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Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
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admin Sin Conexión
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Mensaje: #1
Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Los doce pasos

1. Admitimos que éramos impotentes ante la depresion, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.

2. Llegamos a creer que un Poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio.

3. Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos.

4. Sin miedo hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos.

5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos, y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos.

6. Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de nuestros defectos.

7. Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos.

8. Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos.

9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros.

10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente.

11. Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla.

12. Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar el mensaje a los que sufren a causa de la depresion y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos.
02-07-2008 04:36 AM
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Mensaje: #2
Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Primer paso

Admitimos que éramos impotentes ante la depresion, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.

¿A quién le agrada admitir la derrota definitiva? Prácticamente a nadie por supuesto. Todos nuestros instintos naturales se rebelan ante la idea de que somos impotentes para manejar solos sin ayuda de nadie, la depresion. Es algo verdaderamente doloroso admitir que nosotros con la depresion, hemos torcido nuestras mentes hacia una forma destructiva de pensar, debido a nuestras depresiones, y que esto es algo que solamente un acto de la Providencia puede mejorar.

Ningún fracaso es tan doloroso como éste. La depresion se han convertido en un verdugo que nos despoja de las facultades de la voluntad para resistir a sus ataques. Cuando aceptamos el simple hecho de que solos no podemos defendernos, nuestra derrota es completa; una derrota que puede convertirse en victoria, si seguimos las sugerencias de nuestro programa de recuperación de D.A.

Así es que al ingresar a D.A., cambia muy pronto nuestro punto de vista respecto a esta derrota. Nos damos cuenta de que únicamente admitiéndola, seremos capaces de dar los primeros pasos hacia nuestra liberación y fortalecimiento. La aceptación de nuestra impotencia se convierte finalmente en firme cimiento sobre el cual podemos edificar una vida feliz y útil.

Es muy poco el provecho que puede obtener la persona que ingresa en D.A., si no se da cuenta de su devastadora debilidad y de las consecuencias. Hasta que no lo reconozca humildemente, su recuperación si acaso logra alguna, será muy limitada y no encontrará una felicidad verdadera. Una larga experiencia comprueba, sin lugar a duda, que ésta es una de las verdades de D.A., el principio de que no encontraremos firmeza duradera para vivir tranquilos hasta que no admitamos la completa derrota, es uno de los fundamentos personales sobre los que ha crecido y florecido nuestra agrupación.

Muchos nos rebelamos cuando nos desafiaron a admitir la derrota. Nos acercamos a D.A., esperando que se nos enseñara a tener confianza en nosotros mismos para dominar por nuestro propio esfuerzo la depresion. Pero en lo que a ladepresion respecta, la confianza en sí misma sin ayuda de otros que sufren de igual manera no sirve para nada; de hecho es un verdadero riesgo.

Nuestros padrinos nos dijeron que éramos víctimas de una enfermedad mental sutilmente intensa, producida por las emociones mal encausadas, que nos estaban llevando al fondo emocional y que ningún poder humano podría salvarnos. Nos dijeron que con la sola voluntad, sin la ayuda de otros seres humanos, era imposible vencer 
este mal. Profundizando implacablemente en nuestro dilema nos indicaron nuestra creciente susceptibilidad hacia la depresion.

Así la estabilidad emocional desaparece y surgen lla depresion, que convertida en tirana, nos hacen sus víctimas enfermándonos cada vez más, si no llegamos a encontrar la ayuda de otros seres que como nosotros se están recuperando de sus propios disturbios mentales. Poco son los que en estos combates, mano a mano y solos, han logrado algún triunfo relativo. Es un hecho demostrado por la experiencia que casi nunca puede depresivo  o una persona con otra clase de deficiencias espirituales salvarse por sus propios recursos. Y esto ha sido cierto aparentemente, desde que el hombre empezó a sufrir estos males del espíritu.

En los primeros tiempos de D.A., pocos pudieron tragar y digerir esta amarga verdad, y aún esos desesperados tuvieron frecuentemente dificultades para darse cuenta cabal de que estaban desahuciados. Pero como un ejemplo de esperanza, los pocos que al principio se dieron cuenta de que en nuestra agrupación estaba la salvación, se aferraron a las sugerencias de D.A., con el fervor de un náufrago asido al salvavidas y casi invariablemente obtuvieron una mejoría. Por esto, es que en los primeros días tuvimos que empezar sólo los que habíamos llegado al fondo de nuestros disturbios emocionales. Muchos depresivos menos desesperados intentaron seguir el programa sin ayuda de otros seres enfermos del mismo mal, reunidos en grupos pero sin éxito, porque no podían admitir su total incapacidad para manejar solos su depresion.

Es muy satisfactorio hacer constar que en los años que han seguido, la situación ha cambiado. Depresivos que todavía conservan parte de su salud emocional, sus familias, su posición directiva en negocios, y económicamente están bien, comienzan a darse cuenta de su incapacidad si están solos, sin un programa de recuperación y tratan de acercarse a nuestra agrupación. Al crecer esta aceptación se sumaron otros más jóvenes que no han tenido que pasar el infierno que nosotros atravesamos. Ya que el Primer Paso requiere la admisión de que nuestras vidas se han vuelto ingobernables, debido a nuestros disturbios emocionales, ¿cómo pudieron estas personas dar este paso? Obviamente ha sido necesario “levantar” el fondo que muchos de nosotros habíamos tocado, para que ellos lo vieran de cerca. Repasando nuestros historiales dentro de la depresion que sufríamos, podríamos demostrar que años antes de que nos diéramos cuenta ya habíamos perdido el control de la depresion en nosotros, que desde hacía mucho tiempo ya veníamos pendiente abajo hacia el fondo y que era en realidad el comienzo de una progresión tremendamente fatal.

A los que dudan podríamos decirles: “quizá usted no es depresivo, después de todo, ¿Por qué no hace la prueba de seguir controlándose sin nuestra ayuda, teniendo en cuenta lo que ya se ha dicho y comprobado con relación a la depresion?” Esta actitud produce resultados prácticos e inmediatos pues se ha descubierto que cuando un depresivo ha sembrado en la mente de otro la verdadera naturaleza de esta enfermedad del espíritu, esa persona se dirá  “puede ser que estos D.A., tengan razón...”

Muchos de ellos, después de algunas deserciones y de algunas pruebas manteniéndose solos, algunas veces, antes de que se les presentaran dificultades y gravedades extremas dentro de sus depresiones regresaban convencidos a nosotros. Al haber tocado fondo tan ciertamente como cualquiera de nosotros se habían convertido en nuestros defensores. 

¿Por qué tanta insistencia respecto a que cada D.A., necesita primero tocar su fondo? La respuesta es que muy pocas personas tratarán sinceramente de llevar a la práctica el programa de D.A., si no han tocado un fondo. Esto porque la práctica de los once pasos restantes significa la adopción de actitudes y actividades que casi ninguna persona que tenga DEPRESION, pero que no la considere enteramente grave, pueda si quiera soñar en querer adoptar. ¿Quién desea ser rigurosamente honrado y tolerante hacia sus semejantes? ¿ Quién quiere confesarle sus errores a otra persona y reparar los daños que ha causado? ¿A quién le interesa en un momento de desesperación saber algo de un Poder Superior o de la meditación o la oración? ¿ Quién es capaz de sacrificar su tiempo y sus energías llevándoles a los que sufren el mensaje de D.A.? El enfermo típico depresivo, egocéntrico en extremo, siempre tiene él y solamente él, toda la razón y no se siente atraído por esas perspectivas... a menos que para salvar su vida y cuando ya esté tocando el fondo tenga que practicarlas.

El látigo de la depresion nos ha llevado a D.A., y ahí descubrimos la naturaleza fatal de nuestra precaria situación. Entonces y sólo entonces se han abierto nuestras mentes enfermas a la convicción porque hemos sentido lo que es agonía. Entonces estamos dispuestos a hacer cualquier cosa que pueda liberarnos de esa despiadada enfermedad emocional.
02-07-2008 04:38 AM
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Mensaje: #3
Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Segundo paso

Llegamos al convencimiento de que solo un Poder Superior a nosotros a mismos podría devolvernos el sano juicio.

Muchos de los recién llegados al leer el Segundo Paso, se enfrentan con un dilema a veces muy serio. Con frecuencia les oímos lamentarse en esta forma: “Vean lo que han hecho con nosotros. Nos han convencido de que somos depresivos y de que no podemos gobernar nuestras vidas. Después de reducirnos a un estado de impotencia absoluta, nos dicen ahora que solamente un Poder Superior puede devolvernos el equilibrio emocional. Ustedes nos han sacado del atolladero, muy bien, pero ahora ¿de aquí a dónde vamos?”. Algunos no quieren creer en Dios, otros no pueden, y aún los que creen en Él, no tienen fe en que les haga este milagro.

Veamos primero el caso del que dice no creer en Dios, el beligerante. Se encuentra en un estado de ánimo que puede describirse como salvaje. Toda su filosofía de la vida, de la que está satisfecho, está amenazada. Piensa que ya bastante dura es la admisión de que no puede gobernar sus emociones; pero ahora, todavía dolido de tal admisión, se enfrenta con el hombre, surgido majestuosamente de una simple célula del cieno primordial, la punta de flecha de la evolución y por consiguiente el único Dios del universo, el único Dios de su universo. ¿Tendrá que renunciar a todo esto para salvarse?

Lo más probable es que su padrino se ría de su situación y al recién llegado le parecerá el colmo. Esto es el principio del fin. Y es principio del fin de su vieja vida y el principio de una vida nueva. Probablemente su padrino le diga: “ Hay que tomar las cosas con calma. El paso que hay que dar es más difícil de lo que uno cree. Cuando menos así lo fue para mí, y lo mismo le sucedió a un amigo mío que fue vicepresidente de la Sociedad Ateísta Americana”. “Bueno -dice el recién llegado- sé que ustedes me están diciendo la verdad. Es un hecho indiscutible que muchas personas que están en DEPRESIVOS ANONIMOS, antes pensaban como yo. Pero ahora, en estas circunstancias, ¿cómo puedo tomar las cosas con calma? Esto es lo que quisiera saber”.

“Esta es indudablemente una pregunta muy oportuna”, le dice su padrino. “Creo que puedo contestarla. No tiene que esforzarse demasiado. Tenga en cuenta estas tres cosas: En primer lugar, D.A., no le exige que crea en algo o en alguien. Todos sus Doce Pasos no son más que sugerencias. En segundo lugar, para obtener y conservar la serenidad no hay necesidad de asimilar los Doce Pasos de un golpe. Recuerdo que yo los fui asimilando gradualmente. En tercer lugar, todo lo que realmente se necesita es mantener la mente alerta, abstenerse de discusiones inútiles y no preocuparse de si la gallina fue primero que el huevo. Le repito, todo lo que necesita hacer es mantener su mente alerta”.

El padrino prosigue: “Poniendo mi propio caso como ejemplo, debido al tipo de educación que tuve no aceptaba nada sin comprobación científica. Naturalmente respetaba, veneraba y hasta adoraba a la ciencia. Todavía sigo respetándola, pero ya no adorándola. Se me inculcó el principio básico de todo progreso científico: investigar y comprobar una y otra vez, siempre con la mente alerta. Cuando vine aquí por primera vez mi reacción fue como la de usted. Pensé que este asunto de D.A., no tenía nada de científico, que no podía tragarme nada de esto. Concluí que sencillamente, no lo tomaría en cuenta”.

“Por entonces me despabilé. Tuve que admitir que D.A., había logrado resultados prodigiosos. Noté que mi actitud para con éstos, no había sido nada científica. No era N.A., quien era intolerante sino yo. Desde el momento en que dejé de discutir, pude empezar a ver y sentir. Desde ese momento el Segundo Paso empezó a infiltrarse suave y gradualmente en mi vida. No puedo precisar la ocasión o el día en que empecé a creer en la existencia de un Poder más grande que yo, pero ahora estoy seguro que tengo esa creencia. Para ello me fue necesario dejar de oponer argumentos y dedicarme a practicar el resto del Programa de D.A., con todo el entusiasmo de que soy capaz”.

“Ésta es solamente una opinión individual basada en mi propia experiencia, por supuesto. Debo asegurarle que los D.A., recorren innumerables caminos en busca de fe. Si no le interesa el que yo le sugiero, tenga la seguridad de que encontrará el suyo si observa y escucha. Más de uno como usted ha empezado a resolver su problema con el método de la sustitución. También puede, si quiere, hacer de D.A., su poder superior. Este es un grupo muy grande de Gentes que han resuelto su problema emocional. A ese respecto, el grupo de D.A., es indiscutiblemente un poder más grande que usted, que ni siquiera se ha aproximado a la solución del suyo. Seguramente que puede tener fe en él. Aún ese mínimo de fe le puede bastar. Encontrará a muchos miembros que han cruzado el umbral en esta forma. Todos le dirán que una vez que lo hicieron su fe ha crecido y se ha profundizado. Relevados de sus DEPRESIONES, sus vidas transformadas de una manera inexplicable, llegaron a creer en un Poder Superior y la mayoría empezó a hablar de Dios”.

Consideremos a continuación la situación de los que han caído en la indiferencia, los llenos de autosuficiencia que se han alejado, los que han adquirido prejuicios contra la religión y los completamente desafiantes porque Dios no les ha concedido sus exigencias. ¿Puede la experiencia de D.A., decirles que todavía pueden encontrar una fe que obra?.

Algunas veces les es más difícil captar el programa de D.A., a los que han perdido la fe o que la han rechazado, que a los que nunca la tuvieron, porque piensan que han hecho la prueba y no les ha dado resultado, han recorrido el camino de la fe, y el camino sin fe. Como en ambos casos se han decepcionado han llegado a la conclusión de que para ellos no hay a dónde ir. La indiferencia, las fantasías de la autosuficiencia, los prejuicios y la oposición obstinada son a veces obstáculos más grandes que los que tienen los agnósticos, y aún los ateos militantes. La religión asegura que se puede comprobar la existencia de Dios; el agnóstico dice que no puede comprobarse; y que el ateo pretende que se puede comprobar que Dios no existe. Evidentemente, el dilema del que se aparta de la fe es una confusión. Piensa que para él no hay consuelo en ninguna convicción. No puede lograr ni siquiera en un pequeño grado la seguridad del creyente. El agnóstico o el ateo, es un individuo desorientado.

Muchos D.A. pueden decirle al descarriado: “ También nosotros cuando niños nos apartamos de nuestra fe. La presunción de la juventud nos perjudicó.
Desde luego que nos alegrábamos de que el hogar y la enseñanza religiosa nos hubieran proporcionado ciertos valores. Todavía teníamos la seguridad de que deberíamos ser honrados, tolerantes, justos y, hasta cierto punto ambiciosos y trabajadores. Creíamos que nos bastarían esas simples normas de conducta y decoro”.

“A medida que el éxito material basado en estos atributos comunes comenzó a favorecernos, creíamos que estábamos ganando el juego de la vida. Esto nos estimulaba y nos sentíamos felices. ¿Para qué molestarnos con abstracciones teológicas y deberes religiosos o preocuparnos por la condición de nuestras almas aquí o más allá? El aquí y el ahora nos bastaban. El deseo de triunfar nos guiaría. Pero los desequilibrios emocionales nos ganaron la partida. Finalmente vino la caída y nos dimos cuenta de que un golpe más nos dejaría fuera de combate para siempre. Entonces tuvimos que buscar nuestra fe perdida. La encontramos en D.A., como lo pueden hacer otros”.

Ahora llegamos a otra clase de problemas: el hombre o la mujer intelectualmente autosuficientes. También a ellos muchos D.A., pueden decirles: “Sí, nosotros éramos así, demasiados listos para nuestro propio bien. Nos encantaba que nos llamaran precoces. Nuestra educación nos sirvió para inflarnos de orgullo como globos, aunque procuramos ocultarlo. Secretamente sentíamos que éramos capaces de flotar por encima de los demás con el poder de nuestros cerebros. Los progresos científicos nos hacían creer que no hay nada imposible para el hombre. La sabiduría era todopoderosa. El intelecto podía conquistar a la naturaleza. Ya que éramos más brillantes que la mayoría (así lo creíamos), con sólo pensarlo ganaríamos la batalla. El Dios del intelecto desplazó al Dios de nuestros padres. Pero el diablillo del la depresion tenía otros planes. Después de creer que habíamos sido los triunfadores resultaba que estábamos perdiendo en todo. Nos dimos cuenta de que teníamos que recapacitar o moriríamos. En D.A., encontramos a muchos  que alguna vez pensaron como nosotros. Estos nos ayudaron a darnos cuenta de nuestras dimensiones reales. Con su ejemplo nos demostraron que la humildad y el intelecto pueden ser compatibles siempre que se ponga la humildad en primer lugar. Cuando empezamos a hacerlo recibimos el don de la fe, una fe que obra”.

Otro grupo en N.A., dice: “ Estábamos hartos de religión y lo que se relaciona con ella. Decíamos que la Biblia estaba llena de disparates. Podíamos citar capítulos y versículos, pero tergiversábamos su significado, En unas partes su moral nos parecía exageradamente buena y en otras exageradamente mala. Pero lo que nos apabullaba era la moralidad de algunas gentes religiosas. Gozábamos con la hipocresía e intolerancia inseparables de tantos que se dicen muy creyentes. Nos encantaba proclamar el hecho de que millones de personas que se consideran fieles a Dios se estuvieran matando en su nombre. Esto significaba que habíamos substituido una manera de pensar positiva por una negativa. Después de ingresar a D.A., reconocimos que esta manera de pensar estaba propiciando nuestro egocentrismo. Nos sentíamos superiores al observar los pecados de las personas religiosas. No podíamos ver nuestros propios defectos. Habíamos juzgado con desdén aquellos que estaban muy pagados de su rectitud, sin darnos cuenta de que lo que censurábamos en otros era el defecto que más nos agobiaba a nosotros mismos. Nos creamos una situación falsa de la que solamente empezamos a darnos cuenta desde que ingresamos a D.A.”.

“Los psiquiatras han advertido a menudo que el desafío es una actitud característica de más de un depresivo. De tal manera, que no es extraño que muchos de nosotros hubiésemos desafiado a Dios mismo. Algunas veces porque no nos concedió los bienes materiales que le especificamos, tal como lo hace un niño que envía a Santa Claus una lista de pedidos imposibles de satisfacer. Las más de las veces, cuando no salimos bien de un trance difícil pensamos que Dios nos había abandonado. La muchacha con la que queríamos casarnos tenía otras ideas, le pedimos a Dios que la hiciera cambiar de manera de pensar, pero no cambió. Pedimos hijos sanos y los tuvimos enfermos o no nos los concedieron. Pedimos éxito en los negocios y no lo obtuvimos. Seres queridos de los que dependíamos nos fueron arrebatados por “actos de Dios”. Entonces nos volvimos neuróticos y luego le pedimos a Dios que nos hiciera cambiar. Pero no nos hizo cambiar. Esta fue la más cruel injusticia. Maldijimos la fe”.

“Cuando encontramos a D.A. se esclareció lo engañoso de nuestra actitud desafiante. Nunca le habíamos pedido a Dios que se hiciera su Voluntad; por el contrario, siempre le dijimos lo que debería hacer. Nos dimos cuenta de que no se puede creer en Dios y desafiarlo a la vez. La fe es confianza y no desafío. En D.A., hemos visto los resultados de esta creencia: hombres y mujeres salvados de la catástrofe final de la neurosis. Los hemos visto enfrentarse con serenidad a situaciones difíciles, sin eludirlas y sin recriminaciones. Esto no es simplemente fe, sino fe que obra en cualquier circunstancia. Pronto llegamos a la conclusión de que estábamos dispuestos a pagar lo que fuera por conseguir la humildad”.

Ahora veamos al individuo lleno de fe pero que vive deprimido. Cree que es devoto. Observa escrupulosamente las fórmulas religiosas. Está seguro de que cree en Dios, pero sospecha que Dios no cree en él. Hace promesas y más promesas. Después de cada promesa no sólo vuelve a sentirse mal sino que su situación empeora progresivamente. Valientemente trata de luchar con sus depresion con la ayuda de Dios, pero esa ayuda no llega. ¿Qué es lo que pasa entonces?.

Para los eclesiásticos, los doctores y para las familias, el depresivo con buenas intenciones es un enigma desconsolador. Para D.A. no lo es. Muchos de nosotros hemos estado en las mismas circunstancias y hemos encontrado la solución al enigma. La solución depende de la calidad más que de la cantidad de la fe. Esto no lo veíamos. Creíamos ser humildes cuando en realidad no lo éramos. Creíamos que tomábamos con seriedad la práctica de nuestra religión cuando en realidad sólo éramos superficiales. O pasando al otro extremo, nos estábamos revolcando en un sentimentalismo al que confundíamos con un sentimiento religioso verdadero. En ambos casos pedíamos algo a cambio de nada. El hecho es que no habíamos allanado el camino para que la gracia de Dios llegase a nosotros y nos librase de nuestra enfermedad. No habíamos profundizado en la raíz de nuestros defectos, ni habíamos reparado los daños que les causamos a otros, ni habíamos dado sin esperar una recompensa. Ni siquiera habíamos orado como es debido. Siempre habíamos dicho: “Concédeme mis deseos” en vez de “Hágase tu voluntad”. No entendíamos lo que es el amor a Dios y el amor al prójimo. Por consiguiente, nos engañábamos a nosotros mismos y no teníamos la capacidad para recibir la gracia que nos devolviera nuestro juicio.

Son muy poco los depresivos que tienen siquiera una idea de lo irracionales que son o que, si se dan cuenta de ello, puedan enfrentarse al hecho. Algunos aceptan que se les clasifique como depresivos pero no soportan la idea de que son enfermos espirituales. Los apoya en su creencia, un mundo que no sabe la diferencia entre un enfermo mental y un enfermo espiritual. Cordura quiere decir juicio sano. Sin embargo, si un depresivo analiza juiciosamente su conducta destructiva, ya sea que haya destrozado los muebles de su casa o sus fibras morales, tendrá que reconocer que no obró con juicio sano.

En consecuencia, el Segundo Paso es el punto de reunión para todos nosotros. Agnóstico, ateo o antes creyente, todos podemos estar unidos en este paso. La verdadera humildad y la mente libre de prejuicios pueden conducirnos a la fe, y cada reunión de DEPRESIVOS ANONIMOS es una seguridad de que Dios nos devolverá el juicio si confiamos en Él.
02-07-2008 04:39 AM
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Mensaje: #4
Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Tercer paso

Decidimos poner nuestra voluntad y nuestras vidas al cuidado de Dios tal como nosotros lo concebimos.

Practicar el Tercer Paso es como abrir una puerta aparentemente cerrada con candado. Todo lo que se necesita es una llave y la decisión de abrir una puerta. Sólohay una llave y se llama buena voluntad. Cuando nuestra buena voluntad ha quitado elcandado, la puerta se abre por sí sola y mirando hacia adentro veremos un camino junto al cual está una inscripción que dice: “Este es el camino hacia la fe que obra”. En los dos primeros pasos nos ocupamos de reflexionar. Vimos que éramos impotentes para manejar nuestras emociones y también percibimos que alguna clase de fe, así sea solamente fe en D.A., es posible para cualquiera. Estas conclusiones no requirieron actividad sino solamente aceptación.
Como todos los pasos siguientes, el Tercer Paso requiere acción afirmativa, porque solamente actuando podremos librarnos del egoísmo que siempre ha impedido la entrada a Dios –o, si se prefiere, a un Poder Superior- en nuestras vidas.
Indudablemente que la fe es necesaria, pero con la fe por sí sola no logramos nada.
Podemos tener fe y mantener a Dios fuera de nuestras vidas. En consecuencia, nuestro problema es ahora el encontrar cómo y por qué medios podemos lograr que Él entre y
el Tercer Paso será nuestro primer intento para lograrlo. De hecho, la eficacia del programa de D.A., dependerá de la sinceridad y formalidad que aportemos para llegar a la decisión de “poner nuestra voluntad y nuestras vidas al cuidado de Dios, tal como lo concebimos”.
Para todo principiante mundano y realista, este paso parece difícil y aúnimposible. A pesar de lo mucho que quiera uno tratar de hacerlo, ¿exactamente cómo se puede lograr poner nuestra voluntad y nuestras vidas al cuidado de Dios, tal como nosotros lo concebimos? Afortunadamente los que hemos ensayado, y con los mismosrecelos, podemos atestiguar que cualquiera puede comenzar a hacerlo. Podemos añadir que un principio, por más insignificante que sea, es todo lo que se necesita. Una vez que con la llave de la buena voluntad hemos abierto el candado y entreabierto la puerta cerraba, nos damos cuenta de que siempre podemos abrirla un poco más.
Aunque nuestra obstinación nos cierre la puerta como sucede a menudo, siemprepodemos volver abrirla, con la llave de nuestra buena voluntad.
Pueda ser que todo esto parezca misterioso y remoto, algo así como la teoría de la relatividad de Einstein o un problema de física nuclear. No lo es. Veamos lo prácticoque realmente es. Cada hombre o mujer que ha ingresado a D.A., y que tiene la intención de seguir allí, sin darse cuenta ha empezado a practicar el Tercer Paso. ¿No es verdad que, en lo referente al control de sus emociones, cada una de esas personas ha decidido poner su vida al cuidado, protección y guía de D.A.? Se ha logrado ponernuestra buena voluntad para desarraigar nuestra obstinación y nuestras ideas propias acerca del problema de neurosis para substituirlas por las que D.A., sugiere. Cualquierrecién llegado que tienen buena voluntad, siente la certeza queD.A., es el único puerto seguro para el barco a punto de hundirse en el que él se ha convertido. Si esto no es entregar nuestra vida y nuestra voluntad a una Providencia nuevamente hallada, ¿qué es entonces?
Pero supongamos que el instinto todavía se subleva, como seguramente lo hará:
“Sí, en lo que respecta al control emocional supongo que tengo que depender de D.A., pero en todo lo demás debo todavía conservar mi independencia. No dejaré que nada me convierta en una nulidad. Si sigo encomendando mi vida y mi voluntad al cuidado de otro alguien o algún, ¿Qué va a ser de mí? “Voy a parecerme al agujero de una rosca”.
Este es desde luego el razonamiento con el cual el instinto y la lógica tratan de reforzar
el egocentrismo y así frustrar el desarrollo espiritual. Lo malo es que con esta manera
de pensar no se toman en cuenta los hechos. Y los hechos parecen ser estos: Mientras
más dispuestos estamos a depender de un Poder Superior, más independientes seremos en realidad. Por consiguiente, la dependencia, como se practica en N.A., es en realidad una manera de lograr la verdadera independencia espiritual.
Examinemos por un momento esta idea de la dependencia en el nivel de la vida cotidiana. Es asombroso descubrir en este terreno lo mucho que en realidad dependemos y lo inconscientes que de ello estamos. Toda casa moderna tiene una instalación de alambres que conducen en su interior la electricidad. Nos sentimos satisfechos de esta dependencia; deseamos desde luego, que nada interrumpa ese suministro de corriente. Al aceptar así nuestra dependencia de esa maravilla de la ciencia nos sentimos, en lo personal, más independientes. No sólo somos más independientes sino que estamos más cómodos y más seguros. La fuerza fluye por donde se le necesita. Silenciosa y con seguridad, la electricidad, esa extraña fuerza que tan pocos comprenden, satisface nuestras más insignificantes necesidades cotidianas y también otras más importantes. Ahí está el enfermo de poliomielitis que vive dentro de un pulmón mecánico, que depende con entera confianza de un motor que le proporciona la respiración que lo mantiene vivo.
Pero cuando se pone a discusión nuestra dependencia mental o emocional, reaccionamos de una manera muy distinta. Reclamamos con persistencia el derecho a decidir por nosotros mismos cómo pensar y cómo actuar. Claro que consideramos los dos lados del problema. Escuchamos atentamente a quienes nos aconsejan, pero todas
las decisiones las tomaremos nosotros. Nadie se va meter con nuestra independencia personal. Además, pensamos que no debemos fiarnos de nadie. Estamos seguros de que nuestra inteligencia respaldada por nuestra fuerza de voluntad, puede bien controlar nuestras vidas interiores y garantizarnos el éxito de este mundo en que vivimos. Esta bizarra filosofía, en la que cada hombre hace el papel de Dios, tiene buen
aspecto, pero debe sometérsela a prueba de ácidos: ¿qué tan buen resultado da? Una hojeada al espejo debe ser toda la respuesta que necesite cualquier neurótico.
Si su propia imagen en el espejo resultara demasiado abrumadora de contemplar y a menudo lo es, puede observar en gentes normales los resultados de la confianza desmedida que tienen en sí mismas. Por todas partes verán a gentes dominadas por la cólera y por el miedo, y a la sociedad dividida en grupos que pugnan entre sí. Cada grupo dice a los demás: “Nosotros tenemos la razón y ustedes están equivocados”. Siuno de esos grupos tiene la suficiente fuerza, se impone a los demás vanagloriándose de su rectitud. Por todas partes sucede lo mismo en el terreno del individualismo. La suma de todo este esfuerzo poderoso, es menos paz y menos fraternidad que antes. La filosofía basada en la vanagloria de la propia rectitud no está dando resultados satisfactorios, y es evidente que conduce a la ruina.
Por consiguiente, nosotros los que somos neuróticos anónimos podemos considerarnos afortunados. Cada uno de nosotros ha librado su propio combate con el conflicto de la vanagloria de la propia rectitud y ha sufrido ya bastante en el encuentro para desear encontrar algo mejor. De manera que es por las circunstancias y no por la virtud por lo que hemos llegado a D.A., hemos admitido la derrota, hemos adquirido los rudimentos de la fe, y ahora queremos tomar la decisión para poner nuestra voluntad y nuestras vidas al cuidado de un Poder Superior.
Nos damos cuenta de que la palabra dependencia les resulta desagradable a muchos psiquiatras y psicólogos tanto como a los neuróticos. Como nuestros amigos profesionales también nosotros sabemos que hay formas perjudiciales de dependencia.
Hemos tenido la experiencia de muchas de ellas. Por ejemplo, una persona adulta nunca debe tener demasiada dependencia emocional de su padre o de su madre; si no
fue destetado a tiempo debe darse cuenta de ello. Esta forma de dependencia defectuosa ha sido la causa de que muchos DEPRIMIDOS rebeldes llegaran a la conclusión de que la dependencia en cualquier forma resulta perjudicial. Pero la dependencia hacia un grupo deD.A., o hacia un Poder Superior no ha tenido resultados perniciosos.
Cuando se desató la Segunda Guerra Mundial este principio espiritual tuvo su prueba máxima. Gentes que practicaban este programa prestaron su servicio militar y se diseminaron por todo el mundo. Aceptarían la disciplina, se mantendrían firmes bajo fuego, soportarían la monotonía y calamidades de la guerra ¿Los sostendría hasta el fin esta clase de dependencias que habían aprendido? Sí, los sostuvo hasta el fin. Entre ellos hubo menos “parrandas emocionales” que entre los que estaban a salvo en sus hogares. Demostraron la misma capacidad de resistencia y valor que los demás soldados. Lo mismo en Alaska que en Palermo, su dependencia de un Poder Superior surtió efecto y lejos de ser una debilidad constituyó su principal fuente de fortaleza.
Así es que, exactamente, ¿cómo puede, la persona que está dispuesta, poner su vida y su voluntad al cuidado de un Poder Superior? Hemos visto que ha comenzado a hacerlo al confiar en D.A., para la solución de su problema emocional. Por ahora, lo más probable es que se haya convencido de que tiene otros problemas además del emotivo, y de que hay algunos que no puede resolver ni con toda la determinación y el valor de que es capaz. Sencillamente no puede cambiarlos; lo hacen desesperadamente infeliz y amenaza su recién lograda tranquilidad. Nuestro amigo todavía es víctima del remordimiento y del sentimiento de culpabilidad cuando piensen en el ayer. La aflicción lo domina cuando piensa en aquellos a quienes todavía odia o envidia; su inseguridad económica lo preocupa hasta enfermarlo y el pánico lo domina cuando piensa en todas las puertas que su conducta le ha cerrado. ¿ Y cómo va a arreglar ese lío que le hizo perder la estimación de su familia y distanciarse de ella?Con su valor solitario y sin ayuda de nadie no lo logrará. Seguramente que ahora necesita depender de algo o de alguien.
Al principio lo más probable es que ese “alguien” sea su más allegado amigo en D.A., Confía con seguridad de que muchas dificultades ahora agudizadas, porque no puede usar drogas para alivianarlas, también pueden resolverse. Desde luego que su padrino sabe que la vida de nuestro amigo todavía es incontrolable a pesar de que él está en D.A., y que, después de todo, apenas está en el principio del programa. Una tranquilidad más prolongada por la admisión de que es neurótico y por su asistencia a varias reuniones está muy bien desde luego, pero lo más probable es que este estado todavía diste mucho de significar una serenidad permanente y una vida satisfecha y útil.
Ahí es justamente donde entran los demás pasos del programa de D.A., nada que no sea una acción continua basada en ello, como norma de vida, puede dar el muy deseado resultado.
Entonces, se nos aclara que otros pasos del Programa de D.A., sólo se pueden practicar con éxito cuando se ha ensayado el Tercer Paso con empeño y perseverancia. Esta afirmación puede sorprender a los recién llegados que no han experimentado más que una continua desilusión y una creciente convicción de que la voluntad humana no vale nada. Se han persuadido, con razón, de que además del problema emocional, muchos otros no podrán vencerse únicamente con una valerosa embestida, si esta fuerza proviene del individuo aislado. Pero ahora, parece que hay ciertas cosas que sólo el individuo por sí mismo puede hacer. Por sí, solo y de acuerdo con sus circunstancias particulares, necesita desarrollar la cualidad de la buena voluntad, cuando adquiere la buena voluntad sólo él mismo podrá decidirse a esforzarse. Tratar de lograrlo es un acto de su propia voluntad. Todo los Doce Pasos requieren un esfuerzo individual sostenido para poder amoldarse a sus principios y así, a la Voluntad de Dios.
Cuando empezamos a amoldar nuestra voluntad a la de Dios, es cuando empezamos a usarla debidamente. Para todos nosotros ésta ha sido una revelación admirable. Nuestro problema ha sido el mal uso de la fuerza de voluntad. Con ella habíamos tratado de demoler nuestros problemas, en vez de tratar de que estuviera de acuerdo con las intenciones de Dios para con nosotros. Conseguir que vaya en aumento nuestra capacidad para hacerlo es el propósito de los Doce Pasos de D.A., y el Tercer Paso nos abre la puerta.
Una vez que estamos de acuerdo con estas ideas, resulta en realidad fácil empezar a practicar el Tercer Paso. Cuando tenemos disturbios emocionales o en momentos de indecisión, podemos hacer una pausa y decir:

“Dios me conceda la Serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
Valor para cambiar las que puedo
y Sabiduría para discernir la diferencia.
Hágase Tu Voluntad, no la mía”.
02-07-2008 04:41 AM
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Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Cuarto Paso


Sin ningún temor hicimos un inventario moral de nosotros mismos.


La Creación nos dotó de instintos para un propósito. Sin ellos no seríamos seres humanos completos. Si los hombres y las mujeres no se esforzaran por su seguridad personal ni hicieran ningún esfuerzo para cosechar sus alimentos o construir su albergue, no sobrevivirían. Si no se reprodujeran,  la tierra no estaría poblada. Si no existiera el instinto social, y si a los hombres no les importara la compañía de sus semejantes, la sociedad no existiría. Así, estos deseos de relación sexual, de seguridad material y emocional y de compañía son perfectamente justos y necesarios; ciertamente son dones de Dios.


Sin embargo, estos instintos tan necesarios para nuestra existencia nos dominan e insisten en gobernar nuestras vidas. Nuestros deseos sexuales, de seguridad material y emocional, y de obtener una posición importante en la sociedad, a veces nos tiranizan. Cuando los deseos naturales del hombre se descoyuntan, les ocasionan graves dificultades. No hay ser humano, por más bueno que sea, exento de esas dificultades. Puede decirse que casi todos los problemas emocionales son casos de instintos mal encauzados. Cuando eso sucede, nuestro "activo" natural, los instintos, se convierten en riesgos físicos y mentales.

El Cuarto Paso es un esfuerzo laborioso y vigoroso para descubrir cuáles han sido y son estos riesgos para nosotros. Queremos descubrir exactamente como, cuándo y dónde se deformaron nuestros instintos naturales. Queremos mirar de frente la desdicha que esto les ha causado a otros y a nosotros mismos. Descubriendo cuáles son nuestras deformaciones emocionales podremos corregirlas. Sin un deseo sincero y perseverante de hacerlo, es muy limitada la sobriedad o la satisfacción que podamos obtener. La mayoría de nosotros se ha dado cuenta de que es muy difícil de alcanzar la fe que obra positivamente en la vida cotidiana, si no se ha hecho sin temor alguno un minucioso inventario moral.


Antes de abordar en detalle el problema del inventario, veamos cuál es básicamente el problema. El siguiente ejemplo resultará muy significativo si nos fijamos bien en él. Supongamos que una persona antepone a todo el deseo sexual; este instinto imperioso puede destruir sus oportunidades para lograr su seguridad material y económica y su posición en la comunidad. Otro, puede desarrollar tal obsesión por su seguridad económica que no quiere hacer más que acumular dinero. Yendo al extremo, puede convertirse en un avaro y hasta en un solitario que se priva de su familia y amigos.


La búsqueda de la seguridad no siempre se manifiesta en términos de dinero. Muy a menudo encontramos al ser humano asustado que se empeña en depender de otra persona más fuerte que lo guíe y proteja. Este ser débil al no poder enfrentarse a las responsabilidades de la vida con sus propios recursos, no crece nunca. La desilusión y el desamparo son su destino. Con el tiempo sus protectores huyen o mueren y una vez más se queda solo y atemorizado.


También hemos visto hombres y mujeres a los que el poder los hace perder la cabeza de tal manera que se dedican a mandar a sus semejantes. Estas gentes a menudo desperdician muchas oportunidades de lograr una legítima seguridad y la felicidad del hogar. Cuando un ser humano se vuelve el campo de batalla de sus instintos no puede tener tranquilidad.


Pero ese no es el único peligro. Cada vez que alguien impone irracionalmente a otros sus instintos, se presenta la desgracia. Si en la búsqueda de la riqueza se atropella a los que están en el camino, se provocará cólera, envidia y venganza. Si se subleva el sexo se provocará igual alboroto.

Las exigencias exageradas a otras personas de atención, protección y cariño, propician en ellas tiranía o repulsión, dos emociones tan malsanas como las que las provocaron. Cuando el deseo de prestigio del individuo se vuelve incontrolable, ya sea en el círculo de amistades o en la mesa de la conferencia internacional, hay otras gentes que se lastiman y frecuentemente se rebelan. Este choque de instintos puede producir desde una fría indiferencia hasta una candente revolución. Así estamos colocados en un conflicto, no solamente con nosotros mismos, sino también con otras personas que, como nosotros, también tienen instintos.


Los deprimidos anónimos especialmente deben poder darse cuenta de que el instinto desbocado es la causa fundamental de su manera destructiva de pensar y sentir. Hemos padecido de sentimientos de miedo, frustración y depresión. Tendemos a escapar del sentimiento de culpabilidad ocasionado por las pasiones, y luego encausamos nuestra conducta para lograr más pasiones. Padecemos la vanagloria y "gozamos" de sueños disparatados de pompa y poderío. No es agradable contemplar esta perversa enfermedad del alma. Los instintos alborotados obstaculizan la investigación. En el momento que tratamos de sondearlos, estamos sujetos a sufrir serias reacciones.
Si temperamentalmente estamos en el lado depresivo, estamos propensos a ser abrumados por el sentimiento de culpabilidad y de repugnancia de nosotros mismos. Nos revolcamos en ese lodazal, obteniendo frecuentemente con ello un placer deformado y doloroso. A medida que proseguimos esta melancólica actividad, podemos sumirnos en tal grado de desesperación que llegamos a creer  que el olvido es la única solución posible. Aquí hemos perdido todo sentido de  perspectiva, desde luego, y por consiguiente de la humildad. Porque éste es orgullo al revés. Esto no es de ninguna manera un inventario moral; es justamente el proceso por el que la depresión se encamina a las drogas y a la exterminación.
Si por otra parte nuestra disposición natural se inclina hacia el fariseísmo o la grandiosidad, nuestra reacción será enteramente la opuesta. Nos ofendemos con la sugerencia que D.A. hace del inventario. Seguramente que nos referimos con orgullo a la  vida ejemplar que creíamos llevar antes de que la enfermedad se agravara. Pretenderemos que nuestros defectos serios de carácter, si es que pensamos que los tenemos, eran ocasionados por nuestra ignorancia. Siendo así, pensamos que lógicamente la tranquilidad -primero, después y todo el tiempo- es lo único para lo que necesitamos esforzarnos.

Creemos que desde el momento en que decidimos asistir a las reuniones, reviviremos las buenas cualidades que habíamos demostrado tener. Si habíamos sido buenas gentes, exceptuando nuestros momentos de desequilibrio emocional ¿qué necesidad hay de un inventario moral ahora que estamos serenos?.


También nos agarramos a otro maravilloso pretexto para eludir el inventario. Nos lamentamos que nuestras ansiedades y dificultades actuales son causadas por el comportamiento de otras gentes - las cuales sí necesitan realmente hacer un inventario moral -. Creemos firmemente que nuestra indignación es justificada y razonable, que nuestros resentimientos están justificados. Nosotros no somos los culpables. Son ellos...
En este estado del proceso del inventario nuestros padrinos entran al rescate. Están capacitados para hacerlo porque son portadores de los conocimientos experimentados que D.A., tiene del Cuarto Paso. Consuelan al afligido demostrándole que su caso no es extraño ni diferente y que sus defectos de carácter no son más numerosos o peores que de los de cualquier otro miembro de D.A. Para lograrlo el padrino puede hablar con franqueza sin exhibicionismo de alguno de sus propios defectos pasados o actuales. Esta manera pausada y objetiva resulta muy tranquilizadora. El padrino probablemente indicará que el recién llegado tienen algo en su haber que abonarse aparte de sus riesgos. Esto tiende a disipar la morbosidad y a alentar el equilibrio. El recién llegado podrá empezar a darse cuenta de sus defectos tan pronto como empiece a ser más objetivo.


Los padrinos de aquellos que no creen necesitar del inventario, se enfrentan a otra clase de problemas porque las personas impulsadas por su amor propio no se dan cuenta del riesgo que corren. Estos recién llegados casi no necesitan de consuelo, el problema es ayudarlos a encontrar una rendija en la cárcel en que su orgullo los encerró, para que les pueda llegar la luz de la razón.
Puede decírseles que para la mayoría de nosotros el creer tener siempre la razón originaba toda clase de justificaciones a nuestra manera de comportarnos y nuestra conducta dañina. Habíamos hecho un arte del inventar excusas. Sufríamos porque nuestra situación era mala o porque no era muy buena. No estábamos satisfechos cuando en casa nos agobiaban con cariño o llorábamos porque no nos querían. Nos vanagloriábamos porque teníamos éxito en nuestro trabajo o padecíamos cuando fracasábamos en él, y así hasta el infinito.
Pensábamos que las circunstancias nos empujaban a sufrir y cuando tratábamos de corregirlas nos dábamos cuenta que podíamos hacerlo a nuestra entera satisfacción, nuestra conducta se volvía incontrolable y nosotros deprimidos. Nunca se nos ocurrió que necesitábamos cambiar para afrontar las circunstancias, cualesquiera que fueran.
Pero en D.A., aprendimos poco a poco que había que poner algún remedio a nuestros resentimientos negativos, a la lástima por nosotros mismos y a nuestro injustificable orgullo. Teníamos que darnos cuenta de que con nuestras baladronadas nos echábamos en nuestra contra a los demás. Teníamos que darnos cuenta de que cuando guardábamos mala voluntad y tramábamos vengarnos de esas derrotas, en realidad nos estábamos golpeando con el garrote de la ira que intentábamos esgrimir contra otros. Aprendimos que si estábamos seriamente perturbados, nuestra primera necesidad consistía en calmar ese disturbio sin importar quién o qué lo motivaba.
Francamente, nos tardamos mucho en darnos cuenta de cómo nos convertimos en víctimas de emociones erráticas. Las podríamos percibir prontamente en otros, pero cuando se trataba de nosotros lo hacíamos con lentitud. Antes que nada, teníamos que admitir que estábamos llenos de estos defectos, a pesar que estas admisiones resultaban dolorosas y humillantes. Cuando se tratara de otros, teníamos que abolir la palabra culpabilidad de nuestra conversación y de nuestro pensamiento. Esto requería mucha buena voluntad desde el principio. Pero una vez que vencimos los primeros obstáculos, el camino se hizo más fácil de recorrer, porque habíamos empezado a vernos en perspectiva, es decir  que estábamos ganando en humildad.
Desde luego que la depresión y la sed de poder son características de extremos de la personalidad, tipos que abundan en D.A., y en todo el mundo. Frecuentemente estos tipos de personalidad se perfilan con la claridad de los ejemplos que se han dado. Pero con la misma frecuencia, algunos de nosotros encajamos más o menos en las dos clasificaciones. Los seres humanos nunca somos iguales, así es que cada uno de nosotros, al hacer su inventario, necesitaría determinar cuáles son sus defectos de carácter individuales. Una vez que uno encuentre zapatos a su medida se los podrá poner y caminar con la nueva confianza de que se va por un buen camino.
Ahora vamos a examinar la necesidad de una relación de los defectos de carácter más notorios que todos tenemos en diversos grados. Para los que tienen una preparación religiosa, en una relación de esta naturaleza verán violaciones graves a principios de moral. Otros verán en ella defectos de carácter; para otros será un índice de desajustes. Algunos les molestará que se hable de inmoralidad y ni qué decir, de pecado. Pero hasta el menos razonable estará de acuerdo con este punto: Que hay mucho de este mal en nosotros los deprimidos y acerca de lo mucho que habrá que hacerse si es que esperamos serenidad, progreso y habilidad necesaria para adaptarnos a la vida.
Para evitar confusiones sobre las denominaciones de estos defectos vamos a adoptar una relación universalmente reconocida de los principales defectos humanos, los siete pecados mortales: el orgullo, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza.
02-07-2008 04:43 AM
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Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Quinto Paso


Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestras faltas.


En todos los Doce Pasos de N. A., se nos pide ir en contra de nuestros deseos naturales... en todos nos desinflan el ego. En lo que respecta a desinflar el ego, pocos pasos son tan difíciles de practicar como el Quinto. Pero casi ninguno de los otros es tan necesario como éste para lograr la serenidad duradera y la tranquilidad espiritual.


La experiencia de N.A., nos ha enseñado que no podemos vivir solos con nuestros problemas apremiantes y con los defectos de carácter que los causan y que los agravan. Si hemos iluminado el curso de nuestras vidas con el fanal del Cuarto Paso, y hemos visto en relieve  esos incidentes que preferimos no recordar, si hemos llegado a comprender cuánto daño nos ha causado a nosotros mismos y a los demás esa manera de pensar y de actuar equivocada, entonces necesitamos más urgentemente que nunca dejar de vivir solos con esos fantasmas torturantes del ayer.

Tenemos que hablar de ello con alguien. 
Sin embargo nuestro temor y nuestra renuencia a hacerlo son tales, que al principio muchos D.A., tratan de saltar el Quinto Paso. Buscamos un método más fácil que generalmente consiste en la admisión general y poco dolorosa de que éramos muy malos actores y para redondear la admisión, añadimos descripciones dramáticas de episodios de nuestras crisis emocionales, posiblemente ya conocidos de nuestros amigos.
Pero no decimos nada de lo que realmente nos molesta y produce escozor. Nos decimos que no debemos compartir ciertos recuerdos humillantes. Estos los debemos guardar en secreto. Nadie debe enterarse de ellos. Esperamos llevárnoslo a la tumba.


Sin embargo, si se ha de tomar en cuenta la experiencia de D.A., ésta no solamente resulta una actitud imprudente sino también peligrosa. De las actitudes confusas, es ésta de la que más dificultades nos ha causado para la práctica del Quinto Paso. Algunos no logran ninguna tranquilidad y otros recaen periódicamente hasta que pueden orear sus secretos. Aún algunos de los veteranos de D.A., que ya han estado serenos por años, suelen pagar caro su descuido en este paso. Nos dirán como trataron de llevar la carga solos; cuánto sufrieron con su irritabilidad, ansiedad, remordimiento y depresión; y cómo, buscando inconscientemente alivio, acusaban a sus mejores amigos de aquellos mismos defectos de carácter que ellos trataban de ocultar. Siempre llegaban a la conclusión de que no se consigue ningún alivio confesando las faltas de otros. Todos tuvieron que confesar las propias.


Este sistema de admitir nuestros defectos ante otra persona es desde luego muy antiguo. Se ha hecho válido en cada siglo, y caracteriza la vida de todas las gentes de fondo espiritual y de las verdaderamente religiosas. Actualmente la religión no es la única defensora de este principio redentor. Los psicólogos y los psiquiatras señalan la necesidad imperiosa que tiene todo ser humano de la percepción de su propia personalidad y del conocimiento de sus fallas, para poder discutirlo con una persona comprensiva y de confianza. En lo que refiere a deprimidos, D.A., iría más lejos. La mayoría de nosotros estaba de acuerdo con esto, pero sin admitir nuestros defectos ante otra persona, no podríamos conservarnos tranquilos. Parece claro que la Gracia de Dios no llegará a nosotros para expulsar nuestras obsesiones destructivas mientras no estemos dispuestos a hacer esa admisión de nuestros defectos ante otra persona. 


¿Que es lo que podemos recibir del Quinto Paso? Por lo pronto, librarnos de esa terrible sensación de aislamiento que siempre hemos tenido. Casi sin excepción, los deprimidos hemos sido torturados por la soledad. Aún antes de que nuestra conducta empeorara, y de que la gente nos empezara a rechazar, casi todos nosotros ya sufríamos con la sensación de que no pertenecíamos a ninguna parte, porque o éramos tímidos y no nos atrevíamos a acercarnos a los demás, o éramos propensos a ser buenos chicos algo escandalosos ansiosos de compañía y de que se fijaran en nosotros, sin lograrlo nunca, cuando menos de acuerdo con nuestra manera de pensar. Siempre estaba ahí la misteriosa valla que no podíamos traspasar ni comprender. Era como si fuéramos actores en un escenario y de pronto nos diéramos cuenta de que no sabíamos ni una sola línea de nuestro papel. Esta es una de las razones por las que buscábamos medios de escape que nos permitían actuar improvisadamente. Pero fuimos abatidos y nos quedamos en un aislamiento aterrador. 


Cuando llegamos a D.A., y por primera vez en nuestras vidas estuvimos entre gentes que parecían comprendernos, la sensación de pertenecer fue muy estimulante. Creímos que el problema de la soledad ya estaba resuelto. Pero de pronto descubrimos que si bien ya no estábamos solos en el sentido social, aún sentíamos muchos de los viejos tormentos de la exclusión ansiosa. No sentimos que pertenecíamos a algo hasta que no hablamos con entera sinceridad de nuestros defectos y oímos a otra persona hacer lo mismo. El Quinto Paso fue la respuesta. Fue el principio de un parentesco genuino con el hombre y con Dios. 


Este paso vital también fue el medio por el cual empezamos a sentir que se nos podía perdonar, sin importar lo que hubiéramos hecho o pensado. Además, en este paso frecuentemente trabajamos con nuestros padrinos o nuestros consejeros espirituales y por primera vez nos sentimos verdaderamente capaces de perdonar a otros, sin importar la profunda convicción que teníamos de que nos habían hecho daño. Nuestro inventario moral nos había convencido de que era conveniente perdonarlo todo, pero solo fue hasta que abordamos resueltamente el Quinto Paso cuando supimos que podríamos recibir y otorgar perdón.


Otro bien que podemos esperar como resultado de la admisión de nuestros defectos ante otro ser humano es la humildad -palabra frecuentemente mal interpretada-. Para los que han hecho progresos en D.A., significa el reconocimiento manifiesto de qué y quienes somos en realidad, seguido por un esfuerzo sincero de llegar a ser lo que podríamos. Por consiguiente, nuestro primer movimiento práctico hacia el logro de la humildad deberá consistir en el reconocimiento de nuestras faltas. Ningún defecto podrá corregirse si no vemos con claridad en qué consiste. Pero tendremos que hacer algo más que ver. El vistazo objetivo que de nosotros mismos logramos en el Cuarto Paso fue, después de todo, solamente un vistazo. Todos vimos, por ejemplo, que nos faltaba honradez y tolerancia, que a veces nos acosaban la lástima por nosotros mismos o los delirios de grandeza. Pero aunque esta experiencia haya sido humillante no implica necesariamente que hayamos adquirido humildad verdadera. Si bien ya habíamos reconocido nuestros defectos, todavía estaban allí. Algo tenía que hacerse a este respecto. Y pronto descubrimos que aunque deseáramos y estuviéramos dispuestos a librarnos de ello, nosotros solos no podríamos eliminarlos.


Las principales ganancias que obtenemos bajo la influencia del Quinto Paso son mayor realismo y, por consiguiente, más honradez para con nosotros mismos.
Al hacer el inventario empezamos a sospechar que el habernos estado engañando a nosotros mismos nos había ocasionado muchas dificultades. Si casi toda la vida nos habíamos estado engañando más o menos, ¿Cómo podíamos estar seguros de que no lo seguíamos haciendo? ¿Cómo podíamos estar seguros de que habíamos catalogado verídicamente nuestros defectos y de que los habíamos admitido en realidad, hasta ante nosotros mismos? Como todavía estábamos obstaculizados por el miedo, la compasión por nosotros mismos y los resentimientos es probable que no hubiéramos podido evaluarnos con imparcialidad. El sentimiento exagerado de culpabilidad y de remordimiento, pueden hacernos exagerar y dramatizar nuestras faltas. O la cólera y el orgullo lastimado, pueden formar una cortina de humo tras la que ocultamos algunos de nuestros defectos mientras culpamos de ellos a otras personas. Posiblemente también, todavía nos estorbaban muchos obstáculos grandes y pequeños que no sabíamos que teníamos.


Ahí se nos hizo evidente que no sería suficiente un autoavalúo solitario y la admisión de nuestras faltas basados en eso únicamente. Necesitaríamos ayuda de fuera -la de Dios y la de otro ser humano-, para con entera veracidad, averiguar y admitir la verdad acerca de nosotros mismos. Solamente ventilando nuestras vidas sin retener nada, solamente estando dispuestos a recibir consejos y a aceptar ser dirigidos, podremos ir por el camino de la debida manera de pensar, de la honradez sólida y de la humildad genuina.


A pesar de todo, muchos de nosotros nos quedábamos atrás. Decíamos: "¿Por qué ese Dios, tal como cada quien lo concibe, no nos dice dónde está nuestro error? Si en primer lugar el Creador fue quien nos dio la vida, Él debe saber al detalle nuestras equivocaciones. ¿Por qué no hacemos esas admisiones directamente ante Él? ¿Para qué necesitamos inmiscuir a otras personas en esto?".
En esta etapa, las dificultades que se presentan al procurar que nuestro trato con Dios sea el debido, son obvias. Aunque al principio nos sorprendemos de que Dios sepa todo lo que se relaciona con nosotros, pronto nos acostumbramos a ello. Quién sabe porque el encontrarnos solos con Dios no nos parece tan embarazoso como enfrentarnos a otra persona.


Nuestra buena voluntad de ventilar nuestras dificultades no pasa de ser teórica hasta que nos sentamos y hablamos de lo que tanto tiempo hemos ocultado. Cuando somos honrados con otras personas, se confirma que hemos sido honrados con nosotros mismos y con Dios.
La segunda dificultad es ésta: nuestro racionalismo y nuestras creencias motivadas por los deseos egoístas pueden tergiversar aquello que nos llegue si estamos solos. El beneficio que se obtiene al hablar con otra persona consiste en que podemos recibir directamente de ella comentarios y experiencias con respecto a nuestra situación, y en que no habrá en nuestras mentes ninguna duda acerca de la naturaleza de esos consejos. En cuestiones espirituales es peligroso conducirse solo. Cuántas veces hemos oído a gentes bien intencionadas presumir de que están guiadas por Dios, cuando era obvio que estaban lamentablemente equivocadas. Faltándoles tanta práctica como humildad, se habían engañado y trataban de justificar las más grandes tonterías basándose en que Dios se las había comunicado. Vale la pena hacer notar que las personas que tienen un elevado desarrollo espiritual siempre insisten en consultar y confrontar con amigos o consejeros cuando creen haber recibido la guía de Dios. Seguramente entonces, el novato debe evitar ponerse en una situación ridícula y tal vez trágica. Aunque los comentarios o consejos de otros no sean infalibles, es probable que sean más específicos que cualquier guía que podamos recibir directamente si todavía no tenemos la experiencia necesaria para poder establecer contacto directo con un Poder Superior a nosotros.


Nuestro próximo problema será dar con la persona a la que haremos nuestras confidencias. Aquí debemos tener mucho cuidado, recordando que la prudencia es una gran virtud. Tal vez necesitamos compartir con esa persona hechos acerca de nosotros de los que otros no deben enterarse. Desearemos hablar con alguien que tenga experiencia y que no solamente se haya conservado sereno, sino que además haya vencido dificultades graves. Dificultades tal vez análogas a las nuestras. Esta persona tal vez, pero no necesariamente, resulte nuestro padrino. Si se llega a tener una confianza especial en él y si su temperamento es afín, la selección puede resultar afortunada. Además, se tendrá la ventaja de que el padrino ya estará enterado del caso del ahijado. Tal vez la relación que exista con él sea de tal índole que se preferirá revelarle solamente parte de nuestro historial. Si éste es el caso, debe empezarse aunque sea en esas condiciones porque es muy importante comenzar esta tarea lo más pronto posible. Puede suceder que escoja a otra persona para la parte más difícil de las revelaciones. Esta persona puede estar desligada completamente de D.A., por ejemplo, nuestro confesor o nuestro médico. Para algunos de nosotros una persona completamente extraña puede a veces dar el mejor resultado.


Las verdaderas pruebas de la situación son la buena voluntad para abrirse y la completa confianza en la persona con la que se compartirá el primer autoexámen preciso. Aún después de encontrar a la persona, frecuentemente se necesita de mucha resolución para abordarla. Nadie debe decir que en el programa de D.A., no se requiere fuerza de voluntad; ésta es una parte de él en la que puede necesitarse toda la que se tenga. Felizmente, lo más probable es que nos espere una agradable sorpresa. Después de explicarle cuidadosamente a la persona que se ha escogido lo que se solicita de ella, y de que ésta se dé cuenta de la ayuda que puede prestar, la conversación será fácil y pronto animada. Siempre que el interesado no retenga nada sentirá un gran alivio. Las emociones que han estado constreñidas por años se liberan y se desvanecen al ser expuestas, a medida que cede el dolor, lo reemplaza una tranquilidad reparadora. Y cuando se combinan así la humildad y la serenidad, algo grande está a punto de ocurrir. Más de un D.A., que ha sido agnóstico o ateo, nos ha dicho que fue en esta etapa del Quinto Paso cuando por primera vez sintió la presencia de Dios. Y hasta ésos que ya tenían fe, frecuentemente estuvieron conscientes de la presencia de Dios como antes nunca lo habían estado.

Este sentimiento de ser uno con Dios y con el hombre, esta salida del sistema del aislamiento a través del honrado comportamiento de nuestra terrible carga de culpabilidad, nos conduce a un estado de tranquilidad en el que podemos prepararnos para los siguientes pasos a la serenidad plena y significativa.
02-07-2008 04:44 AM
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Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
La naturaleza exacta de nuestras faltas.

Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestras faltas.

En todos los Doce Pasos de N. A., se nos pide ir en contra de nuestros deseos naturales... en todos nos desinflan el ego. En lo que respecta a desinflar el ego, pocos pasos son tan difíciles de practicar como el Quinto. Pero casi ninguno de los otros es tan necesario como éste para lograr la serenidad duradera y la tranquilidad espiritual.

La experiencia de D.A., nos ha enseñado que no podemos vivir solos con nuestros problemas apremiantes y con los defectos de carácter que los causan y que los agravan. Si hemos iluminado el curso de nuestras vidas con el fanal del Cuarto Paso, y hemos visto en relieve  esos incidentes que preferimos no recordar, si hemos llegado a comprender cuánto daño nos ha causado a nosotros mismos y a los demás esa manera de pensar y de actuar equivocada, entonces necesitamos más urgentemente que nunca dejar de vivir solos con esos fantasmas torturantes del ayer. Tenemos que hablar de ello con alguien. 

Sin embargo nuestro temor y nuestra renuencia a hacerlo son tales, que al principio muchos D.A., tratan de saltar el Quinto Paso. Buscamos un método más fácil que generalmente consiste en la admisión general y poco dolorosa de que éramos muy malos actores y para redondear la admisión, añadimos descripciones dramáticas de episodios de nuestras crisis emocionales, posiblemente ya conocidos de nuestros amigos.

Pero no decimos nada de lo que realmente nos molesta y produce escozor. Nos decimos que no debemos compartir ciertos recuerdos humillantes. Estos los debemos guardar en secreto. Nadie debe enterarse de ellos. Esperamos llevárnoslo a la tumba.

Sin embargo, si se ha de tomar en cuenta la experiencia de D.A., ésta no solamente resulta una actitud imprudente sino también peligrosa. De las actitudes confusas, es ésta de la que más dificultades nos ha causado para la práctica del Quinto Paso. Algunos no logran ninguna tranquilidad y otros recaen periódicamente hasta que pueden orear sus secretos. Aún algunos de los veteranos de D.A., que ya han estado serenos por años, suelen pagar caro su descuido en este paso. Nos dirán como trataron de llevar la carga solos; cuánto sufrieron con su irritabilidad, ansiedad, remordimiento y depresión; y cómo, buscando inconscientemente alivio, acusaban a sus mejores amigos de aquellos mismos defectos de carácter que ellos trataban de ocultar. Siempre llegaban a la conclusión de que no se consigue ningún alivio confesando las faltas de otros. Todos tuvieron que confesar las propias.

Este sistema de admitir nuestros defectos ante otra persona es desde luego muy antiguo. Se ha hecho válido en cada siglo, y caracteriza la vida de todas las gentes de fondo espiritual y de las verdaderamente religiosas. Actualmente la religión no es la única defensora de este principio redentor. Los psicólogos y los psiquiatras señalan la necesidad imperiosa que tiene todo ser humano de la percepción de su propia personalidad y del conocimiento de sus fallas, para poder discutirlo con una persona comprensiva y de confianza. En lo que refiere a neuróticos, D.A., iría más lejos. La mayoría de nosotros estaba de acuerdo con esto, pero sin admitir nuestros defectos ante otra persona, no podríamos conservarnos tranquilos. Parece claro que la Gracia de Dios no llegará a nosotros para expulsar nuestras obsesiones destructivas mientras no estemos dispuestos a hacer esa admisión de nuestros defectos ante otra persona. 

¿Que es lo que podemos recibir del Quinto Paso? Por lo pronto, librarnos de esa terrible sensación de aislamiento que siempre hemos tenido. Casi sin excepción, los neuróticos hemos sido torturados por la soledad. Aún antes de que nuestra conducta empeorara, y de que la gente nos empezara a rechazar, casi todos nosotros ya sufríamos con la sensación de que no pertenecíamos a ninguna parte, porque o éramos tímidos y no nos atrevíamos a acercarnos a los demás, o éramos propensos a ser buenos chicos algo escandalosos ansiosos de compañía y de que se fijaran en nosotros, sin lograrlo nunca, cuando menos de acuerdo con nuestra manera de pensar. Siempre estaba ahí la misteriosa valla que no podíamos traspasar ni comprender. Era como si fuéramos actores en un escenario y de pronto nos diéramos cuenta de que no sabíamos ni una sola línea de nuestro papel. Esta es una de las razones por las que buscábamos medios de escape que nos permitían actuar improvisadamente. Pero fuimos abatidos y nos quedamos en un aislamiento aterrador. 

Cuando llegamos a D.A., y por primera vez en nuestras vidas estuvimos entre gentes que parecían comprendernos, la sensación de pertenecer fue muy estimulante. Creímos que el problema de la soledad ya estaba resuelto. Pero de pronto descubrimos que si bien ya no estábamos solos en el sentido social, aún sentíamos muchos de los viejos tormentos de la exclusión ansiosa. No sentimos que pertenecíamos a algo hasta que no hablamos con entera sinceridad de nuestros defectos y oímos a otra persona hacer lo mismo. El Quinto Paso fue la respuesta. Fue el principio de un parentesco genuino con el hombre y con Dios. 

Este paso vital también fue el medio por el cual empezamos a sentir que se nos podía perdonar, sin importar lo que hubiéramos hecho o pensado. Además, en este paso frecuentemente trabajamos con nuestros padrinos o nuestros consejeros espirituales y por primera vez nos sentimos verdaderamente capaces de perdonar a otros, sin importar la profunda convicción que teníamos de que nos habían hecho daño. Nuestro inventario moral nos había convencido de que era conveniente perdonarlo todo, pero solo fue hasta que abordamos resueltamente el Quinto Paso cuando supimos que podríamos recibir y otorgar perdón.

Otro bien que podemos esperar como resultado de la admisión de nuestros defectos ante otro ser humano es la humildad –palabra frecuentemente mal interpretada-. Para los que han hecho progresos en D.A., significa el reconocimiento manifiesto de qué y quienes somos en realidad, seguido por un esfuerzo sincero de llegar a ser lo que podríamos. Por consiguiente, nuestro primer movimiento práctico hacia el logro de la humildad deberá consistir en el reconocimiento de nuestras faltas. Ningún defecto podrá corregirse si no vemos con claridad en qué consiste. Pero tendremos que hacer algo más que ver. El vistazo objetivo que de nosotros mismos logramos en el Cuarto Paso fue, después de todo, solamente un vistazo. Todos vimos, por ejemplo, que nos faltaba honradez y tolerancia, que a veces nos acosaban la lástima por nosotros mismos o los delirios de grandeza. Pero aunque esta experiencia haya sido humillante no implica necesariamente que hayamos adquirido humildad verdadera. Si bien ya habíamos reconocido nuestros defectos, todavía estaban allí. Algo tenía que hacerse a este respecto. Y pronto descubrimos que aunque deseáramos y estuviéramos dispuestos a librarnos de ello, nosotros solos no podríamos eliminarlos.

Las principales ganancias que obtenemos bajo la influencia del Quinto Paso son mayor realismo y, por consiguiente, más honradez para con nosotros mismos.

Al hacer el inventario empezamos a sospechar que el habernos estado engañando a nosotros mismos nos había ocasionado muchas dificultades. Si casi toda la vida nos habíamos estado engañando más o menos, ¿Cómo podíamos estar seguros de que no lo seguíamos haciendo? ¿Cómo podíamos estar seguros de que habíamos catalogado verídicamente nuestros defectos y de que los habíamos admitido en realidad, hasta ante nosotros mismos? Como todavía estábamos obstaculizados por el miedo, la compasión por nosotros mismos y los resentimientos es probable que no hubiéramos podido evaluarnos con imparcialidad. El sentimiento exagerado de culpabilidad y de remordimiento, pueden hacernos exagerar y dramatizar nuestras faltas. O la cólera y el orgullo lastimado, pueden formar una cortina de humo tras la que ocultamos algunos de nuestros defectos mientras culpamos de ellos a otras personas. Posiblemente también, todavía nos estorbaban muchos obstáculos grandes y pequeños que no sabíamos que teníamos.

Ahí se nos hizo evidente que no sería suficiente un auto avalúo solitario y la admisión de nuestras faltas basados en eso únicamente. Necesitaríamos ayuda de fuera –la de Dios y la de otro ser humano-, para con entera veracidad, averiguar y admitir la verdad acerca de nosotros mismos. Solamente ventilando nuestras vidas sin retener nada, solamente estando dispuestos a recibir consejos y a aceptar ser dirigidos, podremos ir por el camino de la debida manera de pensar, de la honradez sólida y de la humildad genuina.

A pesar de todo, muchos de nosotros nos quedábamos atrás. Decíamos: “¿Por qué ese Dios, tal como cada cual lo concibe, no nos dice dónde está nuestro error? Si en primer lugar el Creador fue quien nos dio la vida, Él debe saber al detalle nuestras equivocaciones. ¿Por qué no hacemos esas admisiones directamente ante Él? ¿Para qué necesitamos inmiscuir a otras personas en esto?”.

En esta etapa, las dificultades que se presentan al procurar que nuestro trato con Dios sea el debido, son obvias. Aunque al principio nos sorprendemos de que Dios sepa todo lo que se relaciona con nosotros, pronto nos acostumbramos a ello. Quién sabe porque el encontrarnos solos con Dios no nos parece tan embarazoso como enfrentarnos a otra persona.
Nuestra buena voluntad de ventilar nuestras dificultades no pasa de ser teórica hasta que nos sentamos y hablamos de lo que tanto tiempo hemos ocultado. Cuando somos honrados con otras personas, se confirma que hemos sido honrados con nosotros mismos y con Dios.

La segunda dificultad es ésta: nuestro racionalismo y nuestras creencias motivadas por los deseos egoístas pueden tergiversar aquello que nos llegue si estamos solos. El beneficio que se obtiene al hablar con otra persona consiste en que podemos recibir directamente de ella comentarios y experiencias con respecto a nuestra situación, y en que no habrá en nuestras mentes ninguna duda acerca de la naturaleza de esos consejos. En cuestiones espirituales es peligroso conducirse solo. Cuántas veces hemos oído a gentes bien intencionadas presumir de que están guiadas por Dios, cuando era obvio que estaban lamentablemente equivocadas. Faltándoles tanta práctica como humildad, se habían engañado y trataban de justificar las más grandes tonterías basándose en que Dios se las había comunicado. Vale la pena hacer notar que las personas que tienen un elevado desarrollo espiritual siempre insisten en consultar y confrontar con amigos o consejeros cuando creen haber recibido la guía de Dios. Seguramente entonces, el novato debe evitar ponerse en una situación ridícula y tal vez trágica. Aunque los comentarios o consejos de otros no sean infalibles, es probable que sean más específicos que cualquier guía que podamos recibir directamente si todavía no tenemos la experiencia necesaria para poder establecer contacto directo con un Poder Superior a nosotros.

Nuestro próximo problema será dar con la persona a la que haremos nuestras confidencias. Aquí debemos tener mucho cuidado, recordando que la prudencia es una gran virtud. Tal vez necesitamos compartir con esa persona hechos acerca de nosotros de los que otros no deben enterarse. Desearemos hablar con alguien que tenga experiencia y que no solamente se haya conservado sereno, sino que además haya vencido dificultades graves. Dificultades tal vez análogas a las nuestras. Esta persona tal vez, pero no necesariamente, resulte nuestro padrino. Si se llega a tener una confianza especial en él y si su temperamento es afín, la selección puede resultar afortunada. Además, se tendrá la ventaja de que el padrino ya estará enterado del caso del ahijado. Tal vez la relación que exista con él sea de tal índole que se preferirá revelarle solamente parte de nuestro historial. Si éste es el caso, debe empezarse aunque sea en esas condiciones porque es muy importante comenzar esta tarea lo más pronto posible. Puede suceder que escoja a otra persona para la parte más difícil de las revelaciones. Esta persona puede estar desligada completamente de D.A., por ejemplo, nuestro confesor o nuestro médico. Para algunos de nosotros una persona completamente extraña puede a veces dar el mejor resultado.

Las verdaderas pruebas de la situación son la buena voluntad para abrirse y la completa confianza en la persona con la que se compartirá el primer auto examen preciso. Aún después de encontrar a la persona, frecuentemente se necesita de mucha resolución para abordarla. Nadie debe decir que en el programa de D.A., no se requiere fuerza de voluntad; ésta es una parte de él en la que puede necesitarse toda la que se tenga. Felizmente, lo más probable es que nos espere una agradable sorpresa. Después de explicarle cuidadosamente a la persona que se ha escogido lo que se solicita de ella, y de que ésta se dé cuenta de la ayuda que puede prestar, la conversación será fácil y pronto animada. Siempre que el interesado no retenga nada sentirá un gran alivio. Las emociones que han estado constreñidas por años se liberan y se desvanecen al ser expuestas, a medida que cede el dolor, lo reemplaza una tranquilidad reparadora. Y cuando se combinan así la humildad y la serenidad, algo grande está a punto de ocurrir. Más de un D.A., que ha sido agnóstico o ateo, nos ha dicho que fue en esta etapa del Quinto Paso cuando por primera vez sintió la presencia de Dios. Y hasta ésos que ya tenían fe, frecuentemente estuvieron conscientes de la presencia de Dios como antes nunca lo habían estado.

Este sentimiento de ser uno con Dios y con el hombre, esta salida del sistema del aislamiento a través del honrado comportamiento de nuestra terrible carga de culpabilidad, nos conduce a un estado de tranquilidad en el que podemos prepararnos para los siguientes pasos a la serenidad plena y significativa.
02-07-2008 04:46 AM
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Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Sexto paso

Estuvimos dispuestos  a dejar que Dios eliminase todos estos defectos de carácter.

“Este es un paso que separa a los hombres de los muchachos...”. Así piensa un clérigo. Dice que la persona que tiene la suficiente buena voluntad y honradez para aplicar una y otra vez el Sexto Paso a sus defectos “sin reservas de ninguna especie”, ha avanzado mucho espiritualmente, y por consiguiente merece que se diga de él que es una persona que está tratando sinceramente de crecer a la imagen de propio Creador. 

Desde luego la frecuentemente discutida pregunta de si Dios puede eliminar defectos de carácter –y si lo hará bajo ciertas condiciones-, tendrá una respuesta afirmativa de parte de casi cualquier miembro de DA Para él esta proposición no es una teoría; para él será tal vez el hecho más importante de su vida.

Generalmente se referirá a ello así: “Seguramente que estaba vencido, absolutamente derrotado. Mi fuerza de voluntad no me servía en nada para controlar mis emociones. Cambios de ambientes, los mejores esfuerzos de mi familia y mis amigos, de médicos y clérigos, resultaron inútiles contra mi neurosis. Sencillamente no podía controlarme y nadie podría lograr que lo hiciera. Pero cuando estuve dispuesto a ventilarme y le pedí a un Poder Superior, Dios tal como lo concebí, que me liberara de mis defectos, mi neurosis desapareció. Me la arrancaron”.

Esta clase de testimonios se oye a diario en reuniones de DA, en todo el mundo. Cualquiera puede ver claramente que cada miembro de DA, ha sido liberado. Así es que de una manera cabal y literal todos los miembros de DA, estuvieron dispuestos a dejar que Dios eliminase de sus vidas la neurosis. Y Dios procedió a hacer exactamente eso. 

Una vez que se nos ha liberado de una manera perfecta de nuestro principal medio de escape (drogas, píldoras, alcohol, etc.), ¿Por qué no podemos lograr por el mismo medio, una liberación perfecta de cada uno de nuestros problemas y defectos? Este es un acertijo de nuestra existencia cuya respuesta solamente puede estar en la mente de Dios. A pesar de todo podremos darnos cuenta de parte de la respuesta cuando menos.

Cuando los hombres y mujeres se dejan llevar por sus emociones a tal grado que destruyen sus vidas, están cometiendo un acto antinatural. Desafiando a su instinto de conservación parecen que están empeñados en destruirse. Van contra su instinto más hondo. Al ser humillados por la terrible paliza que les propinan las emociones descontroladas, la Gracia de Dios puede llegar a ellos y liberarlos. Aquí, su instinto poderoso de vivir puede colaborar de lleno con el deseo de su Creador de darles una vida nueva. Porque tanto la naturaleza como Dios aborrecen el suicidio.
Pero la mayoría de las otras dificultades que tenemos no entran en esta categoría para nada. Toda persona normal quiere, por ejemplo, comer, y reproducirse, ser alguien en la sociedad de sus semejantes. Y desea estar razonablemente a salvo y seguro mientras trata de conseguir sus fines. Ciertamente Dios lo hizo así. No lo concibió para que se destruyera. Y sí lo dotó de instintos que lo ayudaran a sobrevivir. 

No se evidencia en ninguna parte que nuestro Creador espere que eliminemos totalmente nuestros impulsos instintivos. Hasta donde sabemos, no hay constancia de que Dios haya removido de algún ser humano todos sus impulsos naturales. 

Como la mayoría de nosotros nace con abundancia de deseos naturales, no es raro que frecuentemente dejemos que éstos excedan su propósito. Cuando nos llevan a ciegas, exigimos voluntariamente de ellos que nos proporcionen más satisfacciones de lo que es posible o de lo que es debido, es el momento en el que nos apartamos del grado de perfección que Dios desea para nosotros en la tierra. Esta es la medida de nuestros defectos de carácter o, si se quiere, pecados. 

Si se lo pedimos Dios seguramente nos perdonará negligencias. Pero en ningún caso nos dejará blancos como la nieve si  no aportamos nuestra colaboración. Eso es algo que se supone que nosotros estamos dispuestos a esforzarnos por lograr. Él solamente pide que tratemos, lo mejor que podamos, de avanzar en la formación de nuestro carácter.

Así es que en el Sexto Paso “estuvimos dispuestos a dejar que Dios eliminase nuestros defectos de carácter” es la forma en que DA, expresa lo que es la mejor actitud que puede asumirse para empezar esta tarea de toda la vida. Esto no quiere decir que se espere que todos nuestros defectos de carácter serán eliminados como lo fue nuestro principal medio de escape. Puede que algunos sí, pero tendremos que contentarnos con mejorar pacientemente en lo que respecta a la mayoría de los demás. Las palabras clave “enteramente dispuestos” subrayan el hecho de que aspiramos a lo mejor en lo que conozcamos o podamos conocer.

¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a este grado? En un sentido absoluto, nadie. Lo mejor que podemos hacer, con toda la honradez que podamos aportar, es tratar de estarlo. Aún entonces los mejores de nosotros descubrimos con tristeza que siempre hay un momento crítico en el que nos detenemos y decimos: “No esto todavía no lo puedo dejar”. Y pisamos frecuentemente terreno aún más peligroso cuando gritamos: “Esto no lo dejaré nunca”. Tal es la fuerza que tienen nuestros instintos para propasarse. A pesar del progreso logrado habrá deseos que se opongan a la gracia de Dios.

Algunos de los que creen haberlo hecho bien tal vez refuten esto, así es que vamos a ir más allá. Casi cualquier persona siente el deseo de poder liberarse de sus impedimentos más notorios y destructivos. Nadie quiere ser tan orgulloso que se tilde de jactancioso, ni tan ambicioso que se le llame ladrón. Nadie quiere encolerizarse al grado de matar, o ser lujurioso hasta llegar al rapto, ni tan glotón que arruine su salud. Nadie quiere sentir el malestar crónico que produce la envidia o quedarse paralizado por la pereza. Desde luego que la mayoría de los seres humanos no sufre de estos defectos en ese grado exagerado.

Los que hemos evadido llegar a estos extremos estamos propensos a felicitarnos de ello. Sin embargo, ¿podemos hacerlo?, después de todo ¿No ha sido el egoísmo, puro y simple, lo que nos ha permitido evadir los extremos? No hay gran esfuerzo espiritual de por medio en tratar de evadir excesos por lo que se nos castigaría de todas maneras. ¿pero dónde estamos cuando se trata de los menos violentos de esta misma clase de defectos?.

Lo que debemos reconocer ahora es que nos regocijamos de algunos de nuestros defectos. En realidad los queremos. Por ejemplo, ¿a quién no le gusta sentirse un poco superior y aún muy superior, de los que lo rodean? ¿No es cierto que dejamos que la codicia se ponga la máscara de la ambición? Pensar en que nos agrade la lujuria parece algo imposible. Sin embargo, cuántos hombres y mujeres hay que hablan de amor y creen lo que dicen, para poder ocultar la lujuria en un rincón oscuro de sus mentes. Y aún manteniéndose dentro de los límites convencionales, muchas gentes tendrán que admitir que sus excursiones sexuales imaginarias están a veces disfrazadas de sueños románticos.

Podemos hasta gozar con un estado colérico que creemos justificado. De una manera perversa puede causarnos satisfacción el hecho de que muchas gentes nos resulten molestas porque esto nos da un sentido de superioridad. Una forma amable de asesinar personalidades, es la murmuración espoleada por la ira, también tiene sus satisfacciones. En este caso no estamos tratando de ayudar a los que criticamos; estamos tratando de pregonar nuestra hipocresía.

Cuando la glotonería no llega a un grado ruinoso, usamos un término más moderado para calificarla: confort. Vivimos en un mundo contagiado de envidia. Esta afecta a todos en mayor o menor grado. Es de suponerse que de este defecto derivamos una satisfacción torcida. De otra manera, ¿por qué perdemos tanto tiempo deseando lo que no tenemos, en vez de emplear ese tiempo en tratar de obtenerlo, o buscando torpemente atributos que nunca tendremos en vez de adaptarnos a los hechos y aceptarlos? Y cuántas veces trabajamos arduamente para conseguir esa seguridad y haraganería, a lo que llamamos “retirarnos de la vida activa”. Consideremos también el talento que tenemos para demorar lo que tenemos que hacer y que en realidad es pereza. Casi cualquiera puede hacer una larga lista de estos defectos y pocos de nosotros pensaríamos seriamente en renunciar a ellos, cuando menos hasta que no empezaran a hacernos muy desgraciados.

Desde luego que algunos llegan a la conclusión de que ya están preparados para que los libren de sus defectos.  Pero aún estas personas, si hacen una relación de los menos graves de sus defectos, se verán obligados a admitir que prefieren quedarse con algunos de ellos. Por consiguiente, parece claro que pocos de nosotros podemos llegar rápida o fácilmente a estar preparados para aspirar a una perfección moral o espiritual; queremos transar solamente con el grado de perfección indispensable para irla pasando. Así es que la diferencia entre muchachos y hombres, es la diferencia entre luchar por obtener un objetivo limitado de nuestro ego y luchar por obtener el objetivo que es Dios.

Muchos preguntaremos en el acto: “¿Cómo aceptar todo lo que implica el Sexto Paso? Eso sería la perfección”. Esta parece una pregunta difícil,  pero en realidad no lo es. Solamente se puede practicar a la perfección el Primer Paso, en el que hicimos una admisión absoluta de que éramos impotentes para luchar contra nuestras emociones descontroladas. Los siguientes once pasos exponen ideales perfectos. Son metas a las que aspiramos e instrumentos que sirven para medir nuestro progreso. Visto desde este punto, el Sexto Paso todavía resulta difícil, pero de ninguna manera imposible. Lo que urge es empezar y seguir perseverando.

Si en la aplicación de este paso no conseguimos alguna ventaja substancial en la solución de problemas no relacionados con nuestra forma de escapar, necesitaremos empezar de nuevo con la mente más alerta. Necesitaremos mirar hacia la perfección y estar preparados a marchar en esa dirección. Poco importa que a veces tropecemos. Lo que importa es estar listos.

Mirando otra vez aquellos defectos de los que todavía no queremos desprendernos, debemos desvanecer los límites rígidos que nos hemos marcado. En algunos casos tal vez aún tenemos que decir: “Esto no lo puedo dejar todavía...”, pero nunca debemos decirnos: “¡Esto no lo dejaré jamás!” .

Vamos a cerrar lo que parece ser un final peligrosamente entre abierto. Se sugiere que necesitamos estar completamente dispuestos a aspirar a la perfección. Sin embargo, hacemos notar que cierto grado de demora es perdonable. El neurótico que buscara la explicación razonada de la palabra demora, fácilmente la interpretaría como plazo largo. Podría decir: “Esto es muy fácil. Seguramente que me encaminaré hacia la perfección pero no tengo por qué apresurarme. Tal vez puedo posponer el tener que enfrentarme a algunos de mis problemas”. Desde luego esto no da resultados satisfactorios. Esta manera de engañarse a sí mismo no conduce a ninguna parte. Por lo menos, tendremos que batallar contra nuestros peores defectos de carácter y tomar medidas activas para extirparlos lo más pronto que nos sea posible.

En el momento en que decimos “no, nunca” nuestras mentes se cierran a la Gracia de Dios. La demora es peligrosa y la rebeldía puede ser fatal. En este punto abandonamos los objetivos limitados y nos encaminamos a lo que es la Voluntad de Dios para con nosotros.
02-07-2008 04:47 AM
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Mensaje: #9
Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Las Doce Tradiciones de deprimidos anónimos

1. Nuestro bienestar común debe tener la preferencia; la recuperación personal depende de la unidad de Deprimidos Anónimos.

2. Para el propósito de nuestro grupo solo existe una autoridad fundamental: un Dios Amoroso que puede manifestarse en la conciencia de nuestro grupo. Nuestros líderes no son más que servidores de confianza. No gobiernan.

3. El único requisito para ser miembro de Deprimidos Anónimos es querer recuperarse de la depresión.

4. Cada grupo debe ser autónomo, excepto en asuntos que afecten a otros grupos o a Deprimidos Anónimos considerado como un todo.

5. Cada grupo tiene un solo objetivo primordial: llevar el mensaje al depresivo que aún esta sufriendo.

6. Un grupo de Deprimidos Anónimos nunca debe respaldar, financiar o prestar el nombre de Depresivos Anónimos a ninguna entidad allegada o empresa ajena, para evitar que los problemas de dinero, propiedad y prestigio nos desvíen de nuestro objetivo primordial.

7. Todo grupo de Deprimidos Anónimos debe mantenerse completamente así mismo, negándose a recibir contribuciones de afuera.

8. Deprimidos Anónimos nunca tendrá carácter profesional, pero nuestros centros de servicio pueden emplear trabajadores especiales.

9. Deprimidos Anónimos como tal nunca debe ser organizado; pero podemos crear juntas o comités de servicio que sean directamente responsables ante aquellos a quienes sirven.

10. Deprimidos Anónimos no tiene opinión acerca de asuntos ajenos a sus actividades; por consiguiente su nombre nunca debe mezclarse en polémicas públicas.

11. Nuestra política de relaciones públicas se basa más bien en la atracción que en la promoción; necesitamos mantener siempre nuestro anonimato personal ante la Prensa, la Televisión, la Radio y el Cine.

12. El anonimato es la base espiritual de todas nuestras tradiciones, recordándonos siempre anteponer los principios a las personalidades.
02-07-2008 04:48 AM
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Mensaje: #10
Re: Depresión: Los 12 pasos para seguir adelante
Aceptación  

Aceptación significa que puedes encontrar en tu corazón la serenidad que te libere del pasado con sus errores y pesares, te transporte hacia el futuro con una perspectiva nueva, y te haga apreciar la oportunidad de una nueva vida.

Aceptación significa que cuando haya momentos difíciles en tu vida, sabrás hallar el amparo y el consuelo para aliviar tus pesares. Hallarás nuevas aspiraciones y esperanzas, e indulgencia en tu corazón.

Aceptación no significa perfección para siempre. Solo significa que te sobrepondrás a la imperfección.

Aceptación es la senda hacia la paz, para liberarte de lo peor, conservar lo mejor, y hallar en tu alma la esperanza que te acompañe toda la vida.

Aceptación es la mejor defensa del corazón, el mayor bien del amor, y la manera más fácil de seguir creyendo en tí y en los demás.

Regina Hill
02-07-2008 04:50 AM
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