he hecho. Eso aminora mi participación en vez de incrementarla. Me convierto en una especie de monstruo, en una tara, a la cual hay que tratar con cierta indiferencia y a distancia. Prefiero el aislamiento. Cuando me atrevo, estudio a mis extraños pasajeros.
— ¿Extraños? —le preguntó la confundida xenotécnica.
—Para mí todos ustedes son extraños —respondió Royd. El silencio se apoderó de la nave.
—Siento que esto haya sucedido, amigo mío— le dijo Karoly d'Branin al fantasma.
—Lo siento —dijo la psíquica. Frunció el ceño y comenzó a llenar la jeringa con esferón. —Bueno, es bastante claro ¿Pero será verdad? Aún no tenemos pruebas, tan sólo un relato. El hológrafo pudo haber dicho provenir de Júpiter, una computadora o el espectro de un criminal de guerra.
Avanzó hacia donde el joven telépata descansaba. —El aún necesita tratamiento, y nosotros necesitamos confirmación. No me importa vivir en esta ansiedad, cuando podemos terminarla de una vez por todas; —Con sus manos buscó una arteria en la cabeza del paciente y apuntó la jeringa.
— ¡No! —dijo firmemente la voz en el intercomunicador—. ¡Alto! ¡Es una orden! Esta es mi nave. Deténgase.
La jeringa siseó con sonoridad, ya había una marca rojiza sobre el cuello del telépata.
Se levantó y quedó medio sentado, recargado sobre sus codos, la psíquica se le acercó. —Ahora —le dijo ella en su mejor tono profesional—, enfoca a Royd. Puedes hacerlo, te conocemos esa virtud. Espera un instante, el esperón lo hará todo por ti.
Los pálidos y azules ojos del telépata se nublaron. —No está lo suficientemente cerca —murmuró—, uno, soy uno, probado. Ustedes conocen mis virtudes, eso es bueno, pero debo acercarme más.
Ella lo rodeó con un brazo, le hizo una caricia, lo coaxionó. —El esperón te dará alcance. Siéntelo, siente como te fortalece. ¿Lo sientes? Todo se aclara, ¿no es así? Recuerda el peligro, recuérdalo, encuéntralo. Mira más allá del muro y cuéntanos. Cuéntanos acerca de Royd. ¿Nos dijo la verdad? Dínoslo. Eres bueno, lo sabemos, puedes contárnoslo —las frases parecían una especie de encantamiento.
El se zafó de aquel brazo y se sentó. —Puedo sentirlo —dijo. Sus ojos de pronto se aclararon. —Algo. . . me duele la cabeza. . . tengo miedo.
—No te asustes —le dijo la psíquica—, el esperón no te provocará jaqueca, por el contrario. No temas nada —le acarició el entrecejo—, cuéntanos qué ves.
El telépata miró al fantasma de Royd, con ojos aterrados e infantiles, y pasó su lengua sobre su labio inferior.
¡De pronto su cráneo explotó!
Tres horas depués los sobrevivientes se reunieron para comentar los hechos.
En la histeria y la confusión, Melantha Jhirl asumió el mando. Daba órdenes, hacía a un lado su copa de brandy, dirigía todo como si hubiera nacido para ello. Los demás parecían encantados en complacerla. Tres de ellos tomaron una sábana y envolvieron con ella el cuerpo decapitado del joven telépata y lo arrojaron en la parte posterior de la nave. Otros dos, por órdenes de Melantha, buscaron agua y trapo y comenzaron a limpiar la estancia. No consiguieron mucho. Al limpiar la sangre de la mesa, la cibernética de pronto amenazó con vomitar violentamente. Karoly d'Branin, aún sentado y aturdido por los sucesos, se levantó, le arrebató el trapo ensangrentado y la condujo hacia su cabina.
Melantha Jhirl ayudaba a la psíquica, quien había estado junto al telépata al morir, una astilla ósea le había penetrado en la piel justo abajo del ojo derecho. Estaba cubierta de sangre, de pedazos de carne, de hueso y sesos y entrado en shock. Melantha le removió la astilla, la aseó, la condujo a su cabina y la puso a dormir tras de inyectarle una de sus propias drogas.
Y, después de un tiempo, reunió a los demás, en el compartimiento de carga más grande, en donde dormían tres de ellos. Siete de los ocho sobrevivientes fueron. La psíquica aún dormía, pero la cibernética se había ya recuperado, al parecer. Se sentó sobre el piso con las piernas cruzadas, sus facciones se veían pálidas y enjutas, en espera de las palabras de Melantha.
Karoly d'Branin fue el primero en tomar la palabra. —No entiendo —dijo—, no entiendo lo sucedido. ¿Qué pudo. . .?
—Royd lo mató, eso es todo —dijo la xenoténica con amargura—. Su secreto se vio amenazado, y el tan sólo. . . tan sólo lo hizo explotar.
—No puedo creer eso —dijo Karoly d'Branin angustiado—. No puedo. Royd y yo hemos platicado muchas noches mientras ustedes duermen. Es un ser bondadoso, inquisitivo y sensitivo. Es un soñador. Entiende lo del volcryn. No haría algo semejante.
—Su hológrafo se desvaneció rápidamente cuando sucedió —dijo la lingüista—, y desde entonces no ha dicho nada, como habrán notado.
—Tampoco lo ha hecho ninguno de ustedes —dijo Melantha Jhirl—. No sé qué pensar, pero mi impulso es apoyar a Karoly. No tenemos ninguna prueba para culpar al capitán.
La xenotécnica excalmó en voz alta: —Pruebas.
—De hecho —continuó Melantha—, no estoy segura de culpar a nadie. Todo sucedió después de haberle suministrado el esperón. ¿Podría haber sido una cápsula defectuosa?
— ¡Vaya defecto! —murmuró la lingüista.
El xenobiólogo frunció el ceño. —Este no es mi campo, pero conozco la extremada potencia del esperón, cuyos efectos físicos son iguales a los psiónicos. La causa de su muerte fue tal vez su propio talento, estimulado con la droga. Además de hacerle estallar su poder principal, su sensibilidad telepática, el esperón pudo haberle aflorado otros talentos psíquicos latentes en él.
— ¿Cómo cuáles? —preguntó alguien.
—El bio-central, la telekinesis.
Melantha Jhirl se encontraba frente a él. —Aumentó la presión de su cráneo, y la sangre de su cuerpo se concentró en el cerebro. La presión de aire de su cabeza descendió simultáneamente al utilizar teke para inducir un corto vacío. Piénsenlo.
Todos lo pensaron, pero a ninguno le agradó tal teoría.
—Pudo haber sido auto inducido —dijo Karoly d'Branin.
—O tal vez un extraño talento pudo haber tornado sus poderes en su contra —dijo la xenotécnica con terquedad.
—Ningún telépata humano tiene el talento para controlar a alguien más, en cuerpo, mente y alma, ni siquiera durante un instante.
—Exactamente —dijo la xenotécnica—, ningún telépata humano
— ¿La gente de los gigantes gaseosos? —la cibernética hablaba en tono burlón.
La xenotécnica la recorrió de arriba abajo con la mirada. —Podríamos hablar de sensibilidades Crey o de vampiros de almas Githyanki; podríamos nombrar media docena, pero no es necesario, tan sólo te mencionaré uno. Una Mente Hrangan.
Era un pensamiento inquietante. Todos guardaron silencio y se movían con cierta intranquilidad, pensaban en el basto, inimaginable poder de una Mente Hrangan oculta en las cabinas del comando del Volador Nocturno, Melantha Jhirl rompió el hechizo: —Eso es ridículo —dijo—, piensa en lo que dices, si no es mucho pedir. Aparentemente ustedes son xenologistas, la mayoría, expertos en lenguas extranjeras, psicología, biología, tecnología. Demuéstrenlo y actúen como tales. Estuvimos en guerra con la Vieja Hranga durante mil años, pero nunca logramos comunicarnos con una Mente Hrangan. Si Royd Eris es uno de ellos, han superado sin duda sus capacidades de conversión através de los siglos desde el Colapso.
10-16-2008 07:48 PM
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Re: Los mejores cuentos de ciencia ficcion
La xenotécnica se sonrojó. —Tienes razón —musitó—, estoy nerviosa.
—Amigos —dijo Karoly d'Branin—, no debemos alarmarnos ni ser presas de la histeria. Ha sucedido una cosa terrible. Uno de nuestros colegas ha muerto, e ignoramos la causa. Hasta entonces, tan sólo nos resta continuar. Este no es momento de actuar irracionalmente en contra de inocentes. Tal vez, cuando regresemos a Avalón, una investigación aclarará lo sucedido. El cadáver está seguro ¿no es así?
—Lo depositamos en la cámara de aire de la cabina de control—dijo la lingüista—, el vacío lo conservará.
—Y puede ser examinado de regreso —dijo D'Branin, satisfecho.
—Debemos volver de inmediato —dijo la xenotécnica—. Díganle a Eris nuestras intenciones.
D'Branin parecía azorado — ¡Pero. . ! ... ¿Y el volcryn? Una semana más y los conoceremos, si mis cálculos son correctos. El regreso nos tomaría seis semanas. Bien valdría la pena posponerlo una semana adicional.
La xenotécnica seguía con su terquedad. —Ha muerto un hombre. Antes de fallecer, habló acerca de extraños y de peligros. Tal vez nosotros estamos también en peligro. Tal vez estos volcryn sean la causa, e incluso su poder es más potente que una Mente Hrangan. ¿Vamos a correr el riesgo? ¿Para qué? Sus fuentes pueden ser ficticias, exageradas e incorrectas, sus interpretaciones y computaciones también, o tal vez ellos han cambiado su curso. El volcryn puede no estar siquiera a años luz de donde nosotros abandonemos la ruta.
—Ah —dijo Melanita Jhirl—. Ya entiendo. Entonces no debemos ir porque ellos no van a estar allí, y además pueden ser peligrosos.
D'Branin sonrió y la lingüista lanzó una carcajada. — ¡No le veo la gracia! —dijo la xenotécnica y se abstuvo de discutir.
—No —continuó Melantha—. El peligro no aumentará en forma significativa cuando abandonémosla ruta en busca del volcryn. Debemos hacerlo de todas formas, para reprogramar. Además, hemos estado en pos del volcryn durante largo tiempo y admito mi curiosidad —miró a cada uno y ninguno replicó—. Bien, continuaremos entonces.
— ¿Y qué haremos con Royd? —preguntó D'Branin.
—Tratemos al capitán como antes, si es posible —dijo Melantha con decisión—, abramos las líneas para el diálogo. Probablemente él está tan aturdido por lo sucedido como nosotros, y teme que lo creamos culpable, con intenciones de lastimarlo, o algo así, razonaremos con él. Si nadie lo desea yo hablaré con él —no hubo voluntarios—. De acuerdo, pero el resto debe actuar normalmente.
—Además —dijo D'Branin—, debemos continuar con nuestros preparativos. Nuestros instrumentos sensoriales deben estar listos para cuando abandonemos la ruta y reingresemos al espacio normal, nuestra computadora debe funcionar a la perfección.
—Está lista —dijo la cibernética—, la arreglé en la mañana como me lo indicaron —una especie de mirada pensativa asomaba en sus ojos, pero D'Branin no lo notó. Este comenzó a discutir con los lingüistas algunos preliminares y la plática pronto se centró en el volcryn, y poco a poco el temor del grupo quedó en el olvido.
Royd escuchaba. Estaba contento.
La mujer regresó sola a la estancia.
Alguien había apagado las luces. — ¿Capitán? —dijo, y él se apareció, pálido, sombrío, sus ojos miraban hacia el vacío. Sus ropas, peliculescas y anacrónicas, eran un cúmulo de sombras blanquecinas y azules—. ¿Escuchó, capitán?
La voz del hombre en el intercomunicador tenía un cierto tono de sorpresa. —Sí. Veo y escucho todo en mi Volador Nocturno Melantha. No sólo en la estancia. No sólo cuando los intercomunicadores y las pantallas están encendidos. ¿Desde cuándo lo sabes?
— ¿Desde cuándo? —ella rió—. Desde que alabaste la solución del Gigante Gaseoso al misterio Roidiano.
—Estaba bajo tensión. Nunca antes había cometido un error.
—Le creo. Capitán —dijo ella—, no importa. Soy la modelo superada, ¿recuerda? Lo adiviné desde hace varias semanas.
Royd guardó silencio unos instantes. De pronto: ¿No me tienes confianza?
—Eso hago. ¿Aún no se siente seguro?
La aparición se estremeció fantasmagóricamente. —Me alegra saber que ni tú ni Karoly piensan en mí como el asesino de ese hombre.
Ella sonrió. Sus ojos se acostumbraban a la obscuridad de la habitación. Bajo el resplandor del hológrafo, ella podía ver la mesa en donde todo había sucedido. Allí estaban las manchas obscuras sobre la parte superior. Sangre. Escuchó un leve goteo y tembló. —No me gusta este lugar.
—Si deseas irte podemos platicar en otro lugar.
—No —dijo ella—, me quedaré. Royd, si yo te lo pidiera, ¿dejarías de mirarnos y escucharnos, a excepción de este lugar? Los otros se sentirán mejor, estoy segura.
—Ellos no saben.
—Lo harán. Dijiste algo acerca de los gigantes gaseosos y todos lo escucharon. Tal vez alguno de ellos ya se dio cuenta.
—Si yo aceptara tu proposición, ¿cómo sabrías si en verdad lo hago?
—Confío en ti.
Hubo un silencio. El espectro se veía pensativo. —De acuerdo. Tan sólo veré y escucharé aquí.
—Te creo.
— ¿Creíste mi historia? —le preguntó Royd.
—Ah, una extraña y maravillosa historia, capitán: Si fue mentira intercambiaremos mentiras cuando quieras. Lo haces bien. Si es verdad, entonces eres un hombre extraño y maravilloso.
—Es verdad —dijo el fantasma en voz baja—. Melantha. . . —Su voz dudó.
—Sí.
—Te vi hacer el amor.
—Ella sonrió. —Ah —dijo—, soy buena para éso.
—No lo sé —dijo Royd—, pero sí eres digna de ser observada. Hubo un silencio. Ella intentaba escuchar el goteo. —Sí—dijo la mujer al fin.
— ¿Si?
—Sí, Royd, probablemente copularía contigo si eso fuera posible.
— ¿Cómo adivinaste mi pensamiento?
—Soy una modelo superada —dijo ella—, y no una telépata. Tus pensamientos eran obvios. Ya te lo he dicho, te llevo una delantera de tres jugadas.
Royd meditó aquellas palabras largo tiempo, —ahora estoy se guro —dijo.
—Excelente —dijo Melantha Jhirl—. Ahora asegúrame a mí.
— ¿Acerca de?
— ¡De lo sucedido aquí! Royd no contestó.
—Sabes algo, creo —dijo Melantha—, nos dijiste tu secreto con tal de evitar esa inyección de esperón. Y cuando tu secreto fue profanado, nos ordenaste detenernos, ¿por qué?
—El esperón es una droga peligrosa —dijo Royd.
—Más que eso, capitán, —dijo Melantha—. ¿Qué lo mató?
—Yo no.
— ¿Uno de nosotros? ¿El volcryn? Royd no dijo nada.
— ¿Hay algún extraño a bordo, capitán? —le preguntó—. ¿Es eso? Silencio.
— ¿Estamos en peligro? ¿Estoy yo en peligro, Capitán? No tengo miedo. ¿Me hace eso ser una tonta?
—La gente me agrada —dijo Royd al fin—, cuando puedo soportarlos, me gusta tener pasajeros. Los observo, sí. No es tan terrible. En especial me agradan tú y Karoly. No teman nada. No permitiré que nada les suceda.
— ¿Qué podría pasar? —preguntó Melantha. Roy no contestó.
— ¿Y que hay respecto a los otros, Royd? ¿Los cuidarás a ellos también o tan sólo a Karoly y a mí? Silencio.
—No estás muy platicador esta noche —observó Melantha.
—Estoy tenso —se escuchó su voz—, vete a dormir Melantha Jhirl. Ya hemos platicado demasiado.
—De acuerdo capitán. —Le sonrió al fantasma con una mano en alto. La de éste intentó estrechársela. Una tibia piel obscura, y un pálido resplandor se fundieron. Melantha abandonó el cuarto. Una vez en el corredor, bajo la seguridad de la luz, comenzó a temblar.
Cayó la falsa medianoche. Habían cesado las pláticas, las pesadillas se había desvanecido ya. Los académicos dormían, incluso Karoly d'Branin, cuyo apetito por el chocolate fue sofocado por los recuerdos.
En la obscuridad del inmenso compartimento de carga, colgaban tres hamacas, en dos de ellas, los durmientes roncaban suavemente. La cibernética ocupaba la tercera, despierta. Pensaba. Se levantó, caminó de puntillas, se puso su overol y sus botas y despertó a la xenotécnica. —Ven —le murmuró—. Ambas subieron al corredor, mientras Melantha se quedaba en el cuarto con sus sueños.
— ¿Qué demonios te pasa? — Murmuró la xenotécnica—. Se encontraba semivestida, desarreglada y adormilada.
—Hay una forma de comprobar la veracidad de la historia de Royd. A Melantha no le va a gustar. ¿Me acompañas?
— ¿Qué? —El interés se apoderó de su rostro.
—Ven —dijo la cibernética.
Uno de los tres compartimentos de carga, el más pequeño, había sido convertido en el cuarto de la computadora. Entraron calladamente; estaba vacío. El sistema estaba encendido pero aletargado. Corrientes lumínicas corrían sedosamente por los cristalinos canales de las rejillas del data, se unían y separaban una y otra vez; ríos de líneas vertiginosas se cruzaban sobre un fondo negro. La cámara se encontraba a media luz, el único sonido captable era un bajo zumbido. La cibernética comenzó a presionar llaves, girar rondanas, y a encauzar las silenciosas corrientes de luz. Lentamente la máquina cobraba vida.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó la xenotécnica.
—Karoly me dio instrucciones de emparejar nuestro sistema con el de la nave —dijo la cibernética, sin dejar de maniobrar la máquina—. Royd deseaba estudiar datos del volcryn. Bien, pues yo lo hice. ¿Entiendes ahora?
La xenoténica se veía ávida. —Los dos sistemas están emparejados.
—Exacto. Royd puede saber lo del volcryn, y nosotros, acerca de él. —Frunció el ceño—, ojalá y supiera más acerca del equipo de Volador Nocturno, pero creo saber lo suficiente. Este sistema pedido por D'Branin es muy sofisticado.
— ¿Puedes controlarlo?
— ¿Controlarlo? —La cibernética se veía confundida—. ¿Acaso bebiste?
—No, en verdad. Utiliza tu sistema y apodérate del control de la nave, sorprende a Eris, revoca sus órdenes y haz que el Volador Nocturno responda a las nuestras.
—Tal vez —la cibernética dudó—, podría intentarlo, pero ¿para qué?
—Por si acaso. No usaríamos toda la capacidad, sólo si fuera necesario, una emergencia o algo así.
La cibernética se encogió de hombros. —Emergencias y gigantes gaseosos. Sólo deseo tranquilizarme con respecto a Royd.
Se movió hacia un panel de instrucciones, en donde media docena de pantallas de un metro cuadrado rodeaban una consola, y encendió una de ellas. Grandes dedos rozaban los controles holográficos, los cuales aparecían y desaparecían al contacto, el tablero cambiaba de forma incluso cuando ella lo utilizaba. Una serie de caracteres empezaron a cruzar por la pantalla, centellas rojas encasquetadas en vidriosas y negras profundidades. La cibernética observaba, y finalmente las congeló. —Aquí —dijo—. Aquí está mi respuesta sobre el equipo. Olvida tu idea de controlar, a menos que tu gente de los gigantes gaseosos nos ayudaran. El Volador Nocturno es más grande y más listo que el pequeño sistema que tenemos aquí. Tiene sentido, pensándolo bien. La nave es absolutamente automática a excepción de Royd—. Silbó y con palabras suaves de ánimo buscó la programación—. Parece, sin embargo, que sí existe un Royd. Las configuraciones están todas mal para una nave robot. Maldición, hubiera apostado cualquier cosa. —Las señales empezaron a aparecer de nuevo, la cibernética las observaba. —Aquí hay puntos alimenticios, quizás nos revelen algo. —Con un dedo oprimió, y la pantalla volvió a congelarse.
—Nada especial —dijo con desilusión la xenotécnica.
—Dispositivo estándar de desechos. Reciclaje de agua. Proceso alimenticio, con suplementos de proteínas y vitaminas en almacenes. —Empezó a silbar—. Tanques con muzgo de Renny y neopasto para consumir el CO2. Un ciclo de oxígeno, entonces. No hay metano ni amoniaco. Lástima.
—Busca el sexo en la computadora.
La cibernética sonrió. — ¿Lo has intentado alguna vez? —Sus dedos se volvieron a mover—. ¿Qué más debo buscar? Dame algunas ideas.
—Checa los puntos sobre tanques de nutrición, el equipo y esas cosas. Encuentra la historia de la vida de Royd. La de su madre. Echa una ojeada a su negocio, a todo ese comercio. —Su voz comenzó a excitarse y tomó a la cibernética por el hombro—. ¡Un tronco de la nave! ¡Debe de haber alguno! ¡Encuéntralo!
—De acuerdo. —Silbó alegremente mientras manejaba los controles. La pantalla instructiva comenzó de pronto a parpadear frente a ella. Sonreía—. Seguridad —dijo. Sus dedos se veían borrosos. Tan rápido como había aparecido, el parpadeante campo rojo desapareció—. Nada como asegurarse contra lo desconocido y de los hombres.
En el corredor, un sonido de alarma las puso en alerta. Maldición —dijo la cibernética—, despertará a todos, —volteó de pronto cuando la mano de la xenotécnica le tocó la espalda, la apretaba, y la lastimaba.
Una gris cortina de acero bajó silenciosa y obstaculizó cualquier salida hacia el pasillo — ¿Qué? . . . —dijo la cibernética.
—Es un sello de emergencia, —exclamó la xenotécnica con voz mortal, conocía de naves—. Se cierra algo va a ser descargado hacia el vacío.
Ambas miraron la inmensa cerradura en curva exterior de aire sobre sus cabezas. La cerradura interior se encontraba casi abierta por completo y ellas observaban el embone y el sello de la puerta partirse, y su diámetro, ahora de medio metro, resbaloso y más allá el brillo cegador de la nada.
— ¡Oh! —dijo la cibernética. Ya no silbaba.
Las alarmas se escuchaban por doquier. Los pasajeros comenzaron a inquietarse. Melantha Jhirl salió de su cabina desnuda, preocupada, alerta, rumbo al pasillo. Karoly d'Branin se sentó con pesadez. La psíquica murmuró incoherencias, adormilada aún. El xenobiólogo rompió en llanto alarmado.
A lo lejos se oyó un crujir metálico, y la nave sufrió un violento estremecimiento, el cual tiró a los lingüistas de sus hamacas, mientras Melantha Jhirl cayó al suelo.
En el cuarto de Control de Volador Nocturno, se encontraba una habitación esférica de blancos y lisos muros, y una pequeña esfera —una consola de control— se encontraba suspendida en el centro. Los muros estaban siempre rasos cuando la nave se encontraba en viaje; el resplandor del espacio era insoportable.
El cuarto ahora se encontraba obscuro, un holóscopo cobrada vida, había estrellas blancas y frías por doquier, puntitos de gélida brillantez, la flotante esfera de control era el único objeto de forma definida en aquel simulado mar nocturno.
El Volador Nocturno se había salido de curso.
Melantha Jhirl se levantó de nuevo y apretó el botón de un intercomunicador. Las alarmas aún ululaban y era difícil escuchar. — ¿Qué pasa, capitán? —gritó.
—Lo ignoro —contestó Royd—, estoy tratando de averiguarlo. Reúna a los demás allí.
Ella obedeció y sólo cuando estuvieron todos reunidos, ella regresó a su cabina para vestirse. Melantha encontró únicamente a seis de ellos. La psíquica, aún inconsciente, hubo de ser cargada. La xenotécnica y la cibernética no aparecían por ningún lado. Los demás se veían intranquilos al ver aquel bloqueo en el compartimento de carga número 3.
El intercomunicador cobró vida cuando las alarmas quedaron afónicas. —Hemos regresado al espacio normal —se escuchó la voz de Royd—. Sin embargo, la nave está dañada. El compartimento número 3, el cuarto computador, fue profanado mientras volábamos. Además, desgarrado por el flujo. Automáticamente la computadora nos desvió de curso, si no, las fuerzas de manejo pudieron haber destruido mi nave.
— Royd —dijo Karoly d'Branin—. Dos miembros de mi equipo están. . .
—Al parecer su computadora se encontraba encendida cuando el compartimento fue violado —dijo Royd con cierto tacto—, tan sólo podemos asumir que han muerto. No puedo estar, seguro de ello. A petición de Melantha, he desactivado la mayoría de mis ojos y oídos, y solo actúan en la estancia. Ignoro lo sucedido. Esta es una nave pequeña, Karoly, y si ellas no están contigo, debemos pensar lo peor —hizo una pausa—, si les sirve de consuelo, murieron rápidamente y sin dolor.
Los dos lingüistas intercambiaron una larga y significativa mirada. El rostro del xenobiólogo se enrojeció de furia, y comenzó a mascullar algo. Melantha Jhirl le tapó la boca firmemente. — ¿Sabemos cómo sucedió, capitán?
—Sí —la respuesta fue reluctante.
El xenobiólogo descubrió la pista y Melantha retiró su mano y lo dejó respirar. — ¿Royd? —interrogó anhelante.
—Parece insano, Melantha, pero al parecer tus colegas abrieron el compartimento de carga. Tal vez no deliberadamente claro, Aparentemente utilizaban el sistema de interfase para apoderarse de los controles de la nave.
—Ya veo —dijo Melantha—, una terrible desgracia.
—Así es—acordó Royd— tal vez más terrible de lo que piensas. Aún debo evaluar los daños de mi nave.
—No lo detendremos capitán, cumpla con sus deberes —dijo Melantha—. Todos nos encontramos muy impresionados, y es difícil platicar ahora. Investigue las condiciones de su nave. Continuaremos con nuestra descusión en la mañana ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Melantha apagó el interruptor. Oficialmente Royd no podía escucharlos ahora.
Karoly d'Branin meneó su grande e hirsuta cabeza. Los lingüistas se sentaron junto al otro, con las manos entrelazadas. La psíquica aún dormía. Tan sólo el xenobiólogo la miraba. — ¿Le cree? —le preguntó rudamente.
—No lo sé, pero los otros tres compartimentos pueden ser desocupados como lo fue el número 3. Cambiaré mi hamaca a una cabina. Le sugiero a aquellos del compartimento número 2 hagan lo mismo.
—Es una  buena  idea  —dijo  la  lingüista—, cabremos todos.
No será muy cómodo, pero no pienso dormir el sueño de los ángeles en ningún compartimento nuevo.
—Deberíamos además sacar nuestros trajes del almacén y tenerlos a la mano —sugirió su compañero.
—Si así lo desean —dijo Melantha—, podemos abrir todas las cerraduras simultáneamente. Royd no puede culparnos por tomar precauciones —sonrió tristemente—, después de hoy, nos hemos ganado el derecho de actuar irracionalmente.
—No es hora de hacer chistes malos Melantha —dijo furioso el xenobiólogo—, hay tres muertos, un cuarto posiblemente en coma y el resto de nosotros en peligro.
—Aun no tenemos idea de qué diablos pasa —apuntó.
— ¿Royd Eris nos está matando? —Gritó él, mientras se golpeaba la palma de la mano con el puño cerrado para enfatizar su frase—. Ignoro quién o qué es y dudo de la veracidad de su historia, y además no me importa. Tal vez sea una Mente Hrangan, o el ángel vengador del Volcryn, o la segunda venida de Jesucristo. No importa. ¡Nos está matando!
—Como comprenderás —dijo Melantha con gentileza, no sabemos con certeza si el capitán cumplirá su palabra. Podría escucharnos y observarnos en este instante, si así lo quisiese. No lo creo. El me lo prometió y yo le creo, aunque tan sólo tenga su palabra. Sin embargo, usted no confía en Royd, y por lo tanto, no es aconsejable, desde su punto de vista, decir esas cosas —sonrió.
El xenobiólogo guardó silencio.
—Eso quiere decir entonces que ha desaparecido la computadora —dijo Karoly d'Branin en voz baja antes de que Melantha continuara.
Ella asintió. —Me temo que sí.
El se puso de pie tambaleante. —Tengo una pequeña unidad en mi cabina —dijo—, un modelo de pulsera, quizás pueda servirnos. Tengo que obtener los datos de Royd, saber donde hemos dejado el curso. El volcryn. —Se alejó arrastrando los pies por el pasillo y desapareció al entrar a su cabina.
—Imagínense lo aturdido que estuviera si todos hubiéramos muerto —dijo la lingüística con amargura—. De ser así no tendría a nadie para ayudarlo a buscar el volcryn.
—Déjenlo ir —dijo Melantha—. Está tan lastimado como cualquiera de nosotros, incluso tal vez más. Disfraza su tristeza. Sus obsesiones son su defensa.
— ¿Y la nuestra?
—Ah —dijo Melantha—, la paciencia, tal vez. Los que murieron intentaron aclarar el secreto de Royd. Nosotros no lo hemos intentado. Sólo nos sentamos a discutir sus muertes.
— ¿No encuentra eso sospechoso?
—Mucho —dijo Melantha Jhirl—. Hasta tengo un método para probar mis sospechas. Uno de nosotros puede aún hacer otro intento para saber si nuestro capitán nos ha dicho la verdad. Si quien lo hace muere, sabremos —se paró abruptamente—. . . Perdónenme, sin embargo, si no soy yo quien lo intente. Pero no se detengan por mí, si están urgidos por hacerlo. Yo anotaré los resultados con sumo interés. Hasta entonces, me retiro del área de carga a dormir.
—Arrogante hija de perra —observó el lingüista al alejarse Melantha.
— ¿Creen que él nos esté escuchando? —preguntó el xenobiólogo en voz baja.
—Hasta la médula de cada palabra —dijo la lingüista al ponerse de pie. Todos hicieron lo mismo—. Movamos nuestras casas y llevemos a ésta —indicó con el pulgar a la psíquica—, de nuevo a la caja. —Su compañero asintió.
— ¿Y no vamos a hacer nada? — Ppreguntó el xenobiólogo—. ¿Hacer planes? ¿Defensas?
La lingüista le dirigió una desanimada mirada, y se llevó a su compañero hacia otra dirección.

— ¿Melantha? ¿Karoly?
Ella despertó al instante, alerta por el susurro de su nombre y se sentó en su angosto camastro. Junto a ella, Karoly d'Branin gemía suavemente y se volteó, con un bostezo.
— ¿Royd? —preguntó ella—. ¿Ya amaneció?
—Sí —respondió la voz desde los muros—. Estamos a la deriva en el espacio interestelar a tres años luz de la estrella más cercana. Bajo estas condiciones, ¿qué importancia tiene un amanecer?
Melantha rió. —Discútelo con Karoly, cuando se levante. Royd, ¿dijiste a la deriva? ¿Qué tan mal. . ?
—Es serio, pero no peligroso. El compartimento 3 está en ruinas, cuelga de mi nave como un cascarón metalico roto, pero el daño fue controlado. Los controles están intactos, y las computadoras del Volador Nocturno al parecer no resintieron la destrucción de la suya. Temí que esto sucediera. El trauma de la muerte electrónica.
— ¿Cómo? ¿Royd? —dijo D'Branin.
—Te contaré después Karoly —dijo Melantha—. Royd, estás muy serio. ¿Acaso hay algo más?
—Me preocupa nuestro vuelo de regreso, Melantha. Cuando tome de nuevo el curso, el flujo actuará sobre ciertas partes de la nave y éstas tal vez no resistan. El sello aéreo del compartimento Núm. 3 merece una preocupación muy especial. No sé si pueda soportar la tensión. Si explota, la nave entera se partirá en dos. Mis motores se perderán en el vacío, y el resto. . .
—Comprendo. ¿Podemos hacer algo?
—Sí, las áreas expuestas serían fáciles de reforzar. La cubierta exterior fue armada para soportar cualquier fuerza. Podríamos montarla, y sería un escudo lo suficientemente protector. Una gran porción de la cubierta se aflojó cuando las cerraduras se abrieron, pero aún está allí, a uno o dos kilómetros. . . y podríamos recogerlas.
Karoly d'Branin había ya despertado por completo. —Mi equipo posee cuatro trineos de vacío. Podemos proporcionártelos.
—De acuerdo, Karoly, pero ésa no es mi principal preocupación. Mi nave es capaz de auto repararse dentro de ciertos límites, pero esta situación se ha excedido. Lo haré yo mismo.
— ¿Usted? —dijo D'Branin—, amigo mío, usted dijo. . .esto es, con sus manos, y sus debilidades. . . ¿No podemos ayudarlo?
—Mi invalidez aparece únicamente en campos gravitacionales, Karoly. En la ingravidad me siento en mi elemento y será momentáneamente, trataré además de unir mis fuerzas para lograrlo. Usted me mal interpreta. Soy apto para el trabajo. Tengo mis propias herramientas, y mi propio trineo espacial.
—Creo saber cuál es su preocupación —dijo Melantha.
—Me da gusto —dijo Royd—, entonces, tal vez puedas responder a mi pregunta. Si emerjo de la seguridad de mis cámaras... ¿podrías mantener a tus amigos calmados y sin intenciones de matarme?
Karoly d'Branin estaba azorado. —Royd, Royd, somos escolares, no soldados ni criminales, nosotros no. ... somos humanos ¿Cómo puede pensar así?
Humanos —repitió Royd— extraños para mí, sospechan de mí. No me mientas Karoly.
El administrador balbuceó. Melantha le tomó la mano y lo calló. —Royd —le dijo ella—, yo no te mentiría. Estarías en peligro, y eso me agradaría, pues al salir harías felices a los demás. Serían capaces de comprobar la veracidad de tus palabras.
—Así es —dijo Royd—, pero, ¿sería eso suficiente para anular sus sospechas? Ellos creen que yo maté a sus amigos. ¿O no es así?
—Algunos, tal vez. La mitad lo cree, la otra lo teme. Están asustados. Capitán. Yo misma lo estoy.
—No más que yo.
—Estaría menos asustada si supiera qué sucedió realmente ¿Lo sabe usted? Silencio.
—Royd, sí...
—Intenté detener la inyección de esperón —dijo—, pude haber salvado a los otros dos, si los hubiese visto, o escuchado. Pero tú me obligaste a apagar mis monitores, Melantha. No puedo ayudar aquello que no veo —meditación—. Me sentiría más seguro si pudiera usarlos de nuevo. Estoy sordo y ciego. Es frustrante. No puedo ayudar a nadie así.
—Enciéndelos de nuevo, entonces —dijo de pronto Melantha-. Me equivoqué. No lo entendía. Ahora lo comprendo.
— ¿Qué comprendes? —le preguntó Karoly d'Branin.
—Tú no entiendes —dijo Royd—. No finjas, Melantha Jhirl ¡No lo hagas! —La calmada voz del intercomunicador se oía aguda de emoción.
— ¿Qué? — Dijo Karoly—, Melantha, no comprendo.
Los ojos de ella estaban pensativos. —Yo tampoco —dijo—, yo tampoco comprendo, Karoly. —Le dio un beso leve—. Royd —continuó—, yo pienso que debes hacer esta reparación, por encima delas promesas que podamos hacerte. No arriesgarás tu nave por pensar reentrar al curso en estas condiciones. La otra única alternativa es seguir a la deriva hasta que todos muramos. ¿Qué podemos perder?
—Yo tengo una opción —dijo Royd con seriedad mortal—. Podría matarlos a todos ustedes, si esa fuera la única forma de salvar mi nave.
—Podrías hacer la prueba —dijo Melantha.
—No hablemos más de muerte —dijo D'Branin.
—Tienes razón, Karoly —dijo Royd—, no deseo matar a nadie pero debo protegerme.
— Lo estarás —dijo Melantha—, Karoly puede mandar a los otros a rescatar los fragmentos de la cubierta. Yo permaneceré a tu lado, te ayudaré; el trabajo se hará tres veces más rápido.
Royd se mostraba cortés. —Por experiencia. La mayoría de los límites planetarios son lentos y cansados en la no-gravedad. Sería más eficiente si trabajara solo.
—Yo no lo haría. Soy una modelo superada, recuérdelo Capitán. Tan buena en la caída libre como en la cama, ayudaré—contestó ella.
—Como desees. En breves instantes voy a apagar la rejilla de la gravedad. Karoly, prepara a los tuyos. Aborda tu trineo y alístate. Propulsaré el Volador Nocturno en tres horas, después de haberme recuperado de los dolores de su gravedad. Quiero ver a todos fuera de la nave cuando yo me vaya.

Fue como si un basto animal hubiera mordido al universo.
Melantha Jhirl esperó en su trineo cerca del Volador Nocturno. Miraba a las estrellas. Afuera no era tan diferente de las profundidades del espacio interestelar. Las estrellas estaban frías, puntos gélidos de luz; sobrias, austeras, más frías e insolentes que los mismos soles creados para danzar y titilar en una atmósfera. La ausencia de un horizonte le recordó en dónde se encontraba: En los puntos intermedios, en donde el hombre no se detiene, en donde las naves volcryn impiden lo ancestral. Intentó observar al sol de Avalón, pero no sabía por dónde buscarlo. Las configuraciones le parecían extrañas, y no tenía idea de la orientación. Atrás, adelante, arriba, abajo, los campos siderales se alargaban infinitamente. Miró hacia abajo cerca de su trineo y del Volador Nocturno, en espera de ver más estrellas y la mordida la golpeó casi con fuerza física.
Melantha luchó con una vertigosa ola. Se encontraba suspendida sobre una sima espacial, un abismo infinito en el universo, negro, basto, sin estrellas.
Vacío.
Ella lo recordó de pronto: El Velo de Tempter. Tan sólo una nube de gas obscuro, polución galáctica que obscurecía la luz de las estrellas del Fringe. Pero en esta cercanía, se veía inmensa, aterradora. Tuvo que desviar su mirada cuando empezó a sentir como si cayera. Era un golfo entre ella y la cubierta plateada de la nave, un golfo a punto de engullirlos.
Melantha tocó uno de los controles de su trineo y comenzó a guiar a su alrededor y el Velo quedó azulado. Eso la ayudó de alguna manera. Se concentró en el Volador Nocturno. Era el objeto más grande en su universo, iluminado, desaprovechado; tres pequeños huevos uno junto a otro, dos inmensas esferas y en ángulos rectos, millares de tubos en conexión. Uno de los huevos se encontraba atrapado ahora, y le daba a la nave un desbalanceo grotesco.
Melantha podía ver los demás trineos angulares contra la obscuridad, en busca de los fragmentos perdidos de la cubierta, para luego traerlas de regreso. El grupo de lingüistas trabajaba en equipo, como siempre, a bordo de un trineo. El xenobiólogo estaba solo. Karoly d'Branin tenía un pasajero silencioso; la psíquica, drogada, dormida dentro de su traje. Royd había insistido en la total evacuación de la nave, y hubiese tomado algún tiempo el reintegrar a la conciencia a la psíquica.
Mientras sus colegas trabajaban, Melantha Jhirl esperaba a Royd Eris, y platicaba con los demás ocasionalmente, cuando éstos llegaban o partían de nuevo. Los dos lingüistas, desacostumbrados a la ingravidez se quejaban en demasía. Karoly trataba de calmarlos. El xenobiólogo trabaja en silencio, sin discutir. Había sido vehemente en su oposición a salir hacia el espacio, pero Melantha y Karoly habían logrado convencerlo. Melantha lo observaba ahora: una estática figura vestida de negro, rígida y erecta frente los controles de su trineo.
Al fin se dilató el cerrojo aéreo circular de la esfera mayor de Volador Nocturno, Royd Eris emergió. Ella vio acercarse, mientras trataba de darle forma. Ahora encontraba muchas. Su gentil, culta y formal voz a veces le recordaba la de los obscuros aristocráticos de su nativa Pometheus, los hechiceros que jugaban con los genes humanos. En otros tiempos la ingenuidad del capitán la hacia pensar en él como en un joven inexperto. Su fantasma se veía delgado y cansado, y era supuesta y considerablemente más viejo que aquella pálida sombra, pero Melantha descubrió las dificultades de escuchar la plática de un anciano.
El trineo de Royd era el más grande de todos, de forma distinta, un inmenso platillo oval con ocho agarraderas, como las patas de una araña mecánica, y el cañón de una pistola de rayos láser se encontraba al frente. El traje de Royd era raro también, mucho más abultado que aquellos de la Academia, con una bolsa entre las cuchullas del cuello, como si fuera una especie de acumulador de energía, de radiantes aletas y casco.
Y cuando al fin él se encontró lo suficientemente cerca de Melantha, esta vio tan sólo un rostro. Blanco, muy blanco, esa fue la impresión predominante; un cabello blanco muy corto, una incipiente barba blanca alrededor de las afiladas líneas de la mandíbula, cejas casi invisibles bajo las cuales se movían unos ojos azules. Su piel era pálida y sin arrugas, apenas rosada por el tiempo.
Royd se ve agotado, pensó Melantha. Y tal vez algo asustado.
Royd detuvo su trineo frente al de Melantha, entre las torcidas ruinas del compartimiento número 3, para supervisar los daños, las piezas de desperdicio flotantes, las cuales habían sido carne, sangre, cristal, metal y plástico. Ahora era difícil de distinguir, todo aquello mezclado, quemado, y congelado junto. —Debemos trabajar arduamente, Melantha —dijo él.
—Hablemos primero —contestó ella. Se acercó a él aún más, pero la distancia era enorme, la anchura de los dos trineos los mantenía apartados. Melantha retrocedió y giró completamente por lo cual Royd colgaba hacia abajo en su mundo y ella hacia arriba en el de él. Comenzó de nuevo a moverse hacia él, con su trineo directamente sobre/bajo el suyo. Sus enguantadas manos se estrecharon, se rozaron, y se separaron. Melantha ajusto su altitud, sus cascos se tocaron.
—A mí no —comenzó a decir Royd con cierta inseguridad.
—Apaga tu comunicador —le ordenó ella—, el sonido atravesará los cascos.
—No me gusta esto, Melantha —dijo él—, esto es demasiado obvio. Peligroso.
—No hay otra salida, Royd, lo sé.
—Sí, ya lo sabía. Tus tres jugadas adelante, Melantha. Recuerdo tu forma de jugar ajedrez. Sin embargo eres más segura cuando finges ignorancia.
—Lo entiendo, Capitán. Hay otras cosas de las cuales no estoy tan segura. ¿Podemos hablar sobre ello?
—No me pidas eso. Sólo obedece mis órdenes. Estás en peligro, todos lo están, pero yo puedo protegerlos. Entre menos sepan, podré protegerlos más. —Su expresión se veía sombría a través de su visor.
Ella vio los ojos hacia abajo de él. —Su nave nos está matando, Capitán. Eso sospecho, al menos. No usted. La nave. Lo cual no tiene sentido. Usted controla el Volador Nocturno. ¿Cómo es que funciona independientemente? ¿Y por qué? ¿Por qué motivo? ¿Cómo fue cometido ese asesinato psiónico? No puede ser la nave. No puede ser otra cosa tampoco. Ayúdeme Capitán.
El parpadeó; una especie de angustia apareció tras sus ojos. —Nunca debí haber aceptado la propuesta de Karoly. No con un telépata entre ustedes. Era riesgoso. Pero yo deseaba ver al volcryn.
—Tú ya entiendes demasiado, Melantha, no puedo decirte más. La nave no se encuentra bien, y eso es lo único que necesitas saber. No es muy seguro presionarla demasiado. Sin embargo, mientras yo esté en los controles, tú y tus colegas peligran poco. Confía en mí.
— La confianza es un lazo entre dos —dijo Melantha con firmeza.
Royd levantó la cabeza y la apartó de sí, luego volvió a conectar su comunicador. —Ya basta de chismes —anunció cortante—. Tenemos reparaciones pendientes. Ven.Quiero ver qué tan superada estás.
En la soledad de su casco, Melantha Jhirl maldijo en voz baja.
El xenobiólogo miró a Royd Eris emerger sobre su gran trineo, vio cuando Melantha Jhirl se le aproximó; vio cuando giró por completo para unir sus visores. Apenas pudo contener su rabia. De algún modo estos dos eran cómplices en esto, Royd y Melantha y posiblemente también el viejo D'Branin, pensó acremente. Ella lo había protegido desde el principio, cuando hubieran podido actuar juntos para detenerlo, averiguar quién o qué era. Y ahora habían muerto tres, y Melantha pendía cabeza-abajo con su cara oprimida a la de él como en un beso de amantes.
Desconectó su comunicador y maldijo. Los demás no se divisaban, se encontraban en pos de fragmentos averiados. Royd y Melantha estaban fascinados el uno con el otro y la nave abandonada y vulnerable. Esta era su oportunidad. Con razón Eris había insistido que todos le precedieran hacia el vacío; fuera, aislado de los controles del Volador Nocturno, era sólo un hombre, y un hombre débil, además.
Mientras sonreía fría y duramente, el xenobiólogo dirigió su trineo circularmente para desaparecer dentro del inmenso buche de la cabina de piloto. Sus luces centellaban, arrollaba luminosos rayos a cada lado de los cerrados cilindros, los inmensos motores que doblaban todo en el tiempo del espacio, empotrados en marañas de metal y cristal.Todo estaba abierto al vacío. Era mejor así; la atmósfera corroe y destruye.
Bajó el trineo, descendió de él, se dirigió al cerrojo de aire. Esta era la parte más difícil pensó. El cuerpo decapitado del joven telepata estaba trabado apenas a una abrazadera inmensa, como un guardián grisáceo junto a la puerta. El xenobiólogo tenía que fijar la mirada en él mientras esperaba el ciclaje del cerrojo. Cuando desviaba la mirada, incomprensiblemente volvían al punto de partida. El cuerpo se veía casi natural, como si nunca hubiese llevado una cabeza. El xenobiólogo trató de recordar el rostro del joven, sin lograrlo, pero entonces se abrió la puerta y agradecido relegó tal pensamiento y entró.
Estaba solo en el Volador Nocturno.
Era hombre cauto. No se quitó el traje, aunque sí el casco y se soltó la tela metálica sobre la cabeza y ésta cayó flaccida a su espalda a modo de capuchón. Podría acomodársela con facilidad en caso necesario. En el compartimento de carga número 4, en donde habían almacenado su equipo, el xenobiólogo encontró lo que buscaba; un portátil láser cortante, cargado y listo para usarse. De potencia baja, pero serviría.
Lento y torpe en la ingravidez, se impulsó por el pasillo hasta la obscura estancia.
Hacía frío dentro de ella, lo sentía en sus mejillas. Trató de ignorarlo. Se aferró a la puerta para empujarse a través del cuarto, flotaba por encima de los muebles, los cuales estaban fijos en su lugar.
Mientras flotaba hacia su objetivo, algo mojado y frío tocó su cara. Lo asustó, pero desapareció antes de saber lo que era.
Cuando volvió a suceder, lo atrapó y de pronto se sintió enfermo. Lo había olvidado. Aún nadie había aseado la estancia. . . los restos aún estaban ahí, flotando. Sangre, carne, fragmentos de hueso y masa encefálica lo rodeaban.
Llegó hasta la pared opuesta, se detuvo con sus brazos, descendió hasta donde quería ir. El mamparo. El muro. No había ninguna puerta, pero el metal no sería demasiado grueso. Más allá estaban los controles, el acceso a la computadora, la seguridad, el poder. El xenobiólogo no se consideraba un hombre vengativo. No intentaba hacerle mal a Royd Eris, no estaba en sus manos juzgarle. Tomaría el control del Volador Nocturno, advertiría a Eris y se aseguraría de mantenerlo sellado en su traje. Los llevaría a todos de regreso sin más misterios, sin más asesinatos, sin más muertes. Dos arbitros de la Academia escucharían su historia y juzgarían a Eris, decidirían lo bueno y lo malo de la situación, culpa o inocencia, los pasos a seguir.
El cortante láser emitió un haz de luz plateada. El xenobiólogo sonrió y lo aplicó a la mampara. Era un trabajo lento, pero él tenía paciencia. No, no lo habrían extrañado todavía. Y si así fuera pensarían que estaba sobre su trineo, tras una horda salvaje. Las reparaciones de Eris tomarían horas, tal vez días. El brillante rayo despedía nubes de humo al contacto con el metal. Trabajaba con diligencia.
Algo se movía en la periferia de su vista, un pequeño parpadeo, difícil de notar. Un pedazo de cerebro flotante, pensó. Un fragmento de hueso, un sanguinolento pedazo de carne, aún con cabello. Cosas horribles, más no preocupantes. El era un biólogo, estaba acostumbrado a la sangre, a los sesos y a la carne viva. Peor aún, había disecado a muchos extraños con anterioridad.
De nuevo el movimiento atrajo su mirada. Sin quererlo, lo miró con insistencia. Deseaba no verlo, pero de alguna manera, aunque intentaba ignorar al telépata decapitado en la cerradura de aire, miró.
Era un ojo.
El xenobiólogo tembló, y el láser se le resbaló hacia un lado, por lo cual, hubo de dirigirlo con cierta dificultad hacia el canal inicial de tiro. Su corazón se agitó. Trató de calmarse. Sus temores eran infundados. No había nadie, y si Royd regresara. . . bueno, tenía el láser y su traje, por si volaba alguna cerradura de aire.
Miró el ojo de nuevo, para desvanecer su temor. Tan sólo era un ojo, el del joven telépata, intacto, sanguinolento, pero intacto, el mismo ojo azul, acuoso que el chico tenía en vida. Nada sobrenatural. Un pedazo de carne muerta, el cual flotaba en la estancia entre otros pedazos similares. Alguien debió de haber limpiado el lugar, pensó con enojo. Era indecente e incivilizado dejarlo así.
El ojo no se movía. Los otros fragmentos grisáceos flotaban en la corriente, pero el ojo estaba estático. Fijo en él. Observaba.
Se automaldijo y se concentró en el láser, en su trabajo. Había quemado toda una línea sobre la mampara de casi un metro. Comenzó a hacer otro corte a los ángulos derechos.
El ojo observaba desapasionadamente. El xenobiólogo no podía soportar aquella situación. Una de sus manos quedó en libertad, agarró el ojo y lo arrojó con fuerza. Perdió el balance. Cayó de espaldas y el láser se le resbalaba, sus brazos parecían alas de algún ave pesada y absurda. Finalmente se apoyó en uno de los filos de la mesa y se detuvo.
El láser pendía en el centro del cuarto, aún disparaba, y giraba. Eso no tenía sentido. No tenía porqué funcionar. Tal vez se habría trabado, pensó. Columnas de humo se levantaban al simple contacto del rayo.
Con cierto temor, el xenobiólogo miró cómo el láser giraba hacia él.
Se levantó, se recargó contra la mesa y se apartó de la línea de fuego.
El láser giraba con suavidad.
Se estrelló contra un muro, gemía de dolor, rebotó del piso, pateó. El láser giraba con más rapidez. Se elevó y se aferró a un rebote del techo. El haz giró pero no lo suficientemente rápido. Lo agarraría mientras disparaba en otra dirección.
Se acercó, lo alcanzó, y vio el ojo.
Colgaba justo arriba del láser. Observaba.
El xenobiólogo lanzó un sonido gutural apenas perceptible y su mano dudó, no por mucho, pero sí lo suficiente, y el rayo plateado apareció.
Una tibia luz, una cálida caricia le atravesó el cuello.
Una hora después alguien preguntó por él. Karoly d'Branin al notar su ausencia, comenzó a llamarlo en voz alta. No hubo respuesta. Lo notificó a los demás.
Royd Eris terminó de armar el platillo, de montarlo y regresó. Melantha Jhirl podía ver las líneas alrededor de su endurecida boca. Los ojos de Royd estaban alertas.
Fue entonces cuando comenzó el griterío.
Un agudo grito, doloroso, pavoroso, seguido de un lloriqueo angustioso. Todos lo escucharon. Provenía de la red de comunicación.
—Es él —dijo la lingüista.
—Está herido —agregó su compañero—, necesita ayuda. ¿Acaso no lo escuchan?
— ¿Dónde?
—La nave, debemos regresar a ella —dijo la lingüista.
— ¡No! Les advertí —dijo Royd.
—Vamos a investigar —continuó la lingüista. Su compañero saltó el fragmento remolcado, el cual se alejó hacia la nada. Su trineo quedó de frente al Volador Nocturno.
—Deténganse —dijo Royd—, regresaré a mis cámaras y observaré desde ahí, por favor. Permanezcan aquí mientras tanto.
—Vayase al diablo —le dijo el lingüista por el circuito abierto.
—Royd, amigo mío ¿Qué quiere decir? —dijo Karoly d'Branin —su trineo se movía en pos del de los lingüistas, un poco más alejado—. Está herido, tal vez de seriedad. Debemos ayudarlo.
—No —dijo Royd—, detente Karoly. Si tu colega regresó a la nave solo, ha muerto.
— ¿Cómo puede ustedes saberlo? —Preguntó la lingüista—. ¿Usted lo planeó así? ¿Acaso puso trampas?
—Escúchenme. No pueden ayudarlo ya. Sólo yo pude haberlo hecho, pero no me escuchó. Confíen en mí. Deténganse.
En la distancia, el trineo de D'Branin disminuyó su velocidad. No así el de los lingüistas. —Ya lo hemos escuchado demasiado —dijo la mujer, la cual hubo de gritar para ser escuchada en aquel agónico punto del universo—. Melantha, manten a Eris allí. Iremos con precaución y descubriremos lo que pasa en el interior de la nave, pero no podemos dejarle el acceso libre a los controles de su nave. ¿Quedó claro?
Melantha Jhirl dudó. Aquellos sonidos de terror y agonía le golpeaban los oídos; así era difícil pensar.
Royd giró su trineo y quedó frente a el la. Melantha sentía el peso de aquella mirada. —Deténganlos, Melantha; Karoly, ordénenselo. No saben loque hacen —su voz se encontraba al borde de la desesperación.
En su rostro, Melantha vio decisión. —Trata de llegar primero, Royd. Actúa según tus principios, yo intentaré interceptarlos.
Royd intentó responder, pero Melantha ya había partido. Su trineo cruzó el área de trabajo, aún congestionada con fragmentos de la cubierta y otros elementos, y aceleró bruscamente en su carrera hacia la zaga del Volador Nocturno.
Pero aun cuando Melantha se acercaba, tan rápido como podía sabía que era tarde. Los lingüistas ya estaban demasiado cerca y eran mucho más veloces que ella.
— ¡No lo hagan! —les dijo con tono autoritario—, la nave no guarda seguridad, ¡maldita sea!
— ¡Perra! —fue la única respuesta.
El trineo de Karoly los seguía en vano. —Amigos, deben detenerse, por favor, se los ruego, pongámonos de acuerdo. Los eternos lloriqueos fueron la única respuesta.
—Soy su superior —les dijo—. Les ordeno esperar afuera. ¿Me escuchan? Es una orden, invoco a la autoridad de la Academia. Por favor, amigos escúchenme.
Melantha vio como los lingüistas desaparecían por el inmenso túnel del cuarto de manejo.
Un instante después detuvo su trineo junto a la expectante boca negra, y se preguntaba si debía seguirlos hasta el interior del Volador Nocturno. Podría interceptarlos antes de abrir la cerradura de aire.
La voz de Royd, grave, a contrapunto a su pregunta, chillante y silenciosa, contestó: —Quédate Melantha Jhirl. No prosigas.
Melantha miró a sus espaldas. El trineo de Royd se acercaba — ¿Qué haces? —Preguntó ella—, Royd, usa tu propia cerradura. Debes regresar al interior.
—No, Melantha, la nave no me responderá. La cerradura central no se dilatará. No entren ni tú ni Karoly a la nave mientras yo no pueda afianzarme en los controles.
Melantha Jhirl miró hacia el cuarto de menejo, por donde habían desaparecido los lingüistas.
— ¿Qué les. . ?
—Pídeles que regresen, Melantha. Tal vez aún estén a tiempo, si logran escucharte.
Melantha y Karoly d'Branin lo intentaron. Suplicaron, gimieron en una torcida sinfonía, pero los lingüistas seguían allí.
—Han cortado su comunicador —dijo Melantha con furia—, no desean escucharnos. ¡Oh! ese. . . ese sonido.
Los trineos de Royd y de Karoly d'Branin la alcanzaron al mismo tiempo. —No entiendo lo que pasa —dijo Karoly.
—Es muy simple, Karoly —contestó Royd—, me mantienen afuera hasta. . . hasta que mi madre termine con ellos.
Los lingüistas abandonaron sus trineos junto al del xenobiólogo y penetraron a través de la cerradura de aire con premura, miraron de reojo al decapitado portero.
Dentro se quitaron sus cascos. —Aún los escucho —dijo el hombre.
La mujer asintió. —El sonido proviene de la estancia. Démonos prisa.
Se abrieron camino por el corredor en menos de un minuto. Los sonidos se hacían más fuertes y cercanos. —Allí está él —dijo la mujer al llegar frente a la puerta de la cámara.
—Sí, pero, ¿estará solo? Necesitamos un arma —dijo su compañero—. ¿Y si...Royd nos ha mentido? Hay alguien más a bordo. Necesitamos defendernos.
La mujer no esperó—Somos dos ¡Ven! —Entraron en la estancia.
Estaba obscuro. Una escasa luz lograba filtrarse por debajo de la puerta. Los ojos de la mujer comenzaron a ajustarse. — ¿Dónde estás? —gritó confusa. La estancia se veía vacía, tal vez por el efecto de la luz.
—Rastrea el sonido —le sugirió el hombre, mientras se paraba junto a la puerta, y miraba a su alrededor. Un minuto después comenzó a sentir cómo descendía sobre el muro; trataba de aferrarse con las manos.
La mujer, impaciente, se impulsó a través del cuarto, buscaba. Rozó el muro de la cocina y la idea de armas le acarició la mente. Sabía dónde se encontraban los utensilios. — ¡Aquí! —dijo—.Tengo un cuchillo, eso te ha de sorprender —lo ondeó y lo dirigió hacia una flotante burbuja de sangre, tan grande como su puño, la cual explotó en cientos de glóbulos.
— ¡Oh, Dios mío! —dijo el hombre con su voz gruesa y temerosa.
— ¿Qué?—preguntó ella—, ¿lo encontraste? ¿Acaso está? Intentaba llegar a la puerta, regresando por el mismo muro—. ¡Sal de aquí! —le advirtió—. ¡Apúrate!
— ¿Por qué? —temblaba.
—He encontrado la fuente —dijo él—.  Los gritos, el llanto, ¡Vamos!
— ¿Qué?
El murmuró: —Fue la parrilla ¿Acaso no lo ves? ¡Proviene del comunicador! —el hombre llegó a la puerta, no la esperó, desapareció por el corredor.
Ella se aferró y se dispuso a seguirlo.
Los sonidos cesaron. Simplemente: se apagaron.
Ella pateó, flotó hacia la puerta, con el cuchillo en la mano.
Algo obscuro emergió debajo de la mesa del comedor y le bloqueó el camino. Lo miró claramente un instante delineado contra la luz proveniente del corredor. Era el xenobiólogo en su traje de vacío, sin su casco. Traía algo en sus manos y lo apuntó frente a ella. Era un láser, un simple láser cortante.
La mujer comenzó a moverse hacia él. Intentó detenerse, sin conseguirlo.
Cuando estuvo cerca, le vio una segunda boca abajo de la barbilla que sonreía, además de gotear sangre, mientras se movía.
El hombre corrió despavorido por el corredor y se golpeaba contra las paredes. El pánico y la ingravidez lo hacían parecer inadaptado. Miraba de reojo hacia atrás, con la esperanza de vera su amada aparecer, temeroso de lo que ella pudiera ver en aquel lugar.
Después de mucho tiempo, la cerradura de aire se abrió. Mientras esperaba, el hombre temblaba y su pulso se aletargaba. Con mucho esfuerzo logró calmarse. Una vez dentro de la cámara, con la puerta interior sellada entre él y la estancia, se sintió seguro.
De pronto no pudo recordar el porqué de su terror.
Se sentía avergonzado: había huido, la había abandonado ¿por qué? ¿Qué lo había asustado tanto? ¿Una estancia vacía? ¿Los ruidos del intercomunicador? Porque eso significaba que el xenobiólogo estaba vivo en algún lugar de la nave, agónico.
Con resolución, buscó y desactivó el ciclo de la cerradura de aire, para luego prender la reversa. El aire en vez de salir, comenzó a ingresar dentro de la cámara.
El hombre, meneó la cabeza. Ella jamás olvidaría su acción. Intentaría regresar y disculparse. Eso tal vez serviría de algo.
Mientras la puerta interior se abría, sintió una nueva ola de terror, un instantáneo aguijoneo de miedo cuando se preguntó qué podía haber emergido de la estancia para esperarlo en los corredores del Volador Nocturno.
Cuando salió, la mujer lo esperaba.
El no veía ni furia ni desdén en aquellos calmados rasgos. Se le acercó e intentó disculparse. —No entiendo por qué yo me...
Con un lánguido movimiento la mano de la mujer salió de detras de su cuerpo. Aún traía el cuchillo. Fue entonces cuando él notó el agujero quemado en su traje, justo entre los senos.
— ¿Tu madre? —dijo Melantha Jhirl con cierta incredulidad mientras ambos colgaban sobre la nave, en la inmensidad.
—Ella puede escuchar nuestras pláticas —contestó Royd—, pero eso ya no tiene sentido ahora. Tu amigo debe haber hecho algo muy estúpido, amenazador. Ahora ella ha decidido matarlos a todos ustedes.
10-16-2008 07:49 PM
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Re: Los mejores cuentos de ciencia ficcion
—Ella. . . ella. . . ¿qué quieres decir? —la voz de D'Branin parecía confundida—. Royd, Royd no querrás decir que tu madre aún vive. ¿Cómo es posible si murió antes de nacer tú?
—Así fue, Karoly —dijo Royd—. No les he mentido.
—No —dijo Melantha—, no lo creo, pero no nos contaste toda la verdad, tampoco.
Royd asintió. —Mi madre está muerta, pero su. . . fantasma aún vive, y anima mi nave. . . tal vez sería mejor si dijese "su nave". Mi control es muy relativo.
—Royd —dijo d'Branin—, mi volcryn es más real que cualquier fantasma —su voz era amable.
—Tampoco yo creo en fantasmas —dijo Melantha Jhirl mientras fruncía el ceño.
—Llámenlo como quieran —dijo Royd—, mi opinión y terminología son tan buenos como cualquiera. La realidad es irrevocable. Mi madre, o alguna parte de ella, vive en el Volador Nocturno, intentará matarlos a todos. No es la primera vez.
—Royd, sus palabras no tienen sentido —dijo D'Branin—, yo...
—Karoly, deja al Capitán explicar la situación.
—Bien, así es —dijo Royd—. El Volador Nocturno es una nave ultramoderna, automatizada, autoreparante, grande. Así debía ser, pues mi madre deseaba suprimir tripulantes. Fue construida en Newholme como recordarán. Nunca he estado allí, pero entiendo que su tecnología es muy sofisticada. En Avalón no hubiera sido posible construir una nave semejante, me temo. Pocos mundos pudieron haberlo hecho.
—Al grano, Capitán.
—Bien, el punto son las computadoras, Melantha. Debían de ser extraordinarias, lo son, créanme. Son esencialmente de cristal, su data con rejilla laser y otros complementos no menos sorprendentes.
— ¿Trata usted de decirnos que el Volador Nocturno es una Inteligencia Artificial?
—No, no a mi forma de ver, pero sí algo muy próximo a ello. Mi madre poseía una capacidad de personalidad impresa. Dotó al cristal central con sus recuerdos, deseos, ansias, amores y odios. Por ello le confió mi educación a la computadora, ¿ven? Como me hubiera educado ella misma, si hubiera tenido la paciencia. La programó además para otros fines.
— ¿Y no puede usted reprogramarla? —preguntó Karoly.
Una especie de desesperación se apoderó de la voz de Royd.
—Lo he intentado Karoly, pero me veo impotente en cuestión de sistemas, y los programas son muy complicados, las máquinas muy sofisticadas. Cuando menos en tres ocasiones he erradicado a mi madre, pero siempre aparece de nuevo. Es un fantasma programado y no puedo deshacerme de ella. Va y viene a su libre alberdrío. Es un fantasma, ¿acaso no lo ven? sus recuerdos y su personalidad están inmiscuidos en los programas de la nave, y yo no puede deshacerme de ella sin dejar el sistema intacto. Eso me dejaría indefenso. No podría reprogramarme, y sin las computadoras la nave fallaría, tendría que abandonarla y eso me mataría.
—Debió de habérnoslo contado antes —dijo Karoly d'Branin—, en Avalón existen muchos cibernéticos muy capacitados. Podíamos haberlo ayudado en forma experta.
—Karoly, he tenido ayuda experta. En dos ocasiones traje a bordo a dos especialistas de sistemas. El primero me dijo exactamente lo que yo acabo de decirles; resultaría imposible el no dañar todo el sistema. La segunda había sido entrenada en Newholme. Había una posibilidad. . . pero mi madre lo mató.
—Aún omite usted algo —dijo Melantha Jhirl—. Entiendo como puede su cibernético fantasma abrir y cerrar las cerraduras de aire, así como arreglar otros accidentes similares. Pero ¿cómo explica usted la muerte de nuestro telépata?
—En esto último debo cargar con la culpa —contestó Royd—. Mi soledad me condujo a un grave error. Pensé que tal vez podría resguardarlos, incluso con un telépata entre ustedes. No he tenido problemas con otros viajeros. Los observo constantemente y los aconsejo no realizar actos peligrosos. Si mi madre interfiere o intenta hacerlo la contramando directamente desde el cuarto de controles. Generalmente eso resulta. No siempre. Antes de ustedes ya había matado en cinco ocasiones, los primeros tres murieron cuando yo era muy joven. Fue así como aprendí acerca de ella. La primera remesa incluía también a un telépata.
—Debí habérmelo imaginado, Karoly. Mi hambre de vivir los ha condenado a muerte. Sobreestimé mis propias habilidades y subestimé el temor de mi madre a la exposición. Ataca cuandose ve amenazada y los telépatas siempre han sido una amenaza. Ellos la sienten. Una extraña y maligna presencia, algo fresco, hostil e inhumano.
—Es cierto —dijo Karoly d'Branin—. Eso fue lo que él dijo—. Algo extraño, aseguraba.
—Sin duda se siente extraña hacia un telépata habituado a los contornos familiares de las mentes orgánicas. Su cerebro no es humano. Es tan sólo un complejo de recuerdos cristalinos, una diabólica red de programas herméticos, una mezcla de circuitos y espíritu. Comprendo el porqué se siente extraña.
—Aun no nos explica como un programa computado pudo hacer explotar el cerebro de un hombre —dijo Melantha pacientemente.
— ¿Alguna vez has sostenido una joya susurrante? —le preguntó Royd.
—Sí—replicó ella. Incluso había poseído una; un obscuro cristal azul, pleno de recuerdos de sus satisfacciones particulares acerca del acto del amor. Había sido fabricado en Avalón, sus sentimientos se encontraban impresos dentro, y durante más de un año, ella tan sólo debía tocarlo para sentirse bien. Finalmente se desvaneció y posteriormente la perdió.
—Entonces comprendes que el poder psiónico puede ser almacenado —dijo Royd—, la corteza central de mi sistema de computación es de cristal. Tal vez mi madre dejó su impresión al morir.
—Tan sólo el esperón puede cincelar esta joya —dijo Royd—, ni tú, Melantha. Jamás me preguntaron el porqué el odio de mi madre hacia la gente. Nació dotada. En Avalón hubiese sido de la primera clase, aprobada, entrenada y honrada. Su talento se nutría y fructificaba. Hubiera sido muy famosa, incluso más fuerte que los de la primera clase, pero tal vez fue después de su muerte que adquirió tal poder, ligada como lo ha estado al Volador Nocturno.
—El punto es discutible. Ella no nació en Avalón. En su mundo natal, sus habilidades eran vistas como un curso, algo extraño y digno de temor. La curaron de ello, por medio de drogas choques eléctricos e hipnosis. Cuando trataba de usar su talento se enfermaba violentamente. Jamás perdió el poder, por supuesto, sólo la habilidad dé usarlo con efectividad, de controlarlo. Le recordaba sus partes erráticas, suprimidas, fuente de su pena y dolor. Media década de cura institucional casi la vuelve loca. Ahora comprendo su odio hacia la gente.
— ¿Cuál era su talento? ¿La telepatía?
—No, tal vez alguna habilidad rudimentaria. Leí que todos los talentos síquicos poseen habilidades latentes en adición a su fuerza desarrollada. Pero mi madre no podía leer la mente. Poseía cierta empatia, aunque su cura la torció curiosamente y sus emociones la enfermaban. Su mayor fuerza, el talento aquel que le destruyeron al cabo de cinco años, era la telekinesis.
Melantha Jhirl exclamó. —Ahora comprendo su odio por la gravedad. La telekinesis bajo la ingravidez es. . .
—Así es —concluyó Royd—. El mantener el Volador Nocturno bajo la gravedad me tortura, pero limita a mi madre.
Qudaron en silencio. Cada cual miraba hacia el obscuro cilindro del cuarto de mando. Karoly d'Branin se movía con lentitud en su trineo. —No han vuelto —dijo.
—Tal vez ya han muerto —dijo Royd.
— ¿Qué haremos amigo mío? Debemos planear algo. No podemos esperar aquí por siempre.
—Lo primero es, ¿qué debo hacer yo? — Preguntó Royd—, he hablado libremente, como lo habrán visto. Merecían saberlo. Hemos pasado el punto en ddnde la ignorancia era protectora. Ahora las cosas han ido demasiado lejos, obviamente. Ha habido muchas muertes y ustedes las han atestiguado todas. Mi madre no les permitirá regresar a Avalón con vida.
—Es cierto —dijo Melantha—, pero ¿que hará ella respecto a usted? ¿Se encuentra su propio status en duda, Capitán?
—El meollo del asunto—admitió Royd—, es ése. Aún me llevas tres jugadas de delantera, Melantha. Me pregunto si eso será suficiente. Tu oponente se encuentra a cuatro movimientos adelante, y ya se ha comido la mayoría de tus peones. El jaque mate es inminente, me temo.
—No si logro persuadir al rey de mi oponente a rendirse.
Vio como Royd le sonreía. —Posiblemente ella me mataría a mí también si me quedara con ustedes.
Karoly d'Branin dijo lentamente: —Pero ¿Qué otra cosa podría usted. . ?
—Mi trineo posee un láser. No así el suyo. Podría matarlos a ambos en este instante y lograr mi inmediata aceptación al Volador Nocturno.
Tres metros separaban a los trineos, y los ojos de Melatha se encontraron con los de Royd. Sus manos descansaban sobre los controles. —Podría intentarlo, Capitán. Recuerde, no es fácil matar a una modelo superada.
—No podría matarte, Melantha Jhirl —dijo Royd con seriedad—. He vivido 68 años y no los he vivido del todo. Estoy cansado y tú cuentas unas excelentes mentiras. Si perdemos, moriremos todos juntos. Si ganamos, de todos modos moriré, cuando destruyan el Volador Nocturno. No podré vivir en un hospital orbital para deformes, yo preferiría morir.
—Le construiremos una nueva nave. Capitán —dijo Melantha.
—Mentirosa —contestó Royd en tono festivo—, no importa. Mi vida no significa tanto. No me asusta la muerte. Si ganamos debes contarme acerca de tu volcryn, Karoly. Tú Melantha, debes darme la revancha en ajedrez y. . .
— ¿Y  hacer el  amor con  usted?  —concretó ella sonriente.
—Si fueras tan amable. Nunca he acariciado a nadie. Mi madre murió antes de mi nacimiento —se encogió de hombros—. Bueno, ella ha escuchado nuestros planes. No tiene caso hacerlos. Ahora la cerradura de control no me admitirá, pues está cerrada directamente por la computadora de la nave. Debemos seguir a tus colegas dentro del cuarto de manejo y entrar por la cerradura manual, esto es, aprovechar todas las oportunidades. Si puedo llegar a las consolas y restaurar la gravedad, tal vez. ..
Un leve quejido lo interrumpió.
Por un instante Melantha pensó que el Volador Nocturno gemía frente a ellos de nuevo y le sorprendió que intentara la misma estúpida táctica por segunda ocasión. Surgió otro gemido y tras del trineo de Karoly el olvidado cuarto sobreviviente luchaba contra los eslabones que la hacían caer. D'Branin se apresuró a liberarla, y la psíquica intentó levantarse y casi flotó sobre el trineo, pero la mano de Karoly tomó la suya y la bajó.
— ¿Se encuentra bien? —le preguntó—. ¿Me escucha? ¿Siente dolor?
Apresada bajo un visor transparente, unos inmensos y asustados ojos pasaron de Karoly a Melantha, hasta Royd y luego hacia el maltrecho Volador Nocturno. Melantha se preguntaba si la mujer estaba loca y comenzó a prevenir a D'Branin, cuando la psíquica habló de súbito.
— ¡El volcryn! ¡El volcryn! , ¡Oh! , ¡El volcrynl¡ , —fueron sus palabras.
Alrededor de la boca del cuarto de manejo, el anillo de máquinas nucleares destelló levemente. Melantha Jhirl escuchó a Royd respirar con furia. Los controles propulsores de su trineo sufrieron un violento giro. —Apurémonos —dijo ella—, el Volador Nocturno se prepara a partir.
A un tercio de distancia de la cámara del cuarto de manejo Royd se colocó frente a ella, rígido y amenazante en su negra y abultada armadura. Uno junto a otro navegaron más allá de las cilindricas rutas siderales y del matrimonio cibernético; más allá, tenuemente iluminado, se encontraba la cerradura de aire principal y su hórrido centinela.
—Cuando alcancemos la cerradura, salten a mi trineo. Deseo permanecer armado y montado y la cámara no es suficiente para dos trineos.
Melantha  Jhirl  miró  hacia  atrás.  —Karoly,  ¿dónde estás?
—Estoy  afuera  Melantha,  no  puedo  entrar,  discúlpenme.
—Pero debemos permanecer juntos —dijo ella.
—No —contestó D'Branin—, no puedo correr el riesgo, no ahora. Sería trágico e inútil, Melantha, estar tan cerca y fracasar. No me importa la muerte, pero debo verlos primero, después de todos estos años —su voz era firme y calmada.
—Karoly, mi madre va a mover la nave, ¿no lo entiendes? Te perderás.
—Esperaré. Mi volcryn se acerca, lo esperaré.
No había tiempo para más conversación, pues la cerradura de aire se encontraba casi sobre ellos. Ambos trineos se detuvieron y Royd comenzó el ciclo mientras Melantha se movía hacia la parte posterior del inmenso y oval trineo. Cuando la puerta exterior se encontró frente a ellos, se introdujeron.
—Cuando se abra la puerta interior, comenzará. La mayoría del mobiliario está fijo, pero los objetos de ustedes no lo están. Mi madre los utilizará como armas. Cuídate de las puertas, de las cerraduras de aire, de cualquier equipo atado a la computadora del Volador Nocturno. Es por demás decirte y advertirte que no te desabroches el traje.
—De acuerdo —contestó ella.
Royd comenzó a manejar el trineo lentamente, y sus deslizadores producían un sonido metálico al tocar el piso de la cámara.
La puerta interior se abrió y Royd activó los propulsores. Dentro se encontraban los lingüistas. Ambos nadaban en una sangrienta neblina. El hombre había sido cercenado desde el estómago hasta la garganta y sus intestinos se movían como un nido de pálidas y furiosas serpientes. La mujer aún se aferraba al cuchillo. Flotaban juntos con una gracia jamás tenida en vida.
Royd levantó los deslizadores y los estrelló de lado. El hombre muerto se estrelló contra la mampara y dejó una amplia y mojada huella y más intestinos comenzaron a salirse. La mujer perdió el control sobre el cuchillo. Royd aceleró a través del pasillo, entre aquella nube de sangre.
—Te cubriré las espaldas —dijo Melantha mientras se volteaba. Ambos cadáveres se encontraban a sus espaldas. El cuchillo flotaba en el aire. Melantha volteó para decirle a Royd que se encontraba bien cuando de pronto la filosa hoja comenzó a perseguirlos, como si alguna fuerza invisible la dirigiera.
— ¡Cuidado! —gritó ella.
El trineo se impulsó salvajemente hacia un lado. El cuchillo pasó a un metro de ellos.
Pero no cayó. Se enfiló de nuevo hacia ellos.
— La puerta es demasiado angosta —dijo Royd—. Abandonaremos el trineo, Melantha. —Incluso al hablar chocaron: dirigió el trineo directamente dentro del marco de la puerta, y de súbito el impacto los lanzó.
Durante un momento Melantha flotó con cierta gracia por el corredor, mientras trataba de balancearse. El cuchillo oscilaba amenazante frente a ella, le rasgó el traje y el hombro. Sintió un dolor intenso y una cálida emanación de sangre. — ¡Maldición! —gritó. El cuchillo apareció de nuevo y esparcía gotas rojas por doquier.
En un movimiento Melantha lo agarró.
Masculló algo y liberó al cuchillo de la fuerza que lo controlaba.
Royd había recuperado los controles del trineo e intentaba manipularlo. Más allá, en la semi obscuridad de la estancia, Melantha vio la obscura forma de un cuerpo semihumano flotar.
— ¡Royd! —le advirtió, cuando de pronto la cosa aquella activó su láser. El haz le pegó a Royd en el pecho.
El se aferró a su propia arma de fuego. El láser de un trineo redujo a cenizas el arma del xenobiólogo y le quemó el brazo derecho y el pecho. El pulsante tiro pendía en el aire, e hizo humear la mampara del bar.
Royd hizo algunos ajustes y comenzó a horadar el muro.
—Cruzaremos dentro de cinco minutos a lo mucho —dijo.
— ¿Te encuentras bien? —le preguntó Melantha.
—Me ecuentro ileso. Melantha, Mi traje es más resistente que el de ustedes y su láser era un juguete de poca potencia.
Melantha miró hacia atrás, con atención.
Los lingüistas se impulsaban hacia ella, a ambos lados del pasillo, como para atacarla de dos distintos ángulos. Flexionó sus músculos. Su hombro latía donde había sido cortado. Fuera de eso se sentía fuerte, casi con osadía. —Ahí vienen los cadáveres—le dijo a Royd—, voy a enfrentarlos.
— ¿Es eso aconsejable? —preguntó él—. Son dos.
—Soy una modelo superada y ellos están muertos. —Salió del trineo y flotó hacia el hombre. Este levantó sus manos para bloquearla. De un manotazo, Melantha se las apartó. Le dobló un brazo y lo escuchó tronar, le enterró el cuchillo en la garganta antes de comprender lo inútil de su acción. El hombre continuaba con su acoso. De su boca emergieron unos grotescos colmillos.
Melantha extrajo la hoja, lo agarró y con toda su fuerza lo arrojó fuera del corredor. El cuerpo se tambaleó, giró y desapareció tras la niebla de su propia sangre.
Melantha voló en dirección opuesta.
Las manos de la mujer, la rodearon por detrás.
Unas afiladas uñas trataban de rasgar la mascarilla hasta sangrar. Sobre el plástico quedaron manchas de sangre.
Melantha giró y encaró a su atacante, la tomó de un brazo y la aventó con todas sus fuerzas contra su compañero de lucha.
—He terminado —dijo Royd.
Melantha lo miró. Un humeante metro cuadrado había sido cortado. Royd apagó el láser, asió los dos lados del marco y se impulsó al interior.
Una penetrante ola sonora le estalló en los oídos a Melantha. Se dobló en agonía. Sacó su lengua y apagó el comunicador; apareció un bendito silencio.
Llovía en el bar. Utensilios de cocina, vasos, platos, pedazos de cuerpos humanos eran lanzados por todo el cuarto, sin lastimar a Royd. Melantha —ansiosa por seguirlo— retrocedió indefensa. Aquella lluvia de muerte hubiera atravesado su frágil traje y la hubiera despedazado, Royd desapareció tras el muro de la sección secreta de la nave. Melantha se encontraba sola.
El Volador Nocturno, bramó, y una súbita aceleración le proporcionó breve semejanza gravitacional. Melantha fue arrojada hacia un lado. Su hombro lastimado golpeó dolorosamente contra el trineo.
Todas las puertas del pasillo comenzaron a abrirse.
Los lingüistas avanzaban de nuevo hacia ella.
El Volador Nocturno era una distante y titilante estrella de máquinas nucleares. La obscuridad y el frío lo envolvieron, abajo se encontraba la infinita soledad del Velo de Tempter, pero Karoly d'Branin no sentía miedo. Se sentía extrañamente transformado. La nada estaba latente de promesas.
—Ya vienen —murmuró Karoly—, lo presiento, a pesar de no ser psíquico. La historia Crey debe ser así, incluso a años-luz pueden ser presentidos. Maravilloso.
La psíquica parecía muy pequeña. —El volcryn —murmuró—. No puede redituarnos ningún bien, Me duele. La nave se ha ido. D'Branin me duele la cabeza. —Hizo un pequeño ruido temeroso—. Eso dijo el chico justo después de ser inyectado, antes de. . . ya sabes. Mencionó su jaqueca.
—Calma, amiga. No tengas miedo. Yo estoy contigo. Espera. ¡Seremos testigos de algo grandioso! Sólo piensa en ello.
—Puedo sentirlos —dijo la psíquica.
D'Branin estaba ansioso. —Dime. . . tenemos un trineo. Vayamos a su encuentro. Gu íame.
—Sí, sí.
Retornó la gravedad: en un parpadeo, el universo recobró su normalidad.
Melantha cayó sobre la cubierta, giró y se levantó con agilidad felina.
Aquellos objetos flotantes que salían de las puertas abiertas del corredor comenzaron a caer ruidosamente.
La sangre se había transformado en una gruesa capa sobre el piso.
Ambos cadáveres cayeron, inmóviles.
Royd le habló. Su voz provenía de los intercomunicadores de los muros, y no del de su traje. —Lo logré.
—Ya lo noté.
—Me encuentro en la consola de contral principal. Logré restaurar la gravedad manualmente, y estoy cortando las posibles funciones de la computadora. Aún no estamos a salvo. Ella intentará localizarme. Lucho contra sus mandatos a fuerza bruta. No puedo arriesgarme a omitir ningún detalle, ni perder mi atención, eso significaría. . . Melantha, ¿Te rasgaron el traje?
—Sí, a la altura del hombro.
—Ponte otro de inmediato. El conteo programado mantendrá las puertas cerradas pero no debemos arriesgarnos.
Melantha corría por el corredor hacia los compartimientos de carga en donde se encontraban almacenados los trajes.
—Cuando te hayas cambiado —continuó Royd—, arroja los cadáveres en la unidad de conversión masiva. Encontrarás el cerrojo apropiado junto al cuarto de manejo, a la izquierda de la cerradura principal. Echa además todos aquellos objetos no indispensables.
—Como ¿cuchillos?
—Así es.
— ¿Es aún la telekinesis una amenaza, Capitán?
—Mi madre se debilita con los campos de gravedad. Debe luchar contra ello. Aun favorecida por el poder del Volador Nocturno sólo puede mover un objeto a la vez y únicamente dispone de una fracción de la fuerza levitante bajo condiciones ingrávidas. Pero el poder aún está ahí; recuérdalo, Ademas tal vez encuentre la forma de rodearme y logre cortarme la gravedad de nuevo. Desde aquí puedo restaurarla al instante. Y no quiero ningún arma por allí.
Melantha llegó al área de carga. Se quitó su traje y se puso otro en un tiempo récord. Recogió su antiguo traje, varios instrumentos y los arrojó dentro de la cámara de conversión. Luego prestó atención a los cadáveres. El hombre no significaba problemas. La mujer reptaba por el corredor tras ella cuando Melantha arrojó a su compañero dentro de la cámara; ella presentó cierta resistencia al llegar su turno, un triste recordatorio de que los poderes del Volador Nocturno aún no desaparecían. Melantha fácilmente ganó la pelea.
El cadáver del xenobiólogo no había sido tan problemático, y mientras limpiaba la estancia, un cuchillo de cocina se dirigía hacia su cabeza lentamente. Melantha lo agarró y lo agregó a la pila dentro del cuarto de conversión.
Trabajaba en la segunda cabina, llevaba consigo las abandonadas drogas de la psíquica y la jeringa, cuando escuchó el grito de Royd.
Un instante después, una gigantesca mano invisible se aferró a su pecho y la lanzó sobre el suelo.

Algo se movía junto a las estrellas.
D'Branin apenas podía verlo, sin detalle. Sin embargo, ahí estaba, sin lugar a dudas, alguna forma vasta, la cual bloqueaba cierta sección del panorama estrellado. Se acercaba a ellos irremediablemente.
Deseó haber tenido ahí su equipo, el telépata, sus expertos y sus instrumentos.
Presionó con más fuerza los propulsores.
Clavada al piso, lastimada, Melantha Jhirl activó riesgosamente el intercomunicador de su traje. Debía de comunicarse con Royd. — ¿Estás ahí? ¿Qué sucede? —la presión era terrible, y empeoraba. Apenas podía moverse.
Surgió una dolorosa respuesta. . .—vencieron. . . me. . . me duele hablar. —Royd hablaba con esfuerzo—. . . Ella. . . Telekine-sis. . . marca . . . hacia arriba . . . dos. . . g'es. . . tres. . . más alto. . . derecha. . . aquí... en. . . el. . . tablero. . . todo . . . sólo. . .debo... regresarlo. . . voy a . . .
Silencio. Melantha se encontraba al borde de la desesperación cuando de nuevo se escuchó la voz de Royd. Una palabra: —... no puedo. . .
Melantha sentía como si su pecho soportara tres veces su peso. No podía imaginarse la agonía de Royd. Royd, para quien la mínima presencia de gravidad le resultaba dolorosa y peligrosa. Aunque el disco se encontrara a su alcance, Melantha sabía que la débil musculatura de Royd le impediría alcanzarlo
— ¿Porqué?— Comenzó a hablar con más libertad que Royd
— ¿Por qué prendería la. . . gravedad. . . eso también la debilita a ella, ¿no es así?
—. . . sí. . . pero en un tiempo. . . hora. . . minuto. . . mi. . . corazón. . . estallará. . . y. . . entonces. . . tú sola. . . ella. . . apagará la gravedad. . . te matará.
Dolorosamente, Melantha estiró su brazo y se arrastró hacia el corredor. —Royd. . . aguanta. . . ahí voy. .. —Se arrastró de nuevo. Traía consigo las drogas de la psíquica. Dejó su carga y la hizo a un lado, reconsideró. En vez de ello abrió la tapa.
Las ampolletas se encontraban etiquetadas limpiamente. Comenzó a buscar adrenalina o sintastima. Cualquier cosa capaz de restaurar las fuerzas necesarias para llegar hasta Royd. Encontró varios estimulantes y seleccionó el más potente, introdujo el líquido en la jeringa con torpeza, su agonía disminuyó al ver la provisión de esperón.
Melantha no sabía el porqué de su duda. El esperón era tan solo una droga psiónica entre la media docena del estuche, pero algo le molestó al verlo, recordó algo confuso. Intentaba averiguarlo cuando escuchó el ruido.
—Royd —dijo—. Tu madre. . . ¿Podrá mover. . . no podría mover nada. . . telekinesis. . . a este nivel de gravedad. . ? ¿Podría?. . .
—Tal vez. . . si. . . concentra. . . todo su. . . poder. . . ¿Por qué?
—Algo o alguien comienza a entrar por la cerradura de aire.
La nave volcryn llenó el universo.
—No es realmente una nave, no como yo me la imaginaba —decía Karoly d'Branin. Su traje de diseño Académico, tenía una especie de grabadora, y él grababa sus comentarios para la posteridad, extrañamente seguro de su inminente muerte—, es difícil calcular el tamaño. Inmenso. Sólo poseo mi computadora de brazalete, sin instrumentos, no puedo precisar dimensiones, pero yo diría, cien kilómetros, tal vez 300 de anchura. No es una masa sólida. Es delicada y dista mucho de nuestra noción de naves. Es. . . ¡ah! hermosa —es de cristal y tul, con vida propia en sus tenues luces, una especie de vasta nave de intrincado aspecto de telaraña— me recuerda un poco a las embarcaciones de velas de estrellas que solían usarse, en los días anteriores a las rutas, pero esta grandiosa construcción no es sólida, no puede ser operada por medio de luz. De ninguna manera es una nave, en realidad. Está completamente abierta al vacío, no tiene cabinas selladas ni esferas de soportes vitales, no veo nada de esto, a menos que mi alcance visual no llegue a tanto, pero no, no lo creo. . . es demasiado abierta, demasiado frágil. Avanza con mucha rapidez. Hubiera deseado el instrumental para medir su velocidad, pero me conformo con haberla visto. Voy a dirigir nuestro trineo hacia sus ángulos rectos. Para no obstruir su camino, aunque no puedo asegurar lograrlo. Se mueve mucho más rápidamente que nosotros. No a la velocidad de la luz, no, mucho menos que eso, pero aún con más velocidad que el Volador Nocturno con sus motores nucleares, diría yo. Es sólo una suposición.
—Las naves volcryn carecen de medios visibles de propulsión. Es más —me preguntó cómo —quizás sí sea una vela-luz, impulsada por láser hace milenios y hoy rota y podrida por alguna catástrofe inimaginable. . . pero no, es demasiado simétrica, demasiado bella, su tejido finísimo, sus grandiosos y resplandecientes velos cerca del nexo, su belleza toda.
—Debo describirla, debo detallar más, lo sé. Es difícil estoy muy excitado. Es inmensa, kilómetros de largo como ya he dicho. Si, tiene forma hexagonal. Los nexos, el centro, son áreas brillantes, pobladas de pequeñas zonas obscuras, los cuales parecen sólidos, los iluminados son traslúcidos. Puedo ver las estrellas del otro lado, aunque algo descoloridas, girados hacia lo morado. Velos, así los llamo, de los nexos y los velos parten ocho inmensas espuelas protectoras, sin espacios simétricos, por lo cual el octágono no es perfecto. ¡Oh!, ahora lo veo mejor, una de las espuelas no está derecha, gira lentamente, los velos corren entre una y otra espuela, una y otra vez, y hay además unos modelos extraños, no es tan simple como una telaraña, no siento orden en todo esto, el significado espera a ser descubierto.
—Hay luces. ¿Ya lo había mencionado? Son más brillantes alrededor del nexo central, los demás son tenues violetas. Alguna radiación visible, no mucha. Me gustaría tomar una lectura ultravioleta de la nave, pero carezco del instrumental. Las luces se mueven. Los velos se agitan, y las luces corren constantemente por las espuelas, a distinta velocidad y, a veces, otras luces pueden verse al atravesar las redes sobre los patrones. Ignoro el origen de las luces o si emanan de dentro o fuera de la nave.
—Los mitos del volcryn, esto no se asemeja mucho a la leyenda. Sin embargo, ahora recuerdo un reporte del Nortalush en donde se dice que las naves volcryn eran inmensas, y lo temé como una exageración. Y las luces. El volcryn siempre ha sido relacionado con luces, pero esos reportes eran tan vagos que tal vez no hubiera significado nada, o descrito un sistema de propulsión láser, sino simple iluminación exterior. No pude comprenderlo, ¡Ah!, qué misterios. La nave se encuentra demasiado alejada de mí para detallarla con más exactitud. Tal vez el área obscura sea una cápsula, una nave.
El volcryn debe estar dentro. Ojalá y mi equipo estuviese conmigo, mi telépata era de primera clase, pudimos haber hecho contacto, comunicarnos con ellos. ¡Las cosas que hubiéramos aprendido! ¡Las cosas que hubiésemos visto! Para darse una idea de lo ancestral de esta nave, de esta raza, ¿durante cuánto tiempo han navegado sin rumbo? ¡Me llena de admiración!. . . La comunicación hubiera sido un regalo, imposible, ellos son tan extraños.
— ¡D'Branin! —Dijo la psíquica en voz baja—, ¿no lo siente? Karoly d'Branin miró a su compañera como si lo hiciera por primera vez.
— ¿No los sientes? Eres un tercer grado, ¿no los sientes? ¿Con fuerza?
—Hace mucho —dijo la psíquica— hace mucho.
— ¿Puedes proyectar? háblales. ¿Dónde están? ¿Enel área central?
—Sí —contestó ella. Rió. Su risa era histérica y D'Branin hubo de recordar su grave enfermedad—. Si, en el centro, D'Branin. De allí provienen los impulsos, pero tú estás equivocado. No es uno de ellos. Tus leyendas son una mentira, mentira; no me sorprendería si fuéramos los primeros en ver el volcryn, en ser los primeros en acercarnos tanto. Y además, esos extraños tuyos, tan sólo sintieron, profunda y distantemente, sintieron algo de la naturaleza del volcryn, en sus sueños, visiones, e inventaron el resto. Naves y guerras, y una raza de viajeros eternos, eso es todo. . . todo.
— ¿Qué quieres decir, amiga mía? —Preguntó Karoly— No tiene sentido, no entiendo.
—No —dijo la psíquica con voz gentil—. No lo entiendes. No puedes sentirlo como yo. Es tan claro ahora. Esto debe sentir un número uno. Alguien repleto de esperón.
— ¿Qué sientes, qué?
—No es ellos Karoly —dijo la psíquica—. Es un "eso", vivo, Karoly, sin mente, te lo aseguro.
— ¿Sin mente? —Preguntó Karoly—. No, debes estar equivocada, no lees correctamente. Acepto que se trata de una criatura solitaria, un viajero interestelar, pero ¿sin mente? Tú lo sentiste, su mente, sus emanaciones telepáticas. Tal vez sus pensamientos son demasiado extraños y no tos puedes. . .
—Tal vez —admitióla psíquica—, pero lo que leo no es tan terrible ni extraño. Es animal. Sus pensamientos son lentos, obscuros y extraños, duros, leves. El cerebro debe ser inmenso, te lo garantizo, pero no puede estar dedicado al pensamiento consciente.
— ¿Qué quieres decir?
—El sistema de propulsión, D'Branin. ¿Acaso no lo sientes? ¿Las pulsaciones? Amenazan volarme la tapa de los sesos. ¿Acaso no adivinas qué es lo que conduce tu maldito volcryn a través de la galaxia? ¿Por qué evitan pozos de gravedad? ¿Acaso no adivinas cómo se mueve?
—No —dijo D'Branin, pero en su negativa, apareció un leve rasgo de comprensión y volvió a mirar la inmensidad del volcryn de luces movedizas, de velos agitados, mientras seguía y seguía, a través de años-luz, años- siglos- eones.
Cuando volvió a mirarla, tan sólo murmuró una palabra: —Telekinesis. —El silencio llenó su mundo.
Ella asintió.
Melantha Jhirl luchó para lograr inyectarse en una arteria. La jeringa siseó y la droga comenzó a fluir en su organismo. Se recostó para reunir fuerzas, para intentar pensar. Esperón esperón. ¿Por qué era tan importante? Había matado al telépata tras hacerlo víctima de sus propias habilidades, triplicó su poder y su vulnerabilidad. Psique. Todo se basaba en eso.
La puerta interna de la cerradura de aire se abrió. El cadáver decapitado emergió.
Se movía con espasmos y arrastraba los pies sin levantarlos del piso. Oscilaba, semi encorvado por el peso. El arrastre era crudo y súbito; alguna fuerza extraña literalmente le manipulaba las piernas. Se movía con lentitud, con los rígidos brazos pegados al cuerpo.
Sin embargo se movía.
Melantha hizo acopio de fuerza y comenzó a arrastrarse lejos de allí, sin perderlo de vista.
Sus pensamientos giraban en busca de la solución, del jaque mate de aquel juego de ajedrez. . . nada.
El cadáver se movía con más rapidez que ella.
Melantha intentó levantarse y sólo logró arrodillarse, su corazón latía con fuerza. Sobre una rodilla, ahora. Intentó un supremo esfuerzo para ponerse de pie, levantar la imposible carga sobre sus hombros. Ella era fuerte, una modelo superada.
Cuando recargó todo su peso sobre una pierna, sus músculos no lo resistieron. Se derrumbó torpemente y cuando cayó sintió como si lo hubiera hecho desde un edificio. Escuchó un agudo ¡zas!, y una punzada de agonía le recorrió el brazo utilizado para amortiguar la caída. Se tragó las lágrimas y se ahogó en su propio grito.
El cadáver se encontraba a medio pasillo. Caminaba sobre dos piernas rotas. Eso carecía ya de importancia.
—Melantha. . . te escuché. . . ¿Éres tú... Melantha?
—Calla —le murmuró a Royd. No podía desperdiciar su aliento en pláticas.
Sólo tenía un brazo sano: Utilizó las disciplinas aprendidas por ella misma y soportó el dolor. Pateó débilmente, sus botas intentaban alejarse, y se ayudaba con su brazo bueno.
El cadáver amenazaba.
Se arrastró a través del umbral de la estancia, y se abrió camino bajo los restos del trineo, "tal vez esto lo mantenga ocupado", pensó.
Se encontraba un metro a sus espaldas.
En la oscuridad de la estancia en donde todo aquello había comenzado, Melantha Jhirl perdió todo contacto con sus fuerzas.
Su cuerpo se estremeció, y sufrió un colapso sobre la húmeda alfombra, comprendió su imposibilidad para continuar.
En la puerta, el cadáver se detuvo con rigidez. El trineo comenzó a mecerse. De pronto, tras el choque de metal contra metal, comenzó a retroceder, lentamente, ya no era un obstáculo.
Psique. Melantha rompió en llanto. Vanamente imploraba por poderes psíquicos, un arma capaz de aplastar aquel cadáver manipulado que la acosaba. Era una modelo superada, pero no lo suficiente. Sus padres le habían dado todos los dones genéticos posibles, pero el psique era algo desconocido por ellos. El gene era una rareza astronómica, recreativa y. . .
... Y de pronto le llegó.
— ¿Royd! —Gritó— ¡El disco. . . ¡Telekinéalo! La respuesta fue problemática. —. . . no... Puedo. . . madre... puede. . . yo no.
—No tu madre —dijo ella desesperada—, tú siempre. . . dices. . . madre. Me olvidé. . . no tu madre. . . escucha. . . eres un clon. . .los mismos genes. . . tú lo tienes también, ese poder.
—No —dijo él—, nunca. . . debe ser. . . eslabonado sexualmente.
— ¡No!  No es así. Yo sé. . .acerca de genética. . . inviértelo. El trineo saltó un tercio de metro. El paso estaba libre. El cadáver avanza.
—. . . Trato —dijo Royd—. Nada. . . no puedo.
—Ella te curó —dijo Melantha acremente—, mejor que. . .ella. . . curada. . . prenatal. . . pero es tan sólo. . . supresión. . . ¡tú puedes!
—Yo no sé. . . cómo. . .
El cadáver se detuvo frente a ella. Unas pálidas manos comenzaron a temblar con espasmos. Comenzaron a erguirse.
Melantha maldijo, lloró y cerró su puño vanamente.
Fue entonces cuando la gravedad desapareció. A lo lejos escuchó el grito de Royd y después el silencio.
El cadáver se ladeaba torpemente en el aire y sus manos parecían de trapo. Melantha al girar por la ingravitación, se aprestó a defenderse del furioso ataque.
El cuerpo se quedó inmóvil. Flotaba muerto y quieto. Melantha se acercó hasta él y lo empujó. Vio cómo salía del cuarto.
— ¿Royd? —preguntó con incertidumbre.
No hubo respuesta.
De un tirón cruzó el boquete y entró en la cámara central.
Ahí estaba Royd Eris, amo del Volador Nocturno boca arriba. Estaba muerto. Su corazón no había soportado.
Sin embargo, el disco de la rejilla gravitacional se encontraba en cero.

Yo he tenido el alma cristalina de Volador Nocturno en mis manos.
Es profunda, roja y multifacética, larga como mi mano, gélida. En sus profundidades plateadas, titilan dos pequeñas luces con fiereza y a veces parecen girar.
Me he arrastrado por las consolas, he caminado por sinuosidades entre guardianes y cibernéticos, sin dañar nada, además he puesto mis rudas manos sobre aquel grandioso cristal, en donde ella vive.
No soy capaz de olvidarlo.
El fantasma de Royd me ha pedido no hacerlo.
Anoche ambos platicamos acerca de aquello una vez más, entre copas de brandy, frente a un tablero de ajedrez, en la estancia. Royd no puede beber, claro, y me envía a su espectro, sonriente, el cual me indica su siguiente jugada.
En mil ocasiones me ha ofrecido regresarme a Avalón, o a cualquier otro mundo, si tan sólo pudiera yo salir y completar las reparaciones abandonadas hace tantos años, capaces de lograr el deslizamiento del Volador Nocturno por la ruta interestelar.
En mil ocasiones me he negado.
El es ahora más fuerte, sin duda alguna. Sus genes son los mismos. Sus poderes son los mismos. Cuando agonizaba encontró la fuerza capaz de impresionar el gran cristal. La nave vive con los dos, y con frecuencia pelean. A veces ella lo supera y el Volador Nocturno realiza cosas erráticas, extrañas. La gravedad aparece y desaparece. Al dormir se me enrrollan las cobijas en la garganta. Los objetos vuelan por doquier.
Últimamente esto sucede con menos frecuencia. Y cuando sucede, Royd la detiene o yo estando juntos, el Volador Nocturno es nuestro.
Royd reclama su fuerza a solas, dice no necesitarme para controlarla. Aún le gano nueve de cada diez partidos de ajedrez.
Aún hay otras consideraciones. Nuestro trabajo, por ejemplo. Karoly estaría orgulloso de nosotros.
El volcryn pronto entrará en la neblina del Velo de Tempter, lo seguimos de cerca. Estudiamos, grabamos y hacemos aquello que nos hubiera encomendado el viejo d’Branin. Todo está en la computadora. Además está grabado y escrito, por si la computadora fuese eliminada. Será muy interesante ver como el volcryn ingresa al velo. La materia es tan densa allí, en comparación con la delgada capa de hidrógeno sideral en donde la criatura se ha alimentado por infinitos eons.
Hemos intentado comunicarnos, sin lograrlo, dudo de su sensibilidad.
Últimamente Royd ha intentado imitar sus modos, al reunir todas sus energías en un intento por mover el Volador Nocturno por telekinesis. Algunas veces su madre lo ayuda. Hasta ahora han fallado, pero lo intentarán una y otra vez.
El trabajo continúa, es importante, aunque no dentro del campo para el cual fue entrenada en Avalón. Nuestros resultados serán conocidos por la humanidad, lo sabemos. Royd y yo lo hemos discutido. Antes de morir, destruiré el cristal central y vaciaré las computadoras, y pondré el piloto automático rumbo a algún mundo habitado. Puedo hacerlo, lo sé. Poseo todo el tiempo necesario, y soy una modelo superada.
No consideraré la otra opción, aunque significa mucho para mí, y Royd me la sugiere una y otra vez. Sin duda terminaré las reparaciones. Tal vez Royd pueda controlar la nave sin mí, y continuar el trabajo. Pero eso no es importante.
Cuando finalmente lo toqué, por primera y única vez, su cuerpo estaba aún tibio. Pero él ya no estaba. No sintió mi caricia. No pude cumplir aquella promesa.
Pero habré de cumplir ésta.
Jamás lo dejaré solo con ella.
Jamás.
10-16-2008 07:51 PM
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Re: Los mejores cuentos de ciencia ficcion
EL CUARTO DEL CODO
Por Marion Zinmmer Bradley
Los famosos guardianes de faros son ermitaños innatos o han aprendido a disfrutar más la soledad de su propia compañía que el bullicio de pueblos o ciudades. M.Z.B., escritora ya famosa por sus novelas Darkover, no es una solitaria que se sepa. Sin embargo, autora profesional posee la característica innegable en todo escritor —se pasa horas enteras en soledad en íntimo monólogo con alguna máquina— ya sea de escribir o grabadora. Así fue como la señora en cuestión ató cabitos con el siguiente resultado interplanetario.
A veces siento la necesidad de confesarme cuando me dirijo al trabajo.
Es silencioso en el primer amanecer, cuando Aleph Prime aún no se asoma por el horizonte; siempre se escucha alguna disonancia cognitíva porque, con los antígravos sintonizados a un volumen confortable, sientes que los "días" reflejarían un planeta de masas humanas, y no sólo una mini-planetoide estación espacial. Así que en el primer amanecer estás listo para un di'a de medida ordinaria; veinte horas, vientitrés o según se adapten los ritmos circandianos. Así pues, al ponerse de nuevo Prime para el primer anochecer, no estás prevenido. Tal vez con tu mente, pero no hasta donde lo necesitas: en tus entrañas. Para cuando llega el tercer amanecer, estás listo para un día en la Estación Checkout de nuevo y puedes vértelas con el tercer amanecer, con el quinto amanecer; y para el doceavo amanecer ya estás listo para ponerte la máscara de dormir, correr las cortinas y cerrar todo hasta el primer amanecer del día siguiente.
Pero en el primer amanecer concibes esa ilusión y siempre la disfruto por un rato. Es como estar realmente solo en un mundo silencioso, en un mundo real. Aun antes de llegar aquí a Checkout siempre fui un solitario, prefería mi propia compañía a cualquier otra.
Esos son los escogidos tanto para las estaciones Vortex como para Checkout. No hay mucha compañía allí. Aprendemos a darnos mutuamente cabida para el codo.
Pensarían, con solo cinco de nosotros acá —quizás somos solo cuatro; nunca he estado muy seguro de ello, las razones las expondré más tarde— tendríamos mucho trato social. Pensarían que estaríamos muy juntos y acurrucados contra la enorme agrofobia del espacio. En verdad ignoro por qué no lo hacemos. Sin embargo, pienso yo, la clase de persona adaptada para disfrutar la vida en Checkout—y la disfrute —tendría que ser un solitario. Yo me siento como una ardilla cuando hay demasiadas personas.
Desde luego, sería imposible vivir aquí solo, como yo quisiera, lo sé. Hicieron la prueba cuando empezaban los días de las estaciones Vortex. Enviaban a un hombre o a una mujer. Solo uno. Uno detrás de otro, con una regularidad monótona. Se suicidaban. Después trataron de enviar parejas bien avenidas o pequeños grupos, tipos sociables para acurrucarse y para socializarse, pero todos perdieron la chaveta y se destruyeron mutuamente. Yo sé por qué. Se hartaron uno del otro. Empezaron a depender del otro para conservar su sanidad mental y su auto-valuación. Y desde luego falló esa solución. Se tiene que ser un tipo de persona absolutamente auto-suficiente.
Así llegaron a la situación actual. Yo siempre sé que no estoy solo. Pero nunca siento la necesidad de ver a otros; no tengo que verlos si no quiero. Ignoro cuanta socialización tienen los demás, pero sospecho que son tan solitarios como yo. En realidad no me interesa, mientras no invadan mi privacía y mientras acaten las órdenes debidamente. Los amo a todos, desde luego, cuatro o cinco, los que sean. Me dijeron allá, en Condiciones Psíquicas, que esto pasaría. Pero no recuerdo cómo sucedió, si sólo pasó porque sí o lo provocaron. Yo no hago muchas preguntas. Me alegro de amarlos porque sí; odiaría la idea de amarlos por órdenes de algún tec-psíquico porque son tiernos, dulces, maravillosos y adorables. Todos ellos.
Mientras no los vea con demasiada frecuencia.
Porque soy el jefe. El control está en mis manos, ¡Es mi Estación! Una leve tendencia hacia la megalomanía, lo llaman en Psiquis. Es bueno para un Programador de Estación tener estas tendencias megalománicas, según me lo explicaron. Si pusieran a tipos humildes y auto-devaluados, empezarían a verse como diminutos piquetes de pulga sobre la vastedad del Universo, y tarde o temprano los encontrarían con una tajada en el cuello, porque se considerarían demasiado insignificantes para controlar cualquier cosa en la escala cósmica del Vortex.
Solitario, sí. Pero me gusta. Me agrada ser el jefe aquí. Y me gusta la forma de proveer mis necesidades. Pienso que tengo la mejor chef de la galaxia. Ella prepara mis platillos favoritos —me supongo recibió mi perfil de Psiquis. A veces me pregunto si los otros tienen que comer mis mismos platillos o si encargan sus preferidos. En realidad no me importa, mientras yo coma a mi gusto. También cuento con mi bibliotecaria personal con toda la música de la galaxia en la punta de sus dedos, el mejor equipo sonoro jamás conocido, estado de las artes que nunca habría podido tener allá en Ladotierra. Y mi propio jardinero, y un técnico reparador de mis fallas. Y hasta mi propio sacerdote personal. ¿Se lo pueden imaginar? Haber enviado un sacerdote hasta acá ¡sólo para atender mis necesidades espirituales! Bueno, también a las de una congregación de cuatro. O cinco. ¿O serán seis? No puedo dejar de pensar en alguien borroso en mi memoria.
El primer amanecer cede rápidamente su lugar al primer mediodía cuando me alejo del jardín para arrodillarme en el pequeño confesionario. Y digo en voz baja —Bendígame, padre, pues he pecado.
—Yo te bendigo, hijo mío. —El padre Nicolás está ahí, aunque su misa ya terminó. A veces pienso si el hecho de saber con precisión quién es el que se está confesando no violará la santificación del confesionario. Yo soy el único de pie antes del segundo amanecer. Y realmente ignoro si he pecado o no. ¿Cómo podría pecar contra Dios y mis semejantes, si me encuentro a miles de millones de kilómetros de todos a excepción de 5 o 6 de ellos? Y hasta a éstos los veo sólo de vez en cuando, no hay oportunidad de pecar con ellos ni contra ellos. Quizás sólo necesito escuchar su voz; una voz humana, una voz suave y no particularmente masculina. Y algo mas profundo; escuchar una voz que no es la mía.
—Padre, he dudado sobre la naturaleza de Dios.
—Continúa, hijo mío.
—Cuando el otro día fui a la Rueda y miraba al Vortex, me pregunté si el Vortex no sería Dios. Después de todo, a Dios no se le conoce, y el Vortex es tan totalmente extraño a la experiencia humana. ¿No es esto lo más cercano a los ojos humanos, a la visión tradicional de Dios? ¿Algo totalmente más allá de la materia, la energía y el espacio o el tiempo?
Surge un momento de silencio. ¿He impresionado al sacerdote? Pero después de un momento se escucha su suave voz en el pequeño recinto. Afuera la luz empieza a atenuarse hacia la primera obscuridad.
—No es algo malo considerar al Vortex como un símbolo de Dios en relación al hombre, hijo mío. Después de todo, los Vortex son, quizás, las creaciones más gloriosas de Dios. Está escrito en las Escrituras que los cielos cantan la gloria de Dios, y el firmamento proclama las maravillas de Su Obra.
—Pero, ¿quiere decir esto, entonces, que Dios está distante e incapacitado para amar al género humano? No puedo imaginarme al Vortex amar a nadie ni tener conciencia sobre nadie. Ni siquiera de mí.
— ¿Es un defecto adjudicado a Dios, o es un defecto de tu imaginación, hijo mío, al atribuir límites a los poderes de Dios?
Yo insisto — ¿Pero tiene algo de malo rezarle al Vortex y adorarlo?
Tras la ventanilla oigo una leve risa. —Dios escuchará tus oraciones siempre, no importa el lugar, hijo querido, y si encuentras algo digno de adoración y admiración estarás adorándolo a El, no importa el nombre. ¿Se te ofrece algo más, hijo mío?
—Me acuso de pensamientos contrarios a la cavidad dirigidos a mi cocinera, padre. Anoche me preparó la cena muy tarde, ¡y quise sacarle los ojos!
— ¿Le hiciste daño, hijo?
—No, solamente le grité a través de la pantalla su indolencia y la llamé perra egoísta y estúpida. Sentí deseos de salir y pegarle, pero no lo hice.
—Ejercitaste entonces tu auto-represión, ¿no es así? ¿Cuál fue su respuesta?
—No respondió nada. Y eso me sacó de quicio.
—Debes amar a tu vecino. . . y eso incluye también a tu cocinera, como a ti mismo, hijo. —Desaprueba él, y yo digo, con la cabeza baja—. No he amado mucho en estos días, tal vez eso sea el problema.
Ahora bien, yo no puedo asegurar la presencia real del padre Nicolás tras esa pantalla. Nuestro contacto puede ser un sistema de retransmisión. O quizás el padre Nicolás es sólo una voz especial programada en la computadora general, y sea esto la explicación a mis preguntas incoherentes. Tal vez llevo una especie de juego conmigo mismo para ver cuanto tiempo le lleva al "padre Nicolás" encontrar la respuesta correcta en el programa. Como dije antes, sería una locura enviar un sacerdote hasta acá sólo por cinco personas. ¿O son seis?
Pero por otro lado, ¿por qué no? Los designados en las estaciones Vortex somos los controladores de toda la galaxia. Nos merecemos lo mejor. ¿Por qué no tener un sacerdote personal?
—Confíame tu preocupación, criatura mía.
Siempre "criatura mía" nunca mi nombre. ¿Lo sabrá siquiera? Debe saberlo. Después de todo soy jefe aquí, soy el programador Checkout. El jefe. ¿No será esto solo un modismo confesional, una forma sutil de recalcar el hecho de que para él todos somos iguales, a sus ojos y a los de Dios? No sé si eso me agrada. Es inquietante. Tal vez mi cocinera corre a él para hablarle de mí, de cómo la insulto y abuso de ella por la portezuela de la cocina. Me cubro la cara y sollozo, mientras oigo sus sonidos de consuelo.
Envidio a ese cura, seguro tras esa cortina. Receptor de las faltas humanas de los demás, exento él de tenerlas. Yo casi fui sacerdote también. Se lo comunico.
—Lo sé, criatura, ya me lo había dicho. Lo confuso en mi mente es el porqué no te ordenaste.
Yo tampoco lo sé, y así se lo digo, mientras trato de recordar. Si yo hubiese sido hombre, de seguro lo habría hecho, pero para una mujer no es fácil el ordenarse, y el pensar en el seminario, con 90 o 100 seminaristas y novicias guiados como un rebaño, siempre me enervó. No hubiera podido tolerar la lucha para ordenarme. —No soy una luchadora, padre.
Pero me inquieta cuando me da la razón. —No. Si lo fueras, no estarías aquí. Vuelvo a sentir inquietud. ¿Estaré solo de huida? Prefiero vivir en el escabroso filo del universo, al cuidado del Vortex, literalmente a la zaga del.más allá. Vierto en el cura todas mis incertidumbres, con la confianza de su apoyo y comprensión.
Pero sus ruidos consoladores son demasiado apaciguantes, demasiado sedantes, demasiado condescendientes. ¡Maldita sea! ¿Hay en realidad alguien tras esa cortina? Quiero tirarla, para ver el rostro del sacerdote, su rostro humano, o cuando menos para asegurarme si es o no sólo una consola de computación programada y así convencerme de la burla.
Con mi mano ya extendida, vuelvo a retraerla. Prefiero no saber. Que se burlen, si es que en realidad existen "ellos", un sacerdote de Ladotierra en constante contacto a través de esta inigualable función kilómetros y megakilómetros, que se rían. Se lo merecen, si son programadores tan inteligentes como para concederme consuelos y apoyos sin fin a cargo de una voz sonora y extraña.
Lo que hagamos, lo hacemos para la conservación de tu vida y tu cordura. . . —Creo, padre, que me siento. . . un poco solitario. Empiezan a surgir de nuevo los sueños.
—Perfectamente natural —contesta mitigante, y sé que promoverá una de esas extrañas visitas de Julián. Aún llevo baja la cabeza, me sonrojo, sin poder verlo de frente, pero es menos embarazoso así, en vez de haber tomado la iniciativa sola, sin ayuda. Esparte de ser una solitaria como yo, el no soportar llamar a Julián directamente y recibir —tal vez— un desaire y una firme y abierta negativa. Bueno, yo nunca pretendí ser una personalidad bien adaptada. Alguien así no hubiera sobrevivido en estas soledades, a la orilla de “ninguna parte”. Si volviera a Ladotierra quizá ni siquiera tuviera una vida con amor, evito demasiado a la gente. En cambio aquí mis necesidades están cubiertas. Todas. Incluso ésta, la cual, sin ayuda, probablemente la pasaría por alto.
—Ego te absolvo.
Me arrodillo un instante para decir mi penitencia. El rito es una tontería, lo sé. Confortante, pero tonto. El me recuerda prender el monitor de mi cuarto para escuchar el servicio matutino. De nuevo tengo la certeza de que ahí no hay nadie. Sólo un programa en la computadora. ¿Existe otra razón para no reunimos en una camaradería cristiana? ¿O quizá compartimos la incapacidad de tolerarnos mutuamente?
Pero me siento confortada mientras bajo entre los rociadores automáticos por el parchecillo de jardín tan eficazmente cuidado por mi propio jardinero. Veo algo, un reflejo en el aire. Alguien está allí, aunque supuestamente éstas eran deshoras y ese alguien evita mi mirada.
Como sea, es consolador no estar solo y le dirijo un alegre buenos días a la invisible imagen, al preguntarme con un raro y leve retortijón emocional ¿será Julián? Lo veo tan brevemente, tan de vez en cuando, a excepción de las pocas ocasiones cuando en la penumbra de mi cuarto viene a mí. Ni siquiera, sé el motivo de su presencia aquí. No hablamos de su trabajo, tenemos cosas más importantes en perspectiva. Pensar en ello me hace temblar y aprieto las piernas con fuerza. Pienso en la posibilidad de volver a verlo dentro de poco. Me espera un día de trabajo, y la claridad del segundo amanecer me produce reflejos antagónicos en los ojos. . . nunca te miras al espejo. . . me subo al asiento que me llevará a la rueda, cerca del Vortex.
Siento un real alborozo al dispararme para arriba hacia un espacio extraño, bulleante y carente de color. Ya hay una nave en espera. Me espera a mí y a la apertura del Vortex. Todo ese poder, esa ignición, esa fusión y esa energía en bruto esperan por mí, y disfruto mi dosis diaria de megalomanía mientras oprimo el botón del lenguaje.
—Aquí, Checkout. Registre su nombre y asunto.
Siempre es impresionante escuchar una voz fuereña, una voz realmente extraña. Pero registro la voz del capitán, el nombre y número de inscripción para después comparar los programas con Chekin, mi número opuesto al otro lado del Vortex —figuradamente expresado. En lo relativo al Vortex, desde luego, CERCA Y LEJOS, Aquí y Allá, Antes o Después, son términos sin sentido equivalentes a —oh, Yo y Ustedes. En uno de los espejos del volante veo de reojo a mi técnica. Espera. Me recargo en mi asiento mientras ella enciende los coordinados hasta llegar a un agudo staccato. Ninguna de las dos tenemos nada que decirnos. A esa chica no le interesa nada fuera de las matemáticas. Voy a la deriva mientras me veo en el espejo y escucho al capitán de la nave discutir con la técnica, lo cual me irrita. Cómo se atreve a discutir con ella. Su conducta se me refleja y me llena de rabia cualquier asomo de rudeza hacia algún miembro de mi tripulación. Pronuncio la clave para activar el Vortex y sus extraños movimientos espirales, colores y giros.
Esto se puede hacer por computadora, desde luego.
Estoy aquí, casi literalmente, para oprimir un botón en caso de cualquier problema mecánico. Desde los inicios del equipo telemétrico, las máquinas tendían a fallar y atorarse. Durante los 200 años operantes de las estaciones Vortex, se descubrieron las ventajas de utilizar pequeños grupos de agorafóbicos y solitarios elementos humanos para un mejor mantenimiento y costo de las estaciones. Hasta nos proveen de cocineras y jardineras, así como de todos los consuelos mentales y espirituales. Nosotros los humanos somos sólo mercancía blanda, la cual no tiene —todo se ha puesto en consideración— fallas tan frecuentes como las tan elaboradas y auto-suficientes máquinas. Más aún. Se nos puede atender con menos costo en caso de llegar a tener algún desperfecto. Así pues estamos allí para evitar el mal funcionamiento de cualquier botón antes de representarle a la galaxia un costo mayor al de toda la operación del Checkout en los siguientes 50 años.
Miro al Vortex girar y mis conocimientos y juicios concuerdan con mis instrumentos. — ¿Todo listo? Recibo su asentimiento, y al momento la extraña forma metálica de la nave gira con el Vortex, pierde sus contornos, la veo casi esfumarse dentro de un vacío amorfo, para resurgir según la teoría, en la Estación Chekin, a varios cientos de años-luz de distancia. Me pregunto si en realidad estas naves van a alguna parte. ¿Regresan alguna vez? Desaparecen cuando oprimo esos botones y jamás vuelven. ¿Las dirigiré hacia el olvido? ¿Hacia su propio pre-planeado destino? No lo sé. Si la verdad saliera a la luz, realmente no me interesa. Por lo que a mí concierne, bien podrían perderse en otra dimensión o en el teológico infierno.
Pero me agrada estar en la Rueda. Aquí sí existe la verdadera soledad. Allá abajo en Checkout hay soledad compartida con otros, aunque rara vez los veo. Aún me siento nerviosa por el breve encuentro con la jardinera esta mañana ¿Acaso ignoran esas gentes el error de hacerse presentes cuando yo paseo por los jardines? Pero hasta esa fugaz oleada de adrenalina me ha hecho bien, supongo. ¿Estará planeado un breve atisbo a mis compañeros humanos sólo cuando necesito ese tipo de excitación?
De regreso a Checkout no habrá otra nave hoy. Vuelvo a recorrer el jardín, deambulo un poco, adoro con los ojos el melón sembrado por mí bajo un cristal, le advierto por el intercomunicador a la jardinera el no tocarlo hasta mi orden de servírmelo en la cena. Recuerdo con satisfacción la espera de la nave de carga, metálicos tentáculos silenciosos contra la negrura espacial expectantes. Me esperan a mí, la portera al vacío. El Cerebro de una nueva índole.
El rango tiene sus privilegios. Mientras estoy en el jardín, nadie se acerca; me siento un poco fatigada, les dejo el jardín a los otros y me voy a mi habitación a meditar profundamente. Puedo sentirlos a mi alrededor, la jardinera trabaja con las plantas como si fuera una extensión de mi propia conciencia, me encuentro sentada cual arácnido en el centro de una telaraña al observar a los demás en sus labores mientras, recostada, medito. Mi mente flota libre, mis ritmos Alpha se apoderan de mí y desaparezco. . .
Más tarde, en espera de mi cena, me pregunto qué clase de mujer se convertiría en cocinera de una estación Checkout. Yo sé cocinar, me he preparado mis propios alimentos, soy una magnífica cocinera. Sin embargo jamás hubiera aceptado un trabajo así. ¿Estará completamente excenta de ambiciones? No tendríamos mucho en común. ¿Qué podría yo decirle a una mujer así? En espera de flotaciones, una araña en su tela, puedo imaginármela cumplir cuidadosamente con todos esos pequeños y serenos rituales, cortar y picar las verduras frescas de la mañana, calentar las charolas y todas esas pequeñas cosas. ¿Pero pasarse así toda una vida? Esa mujer debe ser una tonta.
Salgo de mi estado de meditación para encontrarme con mi cena lista. Le doy las gracias y como. La comida está sabrosa, siempre está así, pero los platos están demasiado calientes, me he quemado la mano. Pero no importa, me espera algo más prometedor esta noche. Tomo todo con calma, sabroso, mientras escucho una de mis cintas operéticas perdida en una vaga evocación romántica. Esta noche vendrá Julián.
A veces pienso el motivo por el cual no se nos permite vernos más frecuentemente. De seguro, si se interesa por mí como lo ha dicho, sería propio el vernos casualmente de vez en cuando, hablar de nuestro trabajo. Pero estoy segura que Psíquico tiene razón al no recomendar el trato frecuente entre nosotros. En la tierra, si nos cansáramos el uno del otro, ambos podríamos encontrar a alguien más. Pero aquí no hay alguien más —para ninguno de los dos. Por mi mente flota una frase surgida de la nada —“cadenas de sugestiones nemotécnicas”— mientras preparo los controles para permitirle llegar silencioso y solitario, hasta mi habitación después de meterme en la cama.
Ya vino y ya se marchó.
Ignoro porqué las reglas son como son. Quizás para evitar pleitos entre nosotros, así como las tragedias de los primeros días de las Estaciones Vortex. Tal vez, simplemente para evitar nuestro mutuo hastío. ¡Cómo si pudiera aburrirme con Julián! Para mí, el es perfecto, hasta su nombre. Julián siempre fue para mí el nombre perfecto para un hombre y Julián, mi Julián, mi amante, el hombre perfecto para el nombre perfecto. ¿Por qué entonces no se nos permite vernos más seguido? ¿Por qué sólo así, envueltos en una oscuridad silenciosa?
Lánguida, satisfecha y agotada, cavilo somnolienta y pienso si no será algún oscuro misterio de mi perfil psíquico interior, ¿o quizás alguno de los dos subconscientemente desea el viejo mito de Psiquis, quien pudo retener a su amante Eros, sólo mientras no pudiera ver su rostro? Yo lo veo sólo por un momento en el espejo, nebuloso, nunca en forma clara, por sobre mi hombro; pero se rebela su apostura.
Soy tan sensible a los estados de ánimo de Julián, que a veces pienso en un desarrollo especial de mis sentidos para amar; de convertirme en una telépata, pero sólo para él. Cuando nuestros cuerpos se unen me parece como si fuésemos uno solamente. Al tocarlo, ¿cómo en otra forma podría percatarme de sus emociones o de la completa confianza en su ternura e interés? ¿Cómo podría él conocer a la perfección los más oscuros deseos de mi cuerpo, cuando yo misma no los menciono por temor y vergüenza de exteriorizarlos? Pero él sabe, él siempre sabe. Por ello quedo plena, agotada, extenuada. Deseo con un anhelo tan intenso como doloroso, que los reglamentos por los cuales nos regimos le permitieran quedarse en mis brazos la noche entera y sentirme estrechada, adorada y confortada contra esta basta, eterna soledad. ¡Que me pudiera acurrucar en sus brazos, citarnos para tomar una copa o compartir una cena! ¿Por qué no?
Me asaltó un pensamiento terrible. Me dan todo lo demás. Mi propia cocinera. Mi propia jardinera. Mi técnica, mi sacerdote personal.
Mi propio macho ramero.
No puedo creerlo. No, no. No lo creo. Julián me ama y yo a él. De cualquier modo, esto no iría de acuerdo con las conciencias puritanas de nuestros legisladores. No. No lo entiendo. ¿Cómo la justificarían las solicitudes? Ramera, macho, único, programador checkout, para el uso de. No, no podría suceder tal cosa. Seguramente contrataron algún técnico masculino, nombrado por el perfil Psíquico para tener la máxima compatibilidad sexual conmigo. Esto de por sí ya sería terrible. Dios lo sabe.
Ahora surge en mi mente un pensamiento aún más aterrador. ¿Sería posible?—oh. Dios mío, ¡No! —que Julián, mi Julián, fuera un androide.
Han diseñado algunos, lo sé, con programas sexuales extremadamente sofisticados. Los he visto anunciados en provocadores catálogos de nuestras risillas infantiles. Estoy enferma de temor y terror por pensar en la posibilidad que durante aquellos trances de acondicionamiento con los cuales me condicionaron para olvidar, haya perdido todas las nociones relacionadas con mis sueños secretos, deseos y fantasías sexuales, para programarlos dentro de una computadora de un androide y el resultado fuera. . . Julián.
¿Será entonces un androide de propósitos múltiples? Mercancía sólida, sólo eso, tanto útil como económico; tal vez esa jardinera, a veces y apenas vislumbrada a distancia en la penumbra, como un hológramo podría ser él, aunque me había dado la impresión de ser una mujer. ¿Quién puede distinguir, con estos obligados overoles, iguales, unisex? Y se vería mejor en las solicitudes congresionales: Androide, uno, multiprogramado. Estación Checkout, para el mantenimiento de. Y un programa sexual especial sólo sería un memorándum en los archivos de Psiquis. Para nadie embarazoso —excepto para mí, claro está, y yo no debería estar al tanto. Sería sólo otro fragmento de mercancía sólida de la Estación. Para mantenimiento de la misma. Y del programador de la Estación. Mercancía. Sí muy útil. ¡Oh, Dios!
Ahora no tengo tiempo de preocuparme por Julián, ni por lo que es o no es, ni por mis propias insatisfacciones y temores. No puedo llevarle estos pensamientos inquietantes a ese cura electrónico, si en verdad es sólo una computadora sofisticada ¡un mecánico sacerdote-psiquiatra! ¿Será acaso otro androide? ¿O el mismo androide con distinta programación? ¿Sacerdote o prostituto a voluntad de un interruptor? ¿Me encuentro sola aquí con un androide multi-uso al servicio de todas mis funciones? No hay tiempo para pensar en ello. Allá hay una nave. Me espera y mis instrumentos me indican al dirigirme a la Rueda, aun antes de recibir el mensaje, la avería de la nave.
Quizás todos los signos, todos mis temores por llegar a perder la razón, son simples señales de una desarrollada y potencial telepatía; nunca pensé ser potencial en nada. Sin embargo, de algún modo, estoy consciente de casi todo cuanto mi técnica le dijo al capitán de la nave. No lo entendía todo, desde luego, no poseo capacidades tecnológicas en absoluto. Mis capacidades son siempre ejecutivas. Apenas logro hacer funcionar mi calculadora de bolsillo para sacar las tarifas de las naves enviadas por mí al Vortex; bromeaba con Central para tener un contador de libros, pero son muy tacaños. Pero aun sin entender todo lo dicho por la técnica, al leer su reporte, supe que si la nave entrara en el Vortex en ese estado podría perderse para siempre, peor aún, podría producir anomalías especiales para obstruir los campos de otras naves lo cual dejaría al Vortex muy mal parado. Por eso sé que no se atreverían a cruzar por esa barrera, sin embargo es imposible seguir la precisión matemática del interruptor, y me siento como una tonta. Cuando estaba en la preparatoria, tuve las calificaciones más altas de todos los grupos, incluso en el de habilidad matemática. Pero terminé sin habilidad técnica alguna. ¿Cómo, me pregunto, sucedió eso?
Más tarde visito al capitán a través de la pantalla. Es un hombre corpulento, jovial, de voz suave, con una sonrisa extrañamente excitante. Y me hace una extraña pregunta.
—¿Usted es la Programadora? ¿Son ustedes seminados?
—Pues no, nada de eso —le contesto—, y quiero saber el porqué de su pregunta.
—La técnica. Es muy parecida a usted. Bueno desde luego son muy distintas en otros aspectos. Ella sólo se interesa en los negocios. Es una pena, ¡en una joven tan bella! ¡Apenas pude lograr sacarle una palabra amable!
Yo le informo que soy hija única. Sólo niños son aptos para este trabajo, el aislamiento necesario contra grupos de curiosos. Una criatura en desarrollo dentro de un paquete limitado bajo la presión de miradas curiosos, de parientes y niños de la misma edad, se convierte en un ser atenido, dependiente de las opiniones y aprobaciones de los demás, sin los medios internos para tolerar la soledad que representa el aliento de vida para mí. Estoy hasta un poco ofendida.
—No puedo ver la más mínima semejanza entre ambas—le digo, y él menea la cabeza y diplomáticamente aclara la posibilidad de haberse confundido por la similitud en la estatura y en el color de la tez.
—De cualquier modo, no me simpatizó, me desollo con su lengua y se concretó al negocio — ¡como si fuera culpa mía la situación de la nave!— Usted es mucho, pero mucho más agradable.
Y así debe de ser. Yo tengo la libertad para recibir imágenes y llevar conversaciones. No estaría bien la actitud de mi técnica si perdiera su tiempo en diálogos. Y hablamos, y hasta flirteamos un poco. Estoy consciente de ello; me pongo en pose y me arreglo un poco para él, al sacar a la superficie lo animal de la mujer en preferencia a los otros rostros que a veces llevo, y finalmente me decido a dar el paso peligroso: visitarlo en su nave.
Es extraño, tan extraño pensar en el hecho de encontrarme con alguien que no esté cuidadosamente Psico-perfilado para serme agradable. No hay nada estipulado en los reglamentos contra ello. Desde luego, tal vez piensen en nuestro amor a la soledad como un incentivo para alejarnos de los demás, como siempre había sucedido conmigó. Considerar hasta una pequeña bienvenida, como algo raro. Pero cuando me encuentro virtualmente del otro lado de la cerradura de aire el azoro me invade de silencio los rostros extraños, los olores diferentes, la distinta química-corporal de la desconocida vida del varón. Según dicen los hombres despiden hormonas, análogas a las ferhormonas en los reinos bajos, las cuales no tienen olor entre ellos, sólo perceptibles químicamente para la mujer. Lo creo, es verdad, la nave está saturada de virilidad. Conducida a una habitación donde puedo quitarme el traje evito mirarme al espejo. Nunca te veas en el espejo a menos que. . . a menos que. .. ¿Por qué imprimía Psico esa prohibición sobre mí? Yo debe cerciorarme de mi peinado de la ausencia de grasa en mi overol. Como un reto me enfrento al espejo a pesar de todo, mi cabeza se trastorna y rápidamente desvío la mirada.
Miedo, miedo de lo que pueda ver. Mí rostro sin facciones, la identidad perdida. . . una extraña, no soy yo, una desconocida. . .
Una copa en mi mano, adulación y cumplidos; descubro mi hambre por todo esto después del largo  aislamiento. Claros están mi egoísmo y vanidad, es una necesidad profesional, como mis pequeños toques de diarias megalomanías. Acepto esto y me deleito en ver a los demás interactuando entre caras extrañas—realmente extrañas, no programadas a mis necesidades y deseos personales. Sí, conozco mi necesidad de estar sola, recuerdo todas las razones, pero también conozco demasiado bien, la terrible cara de la soledad. Todos mis compañeros tan cuidadosamente seleccionadas, tan ensamblados a mi personalidad, que el hablar con ellos es como. . . hablar conmigo misma, como verme al espejo. . .
La segunda copa me ayuda a relajarme. Conozco todos los peligros del alcohol, pero esta noche me siento desafiante; tanto el capitán como yo nos encontramos excentos de nuestros mutuos deberes, no necesitamos estar en guardia. Al poco rato siento las manos del capitán sobre mí, me toca, me despierta una excitación nunca sentida antes con las primeras visitas de Julián. Me entrego a sus besos, y ante lo inevitable me freno por un momento, me encojo de hombros al preguntarme a mí misma ¿y por qué no? Acepto sus caricias, dejo a un lado los pensamientos de Julián, hasta Julián ha sido ajustado con demasiado esmero, embonado y programado en demasía a mi propia personalidad; necesidad imperiosa de alterar la monotonía de los días, crear un poco la necesidad de "saber de otros" en el acto sexual. Eso es lo ausente en mi vida, el concepto de "otros", por haber sido Julián tan esmeradamente seleccionado y Psico-perfilado para mí.
Si el compañero-amoroso es demasiado similar al propio yo, no existe la necesidad ni la satisfacción de fusionarse. Hasta la ameba necesita seccionarse con infinitos y perfectos reduplicaciones análogas a su propia personalidad de la fusión, de intercambiar su protoplasma y su materia celular con un "otro"; hasta la más necesaria similitud en demasía es letal y hace del acto amoroso sólo una más elaborada y ritualizada masturbación. Es bueno ser tocado por un "otro".
Juntos, pues hasta su cuarto. Y nuestros cuerpos se funden abruptamente, hasta una lucha poco edificante a la altura en la cual él exclama, como impactado. —Pero no es posible tu grado de inexperiencia. . . —y después, al ver y sentir mi sorpresa, vuelve a ser todo ternura, confundido al confesar haber olvidado mi extremada juventud. Estoy confundida y triste; ¿Yo inexperta? Ahora me ubico en mi temple, para probarme a mí misma ser equitativa a la pasión, sofisticada y docta, tolerante a la incomodidad y a la extrañeza, de pensar anhelantemente en Julián. Me lo merezco por haberle sido infiel, Psico tenía razón, Julián es precisamente lo que yo necesito; y estoy segura, aun mientras el capitán y yo estamos muy juntos en la cama, al terminar todo y él, lleno de ternura, de que nunca más volveré a hacer lo mismo. Hay sabiduría en los reglamentos. Volver a la Estación, de nuevo a mi vivienda, borrar toda esta experiencia con el sueño, íntegramente. . . torpeza, un forcejeo como si fuera una violación... no, no se volverá a repetir, ahora comprendo su prohibición. Creo esto no lo confesaré ni al cura, ya tuve suficiente penitencia. Sellar el recuerdo de las magulladas y la humillación en algún rincón innaccesible de mi mente.
Despojos flotantes en mi mente de la vasta amnesia del programa de entrenamiento, al ir en pos del olvido, nunca me dejarán olvidar mi condición; estar hecha para este trabajo, desasociarme con una rapidez abnormal...
Y a la mañana siguiente al primer amanecer subo hasta la Rueda antes de desayunar; ya sus reparaciones están hechas y no quieren perder tiempo. El capitán quiere hablar conmigo, pero lo dejo hablar con la técnica mientras yo observo sin ser vista. No quiero volver a mirar su cara nunca más; jamás quiero volver a ver en ningún rostro esa mezcla de ternura, de compasión, de desprecio.
Me alegra ver disolverse su nave dentro de la vastedad informe del Vortex. No me importa si las reparaciones fueron bien hechas o si se pierden para siempre en algún punto dentro del Vortex. Al ver desvanecerse su contorno, contemplo un rostro desaparecer en un espejo y me siento inquieta y asustada, asustada. . . ellos no son parte de mi mundo, los he visto partir, tal vez los haya destruido. Pienso en lo fácil que hubiera resultado, cómo me hubiera alegrado si mi técnica les hubiera dado el programa erróneo y se hubiera esfumado dentro del Vortex y hubiesen llegado. . . a ninguna parte. Como yo he destruido todo a excepción del propio yo.
También Julián ha sido destruido para mí. . .  .
Quizás no exista nada allá, ni nave, ni Vortex, nada. Todo entra a la mente humana por filtros del propio yo, mi sacerdote creó para absolver un propio yo inexistente, ¿o será el cura el inexistente? Quizás no haya nada allá, tal vez yo lo he creado todo de mis propias necesidades internas, sacerdote, nave, Estación, Vortex, tal vez aun estoy tendida bajo trances condicionados allá abajo en Tierra, en fermentación de fantasías sobre personas dispuestas a ayudarme a superar los terrores de la soledad, quizás estas gentes a quienes veo, pero nunca con claridad, sean todos androides, o fantasías nacidas de mi propia locura y necesidades internas. . . una frase al azar surca de nuevo por mi mente, siempre el peligro del solipsismo, en el disasociador, la sensación de que sólo el propio ser existe.. .preocupaciones eternas, con estado internos llenas de morbosidad y nos aprovechamos.
¿Existió allá alguna vez una nave? ¿La creó mi mente para romper la vasta monotonía de la soledad, esa soledad intolerable para mí? ¿Crearía yo una fantasía del absurdo cuerpo del capitán tendido sobre el mío?
O es a Julián a quien he creado, mis propias manos sobre mi cuerpo, fantasía... una imagen a media luz en un espejo...
La terrible soledad, la soledad necesitada pero intolerable, la soledad hecha demencia. Y sin embargo necesito la soledad para no tararlos a todos, podría asesinarlos como se asesinaron unos a otros al iniciarse las primeras estaciones Vortex, ¿o es simplemente suicidio cuando no hay nada aparte de uno mismo?
¿Será todo el cosmos —estrellas, galaxias, Vortex —sólo una emanación de mi propio cerebro? Si así es el caso, ¿puedo entonces destruirlo con un pensamiento igual a como lo construí? Puedo tomar el cuchillo de mi cocinera y hundírmelo en mi garganta y todas las estrellas desaparecerían y todos los universos.
¿Qué hago en la cocina. . . el cuchillo de mi cocinera en mi mano. . . aquí donde nunca entro? Ella se enojará; debo darle la misma privacía exigida por mí, le dirijo una disculpa y me alejo. ¿No tiene eso sentido? ¿Es un abuso y una disculpa dirigidos a mí misma? No he desayunado, a esta hora, cerca del tercer amanecer, la cocinera siempre prepara, yo siempre preparo el desayuno, yo medito mientras preparan el desayuno y me lo sirven en mi charola, de frente al espejo de donde emerjo. . . Yo soy la otra, la de libertad para la meditación y la reflexión —la ejecutiva, la creativa. Yo soy Dios en la creación de todos estos universos dentro y fuera de mi mente... mareada alcanzo el espejo, el cuchillo resbala, mi rostro se disuelve, mi mano sangra y todos los universos se tambalean y giran sobre sus cósmicos ejes, la cara, en el espejo da órdenes en la voz del padre Nicolás.
— ¡Ve, hija mía, y medita!
— ¡No! ¡No! —Me niego a ser tranquilizada de nuevo, de ser engañada...
— ¡Orden terminante! —Una voz desconocida—. Vé y medita, medita... medita, medita...
Como el tañer de una gran campana, ordena, surge de las profundidades la voz de Dios. Yo medito, mientras veo mi rostro disolverse y cambiar. . .
Con razón puedo leer la mente de mí técnica, yo soy la técnica...
No hay nadie aquí. Nunca ha habido nadie aquí.
Sólo yo misma, y yo soy todo. Yo soy el Dios, el hacedor y destructor de todos los universos, yo soy Brahma, yo soy el Cosmos, y el Vortex yo soy la lenta desenrolladora. . .
.. .desenrolladora de la mente...
A tropezones llego a la capilla. Esfumantes imágenes en mi mente como el rostro de mi cocinera con el cuchillo. Entro al confesionario. Está vacío. Digo una oración entre sollozos a la ermita vacía. Oh Dios, si en verdad hay un Dios, permite la existencia de un Dios, permite la presencia de alguien ahí... ¿O será Dios también una emanación de mi mente?...
Y la lenta disolvencia en el espejo, la voz del cura dice cosas confortantes las cuales yo no escucho. El espejo mientras se desmorona mi mente, la voz del sacerdote conforta y calma mi propia voz al llorar, suplicar, sollozar, pedir...
Pero sus palabras no tienen significado. Fragmentos de mi propia desintegración. Quiero morir, quiero morir, estoy en agonía, ausente, en ninguna parte... El fenómeno de la atención selectiva, anteriormente calificado como hipnosis, una disociación auto-inducida o estado de fuga, historia disociacional a veces considerada como múltiple personalidad cuando las cadenas fragmentadas y auto-organizadas de la memoria y la personalidad en equipo se organizan a sí mismas hacia diferentes conciencias. Siempre existe el peligro del solipsismo, pero la personalidad se defiende a sí misma mediante mecanismos enormemente complejos. Por ejemplo, aunque sabíamos de su breve estancia en un seminario, no esperábamos al sacerdote.
—Ego te absolvo. Haz un buen acto de contriccíón, hija mia.
Yo murmuro las tontas y confortantes palabras rituales. El dice, con gentileza. —Ve y medita, hija, te sentirás mejor.
El tiene razón. Siempre tiene razón, a veces pienso que el padre Nicolás es mi conciencia. Esa, desde luego, es la función de un sacerdote. Yo medito. Todos los terrores desaparecen mientras me siento en silencio a meditar, al tejer los hilos de la tela sobre la cual me siento, contenta, consciente de todos los movimientos a mi alrededor. Debo de estar en el desarrollo de poderes especiales, no hay otra explicación, pues mientras estoy aquí sentada en meditación, dentro de la capilla, las sedantes vibraciones del jardín me suben por los dedos mientras mi jardinera labora en silencio, tranquila y calmada, en mi jardín, al cuidado de cosas deliciosas para mi cena. Los amo a todos, a todos mis amigos de por aquí, son todos tan amables conmigo, guardianes de mi preciosa soledad y mi privacía. No puedo cocinar todas las lindas cosas plantadas en él. Así pues, me siento en mi adorada soledad mientras mi cocinera hace creaciones de toda clase, cosas deliciosas para mi cena. Cuan amable es conmigo, en verdad una dulce mujer, aunque no podría hablar de nada con una mujer como ésa. Despierto de mi meditación para ver mi cena en mi charola. El día se ha ido rápidamente, séptimo amanecer iluminándose hacia séptimo mediodía, y pronto la obscuridad nos cubrirá a todos. Que buena es, qué dulce y fresca la comida de mi propio jardín. Le doy las gracias a esta cocinera siempre interesada en prepararme manjares deliciosos para comer. También debe de tener poderes especiales. Mi melón premiado está sobre mi charola, ella sabía exactamente mi antojo después de un d ía como este.
—Buenas noches, cocinera querida, gracias. Dios te bendiga, buenas noches.
No hay respuesta, pero me escucha y se siente halagada por mi actitud, lo sé.
—Felices sueños, querida, buenas noches.
Mientras me dirijo a mi cuarto al declinar el octavo obscuro, cruza por mi mente lo sola que me siento aquí. Pero mi trabajo es importante y, después de todo, las gentes de Psico sabían su negocio. Supieron mi necesidad de tener un espacio para mis codos.
10-16-2008 07:53 PM
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Re: Los mejores cuentos de ciencia ficcion
BEATNIK BAYOU

Por John Varley
El autor de "Opciones", cuento muy loada sobre la opción del cambio de sexo, continúa en su exploración de opciones en el mismo ambiente: una sociedad sub-lunar con adelantos extraordinarios en la manipulación humana. Algunos prefieren una vida estable, sedentaria y cómoda. Otros no. Hay quienes prefieren las cosas salvajes, desordenadas, bohemias. . . y beatnik. ¿Por qué ha de negarle una sociedad avanzada a nadie lo que el corazón desea? Sin embargo, deben de existir reglas que no pueden traspasarse.

Una mujer embarazada nos había estado siguiendo por más de una hora cuando Cathay hizo algo inaudito.
Al principio fue divertido. Ni yo ni Denver sabíamos de qué se trataba, sólo que algo había entre ambos, cuando se alejaron y platicaron. La mujer comenzó a gritar, y al poco tiempo Cathay hizo lo mismo. Finalmente Cathay dijo algo que no escuché. Luego regresó y se unió a la clase. Están conmigo, Denver, Gatillo y Cathay, las últimas dos, maestras, Denver y yo, alumnos. Sí, es difícil para cualquiera saber cuál es cuál, pero generalmente se sabe.
Fue entonces cuando empezó la persecución. Era una mujer decidida y no aceptaría una negativa. Nos seguía por doquier. Era tan torpe como un animal, y yo no la compadecía en lo más mínimo después de cómo le habló a Cathay, quien era mi amiga. Cada vez que resbalaba y caía sobre su trasero, todos nos carcajeábamos.
Por un momento. Después de una hora, empezó a darnos un poco de miedo. Jamás había visto a alguien con tanta determinación.
La razón por la cual se resbalaba a cada momento era porque nos perseguía por Beatnik Bayou, el hogar de Gatillo. La misma Gatillo lo describe como "12 acres de lodo, mosquitos, y luz de luna". Algunos de sus visitantes habían sido menos poéticos pero más chispeantes. No sé que será un acre, pero el bayou es bastante extenso. Gatillo fabrica la luz lunar en un alambique de bronce y aluminio en medio de un cañaveral. Los mosquitos no pican, pero zumban como locos. El lodo es común y corriente, lodo del Misisipí, adecuado para acabar con tus pies. La mayoría odia el lugar con solo verlo, pero a mí me encanta.
Al poco tiempo la mujer estaba cubierta de lodo. Tenía tres cosas en contra. Una era su anguloso vestido de maternidad, el cual le cubría todo menos rostro, pies, su prominente barriga y sus senos. Se pisaba la larga falda y caía. Después de un rato, yo respingaba cada vez que esto pasaba.
Otra desventaja era su estómago, el cual la hacía caminar con todo su peso sobre sus talones. Esa no es la mejor forma de caminar por el lodo, y para probarlo, a cada rato se daba un buen sentón.
Su tercer problema era su hueso pélvico adaptado a una faja prenatal, posiblemente recién instalada. Era uno de esos aditamentos que separan bien las piernas con una bisagra en el centro y que al llegar el bebé se abre para tener más espacio en el alumbramiento. Ella lo necesitaba, pues era alta y estrecha, el tipo de constitución que la exponía a morir en el parto allá en los tiempos en que esto representaba un problema. Pero la hacía caminar como pato.
—Quack, quack —dijo Denver, esbozando una sonrisa. Ambas miramos a la mujer, aún en persecución, aún andando. Volvió a caer, y con dificultad volvió a ponerse de pie. Denver no sonreía cuando me miró. Masculló algo.
— ¿Qué es eso? —pregunté.
—Es enervante —repitió Denver —me pregunto qué diablos quiere.
—Algo bastante poderoso.
Cathay y Gatillo iban unos pasos adelante, y vi a Gatillo mirar hacia atrás. Le habló a Cathay. Creo que no había intención de escuchar, pero lo hice. Tengo buenas orejas.
—Esto empieza a molestar a los chicos.
— Lo sé —dijo él, al limpiarse la frente con la mano. Los cuatro veíamos en la orilla opuesta cómo trepaba penosamente la última subida. Solo su cabeza y su hombre estaban visibles.
—Maldición. Pensé que se daría por vencida. —Gruñó él, pero luego se borró toda expresión de su rostro—. No hay salida. Tendremos que afrontarla.
—Pensé que ya lo habías hecho —dijo Gatillo, levantando una ceja.
—Sí. Bueno, por lo visto no fue suficiente. Vengan, todos. Esto concierne a sus vidas también. Se refería a mí y a Denver, y cuando dijo que esto sería una "experiencia de aprendizaje" Cathay puede transformar las cosas más extrañas en experiencias de aprendizaje. Empezó a caminar hacía el arroyuelo que acabábamos de cruzar. Las tres lo seguimos.
Sí, di la impresión de haber sido dura con Cathay aunque en realidad no debí haberlo sido. En verdad, él era magnífico maestro. Capaz de convencerte que el aprendizaje a base de "hacer" y de "ver" era creer, tener fe, la instrucción sólida, la integración de las experiencias de la vida —toda la sabiduría convencional de la educación establecida— y lo hacía funcionar como ningún otro maestro que he visto en mi vida. Sabía que fue una criatura espuriada. Lo supe desde que lo conocí, a los siete años, pero no me había importado hasta últimamente. Ahí estribaba el cinismo de mi grupo, como Gatillo lo recalcaba con su peculiar modito presuntuoso.
Bueno, ¿y qué si en realidad tenía 48 años de edad? Físicamente tenía la mía, o sea casi 13: un chamaco bajito, ligeramente rechoncho de cabello rizado y rubio y una cara androgenosa, con una pelusa incipiente alrededor de sus testículos. Cuando se volvió para encarar a esa enorme amenazadora mujer y le sostuvo calmadamente la mirada, me enternecí.
También me sentí fascinada. Mentalmente, me puse de cuclillas para mirar, esperar y observar. Estaba segura que aprendería algo sobre la "vida" de un momento a otro. La clase estaba en sesión.
Cuando ella nos vio regresar, vaciló. Pisaba con cuidado al bajar y pararse a la orilla del agua, luego esperó un momento para ver si Cathay se reunía con ella. No lo hizo. Hizo un gesto horrible, se levantó la falda en torno de su cintura, y se metió al agua.
El agua se estrellaba contra sus muslos. Casi cayó de bruces cuando trató de evitar un musgo español colgante. Su vestido de encaje estaba adornado con varas y hojas y embarrado de lodo.
— ¿Por qué no se da la vuelta? —le gritó Gatillo, de pie junto a mí y a Denver. Agitaba un puño cerrado—. De nada le va a servir.
—Eso lo decido yo —le gritó la mujer a su vez. Su voz era dura y fea y lo que pudo ser un rostro dulce se tornó en odioso. Un caimán se acercaba como para darle el visto bueno. Ella lo amagó con su puño cerrado, casi se vuelve a caer—. ¡Fuera de aquí reptil asqueroso! —gritó. El acuario recordó algo urgente al otro extremo del pantano y se alejó con rapidez.
Volvió a la orilla y se detuvo con el cieno a la altura de sus tobillos, jadeaba. Estaba hecha una porquería y bajo su ira adiviné el temor. Sus labios temblaron por un momento. Deseaba que se sentara; sólo de verla me sentía exhausta.
—Tienes que ayudarme —dijo, simplemente.
—Créame, lo haría si pudiese —dijo Cathay.
—Entonces dime quién podría hacerlo.
—Ya se lo dije, si el Intercambio Educacional no puede, mucho menos yo. Los pocos que yo conozco están en la nómina de intercambio.
—Pero ninguno está dispuesto antes de tres años.
— Lo sé. Están escasos.
—Entonces ayúdame —imploró— ayúdame.
Cathay se frotó los ojos lentamente con el índice y el pulgar, luego se irguió y puso sus manos sobre las caderas.
—Se lo repetiré de nuevo. Alguien le dio mi nombre y le informó de mi disponibilidad para un contrato educacional de una fase primaria. Yo. . .
—Sí ¡El lo hizo! Me dijo que tú. . .
—Yo no conozco a esta persona —dijo Cathay, al levantar la voz—. Por lo que me está usted haciendo pasar, deduzco que le dio mi nombre de la lista de la Asociación de Maestras para desembarazarse de usted. Podría hacer yo lo mismo, pero francamente, no creo tener el derecho de comprometer a otro maestro con sus abusos —hizo una pausa, y por primera vez ella no replicó.
—Bien —dijo finalmente—. En verdad siento que el hombre que usted había contratado para la educación de su hijo se haya ido a Pluton. Por lo que usted me comunicó, lo que él hizo fue legal, aunque no ético. —Hizo un gesto de desaprobación al pensar en un maestro capaz en evadir una obligación de ética—. Lo único que puedo decirle es que debió de analizar el contrato adherente hace tres años. . . oh, diablos. Es por demás. Eso de nada sirve. Siento lo que le pasa, espero que lo crea.
—Entonces ayúdame —le susurró, y la última palabra se tornó en sollozo. Empezó a llorar calladamente. Sus hombros se estremecían y las lágrimas rodaron de sus ojos, pero sin desviarlos de Cathay.
—Nada puedo hacer.
—Tiene que hacerlo.
—Una vez más. Tengo mis propias obligaciones. En un mes más cuando haya cumplido el contrato con la madre de Argus —se volvió hacia mí—, tendré una regresión hasta los 7 años otra vez ¿No lo comprende? Ya tengo un contrato intermedio. La criatura cumplirá los 7 años dentro de unos meses. Me contraté para su educación desde hace 4 años. No hay forma de evadir ese compromiso, ni legal ni moralmente.
El rostro de la mujer comenzó a distorcionarse de nuevo, lleno de odio.
— ¿Y por qué no? —carraspeó—. ¿Por qué diablos no? El no cumplió con mi contrato. ¿Por qué he de ser yo la única en sufrir?
Por qué yo ¿eh? Escúchame, pequeño chupamierda hijo de engendro. Tu eres mi última esperanza. Después de ti sólo queda el educador público. O tratar de criarlo yo sola, sin guía alguna. ¿Quieres ser responsable de eso? ¿Qué comienzo del diablo a la vida es ése?
Siguió así por otros diez minutos, y cada frase más ilógica y abusiva. Yo me encontraba presa entre la compasión —en realidad estaba en un problema del diablo, aunque no podía culpar a nadie más que a sí misma y su abierta hostilidad. Entonces me dio miedo. No podía ver sus atormentados ojos sin que se me pusiera la carne de gallina. Mis ojos descendieron hasta su abultada barriga, y al ojo de cristal del uteroscopio colocado en su ombligo. No tuve que ver a través del ojo para percatarme de la proximidad del parto. Se lo había estado reprimiendo mientras encontraba un maestro. No tenía mucho sentido; la educación del chamaco no empezaría hasta los 6 meses. Pero era su desesperación, y su ilógico pensar bajo la tensión.
Cathay se quedó inmóvil soportándolo todo hasta que la mujer volvió a romper en llanto. Esta vez la vi diferente, quizás un poco más como Cathay la veía. Sentí compasión por ella, pero sus lágrimas no me conmovieron. Sabía que nos devoraría a todos de no ser duros y firmes. Pero analizando la situación, sólo el la tendría que pagar su descuido. Hacía lo imposible por que alguien compartiera su culpa, pero Cathay no iba a ser el pagano.
—Yo no quería hacer esto —dijo Cathay. Nol volteó a ver. -¿Gatillo?
Gatillo se adelantó y cruzó los brazos sobre su pecho.
—Muy bien —dijo—, escuche, ignoro su nombre, en realidad no quiero saberlo. Pero quienquiera que sea usted está en mi propiedad, en mi casa. Le ordeno que se marche, y que no vuelva nunca más.
—No me iré —dijo la mujer, tercamente. Bajó la mirada hacia sus pies—. No me iré mientras él no me prometa ayudarme.
—Tendré que llamar a la policía —le recordó Gatillo.
—No me iré.
Gatillo miró a Cathay y se encogió de hombros, indefensa. Creo que ambas se daban cuenta de que esta experiencia de la vida se tornaba demasiado cruda.
Cathay analizó la situación por un momento, mirando de frente a la mujer embarazada. Luego se agachó para tomar con la mano una porción de lodo. Miró el lodo en su mano por un momento, lo sopesó y le arrojó a la mujer. Se estrelló contra su hombro izquierdo con un acuoso "plop", y empezó a escurrir.
—Vayase —le dijo él—, largúese de aquí.
—No me iré —contestó ella.
Le arrojó más lodo. Ahora contra el rostro, y ella boqueó y escupió.
—Vayase —volvió a decir él, al tomar más cieno, esta vez dio en la pierna, pero ahora se le había unido Gatillo y la mujer fue bombardeada.
Antes de darme cabal cuenta de lo que pasaba, también recogía lodo y lo arrojé. También Denver. Yo jadeaba, y no estaba segura del porqué.
Cuando finalmente se alejó, los músculos de mi quijada estaban duros como el acero. Me tomó mucho tiempo relajarlos, y cuando lo hice, me dol ían los dientes de enfrente.

Existen dos estructuras en Beatnik Bayou. Una es una vieja y decayente tienda de carnada y a la vez lonchería llamada La Choza de Azúcar, con una oxidada bomba de gas al frente, una destartalada máquina de Grapette en el porche y un cartelón que anunciaba Pan de Arco Iris en la tela de alambre de la puerta. Hay una camioneta gris marca Dodge posada sobre bloques de concreto a un lado del edificio, cerca de una fila de oxidados carros fragmentados cubiertos de yerbajos. La camioneta no tiene llantas. Junto a ésta se encuentra un Toyota sin ventanillas ni motor. Un camino de tierra corre frente a la barraca y baja hasta el muelle. En la otra dirección el camino curvea alrededor de un ciprés cubierto de musgo y llega hasta el muro. Esto sacude un poco. Pero aunque 12 acres es suficientemente extenso para poseer un disneylandia privado, no lo es como para mantener la ilusión de realmente estar ahí. "Ahí", en este caso, se supone ser la vieja Louisiana en 1951, Gatillo está fascinada con el Siglo XX, al cual define de 1903 hasta 1987.
Pero casi siempre surte efecto. Rara vez se ven los muros porque los árboles los tapan. De todos modos, yo me saturo del ambiente del lugar no tanto con mis, ojos sino más bien con mi nariz, mis oídos y mi piel, como el olor de madera podrida, el chasquido del agua por el salto de una rana o el susurro de la compresora de la máquina de refrescos, el culebreo de las docenas de plateadas carpas cuando meto la mano en los tanques metálicos que se encuentran detrás de la choza, la sensación de la madera caliente de sol al sentarme en el.malecón cuando voy a pescar.
Se necesita mucha energía para operar el "Sol", por lo cual tenemos muchos días nublados y noches largas. Eso ayuda también a la ilusión. Retaría a cualquiera a tomar un paseo en noches de bayou con el canto de los grillos y el salto de los sapos sin que se hagan la ilusión de encontrarse de nuevo en la Vieja Tierra. Con la excepción, desde luego de la gravedad lunar.
Gatillo heredó dinero. Pero ni con eso y su sueldo de maestra. Bayou es un lugar caro. Anteriormente su medio era más convencional, pero ella descubrió hace tiempo que el pantano no requiere de tanto cuidado, y además le gusta el ambiente baladí. Fue ella quien puso la tienda de carnada, compró los artefactos motorizados a artistas y la registró en la Secretaría Lunar de Turismo, como una reconstrucción auténtica.
Se morirían si supieran la verdad del Toyota, pero desde luego me la callaré.
La otra única estructura definitivamente no pertenece a ninguna época de Louisiana. Es de tipo indio sobre una pequeña lona, apenas fuera de vista de la Choza de Azúcar. Es Cheyenne, creo, Ahí pasamos la mayoría del tiempo cuando estamos en el bayou y a donde nos dirigimos después del incidente con la mujer embarazada. El piso es de arcilla dura y en el centro siempre hay fuego. Hay muchos cojines esparcidos y dos grandes camas de agua.
Tratamos de hablar sobre el incidente. Creo que Denverera la más disgustada de todos, pero por la forma tensa de sentarse Cathay mientras Gatillo le sobaba la espalda, me di cuenta que también estaba preocupado. Su voz lo delataba.
Yo admití haberme asustado, pero eso no era todo, y aún no me sentía preparada para comentarlo. Gatillo y Cathay lo presintieron, y nada se dijo por el momento. Gatillo fue por la pipa y la retacó con hojas de una especie de planta.
Es una pipa de larga boquilla. La prendió, luego se recostó con la boquilla entre sus dientes y el tazón sostenido entre los dedos de sus pies. Exhaló el humo dulce y de color de miel. Mientras afuera declinaba el día, pasó la pipa a los demás. Sabía bien y me calmó en forma maravillosa. Me facilitó conciliar el sueño.

Pero no dormí. No del todo. Tal vez estaba ya demasiado entrada en la pubertad para que la droga en las hojas me hiciera un efecto tranquilizante. De pronto sentí a Cathay a mi espalda. Ahora ambos éramos hombres, y también eso tenía su encanto. Una parte de mí pensaba que no tenía importancia a que sexo perteneciéramos, pero la otra parte se prenguntaba cómo sería el ser mujer y conocer a Cathay como hombre. Eso aún no lohabíamos experimentado.
El solo pensarlo me hizo temblar con anticipación. Hacía ya demasiado tiempo que yo carecía de vagina. Deseaba a Cathay entre mis piernas, como Gatillo lo tuvo hace rato.
—Te amo, —susurré.
El me besó la oreja. —Yo también te amo, tonto. ¿Pero cuánto me amas tú?
— ¿Qué quieres decir?
Lo sentí moverse para mirarme con su cara sostenida sobre una mano. Sus dedos aflojaron un cerrado rizo de mi cabello.
—A lo que me refiero es a si aún me amarás cuando mi estatura llegue a tu rodilla.
Agité la cabeza, al sentir frío repentinamente. —Me'niego a hablar sobre eso.
—Eso lo sé muy bien —dijo él—. Pero no puedo permitir que lo olvides. Es algo que siempre estará ahí.
Me puse boca arriba y lo miré. Se esbozaba una leve sonrisa en su rostro mientras sus yemas jugaban con mis labios y mi cabello tiernamente, pero había preocupación en sus ojos. Cathay no puede ocultarme nada.
—Tiene que suceder —subrayó las palabras despiadadamente—. Por las razones que me oíste exponerle a la mujer. Estoy obligado a retroceder a los 7 años. Hay otra criatura esperándome. Se parece mucho a ti.
—No lo hagas —le dije, pesarosamente. Sentí las lágrimas en los rincones de mis ojos, y Cathay me las enjugó.
Le agradecí el no echarme en cara mi egoísmo. Ambos comprendíamos esa verdad; el lo había aceptado y hacía lo posible por cumplir su misión.
— ¿Recuerdas nuestra plática sobre el sexo? Hace como dos años, creo. Poco después de tu declaración de amor.
—Sí, lo recuerdo. Lo recuerdo todo.
El me besó. —Aún así, tengo que volverlo a mencionar. Tal vez ayude. Sabes que estuvimos de acuerdo en no darle importada al sexo al cual perteneciéramos. Luego hice hincapié en el hecho de que mientras tu crecerías, yo volvería a convertirme en una criatura. Que nos distanciaríamos sexualmente.
Yo asentí. Sabía que si hablaba empezaría a sollozar.
—Y quedamos en que nuestro amor era más profundo que todo eso. Que no necesitamos el factor sexo para lograrlo. Y lo lograremos.
Esto era verdad. Cathay se llevaba muy bien con sus antiguos alumnos. Ahora eran adultos, y venían a verlo con frecuencia. Lo hacía solo por estar cerca, para platicar y abrazarse. Últimamente el sexo empezó a hacer de las suyas de nuevo, pero todos sabían que eso no iba a durar mucho.
—No creo tener esa perspectiva —dije cautelosamente—. Ellos saben que en algunos años más volverás a madurar. Yo también lo sé, pero no dejo de sentir como que. . .
— ¿Como qué?
—Como que me abandonas. Lo siento, pero así es. El exhaló un suspiro, y me atrajo hacia sí. Me estrechó con fiereza por un rato, y me sentí de maravilla.
—Escucha —dijo finalmente—. Esto no se puede evitar. Pordría decirte que se te pasará —y así serᗠpero de nada va a servir. Yo he tenido este mismo problema con cada criatura a quien he enseñado.
— ¿En serio? —Yo ignoraba esto, y me hizo sentirme un poco mejor.
—Así es. No te culpo por ello. Yo también lo siento así. Siento la tentación de quedarme a tu lado. Pero no resultaría, Argus. Amo mi trabajo, de no ser así no lo haría. Hay situaciones difíciles, como ésta. Pero después de unos meses te sentirás mejor.
—Tal vez de ningún modo lo podía asegurar, pero creí conveniente aparentar estar de acuerdo y terminar con esta conversación.
—Mientras tanto —dijo él— aún tenemos algunas semanas para estar juntos. Pienso que deberíamos aprovecharlas. —Y así lo hizo, sus manos recorrieron mi cuerpo. El tomó toda la acción, mientras yo me relajaba y trataba de ordenar mis confusiones.
Así que doblé mis brazos bajo mi cabeza y me recargué, sin pensar en nada que no fuera el círculo de su boca.
Más eventualmente empecé a sentir la necesidad de yo también hacer algo por él, y supe lo que andaba mal. El pensaba que me daba lo que yo quería al haceme el amor como lo habíamos hecho desde que crecimos juntos. Pero había otra salida, y me di cuenta que no era tanto el querer que se estancara en los 13 años. Lo que realmente deseaba era retroceder con él, el volver a tener 7 años otra vez.
Le toqué la cabeza y él alzó la mirada, después nos volvimos a abrazar frente a frente. Comenzamos a movernos uno contra el otro como cuando nos conocimos, la fricción insensata e inocente de aquellos días cuando más que sexo era una sensación de bienestar.
Pero el cuerpo es insistente, y no se le puede engañar. Al poco tiempo nuestros movimientos se tornaron frenéticos y una sensación de humedad entre ambos me hizo ver lo imposible de una recesión.

Rumbo a mi casa las huellas del cambio me rodeaban.
Creces un poco, los brazos y las piernas ya salen de tu traje de presión hasta que necesitas uno nuevo. Ya no piensas en ti como una monada de criatura y empiezas a hablar como persona joven y apreciable. Siempre con esa sonrisa, como si fuera un chiste que no debes escuchar.
Las personas te tratan diferente mientras creces. Al principio apenas tienes roce con los adultos, a excepción de tu propia madre y las de tus amigos. Vives en un mundo de chamacos, y los adultos casi no representan obstáculo alguno porque te dejan la vía libre cuando corres por los pasillos. Vas a todos lados gratis; a la gente le gusta vernos a su alrededor porque los hace felices por la escasez de chamacos. Apenas notamos las sonrisas constantes que nos prodigan.
Pero todo eso cambia al llegar a los 13 años. Aquí llegaba el titubeo, justo una fracción de segundo antes concederme los privilegios de niñez. No que culpara a nadie. Casi tenía la estatura de la mayoría de los adultos que había conocido.
Pero ahora yo empezaba a percatarme de los adultos, a observarlos. Sobre todo cuando no se daban cuenta que se les observaba. Vi que muchos de ellos se la pasaban con expresión de enojo. De vez en cuando, veía verdadero dolor en algún rostro. Luego él o ella me vía y sonreía. Sabía que eso no iba a ser así para siempre. Tarde o temprano habría de cruzar alguna línea invisible, y el dolor se habría de quedar en esos rostros, y yo tendría que comprenderlo. Yo sería un adulto, y no estaba tan segura de llegar a serlo.
Era por esta nueva preocupación en los rostros por lo cual noté a la mujer sentada frente a mí en el tren de Arquímedes. Yo quería ser escritor, y por ello todo lo veía enfocado hacia las historias y los personajes. La miré y traté de hacer una historia sobre ella.
Era atractiva; físicamente en sus 20s, cabello negro y lacio, piel cobriza, cara redonda sin cirugía elaborada ni facciones despampanantes a excepción de sus ojos café obscuro. Llevaba puesto un batón hasta los muslos de material delgado que fluía como el agua con cada movimiento. Uno de sus codos reposaba sobre el respaldo de su asiento, y se mordía abstraídamente un nudillo mientras miraba por la ventanilla.
Su rostro parecía carecer de historia. Estaba en un momento sin guardia, pero no percibía ningún dolor, ni grandes preocupaciones ni temores. Es posible que se me escaparan. Yo era un novato en esto e ignoraba mucho de lo que era importante para los adultos. Pero no me di por vencido.
Bueno, sí se sonrió, pero sin quererme decir que "mono" estás. Era una sonrisa que me hizo desear haber llevado algo de ropa. Desde mi conocimiento respecto a la erección, ya no quería tenerla en lugares públicos.
Crucé una pierna. Se sentó junto a mí. Levantó la palma de su mano y la toqué. Me miraba de frente con una pierna doblada bajo ella y con su brazo sobre el respaldo de mi asiento.
—Soy Trilby —dijo.
—Hola. Yo soy Argus. —trataba de bajar la voz.
—Estaba sentada allá viendo cómo me mirabas.
— ¿En serio?—
—Por el reflejo del cristal —replicó ella.
— ¡Oh! —Miré, y efectivamente, desde donde ella iba sentada daba la impresión de ir contemplando la campiña cuando en realidad me estudiaba en el reflejo—. No era mi intención ser descortés.
Ella rió y pasó su mano sobre mi hombro, luego la retiró — ¿Y yo qué? —dijo ella—. Te miraba furtivamente; tú no. En cualquier caso, no te atormentes. A mí no me importa. —Volví a cambiar de posición, y ella bajó la vista—. Y tampoco te preocupes por eso. Suele suceder.
Aún me sentía nervioso pero ella logró calmarme. Platicamos por el resto del trayecto, y no recuerdo sobre qué. La fluctuación de nuestros temas debió haber sido muy limitada, pues tengo la seguridad de su omisión en cuanto a mi edad, mi educación, su propia profesión o simplemente de la razón por la cual quiso iniciar una conversación con alguien de trece anos en un tren público.
Nada de eso tenía importancia. Yo estaba dispuesto a hablar de cualquier cosa. Al pensar sobre sus razones, asumí que tendría unos 20 años, y no tan lejos de su propia infancia.
— ¿Tienes mucha prisa? —preguntó en un momento dado, con un leve movimiento de cabeza.
— ¿Yo? No. Voy a ver a. . . No, no a tu mamá. . . una amiga, pero puede esperar. No quedamos a una hora fija. —Eso se oía mejor.
— ¿Puedo invitarte una copa? —levantó una ceja e hizo un pequeño movimiento con la mano. Sus actitudes eran parcas, pero parecían decir más que sus palabras. Mentalmente le agregué algunos años. Tal vez bastantes más.
Esto se programó con la parada en Arquímedes; nos pusimos de pie y yo al momento acepté la invitación.
—Magnífico. Conozco un buen lugar.

El cantinero me dirigió una sonrisa y estaba a punto de concederme la copa extra de costumbre dentro de mi límite legal (dos copas). Pero Trilby cambió la situación.
—Dos whiskys irlandeses, por favor. Sobre las rocas. —Lo dijo con firmeza, al levantar un poco la voz algo se suscitó entre ella y el cantinero. Ella le dirigió una mirada, las cejas de él temblaron al voltear a verme, parecía haber recibido algún mensaje. Toda su actitud hacia mí cambió.

Tuve la sensación de que algo se me escapó, pero no tenía tiempo de preocuparme por ello. Nunca lo tenía cuando Trilby estaba cerca. Llegaron las copas y las bebimos lentamente.
—Me pregunto porqué aún se llaman  Irlandeses —dijo ella.
Nos enfrascamos en una discusión sobre los Invasores, o sobre Irlanda, o sobre la Tierra Ocupada. No estoy seguro. No tuvo consecuencias, y la conversación consistente y real iba en proceso ojo con ojo. No importaba lo que ella decía. Yo asentía a todo con la lengua de fuera.
Terminamos en los baños públicos del pasillo. Sus pezones tenían la forma de corazoncitos rosados. Fuera de eso su cuerpo no tenía nada de extraordinario aunque era hermosamente sólido bajo su suavidad. ¡Era tan distinta a Gatillo, Denver y Cathay! Tan distinta a mí. Catalogué las diferencias mientras me senté atrás de ella en la alberca para masajearle los enjabonados hombros.
Rumbo a los cuartos de curtiduría se detuvo frente a una alcoba privada, esperaba y me veía. Mis piernas me llevaron hacía el aposento y ella me siguió. Mis manos oprimieron su espalda y mi boca se abrió al besarme. Me acostó sobre el blanco suelo y me poseyó.

¿Qué era lo que hacía esto distinto?
Cavilé sobre ello durante la larga caminata desde la terminal hasta mi casa. Trilby y yo hicimos el amor casi una hora. No fue nada del otro mundo, nada que no hubiera hecho ya con Gatillo y con Denver. Había pensado en la posibilidad de aprender nuevos y fantásticos trucos, pero no fue así.
Sin embargo, no había sido como con Gatillo ni como con Denver. Su cuerpo respondió en forma distinta, se movió en direcciones a las cuales yo no estaba acostumbrado. Cuando la dejé, sabía que era feliz, pero también que aún esperaba más.
Descubrí mi propio interés en dárselo. Estaba enamorado de nuevo.
Con mi mano sobre la placa de la puerta, supe de pronto que ya me había olvidado. Era absurdo asumir lo contrario. Fui para ella sólo una agradable diversión, una novedad interesante.
No había preguntado su nombre, ni dirección o número telefónico. ¿Por qué? Quizás ya sabía su desinterés en volverme a ver. Le pegué a la placa con el talón de mi mano y seguí intranquilo mientras el ascensor subía a la superficie.
Mi casa es fuera de lo común. Desde luego pertenece a Darcy, mi madre. Ella se encontraba ahí, ocupada en poner los últimos toques a un diorama. Me miró, sonrió, y me ofreció su mejilla para un beso.
—Terminaré en un minuto —dijo—. Quiero terminar esto antes de que se obscurezca.
Vivimos en una gran burbuja en la superficie. Parte estaba seccionada en cuartos sin techos, pero lo demás lo constituye su estudio. La burbuja es transparente. Aisla la luz ultravioleta para no quemarnos. Es una forma extraña de vivir, pero nos agrada. Desde nuestra posición ventajosa al lado sur de un pequeño valle solo pueden verse tres burbujas similares. Sería imposible que un forastero adivinase la ebullición de una ciudad apenas bajo la superficie.
Durante mi crecimiento, jamás pensé en la agorafobia, pero es algo común entre los lunarios. Me compadecía por los que carecían de la fortuna de crecer con el mismo panorama.
A Darcy le gusta por la luz. Ella es artista y por tanto exigente, en cuanto a la luz. Trabajaba cada dos semanas consecutivamente y descansaba por las noches. Yo crecí con su horario. La dejaba sola mientras corría maratones con sus pinceles de aire, y venía a quedarme con ella dos semanas cuando el sol no brillaba.
Eso había cambiado un poco al cumplir los 10 años. Antes de esto habíamos vivido solos. Darcy recortó su horario de trabajo drásticamente hasta mis cuatro años, y lo fue normalizando gradualmente mientras yo me independizaba. Lo hizo para dedicarme todo su tiempo. Luego un día me sentó para informarme sobre la llegada de dos hombres. Fue hasta después cuando comprendí cómo Darcy había alterado su vida para criarme debidamente. Era una poliándrica en serie, atraída especialemente por hombres artistas de rostros fieros, irresponsables y sin intención de compromisos, cuyas obras no se venden y por lo general, hambrientos. A ella le gusta eso, y la determinación que tienen en no conformarse con gustos públicos. Siempre tiene 3 o 4 a su lado. Los alimenta y les proporciona un lugar para trabajar. Les exige poco. Sólo que ellos mismos se atiendan.
Tuve que rodear al último de estas mascotas para llegar a la cocina. Dormía profundamente con fuertes ronquidos, sus manos estaban manchadas de amarillo, rojo y verde. No lo había visto antes.
Darcy llegó a mis espaldas mientras me preparaba un bocado, me abrazó y luego jaló una silla para sentarse. Aún quedaba como una hora de sol, pero ya no había suficiente tiempo para empezar otra pintura.
— ¿Cómo has estado? No has llamado en tres días.
— ¿Ah no? Lo siento. Nos hemos quedado en el bayou.
Ella arrugó la nariz. Darcy había visto el bayou una sola vez.
—Ese lugar. Quisiera saber porqué. . .
—Darcy.  No volvamos a lo mismo de nuevo. ¿De acuerdo?
— ¡Hecho! —Extendió sus pintarrajeadas manos y las giró en círculo como para borrar algo, y a otra cosa. Darcy es comprensiva en ese aspecto—. Tengo un nuevo compañero de cuarto.
—Casi me tropecé con él.
Ella se pasó una mano por el cabello y me dirigió una especie de sonrisa sarcástica. —Ya se repondrá. Se llamaThogra.
—Thogra —repetí con una mueca—. Escucha, si carece de hogar y no se mete conmigo, bueno. . . —Pero ya no puede continuar. Ambas reímos y por poco me ahogo con un bocado mal dirigido. Darcy sabe lo que pienso de sus gustos sobre sus compañeros de cama.
—Y qué se. . . ¿cómo se llama? El hombre del sobaco. El tipo que arrestaban constantemente por su cuerpo maloliente. Ella me sacó la lengua.
—Sabes que hace meses se volvió aseado.
— ¡Ah! Son los meses antes de descubrir el agua los que yo recuerdo. Todos mis amigos se preguntaban dónde guardábamos a los borregos, y por qué las flores se quedaban sin pétalos al pasar junto a ellos, la. . .
—Abil ya no volvió —dijo Darcy en voz baja. Dejé de reír. Sabía que se había ido desde hacía algunas semanas, pero eso no era de extrañar. Levanté una ceja.
—Así es. Bueno, sabes que vendió algunas cosas. Y tenía algunas ofertas. Pero yo sigo con la esperanza de que cuando menos pase a recoger su rollo de cama.
Guardé silencio. Los amores de Darcy siguen un patrón del cual ella está consciente, pero aún le duele cuando alguno lo rompe. Sus hombres hablaban con frecuencia y despectivamente sobre la clase de arte comercial que nos permitía a Darcy y a mí comer y pagar la cuenta del oxígeno. Entonces sucedían una de tres cosas. No cambiaban en nada, se iban tan paupérrimos como habían llegado y con el mismo desprecio. Algunos otros se las arreglaban como podían, trataban de forzar al mundo del arte a aceptar sus peculiares visiones. Con éstos son con los que Darcy frecuentemente se llevaba bien; vivía bajo el lema de date-una vueltecita-y-hazme-el-amor con la mitad de los artistas de Luna.
Pero la despedida más común se llevaba a cabo cuando el artista decidía estar cansado de la pobreza. Con un mínimo de esfuerzo todos eran capaces de ganarse la vida. Entonces se les hacía insoportable vivir con la mujer ridiculizada por ellos. Por lo general Darcy luego les daba la patada, con un mínimo de sufrimiento. Ya no sufrían hambre, ni eran tan fieros como para que le agradaran. Pero aun así le dolía el hecho.
Darcy cambió la plática.
—Saqué una cita con el médico para tu cambio —dijo ella—. Debes ir allá el próximo lunes en la mañana.
Una serie de impresiones rápidas y vividas pasaron por mi mente. Trilby. Unos senos punteados con corazones. La sensación cuando mi pene se introdujo en ella y el tibio agotamiento al salirse el semen de mi cuerpo.
—Cambié de opinión sobre eso —le dije al cruzar la pierna—. No estoy listo para otro cambio. Tal vez dentro de unos meses.
Ella se quedó sentada e inmóvil con la boca abierta.
— ¿Cambiaste de opinión? La última vez que hablamos estabas absolutamente dispuesto para cambiar de sexo. Es más, te costó trabajo convencerme para dar mi consentimiento.
—Lo recuerdo —le dije, con una sensación de inquietud al respecto—. Cambié de opinión, eso es todo.
—Pero Argus. No es justo. Llevo dos noches en vela pensando en lo lindo que sería volver a tener a mi hija. Hace ya tanto tiempo. ¿No crees?
—En realidad no es decisión tuya, mamá.
10-16-2008 07:56 PM
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Re: Los mejores cuentos de ciencia ficcion
Dio la impresión de un incipiente enojo, luego entrecerró los ojos. —Debe de haber alguna razón. Has conocido a alguien. ¿Me equivoco?
Pero yo no deseaba hablar sobre ello. Le había contado mi primera experiencia sexual y de todas con quienes me había acostado después. Pero me negaba a compartir esto con ella.
Así que le conté lo del incidente en el bayou con la mujer embarazada y lo que Cathay había hecho.
Darcy fruncía el ceño cada vez más. Cuando llegué a lo del lodo, tenía la frente llena de surcos.
—No me gusta eso —dijo.
—A mí tampoco, en realidad. Pero, ¿qué otra cosa podíamos hacer?
—Simplemente pienso que no supieron manejar correctamente la situación. Creo llamaré a Cathay para hablarle sobre esto.
—Preferiría que no lo hicieras —no dije nada más, y ella estudió mi cara por un largo e incómodo lapso. Ella y Cathay habían diferido en cuanto a cómo debería de efectuarse mi crianza.
—Esto no debe ser ignorado.
—Por favor, Darcy. El sólo será mi maestro un mes más. Olvídalo ¿sí?
Al poco rato asintió con un movimiento de cabeza y desvió su mirada.
—Tú creces más día con día —dijo con tristeza—. No sé porqué dijo eso, pero me alegró su desvío sobre le tema. A decir verdad, yo ya no quería pensar en la mujer. Pero tendría que pensar en ella, y bien pronto.
Tenía la intención de pasarme la semana en casa, pero Gatillo me llamó para decirme que Mardi Gras '56 se presentaba de nuevo dentro de unas horas. Había conseguido reservaciones para los cuatro.
Gatillo había visto la presentación anteriormente, más no así Denver y yo. Hacepté la invitación. Fui a avisarle a Darcy quien aún dormía. Con frecuencia lo hacía por dos días después de un Día Lunar de trabajo. Le dejé una nota y me apuré para alcanzar el tren.
Se llama el Museo de la Heredad Cultural (M. H. C.), y aunque lo sostienen con sus impuestos, la mayoría de los lunarios jamás lo visitan. Se inquietan con lo ahí exhibido. Últimamente entiendo el porqué. Sin embargo, con la ebullición del Partido de la Tierra Libre, se ha puesto más de moda entre las personas en pos de sus raíces.
Una vez, presentaron el Pueblo de Londres 1903, y llegué a ver cómo eran los museos de la Tierra, al hacer el recorrido por la réplica de Museo Británico. El M. H. C. es totalmente diferente. Sólo unos cuantos tesoros artísticos, artefactos y curiosidades históricas fueron traídos a la Luna en los días anteriores a la Invasión. Consecuentemente, todas las reliquias tangibles del pasado de la Tierra fueron destruidas.
Por otro lado, el sistema de computación lunar tenía una capacidad virtualmente ilimitada aún entonces; todo fue grabado y almacenado. Cada libro, pintura, recibo de impuestos, registro de corporación, película y cinta existían en los bancos de memoria. Así como los disneylandias están poblados por animales engendrados por células almacenadas en la Biblioteca Genética, el M. H. C. está atestado de copias sacadas de viejos archivos de cómo eran antes las cosas.
Me encontré con los demás en la Choza de Azúcar, donde Denver trataba de convencer a Gatillo para que Martes fuera con nosotros. Martes es la hipopótama que vive en el bayou, en jocoso reto a cualquier sentido de autenticidad. Denver la traía con una cadena y plácidamente sobre sus patas nos miraba entre parpadeos de sus pequeños ojos porcinos.
Denver se moría de risa de pensar que iría al Mardi Gras con una hipopótamo llamada Martes, pero Gatillo recalcó que los oficiales del museo nunca nos dejarían entrar a Nueva Orleáns con la bestia. Al fin cedió Denver y la azuzó de nuevo hacia el pantano. Los cuatro nos alejamos del bayou camino abajo, abordamos el deslizador, y pronto, llegamos al centro de la ciudad.

Hay 25 teatros en el M. H. C. Por lo general la mitad de ellos operan mientras otros se preparan para presentaciones. El Mardi Gras '56 es un show iniciado hace 10 años, y se presenta una o dos veces al año por dos semanas. Es uno de los eventos ambientales más populares.
Nos dirigimos a la sala de orientación y escuchamos la conferencia sobre nuestro comportamiento, después nos dieron nuestros respectivos trajes carnavalescos. Esa es la parte que menos me agrada, a principio del Siglo XXI, el vestuario era diseñado con dos principales propósitos en mente: la modestia y la tortura. Si el traje no producía dolor, debía ser rediseñado. Con razón se mataban unos a los otros. Cualquiera lo haría con el ascenso de gravedad y zapatos acerados mutilando los pies.
—Seremos beatniks—dijo Gatillo mientras ojeaba los estantes del vestuario de época—. Eran más informales, por lo tanto serán más fáciles de representar. Los beatniks surgieron en el Barrio Francés.
Nos encantaba la informalidad. Las chicas no necesitaban sostenes y podíamos escoger sandalias de cuero o tenis de lona para nuestros pies. Aunque la verdad no me gustaban mucho eso que llamaban pantalones de mezclilla. Raspaban, me pellizcaban los testículos. Pero después de visitar la Inglaterra victoriana —en ese entonces yo era hembra, y el vestuario de esas chicas asustaba la mayoría de los lunarios— cualquier cosa era mejor.
La entrada al Holotorium era por los sanitarios, en la parte posterior de un centro nocturno en la Calle Bourbon-Chicos hacia la izquierda, chicas hacia la derecha. Creo era para impresionar con la recesión al pasado. Había un tercer sanitario, pero era sólo una puerta falsa con la palabra "negros". Eso era algo imposible de descifrar.
A mí me gusta la música de Nueva Orleáns 1956. Hay mucha variedad en ella, toda similar para oídos modernos con sus ritmos simples, mezclas de instrumentos de viento, decuerdasy percusión. El término genérico es jaz, y el estilo particular de jaz esa tarde escuchado en el diminuto sótano lleno de humo se llamó Dixieland. Dominan dos instrumentos llamados clarinete y trompeta, cada uno improvisa una sencilla melodía mientras el resto de la banda hace el mayor barullo posible.
Tuvimos una breve diferencia de opinión. Cathay y Gatillo querían que yo y Denver nos quedáramos con ellos, con seguridad para aprovechar cualquier oportunidad de demostrar sus conocimientos superiores —Traducción: "educarnos". Eran maestros, después de todo. Denver pareció estar de acuerdo, pero yo quería estar solo.
Resolví el problema al salirme a la calle, con el razonamiento de que si querían seguirme. No lo hicieron, y así quedé en libertad de explorar por mi cuenta.
Ir a una representación en el holotorium no es en nada igual a un show de sensaciones en el cual te sientas y la acción viene a ti. Tampoco es como una disneylandia donde todo es real y tú solo curioseas. Aquí debes tener cuidado de no destruir tu ilusión.
La mayor parte del decorado, casi todos los accesorios y los artistas son hológramos. La gente real que te encuentras son visitantes con disfraz, como tú mismo. Lo que hicieron en el caso de Nueva Orleáns fue montar un enrejado de calles subidas a la superficie como eran realmente. Y erigieron muros de 2 metros donde estarían los edificios, y los ocultaron tras halos de construcciones viejas. Algunas puertas de estos edificios eran verdaderas, y si entraras encontrarías un interior auténtico hasta el último detalle. Pero la mayoría eran de utilería.
No se va ahí a jugar trucos infantiles con los holos, eso sería ir en contra de todo el espíritu del hogar. Te encuentras cauteloso de no hacer añicos la ilusión. No hablas con nadie hasta no asegurarte que son reales, y no tocas nada a la ligera. Ningún holo resiste una inspección a conciencia, así puedes diferenciar lo real de la ilusión si te lo propones.
El escenario era grande. Habían reproducido el Barrio Francés —o el Vieux Garre— desde el Río Misisipi hasta la calle Rampart, y desde la Calle del Canal hasta un punto de seis cuadras al este. Sobre Canal y con vista hasta el extremo opuesto, la ciudad parecía bullir con vida por muchos kilómetros a la distancia, aunque yo sabía que había una pared sobre la línea amarilla en el centro.
Nueva Orleáns '56 comienza el mediodía en Shrove Tuesday y continúa hasta entrada la noche. A esa hora llegamos con las primicias de las sombras esparcidas por un sol decayente sobre los desfiles sin límite. Quería ver ese lugar antes de que obscureciera.
Bajé algunas cuadras por Canal, asomándome a las "ventanas". Había un viejo cine el cual anunciaba en su marquesina "De aquí a la Eternidad", ganadora de algo llamado el Oscar. Vi que el lugar era real y pensé en entrar, pero me temo que esas viejas películas de 2a. Dimensión me desinflan, por más que Gatillo me asegure su buena calidad.
Así que opté por recorrer las calles, como observador, con la idea de escribir una historia sobre la vieja Nueva Orleáns.
Por eso no quise quedarme con los demás a escuchar música. La música no es algo que puedes incluir en una historia, más allá de una rala descripción de su sonido, de quien la interpreta y del lugar donde se escuchaba. Igualmente improductivo hubiera resultado haber ido a la sala de cine.
Pero las calles. . . ¡las calles! Ahí había algo para estudiar.
El patrón era igual a la de la vieja Londres, pero todos los detalles habían cambiado. Los caminos estaban llenos de carruajes sin caballos, grandes y cuadradas cajas metálicas, seguramente el más ineficiente medio de transporte jamás ideado. Nada era realmente recto, ni limpio. Caminar por las calles era arriesgar una fractura de algún dedo del pie o cortadas en las plantas. Con razón usaban zapatos gruesos.
Sabía para lo que servían esas luces verdes y rojas, así como la raya pintada en el camino. Pero ¿y esos artefactos marcadores de tiempo a cada lado de la calle? ¿Y ese objeto rojo de metal sobre el cual se orinaba un perro? ¿Qué significaban los ruidosos estrépidos de las bocinas de los carros? ¿Por qué había alambres suspendidos en lo alto en estacas de madera? Ignoré las festividades del Mardi Gras y pasé una hora agradable en pos de las respuestas a todas estas incógnitas.
Qué gran desafío el escribir sobre esta época, convertir la historia en una tajada de vida, donde todas estas cosas absurdas parecían normales y razonables. Visualicé a una habitante de Nueva Orleáns trasplantada a Arquímedes, y traté de imaginarme su confusión.
Fue cuando vi a Trilby, y olvidé a Nueva Orleáns.
Estaba tras el volante de una camioneta Ford 1955. Sé esto porque cuando me hizo señas para ir donde ella, se sentó en el asiento y me dejó conducir, había una placa dorada en el mamparo justo bajo el parabrisas delantero.
— ¿Cómo se hace funcionar esta cosa? —pregunté confundido mientras trataba de ocultarlo. Algo andaba mal. Tal vez siempre lo había sabido y hasta ahora lo admitía.
—Oprimes ese pedal para avanzar, y ese otro para detenerte. Pero generalmente se controla solo. —El carro le concedió la razón al acelerarse por entre el atestado tráfico holográfico. Puse mis manos sobre el volante, descubrí que podía guiar el carro dentro de ciertos límites. Mientras no chocara con algo me permitía ser el amo.
— ¿Qué te trae por acá? —pregunté tratando de dar tranquilidad a mi voz.
—Fui a tu casa, tu mamá me dijo donde estabas.
—No recuerdo haberte dicho donde vivo.
—No es difícil informarse —dijo al encogerse de hombros. No parecía muy contenta.
—Quiero...quiero decir, tú no... —No estaba seguro de querer decir esto, pero al fin me decidí—. No fue accidental nuestro encuentro ¿no es así?
—Así es.
—Y tú eres mi nueva maestra.
Ella suspiró. —Esa es una sobresimplificación. Quiero ser una de tus nuevas maestras. Cathay me recomendó con tu mamá, y cuando hablé con ella se interesó. Mi intención era sólo verte, en el tren, pero cuando noté que me mirabas. . . bueno pensé darte algo para recodarme.
—Gracias.
Desvió la mirada. —Darcy me dijo hoy que pudo haber sido un error. Creo te juzgué mal.
—Es bueno oír que puedes equivocarte.
—No comprendo.
—No me gusta sentirme predictable. Me desagrada servir de juguete. Quizás lastime mi dignidad. Tal vez ya tengo suficiente con las clases de Gatillo y Cathay al respecto. Todas las lecciones.
—Ahora lo comprendo —suspiró ella—, es una reacción bastante común, en niños listos, ellos. . .
—No digas eso.
—Lo siento, tengo que hacerlo. No tiene caso ocultarte que la función de mi trabajo es conocer a la gente, y especialmente a los niños. Esto se concreta a las fases por las cuales atraviesan, incluyendo la fase de imaginar que no atraviesan por ninguna. No lo reconocí en ti, cometí un error.
Exhalé un suspiro. — ¿Qué importancia tiene todo esto? Le agradas a Darcy. Eso quiere decir que serás mi nueva maestra, ¿verdad?
—De ninguna manera. Yo soy una de las primeras opciones importantes que deben tomarse sin la intervención de los adultos.
—No comprendo.
—Porque nunca has tenido suficiente interés en el futuro de tu educación. Con riesgo de volverte a ofender, repito lo común de tu reacción en gentes de tu edad. Sólo te falta un mes para graduarte de Cathay, preparado para iniciar más metas de orientación en aspectos educativos y no te has preocupado por indagar algo al respecto. ¿Has pensado alguna vez la diferencia que existe entre tú y el hecho de convertirte en escritor?
—Ya soy escritor —le dije, por primera vez enojado. Antes de esto solo me sentía herido—. Sé usar el idioma y observo a las personas. Tal vez aún me falte experiencia, pero la adquiriré con o sin ti. Ya ni siquiera necesito maestros para nada. Cuando menos de eso si estoy seguro.
—Tienes razón, desde luego. Pero no has ignorado la intención de tu madre de pagarte una educación avanzada. ¿Nunca te interesó cómo sería?
— ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Piensas que no me intereso solo por no parecerme importante? Quiero decir, ¿quién me ha preguntado mi sentir sobre esto antes de ahora? ¿Cuál es el riesgo que corro? ¿Qué premio me espera después de todo? Todos parecen saber lo que me conviene, ¿Quién se interesa por consultarme? —Porque ahora ya eres casi un adulto. Mi misión, si me contratas será hacerte más fácil la transición. Cuando la hayas alcanzado lo sabrás y no me necesitarás más. Esta no es una fase primaria. La labor de tus antiguos maestros en aquel entonces consistía en enseñarle a tu madre las formas básicas de llevarse bien con la gente y con la sociedad, en atestar tu cabecita con todas las habilidades propias de un niño de 7 años. Te enseñaron el idioma, el razonamiento, responsabilidades, higiene y el no entrar en una cerradura de aire sin tu traje. Tomaron a un infante egocéntrico y lo convirtieron en un ser moral. Es un trabajo difícil, tantito así, y pudiste haber sido un sociopatológico.
—Después te pusieron en manos de Cathay. Estuviste de acuerdo. Un día se presentó, era otro compañero de juego de tu propia edad. Te sentías feliz y confiado. Te guió con mucha ternura. Permitía que tu curiosidad natural se desarrollara por sí sola. Descubrió tus habilidades creativas antes de sentirlas tú mismo, y se propuso interesarte en pensar sobre las cosas, a reaccionar a tener experiencias.
—Pero últimamente has sido un problema para él. No es culpa de ninguno de los dos, pero ya te niegas a recibir un guía. Quieres independizarte. Tienes vagas sospechas de ser manipulado.
—Lo cual no es de sorprenderse —interrumpí—Soy manipulado.
—Es verdad hasta cierto punto. ¿Pero cuál hubiera sido la actitud de Cathay? ¿Dejarlo todo a la suerte?
—Eso es aparte. Se trata de mis sentimientos, ahora, y mi sentir es que me fuiste desleal. Me hiciste sentir como un tonto. Yo creí que lo sucedido entre nosotros fue. . . fue espontáneo, ¿sabes? Como un cuento de hadas.
Ella me sonrió divertida. —Que extraña forma de expresarlo. Mi intención era convertir en ti un sueño acuoso en una vivencia.
Creo que su forma sencilla de aceptar esto me bajó la guardia. Debí haberle dicho que en realidad nada importaba. Tanto los cuentos de hadas como los sueños acuosos eran visiones de mundos imposiblemente convenientes, mundos en donde las cosas resultan a la medida de tus deseos. Pero guardé silencio.
—Comprendo ahora la forma errónea de acercarme a ti.- Francamente pensé que lo habías disfrutado. Espera, permiteme aclarar esto. Pensé que lo disfrutarías aun después de saber la verdad. Me supongo que sí gozaste mientras sucedía.
Continué callado, porque era la pura verdad. Pero no era el caso.
Ella esperó, me miraba mientras yo manejaba el viejo carro entre el tráfico. Luego suspiró y de nuevo miró por la ventanilla.
—Bueno depende de ti. Como dije antes, ya no se te planearán las cosas. Si me aceptas como tu maestra tendrás que decidirlo tú mismo.
— ¿Qué es en realidad lo que enseñas? —le pregunté.
—Sexo es parte de ello.
Empecé a decir algo, pero me detuvo la idea de que alguien pudiese suponer que ella podría —o necesitaría— enseñarme sobre el sexo. Quiero decir, ¿había más aún?
Casi no me di cuenta cuando el carro se detuvo por sí solo. Se desvanecieron las musarañas sólo hasta que un hombre de traje azul se asomó por mi ventanilla. Había una mujer detrás de él, vestida igual. Comprendí que eran uniformes policiacos de 1956.
— ¿Es usted Argus —Darcy— Meric? —me preguntó el hombre.
—Así es. ¿Quién es usted?
—Mi nombre es Jordán. Lo siento pero tendrá que acompañarme. Se ha hecho una queja en su contra. Está arrestado.
Un arresto. Llevar a alguien bajo custodia por autorización legal. O, detenerse repentinamente.
Ser arrestado significa ambas cosas, según parece. Estás bajo custodia, y tu vida temporalmente se detiene. Lo que estuvieses haciendo queda interrumpido, y de pronto solo una cosa tiene importancia.
Yo no estaba preocupado hasta que me puso a pensar qué sería esa cosa. Después de todo ¿quién no es arrestado? No puedes evitarlo en una sociedad con leyes. El poner una queja contra alguien es la mejor forma de evitar la violencia en una discusión. Yo había sido arrestado tres veces, declarado culpable dos. Una vez yo mismo puse la queja. Y la sostuve.
Pero esta vez parecía ser diferente. Dudaba haber sido encerrado por alguna leve violación legal de la cual no me hubiera percatado. No, en esto estaba la mujer embarazada, y lo del lodo. Tuve tiempo de pensar en ello mientras me encontraba sentado en mi desnuda celda provisional, hora de empezarse a preocupar. La habíamos atacado físicamente, en eso no cabía duda.
Al fin fui llamado a la cámara del examinador. Era más grande que las otras. Esta tenía cinco cabinas de cristal, cada una con una silla dentro, puestas en círculo con la intención de podernos ver frente a frente. Me señalaron la única silla vacía y vi a Denver, Cathay, Gatillo... y a la mujer.
Las cabinas son silenciosas. Te sientes muy solo.
Vi entrar a la mamá de Denver. Se sentó detrás de su hija, fuera de la cabina. Al volverme, vi a Darcy. Para mi sorpresa, Trilby la acompañaba.
—Hola Argus —la voz de la Computadora Central llenó la pequeña cabina, la voz era suave como siempre pero sin resonancia reafirmante.
—Hola C. C. —traté de demostrar tranquilidad, pero claro está que a la C. C. no se le engaña.
—Siento mucho verte en tanto problema.
— ¿Es muy serio?
—El cargo desde luego sí, eso no se puede negar. No puedo hacer ningún comentario sobre testimonio, ni sobre tus oportunidades. Pero sabes que te enfrentas a una posible demanda a pena de muerte, con suspensión automática.
Estaba consciente de ello. También sabía que rara vez se forzaba a alguien de mi edad. Pero ¿qué pasará con Cathay y Gatillo? Nunca me agradó el término "suspensión". En cierta forma da la impresión de querer decir que no te matarán, pero al final lo hacen. Quedas bien, bien muerto. El anzuelo está en que después toman una partícula de una de tus células, la ponen en rápido proceso de madurez, y la atiborran con grabaciones de tu memoria. Así que alguien igual a ti seguirá adelante, pero tú estarás muerto. Sea como sea, en mi caso la última grabación se había hecho hace tres años. Me encontraba frente a frente con la posibilidad de perder casi una cuarta parte de mi existencia. Si deciden matarme, el nuevo Argus —no yo, sino alguien con mi memoria y mi nombre— empezaría a la edad de 10 años. Sería vigilado constantemente, se le guiaría en forma muy especial para asegurarse que no resulte un sociópata como yo.
La C.C. se arrojó de lleno a la explicación legal requerida para aclarar la situación global: mis derechos, los procedimientos, los cargos, las posibles condenas, lo que sucedería en caso de que el C.C., por alguna determinación, llegara a considerar la ofensa como capital.
— ¡Whew! —Sopló la C. C., al volver al discurso informal por mí proferido—. Aclarado lo anterior, puedo informarte. Por los reportes preliminares, creo todo va a resultar satisfactorio.
— ¿No son sólo palabras? —me sentía sinceramente atemorizado. La enormidad de la situación se irguió al fin ante mí.
—Me conoces mejor que eso.
Comenzó el testimonio. Primero vino la queja, y supe que su nombre era Tiona. La primera ronda fue de libre expresión; podíamos hablar sin restricciones, y ella tenía bastantes calificativos majaderos para los cuatro.
La C. C. recorrió el círculo con preguntas a cada uno relacionadas con los hechos. Pensé que Cathay fue el más veraz, a excepción de mí mismo. Durante el curso de las declaraciones Cathay y Gatillo archivaron contra-quejas. La C. C. las anotó.
Se hizo una corta pausa, luego el C.C. habló en su voz "oficial".
—En los casos de Argus y Denver: el testimonio no establece premeditación, pero tampoco niega la descripción física del incidente, el cargo de Asalto está vigente. Los factores mitigantes de edad y consecuentemente inhabilidad en asonadas combativas en el aspecto de la situación, fueron aceptados, con el siguiente resultado: Los cargos se reducen a la Privación Voluntaria de la Dignidad.
—En el caso Tiona versus Argus: Culpable.
—En el caso Tiona versus Denver: Culpable.
— ¿Alguno de ustedes tiene algo que decir antes de la declaración de sentencia?
Yo pensé en ello. —Lo siento. Me molesta mucho lo que sucedió. No lo volveré a hacer.
—Yo no lo siento —dijo Denver—. Ella se lo buscó. Lo siento por ella, pero no me arrepiento de mi acción.
—Los comentarios son anotados —dijo la C. C.— A cada uno de ustedes se les multa con la suma de 300 Marcos, se recolectará al llegar a la edad laborable por un sueldo, se les descontará el 10°/o de sus ingresos hasta cubrir el requisito, la mitad irá a Tiona y la otra mitad al Estado. La anotación final de la sentencia será retenida hasta determinaciones posteriores sobre el caso.
—Te zafaste fácil —dijo la C. C., al dirigirse directamentea mí—. Pero date tus vueltas. Aún pueden cambiar las cosas, y tal vez hasta la multa se te perdone.
Era como el apretar y aflojar de una llave, haber sido sentenciado y después consolado por la misma máquina. Tenía que evitar el presentimiento que la C. C. estuviese de mi parte. En realidad no lo estaba. Es absolutamente imparcial hasta donde yo sé. Sin embargo, es tan vasta en inteligencia pues modifica la personalidad de cada ciudadano con quien trata. La parte que me acababa de hablar sí estuvo de mi lado, pero se halla impotente ante la decisión jurídica de su otra parte.
—No lo entiendo —dije—. ¿Y ahora qué?
—Bueno, otro caso de Rashomon. Quiero decir que todos dieron su propia versión desde sus propios puntos de vista. No hemos llegado al meollo de la verdad absoluta. Ahora volveré a conectar los alambres para empezar otra ronda.
Mientras hablaba, vi las probetas surgir por detrás de las sillas; pequeñas culebrillas doradas con enchufes en la punta. Sentí a una reptar por mi cabello hasta encontrar la terminal. Quedó enchufada.
Existen dos niveles para el testimonio alámbrico. Madres de Darcy, Trilby y Denver salieron del recinto durante la primera parte, cuando todos referimos la historia sin la presencia de nuestros censores. El transcriptor me absolvió cuando dijo que no mentía en el primer registro, no así a Tiona, quien sí mintió muchas veces. Pero no suena como la misma historia. Dije una serie de cosas las cuales hubiera omitido de no haber sido conectado: temores, egoísmos, deseos absurdos, motivaciones infantiles. Esembarazoso, y me alegro de no recordar nada. Y más me alegra el hecho de que solo Tiona y yo, como las partes interesadas, podemos ver mi testimonio. Ojalá y hubiera podido ser el único.
La segunda fase es la desconexión del subconsciente. Relaté la historia por tercera vez, en términos tan apáticos como la dirección escénica de un guión de holovisión.
Después, las terminales se nos salieron y yo sufrí un momento de desorientación. Sabía donde me encontraba, donde había estado y sin embargo sentía como si todo me lo hubiesen contado y no haberlo vivido. Pero duró solo un momento. Me estiré.
— ¿Están todos listos para continuar? —preguntó la C. C., cortésmente. Todos asentimos.
—Muy bien. En el caso de Tiona versus Argus y Denver: los juicios de culpabilidad se mantienen con fuerza en ambos casos, pero las dos multas están rescindidas en vista de la provocación habilidad aminorada por inmadurez, y carencia en cuanto a señales de una conducta ciopática continua. En lugar de las multas Denver y Argus han de reportarse semanalmente para la evalucación y educación sobre principios morales hasta una posterior determinación establecida. La duración de tales sesiones será de cuatro semanas mínimo.
—En el caso de Tiona versus Gatillo: Gatillo es culpable de un Asalto. El rebatir tal juicio constituye su motivo, el cual fue reconocer la estrategia de Cathay al tratar con Tiona, y en creer sinceramente que él hacía lo correcto. Esta corte le concede una intención piadosa; correcta es otra cosa. No hay duda sobre la presencia de un asalto físico. Esto no puede perdonarse fuese cual fuese el motivo. Perjuicio erróneo, pues, esta corte impone a Gatillo una multa de 10 % de sus ingresos por un período de diez años, la cual se le entregará íntegramente a la parte afectada, Tiona.
Tiona no se veía muy satisfecha. Ha de haber comprendido para entonces que las cosas no iban como ella hubiese querido. También yo empecé a verlo así.
—En el caso de Tiona versus Cathay —prosiguió la C. C. — Cathay es culpable de Asalto. Su motivo ha sido determinado bajo la base de no haber evitado precisamente una situación igual a la ahora enfrentada por él mismo, así como el haber estado consciente del sufrimiento de Tiona al tener que presentarse en la corte. El intentó terminar la confrontación con un mínimo de sufrimiento para Tiona, sin imaginarse que ella, en su juicio erróneo llevaría el caso hasta la corte. Así fue, y ahora él se encuentra convicto de Asalto. En vista de sus motivos, el factor compasión templará la decisión de esta corte. Se le ordena pagar la misma multa de su colega, Gatillo.
—Ahora al caso central, el de Gatillo y Cathay versus Tiona —la vi sumirse un poco en su silla.
—Se le ha declarado culpable por razones de demencia de los siguientes cargos: abuso, traspaso, asalto verbal, y cuatro cuentas de infringimiento.
—Su ofensa estriba en haber intentado pasara otros la responsabilidad de culpa de sus propios juicios erróneos e infortunios. La corte se siente condolida por su embarazo, y comprende que la culpa por su situación no recae sobre usted únicamente. Sin embargo, ello no puede disculpar su proceder.
—La intención de Cathay fue hacerle un favor, en la suposición de que su aberrante estado mental no llegaría al grado de levantar una demanda, asimismo supuso que después, al encontrarse sola y al cavilar sobre lo ocurrido, comprendería su error en mal juzgarlo y que una corte lo absolvería.
—El estado la hace única responsable de su propio estado mental, no le interesan sus opiniones ni sus evaluaciones sobre la realidad mientras no infrinjan los derechos de otros ciudadanos. Es libre de pensar en Cathay como el responsable de sus problemas, aunque este pensamiento sea irracional, más si alguna vez lo llega a asaltar con esta opinión, el Estado tendrá que tomar cartas en el asunto y juzgar tal opinión como merotoria.
—Esta corte se adjudica ese derecho, y no encuentra bases reales para sus contenciones.
—Esta corte la declara víctima de demencia.
—El fallo es el siguiente:
—Sujetos a la aprobación de las partes afectadas, se le es permitido escoger entre muerte con suspensión temporal o sumisión a un tratamiento para remover sus actitudes sociopáticas.
—Argus, ¿exiges su muerte?
— ¿Eh? —Eso me cayó de sorpresa, y no agradable. Pero mi decisión no fue espontánea.
—No, yo no exijo nada. Creí haber terminado ya y me siento muy mal con todo este asunto. ¿En verdad la hubieran matado si lo hubiera pedido?
—No puedo contestarte porque no lo hiciste. Lo más probable es no haberlo hecho, por tu edad luego se les preguntó a los otros y todos coincidimos en la decisión final.
—Muy bien. ¿Cuál es tu elección, Tiona?
Respondió con una voz muy pequeña que estaría muy agradecida se le diera la oportunidad de seguir con vida. Luego nos dio las gracias a cada uno de nosotros. Esto fue terriblemente doloroso para mí; mi empatía estaba acelerada y trataba de imaginar la sensación de ser declarado loco por el máximo representante de la sociedad.
Lo demás fue aclaración de detalles. Tiona fue multada fuertemente, tanto en costos de la corte como en impuestos, así como en fondos pagables a Cathay y Gatillo. Las multas de estos se absorbieron en los de ella, con el resultado de que Tiona tendría que pagarles por muchos años. Su criatura estaba en almacenamiento frío; la C. C. ordenó se quedara ahí hasta no ser declarada cuerda la madre. Se me ocurrió que si ella hubiera suspendido su animación mientras le encontraba un maestro, nos hubiéramos evitado el juicio.
Tiona se alejó rápidamente al abrirse las puertas a nuestras espaldas. Darcy me abrazó mientras Trilby esperaba al fondo. Después me reuní con los demás en espera de una celebración.
Pero Gatillo y Cathay no estaban eufóricos. Más bien daban la impresión de haber perdido el caso. Nos felicitaron a mí y a Denver y se alejaron. Miré a Darcy y tampoco sonreía.
—No lo entiendo —confesé—. ¿Por qué están todos tan desanimados?
—Aún tienen que enfrentarse con la Sociedad de Maestros, —dijo Darcy.
—Todavía no comprendo. Ganaron.
—No se trata sólo de ganar o perder con la Sociedad de Maestros —dijo Trilby—. No olvides, fueron declarados culpables de asalto. Y peor aún, lo peor que puede ser, tú y Denver, estaban presentes cuando pasó. Son los culpables de la presencia de ustedes en el asalto. Me temo que la Sociedad de Maestros va a fruncir el ceño ante esto.
—Pero si la C. C. los exoneró, ¿por qué ha de condenarlos la Sociedad de Maestros? ¿Acaso no es más inteligente la C. C. que las personas?
Trilby hizo una mueca. —Ojalá pudiera contestarte. Ojalá pudiera estar segura de mi sentir al respecto.
Nos vimos al día siguiente, poco después de la decisión tomada por la Sociedad de Maestros. En realidad yo no deseaba ser encontrado, pero el bayou no es tan grande como para esconderse allí, así que ni la lucha le hice. Estaba sentado sobre el pasto en la colina más alta de Beatnik Bayou. Era también el sitio más árido.
Dejó la canoa y subió lentamente la loma, como con intención de darme suficiente tiempo de evadirme en caso de querer estar solo. Qué diablos. Tendría que hablar con ella tarde o temprano.
Se quedó sentada ahí por un largo rato. Sus codos sobre sus rodillas mientras miraba fijamente las tranquilas aguas, como lo había hecho yo toda la tarde.
— ¿Cómo lo ha tomado? — dije al fin.
—No lo sé. Está de vuelta allá, si quieres hablar con él— Es probable que quiera hablar contigo.
—Por lo menos Gatillo salió bien parada —tan pronto como lo dije, me sonó inconsistente.
—Tres años de probación no es para reírse. Tendrá que cerrar este lugar por algún tiempo. Echarle naftalina.
—Naftalina. —Vi a Martes, la hipopótama, mientras chacoteaba sumida en el lodo—. ¿Será Martes animación suspendida? Pensé en el pequeño bebé de Tiona, metido en una botella en espera de que su mamá se curara. Recordé los años felices cuando chapoteaba en el lodo del bayou, y las aguas congeladas, saetas de hielo revueltas con musgo español en las ramas. —Me imagino lo que ha de costar volver a abrirlo después de tres años—. Mis ideas sobre el dinero eran nebulosas. Hasta ahora, carecía de importancia para mí.
Trilby me miró con ojos entrecerrados. Se encogió de hombros.
—Lo más probable es que tenga que vender. Hay un cliente comprador. Su idea es ampliarlo para hacer un campo de golf.
Un campo de golf —repetí, como insensible. Prados manicurados, bonitos estanques de dificultad, trampas de arena, pendones ondeantes al viento. Estéril. De pronto me dieron ganas de llorar. Pero por alguna razón no lo hice.
—No puedes volver aquí, Argus. Nada permanece igual. El cambio es algo inevitable y debes aceptarlo.
—También lo hará Cathay y, ¿cuánto cambio se espera debamos aceptar? Azorado, me di cuenta de que Cathay ahora estaría como siempre desee. Crecería conmigo, envejecería en lugar de ser regresado para empezar a crecer con otra criatura. Y de pronto fue demasiado para mí. No había sido culpa mía, pero el haberlo deseado y ahora verlo realizado, me hacía sentir culpable. Brotaron las lágrimas, y siguieron así por mucho tiempo.
Trilby me dejó solo, y se lo agradecí.
Aún estaba ahí cuando me pude controlar. Me daba lo mismo estuviera o no. Me sentí vacío, con un ardor en la garganta. Nadie me había explicado estos aspectos de la vida.
— ¿Qué. . . que pasará con la criatura contratada para ser guiada por Cathay? —pregunté finalmente. Necesitaba decir algo—. ¿Qué será de ella?
—La Sociedad de Maestros asumirá la responsabilidad —dijo Trilby—. Encontrarán a alguien. También para la de Gatillo.
La miré. Estaba tendida, con ambos codos bajo ella para levantarla un poco. Sus pezones de San Valentín se encrespaban mientras los miraba.
Me dirigió una mirada, con una sonrisa en la comisura de su boca. Me sentí un poco mejor. Estaba preciosa.
—Tal vez podría. . . bueno, ¿no podría enseñar a muchachos mayores?
—Me supongo que sí —dijo Trilby con un movimiento de hombros—. Pero no sé si quiera. Lo conozco. Esto le va a afectar.
— ¿Podría hacer algo por él?
—No lo creo. Habla con él. Muéstrale conmiseración, pero no demasiada. Encontrarás la forma. Cerciórate si quiere estar contigo.
—Era demasiado confuso. ¿Cómo iba yo a saber sus preferencias? El no había venido a verme pero Trilby sí.
Solo existía, en ese momento, una cosa sin complicaciones en mi vida, algo en lo cual no requería el pensar para lograrlo, Rolé, me subí sobre ella y la empecé a besar. Ella respondió con un lánguido erotismo el cual me resultó irresistible. Sí, sabía algunos trucos desconocidos para mí.
— ¿Cómo estuvo eso? —le dije, mucho después.
De nuevo esa sonrisa. Me daba la sensación de divertirla, y sin embargo no me molestaba. Quizás era por el hecho de no hacer aspavientos de ser ella la adulta y yo el niño. Siempre sería así entre nosotros. Yo tendría que crecer hasta su nivel. Ella nunca retrocedería hasta el mío.
— ¿Vas en pos de algún grado? —preguntó ella—. ¿Cómo el siglo XX? —Se puso de pie y se estiró.
—Muy bien, seré sincera. Supongamos un A en esfuerzo, pero cualquiera con trece años lo obtendría. Es inevitable. En técnica, tal vez un C bajo. No esperaría más, por la misma razón.
— ¿Y tú me enseñarás a mejorar? ¿Es esa tu misión?
—Sólo si me contratas. Y el sexo es una parte tan pequeña. Escucha Argus. No voy a ser tu mamá. Darcy cumple con eso muy bien. Tampoco seré tu compañero de juegos, como lo fue Cathay. No te daré lecciones de moral. Al fin y al cabo ya estás cansado de todo eso.
Era verdad. Cathay nunca había sido mi contemporáneo, aunque siempre trató de parecerlo y de actuarlo. Pero la ilusión empezó a declinar, y creo así tenía que ser. —Me era difícil ignorar las contradicciones, yo era demasiado sofisticado y cínico.
Eso me preocupaba como me preocupó la C. C. La C. C. podía ser mi amiga un minuto y condenarme a muerte al siguiente. Deseaba más que eso y Trilby me lo ofrecía.
—Tampoco te enseñaré ciencias ni destrezas manuales. Para todo eso tendrás tutores, cuando decidas tus actividades —continuó ella.
— ¿Cuál es entonces, concretamente, tu misión?
—  ¿Sabes? Nunca he podido encontrar la forma exacta de definir esa pregunta. No estaré presente todo el tiempo como Cathay. Tú vendrás a mí cuando quieras hacerlo, cuando tengas un problema tal vez. Te consolaré y haré todo por ayudarte, pero mi misión consistirá sobre todo en hacerte ver la importancia de llegar a tus propias conclusiones, sobre todo las difíciles. Si cometes una estupidez, te lo diré, pero no me causará sorpresa ni desilución si continúas cometiendo las mismas estupideces. Pero te prometo ser sincera contigo siempre en todo, te diré las cosas como las veo. No trataré de evitarte sufrimientos. Llegó el tiempo de sufrir. Piensa en Cathay como un niño profesional. No pienso descartarlo. Te convirtió en un ser civilizado, cuando él te recibió eras todo menos eso. Gracias a él ahora tienes la capacidad de preocuparte por su propia situación, de sentir la lealtad. Y es lo suficientemente bueno en su trabajo para saber cómo vas a elegir.
— ¿Elegir? ¿Qué quieres decir con eso?
—No te lo puede decir —extendió sus manos y sonrió—. ¿Ves cuan útil puedo ser?
Me confundía de nuevo. ¿Por qué no pueden ser más simples las cosas?
—Entonces, si Cathay es un infante profesional, tú eres un adulto profesional.
—Puedes pensarlo así. No es en realidad tan análogo.
—Aún no entiendo la índole del servicio por el cual te pagará Darcy.
—Nos haremos mucho el amor. ¿Qué te parece? ¿Eso si lo comprendes claramente? —Se sacudió la tierra de su espalda y frunció el ceño—. Pero ya no sobre tierra. Me desagrada.
Voltee a mi alrededor. El sitio estaba desaseado. No tenía nada de bonito. Me pregunté porqué me había gustado tanto. De pronto me entraron deseos de alejarme de allí, de ir a un lugar limpio y seco.
—Ven —le dije al ponerme de pie—. Quiero volver a probar más de esas cosas.
— ¿Quieres decir que ya tengo empleo?
—Sí, creo que sí.

Cathay estaba sentado en el porche de la Choza de Azúcar, una hilera de botellas ambarinas de cerveza lo bordeaban. Nos sonrió al acercarnos. Estaba borracho como una cuba.
Es extraño. Nos habíamos emborrachado juntos muchas veces, los cuatro. Es muy divertido. Pero cuando una persona se emborracha sola, no es muy agradable. Aunque no le negaba razón. Cuando se bebe en compañía todos los chistes son buenos, pero cuando se bebe solo, te denigras.
Trilby y yo nos sentamos a su lado. Quería cantar. Nos insistió tomar con él. Yo bebía de la mía y trataba de seguirle la corriente. Pero pronto empezó a llorar y me sentí terriblemente mal. Y admito que no fue sólo por compasión. Me sentía impotente de hacer algo por él y un poco resentido por alguna de las promesas a las cuales me obligó. Lo hubiera venido a ver de todos modos. No ten ía porqué lloriquear sobre mi hombro al pedirme que no lo abandonara.
Así que lloró sobre mí y sobre Trilby, para luego sentarse entre los dos, triste y sombrío. Traté de consolarlo.
—Cathay, no es el fin del mundo. Dice Trilby que aún podrás enseñar a chicos mayores. De mi edad para arriba. La Sociedad de Maestros sólo se refirió a los más pequeños.
Masculló algo.
—No puede haber tanta diferencia.
—Quizás tengas razón —dijo él.
—Claro que la tengo —caía inconscientemente hacia esa falsedad usada para animar a un ebrio. El lo captó de inmediato.
— ¿Qué diablos sabes tú? Te crees. . . maldición, ¿qué sabes tú? ¿Sabes qué clase de persona se necesita ser para un trabajo como el mío? Se necesita ser un desadaptado. Alguien que se niega acrecer, igual que tú. Ambos somos cobardes, Argus. Tú no lo sabes, pero yo sí. ¿Entonces qué diablos voy a hacer? ¿Por qué no te largas? Tú te saliste con la tuya, ¿no es así?
—Cálmate, Cathay —lo apaciguaba Trilby mientras lo estrechaba junto a ella—, cálmate.
Al momento se arrepintió y comenzó a llorar calladamente. Repitió su arrepentimiento muchas veces con sinceridad. Dijo no haberlo dicho en serio, que fue sin pensarlo y en forma cruel.
Etcétera, etcétera.
Yo estaba helado.
Lo acostamos en la choza, y nos alejamos camino abajo.
—Tendremos que vigilarlo por algunos días, se le pasará, pero será muy duro —dijo Trilby.
—Correcto —le contesté.
Me volví para ver la choza antes de tomar por el recodo del camino. Por un instante vi el Beatnik Bayou como una ilusión perfecta, una ventana a través del tiempo. Luego rodeamos el árbol y todo se derrumbó. Antes, todo carecía de importancia para mí.
Pero era un sitio tan desaliñado y sucio. Nunca me había dado cuenta de la fealdad de la Choza de Azúcar.
Jamás la volví a ver. Cathay vivió con nosotros por algunos meses, trataba de hacerse la prueba en el arte. Darcy me dijo en privado que era un caso perdido. Se mudó y después nos veíamos frecuentemente, siempre con un saludo.
Pero me deprimía su presencia. Y él lo sabía. Además confesó que yo representaba todo lo que él trataba de olvidar. Por eso hablábamos poco.
A veces juego golf en el viejo bayou. Solo tiene dos hoyos, pero hablan de ampliarlo.
Hicieron un buen trabajo de renovación.
10-16-2008 07:58 PM
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Re: Los mejores cuentos de ciencia ficcion
VENTANA
Por Bob Leman.
Nos gusta especular fácilmente sobre otras dimenciones, alternar universos, paralelizar mundos. Pensamos lo divertido que sería poder explorar tales lugares —como la Tierra, la Tierra misma, con distintas evoluciones. Sin embargo, las distintas evoluciones traen consigo criaturas diferentes a las conocidas en esta versión de la Tierra. Seríamos prudentes en abstenernos de abrir ventanas a tan extensas visiones.
—No sabemos qué diablos pasa allá —le dijeron a Gilson en Washington—. Puede ser algo muy grande. El loco encargado trató de no mencionarlo, pero el ejército estaba prestando rutinas de seguridad y el oficial comandante nos alertó. Se trata de un proyecto de locos. Aparentemente fue fundado hace años sin que nadie le diera importancia. Percepción extrasensorial, por el amor de Dios. Y tal vez hayan encontrado algo. Por lo menos eso cree el coronel de seguridad. Averigüen de qué se trata.
El loco-encargado era un arrugado profesor de psicología liamado Krantz. El y el coronel recibieron a Gilson en el aeropuerto. Se dirigieron directamente al sitio en un sedán del ejército. El coronel empezó a hablar de inmediato.
—Usted tiene algo muy raro aquí, Gilson —le dijo—. Jamás he visto cosa igual, ni nadie más tampoco. Es un problema para este mistificado Krantz. Nosotros sólo somos de seguridad, aunque hasta ahora no se han necesitado medidas al respecto. Ni siquiera ha habido necesidad de mantenerlo en secreto, a no ser para evitar las risas públicas. Nuestras disposiciones son. . .
—Dr. Krantz —dijo Gilson—, sería bueno que me diera usted un informe general de la situación, por ahora no tengo ninguno.
Krantz encendió un puro. Soltó una fétida nube de humo y dijo: —Hemos perdido un edificio prefabricado, una computadora POBEC, algún instrumental médico y un investigador llamado Culvergast.
— ¿Qué quiere decir con "hemos perdido"? —preguntó Gilson.
—Desaparecieron, no están. Todo un edificio y lo que estaba dentro de él. Ya no está allí. Pero tenemos algo a cambio.
— ¿Qué cosa?
—Espere y véala por usted mismo —dijo Krantz—. Llegaremos en unos minutos. —
Dejaban atrás el área metropolitana y comenzaban a ver una serie de pueblitos aledaños en decadencia. La carretera serpenteaba sobre el valle a lo largo del río, donde estaban enclavados los pueblitos, ninguno de los cuales tenía más de dos cuadras de largo o ancho, con calles laterales que trepaban hacia los riscos. En una de estas comunidades moribundas, se alejaron de la carretera y comenzaron a rodear un camino empedrado cuya superficie cambió a escoria cuando las casas se perdieron de vista. Más allá de la cima del escarpado, aquel camino empezó adecender tan abruptamente como había ascendido, y después de un cuarto de milla dieron vuelta a una vereda cuya entrada hubiera pasado inadvertida por alguien sin interés de encontrarla. Ahora se encontraban en un bosque; ya había sido podado, pero hacía tanto tiempo de ello, que daba la impresión de ser virgen, alto, silencioso, y algo sombrío en este día gris.
—Bonito —dijo Gilson—. ¿Cómo puede un proyecto como éste llevarse a cabo en un lugar tan lejano?
—El lugar estaba disponible —dijo el coronel—. Lo ha estado desde la segunda Guerra Mundial. Fue utilizado para ciertos trabajos y lo cerraron en 1948. Quedó vacío hasta que el profesor lo ocupó.
—Culvergast es un poco excéntrico —dijo Krantz—. No aceptaba trabajar en la universidad, decía que había demasiada gente ahí. Cuando oí que este sitio se encontraba disponible, lo solicité, y lo conseguí, junto con el coronel. Culvergast ha estado contento con el sistema, pero creo que algo molesto con el coronel.
—Es un perfecto lunático —dijo el coronel—, y sus pequeños ayudantes aún más.
—Bien, ¿qué diablos estaba haciendo? —preguntó Gilson.
Antes de que Krantz pudiera contestar, el chofer frenó ante una reja frente a la vereda. Tenía una pesada cadena y estaba vigilada por soldados armados. Uno de ellos, con una metralleta en la mano, se asomó al vehículo.
— ¿Todo bien señor? —preguntó.
—Todo bien, con waffles, sargento —dijo, el coronel—. Era sin duda una contraseña. El guardián abrió el candado enorme que aseguraba la cadena.
—Bastante primitivo —dijo el coronel mientras pasaban la reja dando tumbos-, pero servirá mientras lo acondicionamos. Teníamos hombres con perros patrullando la barda. —Miró a Gilson—, casi llegamos. A ver qué les parece. . .
Era una casa. Se encontraba en el centro de un claro lleno de sol, blanca, brillante e incongruente. A su alrededor se erguía el sombrío bosque bajo un cielo nublado, mas por alguna razón inexplicable, había luz solar sobre la casa, reflejado en sus bruñidas ventanas, el colorido de las flores vivo y resplandeciente, sus paredes proyectaban su blancura contra el gris de los alrededores; era un área iluminada, rodeada de edificios abandonados.
—No pudo haber escogido mejor ocasión —dijo el coronel—. Soleado allá, nublado aquí.
Gilson no escuchaba. Se había bajado del auto y miraba fascinado — ¡Jesús! —exclamó—. ¡Parece una maldita postal Victoriana!
La mansión de madera estaba tallada con diseños como encaje, el pronunciado techo con sus aleros trepaba hacia torres y torrecillas.
Altos ventanales denunciaban numerosas y amplias habitaciones. Parecía ser nueva, o cuando menos acabada de pintar y extremadamente bien cuidada. Una entrada para automóviles, de fina grava blanca, conducía a la casa bajo un alto porte-Cochére.
— ¿Qué le parece? ¿Algo como la casa de su abuelo? —dijo el coronel.
Y en realidad, así era: como la casa del abuelo, agrandada, perfeccionada y vista através de un lente de romántica nostalgia.
— ¿Yesto obtuvo a cambio de una casa prefabricada? —preguntó,
—Como aquella —dijo el coronel, al señalar a una deteriorada construcción—. Podríamos usar la prefabricada, desde luego.
— ¿Qué quiere decir con eso?
—Ponga atención —dijo el coronel. Tomó una pequeña piedra y la arrojó hacia la casa. La piedra se elevó, llegó hasta su mayor grado de elevación y empezó a descender. De pronto ya no estaban ahí.
—A ver —dijo Gilson—. Ahora me toca a mí.
Arrojó la piedra como si fuera una bola de béisbol, alta y con fuerza. Desapareció como a unos quince metros de la casa. Mientras observaba el punto de desaparición, Gilson se percató del verde prado, el cual terminaba justamente debajo. Allí nacía el suelo rocoso y enramado del claro. La línea de separación era perfecta y rectilínea, corría en ángulo sobre los prados. Junto a la carretera, hacía un gira de 90° y cortaba pedazos de prado, de carretera y de matorrales con la misma y precisa rectitud.
—Es rectangular —dijo Krantz—, como de treinta metros por lado. Probablemente un cubo. Sabemos que tiene como veintisiete metros de altura y tal vez unos tres metros bajo la superficie.
— ¿Eso? —Preguntó Gilson—.  ¿Qué quiere decir con "eso"?
—Llámelo como quiera. Una televisión tridimensional, un receptor de 30 M2, tal vez. Una pelota cúbica de cristal. . . —respondió Krantz.
—Nuestras rocas no chocaron contra la casa. ¿A dónde se irían?
—Es una buena pregunta. El contestarla aclararía todas nuestras dudas.
Gilson tomó una bocanada de aire.
—Muy bien, ya lo vi. Ahora cuénteme todo desde el principio.
Krantz mantuvo silencio por un momento; de pronto, con voz seca dijo.
—Hace cinco días, el 13 de junio, a las 11:30 am, tal vez tres minutos antes o después, el guardián del puente, Ellis Mulvihill, escuchó una explosión callada, según la describió después. Entró a la zona, cerró la reja tras de él y corrió hacia el claro. Estaba azorado, temblaba, pues vio esa casa en lugar de la casa prefabricada de Culvergast. Tal vez se quedó boquiabierto, parpadeante al tratar de asimilar su visión. Entonces corrió hacia la garita de guardias y llamó al coronel, el cual me llamó a mí. Llegamos y nos encontramos con la desaparición de un pedazo de tierra, de un edificio con un hombre dentro, y con la aparición de esta casa tan aseadita como una quinceañera.
—Pensará usted que la casa prefabricada tuvo la misma suerte de las piedras lanzadas por nosotros —dijo Gilson. Era una afirmación.
— ¿Por qué? Ni siquiera estamos seguros de su desaparición. Lo que vemos no puede estar en donde lo vemos. Sobre esa casa llueve cuando hay sol aquí y en este momento usted puede ver los rayos del sol sobre ella. Es una ventana.
— ¿Una ventana de qué?
—Bueno, esa parece ser una casa nueva. ¿Cuándo las construían así?—.
—En 1870 u 1880.
—Así es —dijo Krantz—. En este momento presenciamos una escena del pasado.
—Ah, por el amor de Dios —dijo Gilson.
—Sé como se siente. Puedo estar equivocado. Sin embargo hay mucha coherencia en mis palabras. Me gustaría saber la opinión de Reeves. Ha estado aquí desde el principio. Es un estudiante graduado, asistente. ¡Reeves!
Un joven alto y muy delgado se irguió de su posición agachada, junto a una máquina de extraño aspecto, la cual se encontraba cerca de la línea entre el pasto y los desechos y miró a los tres hombres. Reeves era un entusiasta.
— ¡Ah! Es el pasado —dijo—. En algún lugar de los ochentas. Mi novia me trajo algunos libros costumbristas y las ropas coincidían con esa década. La decoración de los arneses de los cabaltos nos da también algunas pistas.
—Espere un minuto —interrumpió Gilson—. ¿Ropas? ¿Significa eso que hay personas adentro?
— ¡Claro! —Dijo Reeves—. Una simpática familia. La mamá, el papá, la hija, el hijo, la tía o la abuela. Un perro. Son gente buena.
— ¿Cómo puede usted saberlo?
—Los he observado durante cinco días. Y el clima ha sido bueno tanto para ellos como para nosotros. Además se llevan bien entre ellos, ya lo verán ustedes mismos.
— ¿Cuándo?
—Bueno, ahorita están en la hora de la comida. Siempre salen después de comer. . . yo diría, en una hora.
—Esperaremos —dijo Gilson— cuénteme más por favor. Krantz prosiguió.
—En cuanto al origen, aún no hay nada. Tenemos una ventana hacia el pasado, según creemos. Podemos ver a través de ella y lo sabemos por la luz; pero ésta sólo pasa en una dirección, así lo evidencia el hecho de que nosotros podemos ver a esas personas sin ser vistos. No pasa nada más. Usted vio lo que pasó con las piedras. Hemos arrojado objetos sobre la interfase aquella y no ha habido resistencia alguna. . . pero todo desaparece al penetrarla. Sabe Dios hacia donde. Lo que llega ahí, ahí se queda. Es fascinante. Pero sea lo que sea, no está donde se ubica la casa. Esa interfase no está entre nosotros y el pasado; está entre nosotros y algún otro lugar. Tal vez esa ventana sea producto de un efecto incidental, alguna desviación del tiempo resultante de las tensiones resistentes a lo largo de esa interfase.
Gilson suspiró.
—Krantz, ¿qué voy a decirle al secretario? Presenciamos el suceso más grande del siglo y lo hemos callado durante cinco días. No sabríamos nada al respecto de no haber sido por el reporte del coronel. Hemos desperdiciado cinco días. ¡Quién sabe cuánto durará esto! La maldita agrupación científica debió haber estado aquí desde el primer día. Esto requiere de total atención. A estas alturas, el lugar debería ser un panal de abejas. Y ¿qué es lo que encuentro?
A usted y a un estudiante graduado, aventando piedras y probando con estacas. ..Ya una muchacha con sus libros de fechas y costumbres. ¡Esto es criminal! Krantz no se veía abatido.
—Pensé que diría eso, pero escuche mi punto de vista. Le guste o no, esta "cosa" no es producto ni de la tecnología ni de la ciencia. Fue pura psi. Si podemos reconstruir el trabajo de Culvergast, quizás podamos descubrir la verdad; podríamos entonces repetir el fenómeno. Pero no me agrada lo que va a suceder cuando llame usted a sus técnicos, Gilson. Medirán, probarán, conjeturizarán y teorizarán, mas nunca aceptarán las bases reales del hecho. El día de su llegada, estaré fuera. Y maldita sea, Gilson, esto me pertenece.
—Ya no —dijo Gilson—. Es demasiado grande para ser propiedad particular.
—No, mientras estemos trabajando en un experimento difícil muy nuestro—dijo Krantz—. Reeves, di le sobre tu máquina batidora.
—Sí señor —dijo Reeves—. Verá usted, señor Gilson. Lo que dijo el profesor no fue toda la verdad, ¿sabe? Hay ocasiones en que algo sí puede traspasar la venta. Lo vimos el primer día. Hubo una inversión en la temperatura en el valle y el hedor de la planta de productos químicos se había acumulado más o menos por una semana. Ese día estalló y el aire fétido nos contaminó. Era un hedor de podredumbre. Estábamos observando aquella gente, y de repente comenzaron a sorber y a arrugar las narices con rostros de disgusto. Debía de ser por el hedor químico, pensamos. Hicimos la prueba con una estaca de inmediato, pero la punta desaparecía, como siempre. El profesor sugirió la presencia de un latido o algo así en la interfase, cuya existencia era tan sólo intermitente. Remendamos unos artefactos para probar la idea. Acompáñeme y veámosla.
Era un volante horizontal con una pala atada a la orilla, como una abrazadera extendida. Cuando el volante giraba, la pala rodeaba una mesa. Había una tolva arriba y en intervalos algo caía de la tolva hacia la mesa y la pala lo despedía de inmediato por los aires. Gilson se asomó dentro de la tolva y arqueó las cejas.
—Cubos de hielo —dijo Reeves—, pintados de anaranjado para verlos mejor. Esa cosa dispara un cubo de hielo hacia la interfase cada segundo.
Alguien se encarga del cronómetro. Cada 15 horas con 20 minutos la cosa se abre durante cinco segundos. Cinco cubos de hielo atraviesan y caen sobre el césped interior. El resto del tiempo se desvanece en la interfase.
— ¿Cubos de hielo? ¿Por qué?
—Se derriten y desaparecen. No podemos aclarar el pasado con artefactos del presente. Sólo Dios sabe cuáles serán los efectos. Además son baratos y arrojamos una gran cantidad de ellos.
—La ciencia —dijo Gilson pesadamente— no puedo esperar a escuchar los comentarios que van a suscitarse en Washington.
—Búrlese a gusto —dijo Krantz—, la casa está allí, como la interfase. Nos encontramos frente a una maraña del tiempo, y Culvergast el loco, lo logró, y no un físico o un ingeniero.
—Ahora que lo menciona, ¿qué diablos intentaba Culvergast?
—Buena pregunta. —Trataba de descubrir hechizos.
— ¿Hechizos?
—De los cuales somos víctimas. Palabras mágicas. No se disguste aún. En cierta forma tiene sentido. Somos capaces de entender la telekinesis —la manipulación de la materia sobre la mente. Es obvio que la telekinesis, si pudiera ser aplicada con precisión, sería un arma maravillosa. La hipótesis de Culvergast se basa en la existencia de personas que hacen proezas con la telekinesis, y, aunque nunca parecen saber explicar cómo lo logran, sí llevan a cabo una específica acción mental que les permite conectarse con cierta fuente de energía que aparentemente existe a nuestro alrededor, y hasta cierto grado enfocar y dirigir tal energía. Culvergast se propuso descubrir el factor común de ese proceso mental.
—Muchos telekinistas pasaron por aquí, y reportó haber encontrado un patrón, una especie de dispositivo mnemotécnico con un funcionamiento en el fondo, o por debajo, del nivel verbal. En algunas de las personas lo encontró como una colección de notas musicales, en otras como sonidos intangibles, y en uno en especial —dijo— como matemáticas en el nivel primario de la aritmética.
Todo esto lo volcaba a la computadora, trataba de eliminar los ruidos simples y la idiosincrasia personal de los sujetos, trataba de dejar al desnudo la esencia verdadera y efectiva. Luego se propuso organizar esta esencia a la palabra; palabras que al formar de tal modo las cornetes mentales del locutor en el estándar del idioma norteamericano, lograrían canalizar y manipular la energía telekinética a voluntad del locutor. Palabras mágicas, podríamos decir. Hechizos.
—Evidentemente había logrado más de lo que yo pensaba. Creo que llegó a unas palabras, hizo la prueba con ellas, e intentó la telekinesis —en un grado pequeño y elemental, como hacer que un cenicero se elevara de su escritorio y volara por los aires, quizás. Y dio resultado, pero no fue solamente una pequeña fuerza de levanta-ceniceros; había abierto de par en par la reja y por ella entró alguna energía terrible. Son puras conjeturas, desde luego, pero ha de haber sido algo así para tener un efecto como éste.
Gilson había escuchado en silencio. Luego dijo:
—No voy a decir que está usted loco, porque veo la casa y lo que está pasando con los cubos de hielo. Después de todo el cómo sucedió no es mi problema. Mi problema estriba en lo que le voy a recomendar al secretario para encontrarle solución a todo esto. Una cosa es segura, Krantz: esto no será tu privacía dentro de poco.
Reeves exhaló un chillido de dolor.
—No pueden hacer eso. Esto es nuestro. Es del profesor. Véanlo, miren la casa. ¿Quieren a una horda de malditos ingenieros metiches husmeando con ESO?
Gilson entendía la reacción de Reeves. La casa estaba ahora bañada de luz crepuscular; parecía brillar interiormente con un profundo y rosáceo rubor. Pero reflexionó Gilson. El crepúsculo no era realmente necesario; el sentimiento y lo universal, la no reconocida añoranza de tiempos más claros y simples, podrían ser lo suficientemente rosados. El estaba consciente que aquella oleada de nostalgia era provocada por algo desconocido, la forma de vida de la casa, epitomizada ante él, era su propia creación, hecha a base de estrados de novelas y películas, sin embargo tenía hambre de aquella vida, añoraba aquel tiempo. Era un tiempo gentil y seguro —pensó— un tiempo en donde se caminaba sin prisa, se respiraban aires limpios; un tiempo lleno de gracia y estilo, cuando los jóvenes usaban chamarras a rayas y sombreros de copa galanteaban con las jovencitas ataviadas con largos vestidos blancos, mientras la tarde veraniega caía, roja y callada sobre las pláticas en el porche. Daban paseos en bicicleta por arriba de las colinas, junto a los arroyos; por las noches salían a pasear en carrozas a la luz de la luna mientras los somnolientos caballos escuchaban las tiernas declaraciones amorosas de las parejas, rodeados por los cánticos de las aves. Excursionaban río abajo, en busca de algún claro limpio, para después remar al compás de alguna banda musical.
Sí —pensó Gilson—, y probablemente habrá por ahí algún mago con su baúl lleno de adjetivos, el cual suspiraría y diría: — ¡Ah! ¡Los tiempos pasados siempre fueron mejores!
Si no actuaba con cautela, acabaría ayudando a Krantzya Reeves a mantener el asunto oculto. El joven Reeves —extrañamente, para alguien de su edad— parecía un nostálgico incurable. Su descripción de la familia de la casa habría sido detallada.
¡Ah, definitivamente había llegado el tiempo de llamar a los muchachos de frías miradas! Ya era hora.
—Saldrán en cualquier momento —decía Reeves— esperen a ver a Marta.
— ¿Marta? —preguntó Gilson.
—La niña, es una muñeca.
Gilson lo miró, Reeves resumió. —Bueno, les puse nombres.
—Los chicos. Marta y Pete. El perro se llama Alpie. Van de acuerdo con esos nombres. —Gilson no contestó y Reeves exclamó—: Véanlos por ustedes mismos, ahí están.
Una agradable familia, como lo había dicho Reeves. Después de observarlos durante media hora, Gilson estaba listo para coincidir en lo comprometedor del asunto, perfecto tanto la casa como sus habitantes. No hacía falta nada más para completar algún cuadro Victoriano. Los padres eran bien parecidos y aún se amaban, los chicos se mostraban alegres y contentos frente a su mundo. Al menos así le pareció mientras los veía bajo la oscuridad del atardecer.
Se imaginaba la agradable y afectiva conversación de los padres mientras se sentaban sobre el columpio del porche, y casi escuchaba los juguetees de los niños y los ladridos del perro mientras corrían junto al lago.
La oscuridad se acentuaba; las lámparas de petróleo despedían una luz melosa cuyo reflejo acariciaba los cristales de las ventanas y un grupo de luciérnagas aleteaba sobre el prado.
Se vio un arco de fuego cuando el padre apagó su puro y se puso de pie.
Siguió después una pequeña y hermosa pantomima, llamaba a los niños y estos protestaron, se les permitieran unos minutos más de esparcimiento y fueron llamados de nuevo con firmeza.
Se dirigieron hacia el porche y entraron a la casa.
El perro se había retrasado un poco para regar un matorral y de inmediato se les unió; luego entraron el padre y la madre. La puerta se cerró y tan sólo quedaba el reflejo de la luz en las ventanas.
Reeves exhaló extasiado. — ¡Qué hermoso! Eso es vivir. Si una persona pudiera mandar al diablo todo esto y regresar a aquellos tiempos. . . y Marta, la vieron. Es un ángel, ¡Ah!, daría cualquier co. . .
Gilson lo interrumpió: — ¿Cuándo aparecerá la próxima ronda de cubos de hielo?
—.. . sa por.. . Ah, sí. Veamos. La última penetración fue a las 3:15, poco antes de su llegada. La siguiente será a las 6:35 am, si el patrón se mantiene, y debe mantenerse.
—Quiero ver eso, pero en estos momentos debo hacer algunos llamados telefónicos, Coronel.

Gilson no durmió esa noche, tampoco Krantz, ni Reeves aparentemente. Cuando llegó al claro a las 5:00 am, ahí estaban ellos, sin rasurar y con los ojos rojos, bebían café en sus termos.
Se había nublado de nuevo el cielo y e| claro estaba totalmente oscuro excepto por una pálida luz más allá de la interfase, en donde estaba a punto de emerger un día soleado.
— ¿Alguna novedad? —preguntó Gilson.
—Eso mismo me pregunto yo—dijo Krantz—. ¿Qué va a suceder?
—Más o menos lo que usted esperaba, me temo.
Esta tarde el lugar va a parecer un panal de verdad.
Mañana en la noche tendremos suerte si logramos encontrar un lugar en donde pararnos. Bannon ha estado pegado al telefono desde mi llamada, en contacto con los científicos, y éstos a su vez con los técnicos, quienes traerán las máquinas. El ejército se encargará de la seguridad. ¿Puedo robarles un poco de café?
—Tómelo. Usted trae malas noticias.
—Lo siento —dijo Gilson pero así es.
— ¡Maldición! —Gritó Reeves, a punto de romper en llanto—.
Ese será mi fin. No me permitirán entrar. Un maldito estudiante de psicología nada más. No me dejarán ni acercarme al lugar. ¡Maldita sea! —miró a Gilson con desesperación.
El sol había salido, su luz caía gris sobre el claro, pero brillante sobre la casa a través de la interfase.
Sólo se escuchaba el ajetreo de la máquina de hielo. Los tres hombres miraban en silencio la casa. Gilson bebió su café.
—Ahí está Marta —dijo Reeves—, arriba. —El pequeño rostro apareció entre las cortinas de la ventana del segundo piso y unos brillantes ojos azules saludaban a la mañana—. Hace eso todos los días —siguió diciendo Reeves—, se sienta allí y observa a las aves y a las ardillas mientras la llaman para desayunar. —
La miraban y ésta observaba algo más allá del ventanal, y ese algo estaría a la zaga de los tres hombres si su mundo hubiese sido el mismo.
Gilson casi voltea para ver de qué se trataba.
Reeves aparentemente sintió el mismo impulso.
— ¿Qué mirará con tanto ahínco? No necesariamente el bosque, tal vez alguna pradera o algún ganado. Caray, me gustaría estar en esa ventana y descubrirlo.
Krantz miró su reloj y dijo: —Será mejor que vayamos allá. Faltan tan sólo unos minutos.
Se dirigieron hacia donde la monótona máquina arrojaba cubos de hielo dentro de la interfase.
Un soldado, cronómetro en mano, estaba sentado atrás del aparato, anotaba cualquier cosa fuera de lo normal en su lista.
—Faltan dos minutos Dr. Klrantz —dijo.
Krantz le comentó a Gilson. —No pierda de vista los hielos. No puede perdérselo—
Gilson miraba la máquina, y le divertía el ritmo de aquellos sonidos caseros: "plop" -el goteo de los cubos; "uissh" —la pala giraba: "Pock" —la pala chocaba contra los cubos de hielo.
De pronto una trayectoria recta hacia el interior de la interfase, en donde el pequeño y anaranjado proyectil desaparecía abruptamente. Un segundo después, otro. Otro más.
—5 segundos —dijo el soldado— 4,3, 2,1, ¡Ahora!
Su conteo falló por un segundo; el cubo de hielo desapareció como sus predecesores. Pero el siguiente continuó su vuelo y cayó sobre el prado. Refulgía.
Entonces es un hecho —pensó Gilson.
Los cubos de hielo viajan a través del tiempo.
De pronto a sus espaldas se escuchó un incomprensible grito tanto de Krantz como de Reeves, después un fuerte, claro y angustioso: — ¡Reeves, no! —de Krantz. Gilson escuchó el estampido de pies encarrerados y atrapó de reojo un rápido movimiento en el borde de su visión.
Se dio vuelta a tiempo para ver la figura desgarbada de Reeves volar a su lado, arrojarse a través de la interfase, y aterrizar cuan largo era sobre el césped.
— ¡Tonto! —dijo Krantz con violencia. Un cubo de hielo salió disparado para caer junto a Reeves. La máquina volvió a batear; un cubo voló y desapareció. Los cinco segundos accesibles habían llegado a su fin.
Reeves alzó la cabeza y se quedó un momento contemplando el pasto bajo él.
Viró su mirada hacia la casa. Se puso lentamente de pie, con una expresión divertida. Una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro y los hombres que miraban todo desde el lado opuesto casi podían leer sus pensamientos: Bueno, que me condene.
Lo logré. Aquí me tienen.
Krantz balbuceaba sin control. —Aún estamos aquí, Gilson aún estamos, aún existimos, todo es igual, al parecer.
Tal vez él no cambió del todo las cosas, tal vez el futuro está arreglado y él no cambió en realidad nada. Yo me temía algo así. Desde tu llegada, él ha estado. . .
Gilson no lo escuchó. Miraba azorado e incrédulo a la chiquilla en la venta, trataba de comprender y no creía lo que veía.
El comportamiento de la niña era equivocado, mucho muy equivocado.
Un hombre se había materializado en su prado, de pronto, de la nada, una soleada mañana y ella no había mostrado ni sorpresa ni temor. Había sonreído, espontáneamente.
Su sonrisa se agrandaba más y más y daba la impresión de querer partir su rostro en dos partes, su sonrisa mostraba demasiados dientes, una sonrisa fija, incongruente y terrible bajo aquellos brillantes ojos azules. A Gilson se le revolvió el estómago; comprendió su pavor.
Su cara desapareció de súbito de la ventana; unos segundos después se abrió la puerta principal y la niñita corrió hacia ellos, con velocidad fúrica, hacia Reeves.
Se movía en forma curiosa como de huida. Cuando estuvo a unos cuantos metros de Reeves, se le abalanzó, con la agilidad de una pulga.
Los ojos de Reeves trataban de no parpadear, cuando sintió la filosa mordida en el cuello.
Ella lo soltó y retrocedió de un salto. Un chorro de sangre brotó de su cuello, se quedó estupefacto unos instantes y luego se cubrió la herida con las manos; la sangre le escurría por entre dedos y brazos.
Cayó de rodillas sin dejar de mirar a la niña, asombrado. Se tambaleó y clavó el rostro sobre el césped.
Ella lo miraba con la frialdad de los reptiles; la terrible sonrisa aquella aún prevalecía. Estaba desnuda, y a Gilson le pareció que tenía el torso y la boca extraños.
La niña se volteó y gritó hacia la casa.
En un instante aparecieron todos, el padre, la madre, el hermanito y la abuela, todos desnudos.
Sus bocas comenzaron a deformarse.
Rodearon el cuerpo, se agazaparon sobre él y desgarraron las ropas. Allí sobre el prado, bajo aquel sol matutino, la ejemplar familia comenzó a devorar.
El balbuceo de Krantz se tornó en pavor: —Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros. . . —El soldado del cronómetro vomitó ruidosamente.
Alguien vació una metralleta sobre la interfase y el coronel maldijo con furia. Cuando Gilson ya no soportó ver aquel festín, se volteó y encaró al perro, sentado alegremente en el porche. Meneaba la cola.
— ¡Por Dios! Esto no puede ser cierto -exclamó Krantz—. Cosas así no pudieron pasar inadvertidas, estarían en los noticieros, en los libros, en la radio.
Dios mío, ¿Cómo puede existir gente así?
—No hable como un idiota —le dijo Gilson, enojado—, así no fue el pasado. Ignoro qué es, pero no es el pasado, no puede serlo. Es. . . no sé, algún otro lugar, otra dimensión, otro universo. Una de esas teorías.
Mundos alternados, mundos de probabilidad o como los llamen. Están en el tiempo presente, de acuerdo, toda esa podredumbre.
El maldito hechizo de Culvergast tocó uno de esos paralelos. Eso debió haber pasado. Por Dios. ¡Qué diablos encerraría su teoría para producir eso!
No son humanos, Krantz, no del todo, aunque lo parezcan, ¡"paseos en bicicleta"! Qué tan equivocado puede uno estar.
Al fin terminó. La familia descansaba sobre el prado con los estómagos llenos, cubiertos de sangre y grasa, sus párpados pesados por la satisfacción y el gozo.
Los dos pequeños se quedaron dormidos. El inmenso macho se encontraba pensativo.
Se levantó; reunió las ropas de Reeves y las examinó cuidadosamente.
Despertó a su hembra y al parecer le preguntó algo pausadamente.
Ella gesticuló: señaló y pantomimizó la súbita aparación de Reeves.
El miró el lugar en donde Reeves se había materializado y Gilson, durante un momento vio la despiadada mirada en aquellos ojos posarse sobre los suyos. El hombre se volteó y lentamente entró en la casa.
El claro se encontraba silencioso de no ser por el ruido de la máquina.
Krantz comenzó a llorar y el coronel a proferir monótonas maldiciones.
Los soldados se veían azorados. Todos estamos aterrados —pensó Gilson.
Sobre el césped, el resto de la familia parodiaba la culminación de aquel día de campo.
Los pequeños trajeron una canasta, bajo la meticulosa supervisión de las mujeres adultas, comenzaron a guardar las sobras del festín.
Un o de ellos lanzó un hueso al perro y el soldado del cronómetro vomitó de nuevo.
Cuando el prado quedó otra vez inmaculado, condujeron la canasta hasta el fondo y los adultos regresaron a la casa.
Un momento después emergió el macho, ataviado con un traje de lino blanco. Llevaba un libro entre las manos.
—Una Biblia —dijo Krantz aún azorado— ¡es una biblia!
—No puede ser. Esas "cosas" no pueden tener biblias. Debe ser algún otro libro.
Parecía una biblia; estaba forrado con piel negra, y cuando el machó comenzó a hojearla, en busca de un pasaje determinado, ellos vieron la similitud entre las hojas de aquel libro con las de una biblia.
Encontró la página deseada y comenzó a leer en voz alta, como si declamara. Las palabras salían con claridad.
— ¿Qué diablos intentará hacer? —preguntó Gilson. De pronto la ventana desapareció.
La casa, el prado y el trajeado declamador desaparecieron también.
Gilson vio de reojo unos árboles al otro extremo de una profunda sima.
Una violenta ráfaga lo hizo caer, polvo y basura chillaban en las alturas.
El viento cesó de momento, como había aparecido, y una serie de objetos comenzó a estrellarse contra el suelo.
El área de la casa se había oscurecido por completo bajo una nube de polvo.
El polvo se asentó lentamente. En donde había estado la ventana, se encontraba ahora un gigantesco agujero sobre el piso, perfectamente cuadrado, como de 30 metros de largo y tres de profundidad, su fondo plano como el de una mesa.
Gilson lo miró antes de que el viento llenara el vacío, el cual mostraba ahora los lados, tersos y rectos como un queso partido con un filoso cuchillo; pero ahora comenzaban a aparecer unas pequeñas laderas alrededor, era para perder la razón; era de dudarse la coordinación coherente del psique del agujero y los bordes comenzaban a perder uniformidad. Gilson y Krantz se levantaron lentamente.
—Así fue como ocurrió —dijo Gilson—. Aquí estaba y ha desaparecido. ¿Dónde está la casa prefabricada? ¿Dónde está Culvergast?
—Sólo Dios lo sabe —dijo Krantz sin pecar de irreverencia—. Ya no volverá jamás, me supongo. Cuando menos no está donde "esas cosas" están.
— ¿Qué son?
—Como usted lo dijo, de seguro no son humanos, o cuando menos, no tanto como lo podrían ser una araña o una ostra. Sin embargo, su aparición, su forma de vestir, la casa.
—Hay un número infinito de mundos posibles; es obvia la existencia de distintos tipos y especies de vida.
Krantz se veía confuso. —Si, tal vez. Nosotros no sabemos nada —calló un instante—, esas cosas fueron terribles, Gilson.
Ella atacó a Reeves en menos de una fracción de segundos. El era un enemigo y ella lo sabía, por eso lo destruyó. Y tan sólo era una criatura. Debemos sentirnos seguros ante la ausencia de la ventana.
—Bendito sea Dios. ¿Qué le habrá sucedido a la ventana?
—Es obvio. Ellos saben cómo utilizar las energías descubiertas por Culvergast. El libro era de hechizos. Deben tener una ciencia al respecto. Intentos y cosas verdaderas, es parte de su sabiduría.
Esa cosa usaba el libro como una herramienta rutinaria. Después de haber satisfecho su hambre, no necesitó más que unos veinte minutos para darse cuenta cómo llegó ahí Reeves y qué hacer al respecto.
Tomó su libro de hechizos, escogió el que necesitaba (me gustaría ver el índice de ese libro) y pronunció las palabras mágicas. ¡Poof! desapareció la ventana y Culvergast, perdido sólo Dios sabe donde.
—Es posible, me imagino.  ¡Diablos!, quizás hasta probable.
Tiene razón, en realidad nada sabemos sobre todo esto.
De pronto Krantz se vio asustado. —Gilson, y si. . . mire. Si le resultó tan fácil cancelar la ventana, si posee ese tipo de control telekinetico, ¿qué le impediría usar una ventana sobre nosotros? Tal vez nos estén observando en este momento, como lo hicimos nosotros con ellos. Saben que estamos aquí ahora. ¿Qué se les podría ocurrir? Quizás necesiten carne. Quizás ellos. . . ¡Dios mío!
—No —dijo Gilson—. Imposible. La casualidad puso la ventana en ese mundo. Culvergast, no tenía idea de sus actos, como algún chimpancé frente a una computadora.
Si la Teoría de la Posibilidad de Mundos explicara esto, entonces el mundo aquel era uno entre miles. Aunque aquellas cosas vivientes supieran cómo hacer estas ventanas, las posibilidades de encontrarnos son muy remotas, en una palabra, imposible.
Sí, sí, claro —dijo Krantz graciosamente—, claro, podrían intentarlo sin dar con nosotros jamás, incluso si se lo propusieran —pensó un momento—, y tal vez eso deseen. Fue puro reflejo cuando destruyeron a Reeves, tan involuntario como una reacción de rodilla. Ahora saben que estamos aquí e intentarán regresar; si les he tomado bien la medida, no podrán hacer nada más.
Gilson recordó los ojos. —No me sorprendería nada —dijo—, Pero ahora los dos debemos. . .
-¡Dr. Krantz! -alguien gritó- ¡Dr. Krantz! -Había un terror absoluto en la voz.
Los dos hombres se dieron la vuelta. El soldado del cronómetro los apuntaba con dedos temblorosos.
Mientras miraban, algo blancuzco se materializaba en el aire sobre la orilla del agujero y descendía lentamente para encontrarse con otro objeto similar en el suelo.
Apareció otro, otro más, otro más. Cinco en total, reunidos en un área de un metro cuadrado.
- ¡Sus huesos! — Dijo Krantz— ¡Dios mío Gilson, sus huesos!
—Su voz estaba al borde de la histeria—. Gilson —dijo—, deténganlo, deténgalo ¡Vamos! —corrieron hacia allá. El soldado ya había llegado, su rostro mostraba los síntomas del terror—. ¡Ese! —Dijo y apuntaba—, ¡Ese! Ese fue el que le arrojaron al perro. Vean las marcas de los colmillos. Dios mío, ése es.
Entonces ya han hecho una ventana —pensó Gilson. Deben saber mucho al respecto, al haberla hecho tan rápido.
Nos observan. Pero ¿y los huesos? ¿Será tan sólo una advertencia? ¿Tal vez una prueba? Aun asi. ¿Por qué los huesos? ¿Por qué no una piedra, o un cubo de hielo? Tal vez para conocer nuestra reacción.
— ¿Y que vamos a hacer? ¿Cómo protegernos de esto? Si la cooperación forma parte de la naturaleza de estas criaturas, la dulce familia aquella ya ha de haber corrido la voz por todos lados, y uno de estos días nos encontraremos con millones y millones de ellos, saltando simultáneamente por las ventanas por toda la tierra, materializados de pronto, como una nube de langosta voraces, inmensa, prestos a sacierse y dejar tan sólo huesos tras de sí, un gigantesco y desértico osario. ¿Existirá protección alguna contra ello?
Krantz pensaba lo mismo. —Estamos en un aprieto, Gilson —dijo—, pero contamos con cierta ventaja. Sabemos cuándo se abre la maldita cosa con exactitud.
Washington deberá de encargarse del asunto y notificarlo a! mundo, a través de las Naciones Unidas o algo así.
Conocemos el instante preciso en la penetración de la ventana. Instalamos un sistema de advertencia en cada comunidad de la tierra y cuando llegue el momento, un sonar de campanas o silbatos nos indicará el lugar y todos estaremos prestos a combatir.
Si la "cosa" no ha salido en los siguientes cinco segundos, las campanas tocarán de nuevo, y todos regresaran a sus labores, en espera del siguiente caso. Podría funcionar, Gilson, debemos trabajar rápido. Dentro de quince horas y dos minutos se abrirá de nuevo.
Quince horas y un par de minutos —pensó Gilson—, luego cinco segundos de espantosa vulnerabilidad, después quince horas con veinte minutos de seguridad antes de que el terror regrese. Y otra y otra vez por. . . ¿Cuánto tiempo?
Se supone que hasta que "las cosas" regresen, lo cual tal vez no suceda, (¿quién sabía el funcionamiento de sus mentes?), o hasta que el accidente de Culvergastse duplicara, lo cual quizás tampoco llegara a suceder.
Se preguntó si los seres humanos podrían subsistir bajo tales condiciones sin perder la razón; era de dudarse la coordinación coherente del psique cuando la visión de todo su futuro descendía interminablemente hacia abismos de terror como sobre un trineo de hielo.
¿Podría alguna mente funcionar cuando sus únicas altenativas fueran, una hórrida muerte o una eterna tensión?
¿Habrá alguna forma —se preguntaba Gilson—, de supervivencia racial con el conocimiento de un futuro incierto transcurridas las siguientes quince horas y veinte minutos?
Fue entonces cuando vio, desesperanzado y desesperado a la vez, que no eran 15 horas y 20 minutos, ni siquiera una hora, ya no había tiempo.
Al parecer, la ventana no era intermitente. La materialización era una confusión ósea y ropajes desgarrados, un remolino de desperdicios que caía al suelo para formar una desordenada pila, ruidosa y presagiante.
FIN
10-16-2008 08:01 PM
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